Crítica: Perros de niebla

En Perros de niebla, la marginalidad juvenil se convierte en poesía de la pérdida, la furia y la pertenencia.

Andrés Mossos 

/ Juan Bautista, Brayan Esteban Mina, Jonnathan Esteven Cruz, Juliana Calceto, Julio López, Chimoltrufia Yoyito

Por  ANDRÉ DIDYME-DÔME

Cortesía DocCo

Desde Los olvidados de Buñuel, pasando por Pixote, Crónica de un niño solo y Ciudad de Dios, hasta llegar al cine de Víctor Gaviria (Rodrigo D no futuro, La vendedora de rosas, Sumas y restas), el niño perdido ha sido una figura persistente en el cine latinoamericano. Perros de niebla, debut de Andrés Mossos, se inscribe en esa genealogía, pero desde una herida propia, la de quien ha vivido la calle no como pornomiseria sino como escenario íntimo. Desde ahí, la película respira autenticidad sin idealismo, brutalidad sin morbo y lirismo sin cursilería.

Juan (Juan Bautista) es el epicentro emocional del relato. Grafitero de talento, hermano menor atrapado entre la lealtad y el miedo, muchacho sensible que deambula por los cerros orientales de Bogotá donde la niebla es más que atmósfera: es frontera y presagio. La historia parte de una imagen casi mitológica (los perros ahorcados en un parque) y construye desde ahí una parábola sobre la violencia, la descomposición barrial, pero también el duelo, el desarraigo y el deseo de trazar una línea distinta, aún entre el barro y la sangre.

A este paisaje, Mossos le añade otro linaje cinematográfico: El cine afroamericano de los 90. Hay en Perros de niebla resonancias de Do The Right Thing, Boyz N The Hood, Juice, South Central y Menace II Society, tanto en su aproximación a la violencia estructural como en el conflicto masculino con la idea de poder, pertenencia y representación. La cámara se mueve entre la urgencia documental y la contemplación poética, sin temor a detenerse en los rostros o permitir que el espacio hable. Aquí, el barrio es un organismo vivo, bello y terrible a la vez.

Pero el relato no se detiene en el comentario social. Más allá de las bandas y las jerarquías, lo que desgarra a Juan es la orfandad simbólica. La ausencia del padre y de la madre, la precariedad emocional, el anhelo de construir una identidad que no sea la que el barrio impone. La relación con Juli (Juliana Calceto) abre una brecha de ternura que nunca cae en el cliché romántico. Lo mismo ocurre con Pollo (Jonnathan Esteven Cruz) y Mina (Brayan Esteban Mina), personajes cuya rudeza convive con una fragilidad latente. Todos ellos interpretados por actores naturales que no actúan sino viven.

En ese paisaje hostil pero vital, brilla la presencia de Chimo, el perro real del director, convertido en símbolo de lealtad, consuelo y guía espectral. Su aparición conecta la cinta con otras obras recientes del cine colombiano como La Jauría de Ramírez Pulido, que a su vez se puede asociar con Tres lunas nuevas de Rodrigo Dimaté, y Los reyes del mundo de Laura Mora, donde lo animal y lo onírico sirven de soporte emocional a lo humano.

Visualmente, Perros de niebla acierta más en la atmósfera que en la precisión. La dirección de arte y la fotografía tienen limitaciones técnicas evidentes; algunos escenarios lucen forzados, la niebla en ocasiones cae en lo efectista (así como un perro gigante digital no muy bien logrado). Pero esto no entorpece el impacto del filme, que encuentra en la edición y la música de La Etnia y el score de Carlos Dudley Sandoval una cadencia hipnótica, casi ritual que mezcla lo carnal con lo espiritual, acompaña sin subrayar y amplifica el temblor emocional de cada escena.

Y aunque se ha querido vender como “cine del barrio para el barrio”, la película se distancia de esa consigna simplista. Aquí no hay épica popular ni romantización de la calle. Hay, en cambio, un retrato honesto y desgarrador de esa relación amor-odio que tienen muchos jóvenes con el espacio que los vio crecer: un barrio que golpea y abraza, que asfixia y protege, que recuerda y devora.

Perros de niebla es más que una denuncia sobre criminalidad juvenil. Es una elegía por la inocencia perdida, una carta de amor ambivalente a una Bogotá alta, húmeda y olvidada, donde hasta los perros son víctimas de la violencia y el abandono. Mossos no filma desde la distancia, sino desde el recuerdo. Y en ese gesto autobiográfico, a veces tembloroso, encuentra una fuerza narrativa poderosa. La de quien transforma su pasado en cine, y su calle en mito.

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