Crítica: Peaky Blinders: El hombre inmortal

Tommy Shelby vuelve, pero el imperio ya no tiene a sus compañeros más feroces.

Cortesía de Netflix

La película que cierra con las seis estupendas temporadas de la exitosa y violenta serie creada por Steven Knight, retoma a Tommy Shelby (Cillian Murphy) en 1940, aislado, enfermo de recuerdos y con la mirada de alguien que ya no se sorprende ni de sí mismo. El mundo, mientras tanto, se está desmoronando a una escala industrial. La guerra aprieta, el fascismo se infiltra, y en Birmingham, el apellido Shelby vuelve a ser sinónimo de negocio sucio. 

La chispa del regreso es doble. Por un lado, tenemos el ascenso de su hijo (Barry Keoghan) al mando de una nueva camada de “Peakies” con hambre de municiones y afán de poder y protagonismo; por otro, el coqueteo con una conspiración nazi que incluye la falsificación de dinero y una alianza con Beckett (Tim Roth), un villano que parece tallado para ser odiado desde el primer plano.

En su mejor versión, la película es exactamente lo que promete. Un “final grande” filmado con solidez, con esa violencia seca que no necesita explicarse, con una exquisita selección de Brit Pop que incluyen varios covers de Massive Attack y con un Cillian Murphy que sigue siendo el mejor argumento para amar la franquicia. El director Tom Harper (la persona detrás de la estupenda miniserie de War & Peace), entiende el lenguaje de Peaky Blinders y nos brinda un montaje como puñetazo, música como gasolina y silencios como amenaza. Pero también se nota que el largometraje no quiere “reinventar” la fórmula. Más bien quiere y busca cerrarla. 

Y ahí es donde el paralelo con El Camino (la película de Breaking Bad) es inevitable. No estamos ante una nueva temporada comprimida, sino un epílogo que vuelve a un personaje para dejarlo respirar por última vez, ordenar las cuentas pendientes y clausurar el mito con una nota final, más melancólica que triunfal.

El problema es que Peaky Blinders siempre fue una serie de tribu, no solo de su rey. Y The Immortal Man carga con el peso de varias sillas vacías. La ausencia de Arthur (Paul Anderson), el hermano mayor de Tommy, por su muerte dentro del relato y por lo que implicaba su presencia como caos viviente, reduce el voltaje emocional y el sentido de peligro fraternal que la serie manejaba como nadie. 

A eso se suma Polly. No solo falta el personaje, se siente la ausencia de su gravedad moral, esa mezcla de brújula y cuchillo. Helen McCrory murió en abril de 2021, y la saga nunca volvió a encontrar un equivalente a esa autoridad afectiva que ponía orden incluso cuando todo era un incendio. Y si además pensamos en Alfie, ese comodín encarnado con maestría por Tom Hardy y que podía convertir una escena en una lección magistral y profana de actuación, el resultado es claro: a Tommy le queda mundo, pero le falta familia y amigos en el sentido dramático más cruel de la palabra. Tan solo nos queda el siempre fiel Johnny Dogs (Packy Lee) y una breve aparición del gran Stephen Graham (Boardwalk Empire, Adolescence) como Hayden Stagg.

La inclusión de Barry Keoghan, por cierto, es un acierto. Trae una energía peligrosa, de lealtad dudosa, como si el apellido Shelby fuera una chaqueta heredada que no le queda y por eso decide romperla. Su presencia empuja la película hacia el terreno del relevo generacional, y ahí The Immortal Man se vuelve interesante porque su conflicto no es solo “Tommy vs. nazis”, sino “Tommy vs. el monstruo que él mismo enseñó a caminar”. Rebecca Ferguson entra como un catalizador elegante, casi mítico, que entiende el lado gitano, sensual y espiritual del universo Shelby; y Tim Roth disfruta destilando el veneno de Beckett con un brillo teatral que le sienta perfecto a esta Inglaterra de sombras, bombardeos y traiciones.

¿Es esta una película necesaria? Esa pregunta la anticipa la misma cinta con su propio tono, ya que no intenta justificar su existencia a gritos, sino a punta de atmósfera y cierre. Cuando se concentra en lo íntimo, la culpa, el cansancio y la soledad de un hombre que sobrevivió a todo y por eso mismo ya no sabe qué hacer con la vida, la cosa funciona menos. Pero cuando se va de lleno al engranaje conspirativo (Nazis, billetes falsos, complots) se siente como el “gran evento” que busca reemplazar a la tragedia personal, aunque eso no quiere decir que la parte íntima no sea competente.

De todas maneras, The Immortal Man se disfruta como lo que es: una despedida y una última caminata de Tommy Shelby por su propio museo de ruinas. Pero también deja una sensación poco confortable. Para una saga que brillaba por su coro de personajes, cerrar con tantos huecos emocionales es como intentar encender un cigarro bajo la lluvia. Prende… pero no calienta igual.

ANDRÉ DIDYME-DÔME

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