La música clásica también habla latinoamericano

El impulso de Gustavo Dudamel a compositores como Gabriela Ortiz refleja un cambio de paradigma, y contribuye a que América Latina ocupe un lugar cada vez más relevante en la música clásica contemporánea

agosto 20, 2026

JASON ARMOND / LOS ANGELES TIMES VIA GETTY IMAGES (GUSTAVO DUDAMEL); ALLEN J. SCHABEN / LOS ANGELES TIMES VIA GETTY IMAGES (GABRIELA ORTIZ).

Durante décadas, hablar del canon de la música clásica occidental significó recorrer una historia dominada por nombres europeos. Mozart, Beethoven, Mahler, y tantas otras figuras continúan siendo pilares fundamentales de esa tradición, pero algo ha comenzado a cambiar en las principales salas del mundo: las voces latinoamericanas han dejado de ocupar un lugar periférico para convertirse en protagonistas de una conversación que busca ampliar los límites de lo que entendemos por música clásica.

Gustavo Dudamel ha sido una de las figuras decisivas en esta transformación. Durante sus 17 años al frente de la Filarmónica de Los Ángeles, el director venezolano ha impulsado un modelo en el que la música latinoamericana no aparece como una curiosidad dentro de la programación, figura en igualdad de condiciones con el repertorio histórico. Su trabajo con compositores como Arturo Márquez, Tania León y Gabriela Ortiz ha contribuido a construir una relación sostenida entre nuevas obras, instituciones y públicos.

Ese alcance también ha trascendido las salas de concierto. Dudamel ha llevado el lenguaje orquestal a escenarios y acontecimientos masivos, y ha colaborado con artistas de universos tan distintos como Coldplay, Billie Eilish, Natalia Lafourcade, Gustavo Santaolalla, Los Tigres del Norte y Café Tacvba. En ese recorrido, la orquesta deja de entenderse como una institución encerrada en el pasado para funcionar como un organismo capaz de dialogar con la cultura contemporánea.

“Las voces de América Latina nunca han necesitado validación”, sostiene Dudamel. Para el director, el cambio se fundamenta en que un público cada vez más grande está descubriendo a estos artistas, compositores e historias, “no como algo ajeno a la tradición clásica, sino como una parte esencial de un legado vivo que continúa evolucionando”.

Entre las figuras que mejor encarnan ese movimiento se encuentra la compositora mexicana Gabriela Ortiz. Su obra conecta el lenguaje orquestal contemporáneo con cuestiones de identidad, feminismo, tradiciones indígenas, memoria, medioambiente y las tensiones del México actual. Más que convertir la composición en un manifiesto explícito, Ortiz utiliza el sonido para provocar una relación emocional con esas problemáticas.

Tres obras encargadas por Dudamel y la Filarmónica de Los Ángeles, y publicadas por Platoon, permiten dimensionar esa búsqueda. Revolución diamantina, inspirada por las protestas feministas de Ciudad de México, demostró que una composición orquestal podía responder directamente a acontecimientos de su tiempo. Su reconocimiento con tres premios Grammy y un Latin Grammy significó, además, un importante espaldarazo internacional para la creación clásica contemporánea latinoamericana.

En Yanga, Ortiz recupera la historia de Gaspar Yanga y su resistencia contra el dominio colonial español para explorar ideas de libertad, identidad y memoria. Dzonot, por su parte, dirige la mirada hacia la naturaleza, el agua y la fragilidad ambiental, incluyendo las amenazas derivadas del turismo masivo.

“Siempre he creído que la música es una de las formas más profundas que tenemos para comprender el mundo”, afirma Ortiz. Para la compositora, el sonido permite hablar de libertad y memoria, pero también imaginar el futuro. Esa misma concepción explica su valoración del trabajo de Dudamel: un compromiso con una música que no permanezca inmóvil, sino que dialogue con su época.

Lo que ocurre alrededor de estas obras revela una transformación más amplia. Las audiencias buscan composiciones capaces de hablar de las sociedades que habitan, sus conflictos, historias e identidades. En ese escenario, los compositores latinoamericanos ya no necesitan justificar su presencia dentro del repertorio internacional. No están allí para reemplazar a Mozart o Mahler, sino para ampliar el mapa. 

MARTÍN TORO

Editor

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