Crítica: Manas

Una cinta brasileña que observa el abuso sexual infantil desde el punto de vista más frágil y lúcido posible: el de una niña que decide que callar ya no es una opción.

Marianna Brennand 

/ Jamilli Correa, Fátima Macedo, Rômulo Braga, Adriana Lins, Helder Moreira, Amanda Gabriel

Por  ANDRÉ DIDYME-DÔME

Cortesía TIFF.

Manas (“hermanas” en español) no se acerca a la Amazonía como un escenario exótico ni como una postal ecológica. Marianna Brennand, autora de los documentales Francisco Brennand y O Coco, A Roda, O Pnêu e O Farol, filma un territorio real de riberas aisladas, casas sobre pilotes y comunidades que viven entre carencias estructurales y tradiciones que, lejos de proteger a las niñas, las dejan expuestas. Ese punto de partida marca la película desde su primera imagen. Aquí no hay distancia entre ficción y vida; Brennand utiliza la cámara como un puente que permite escuchar a quienes nunca han encontrado un espacio para hablar.

El corazón del filme es Tielle interpretada por Jamilli Correa con una honestidad devastadora. Tiene trece años y, como cualquier niña, alterna entre juegos, dibujos y curiosidad; pero la película nunca permite que olvidemos que su infancia coexiste con una amenaza constante. El abuso y la violencia no se muestra gráficamente, pero está en la atmósfera, en los silencios enrarecidos, en las miradas que Tielle aprende a leer antes de tiempo. Brennand entiende que representar el abuso no requiere exhibición, sino atención: la forma en que Tielle se retrae, cómo se mantiene alerta, cómo mide distancias dentro de su propia casa.

Como en esas obras maestras sobre el abuso sexual infantil como lo fueron la canadiense The Boys of St. Vincent y la francesa Polisse, la brasileña Manas retrata un sistema entero y no un caso aislado. Esa comunidad ribereña opera bajo normas no escritas que las mujeres dan por inevitables y los hombres por naturales. Desde la mutilación del conocimiento (libros escolares con páginas “prohibidas”) hasta la circulación de barcazas donde niñas y adolescentes son vulnerables a los viajeros, la película expone cómo la violencia se transmite como si fuera una tradición más. Lo más doloroso es que Tielle no descubre su situación por una iluminación repentina. Lo aprende observando a su madre, a sus vecinas y a otras niñas cuya resignación le revela un futuro que se niega a aceptar.

La figura de Danielle, la madre, es esencial para entender el matiz del filme. Brennand rehúye simplificarla en víctima pasiva o cómplice cruel. Fátima Macedo la encarna como una mujer atrapada entre su propio trauma, la dependencia económica, el aislamiento geográfico y un miedo que se convirtió en hábito. La película evita juzgarla y, al hacerlo, la vuelve más trágica. Danielle es alguien que no protege porque tampoco sabe ya cómo salvarse a sí misma. Su silencio es el mismo que Tielle intentará romper.

La dirección de Brennand privilegia la mirada de Tielle. La cámara rara vez abandona su perspectiva y está sostenida por una fotografía que alterna entre la amplitud de la selva y la asfixia de los interiores. La Amazonia parece inmensa, pero cada espacio habitado se siente demasiado pequeño para guardar secretos tan grandes. La luz natural y las texturas de la madera húmeda captadas por el fotógrafo Pierre de Kerchove, así como los sonidos del río y de los motores le dan al filme un carácter casi documental. No se trata de estilización, sino de legitimidad. Brennand quiere que sintamos que esta historia está ocurriendo y que no fue imaginada.

Uno de los gestos más inteligentes del guion es evitar convertir a Tielle en una heroína improbable. Su rebeldía no nace de un discurso emancipador sino de la necesidad de sobrevivir. Cuando huye hacia un barco prostibulario, no lo hace por desconexión moral, sino porque percibe ahí una mínima posibilidad de control. Sus actos más contundentes: intentar reparar su hamaca para no compartir la cama con su agresor y luego usar lo que su agresor le enseñó como pretexto para defender a su pequeña hermana, son dos de las decisiones más duras y claras del cine reciente. La película entiende que las víctimas toman las decisiones que pueden, no las que deberían.

Aunque Manas incluye momentos de irrupción externa con autoridades que aparecen sin entender el entorno e intentos de rescate que no resuelven nada, Brennand los utiliza para subrayar la ausencia histórica del Estado. Las instituciones llegan tarde, mal y con una torpeza que expone su distancia cultural respecto de la comunidad. Tielle no deja de estar en peligro después de ser “ayudada”, porque el sistema al que vuelve no ha cambiado y el agresor sigue teniendo poder dentro del hogar.

Lo que hace que Manas trascienda es la forma en que aborda la transmisión generacional del trauma. Cada mujer que rodea a Tielle carga una historia que no fue capaz de interrumpir. La película no se queda en la denuncia; muestra cómo la niña decide romper la cadena, aunque no tenga garantías de éxito. Su fuerza no elimina el dolor, pero abre un espacio simbólico donde la posibilidad de un futuro distinto deja de ser una utopía.

Estamos ante una película sin sentimentalismos y sin concesiones, pero profundamente humana. Brennand no busca esperanza fácil, sino un tipo de claridad que surge cuando una niña deja de aceptar lo que su entorno espera de ella. Manas es un testimonio de niñas y mujeres silenciadas, de cuerpos que no quieren seguir heredando heridas y de una directora que escucha con la seriedad y delicadeza que estas historias merecen.

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