La muerte de un padre puede abrir una zona de dolor, culpa o reconciliación. En Lust, se abre una ventanilla de trámites. Para Lilian, psicóloga en una prisión estadounidense y una mujer acostumbrada a controlar cada gesto de su vida, la noticia del fallecimiento de su padre en Bulgaria llega como una interrupción administrativa. Había una ausencia previa, una relación prácticamente inexistente, y la película parte de esa falta para construir un retrato frío, tenso y cada vez más perturbador.
Ralitza Petrova viene de Godless, cinta ganadora del Leopardo de Oro en Locarno, y vuelve aquí a un cine áspero, de atmósfera cerrada y emociones retenidas. Su mirada evita el sentimentalismo. Lilian no regresa a casa para llorar, sino para renunciar a su herencia y resolver papeles, deudas y responsabilidades que no siente propias. El cuerpo del padre queda atrapado en una especie de limbo burocrático, mientras ella intenta mantenerse a distancia de todo, de la familia, del pasado, del deseo y de la carne.
Ese control define a Lilian. Su vida parece organizada como un sistema clínico. Trabaja con criminales peligrosos, mide sus reacciones, administra su cuerpo y mantiene una abstinencia sexual que sugiere una historia previa de adicción o desborde. La muerte del padre altera ese equilibrio y lo que empieza como una diligencia legal se transforma en una confrontación con impulsos que había anestesiado.
La película se mueve entre oficinas, hoteles, espacios vacíos y habitaciones donde la intimidad aparece como amenaza. En ese recorrido entra la figura de un practicante de shibari, esa práctica japonesa que utiliza cuerdas para atar el cuerpo con fines estéticos, expresivos y, en algunos casos, íntimos y que se centra en la conexión, el control y la vulnerabilidad compartida entre quienes participan.
El bondage, que su padre también practicaba, funciona como una práctica de entrega regulada, donde el control y la rendición conviven en una misma tensión. Para Lilian, esa experiencia abre una grieta en su disciplina emocional. El deseo deja de ser una falla a corregir y se convierte en una fuerza que la obliga a mirar lo que ha intentado mantener fuera de sí.
Snejanka Mihaylova es el centro de la película desde una interpretación casi mineral. Su Lilian habla poco, observa demasiado y parece habitar el mundo con una distancia que por momentos roza lo inhumano. Esa rigidez, sin embargo, va perdiendo estabilidad. Petrova filma ese proceso con paciencia y sin grandes estallidos, dejando que cada cambio mínimo pese dentro de una puesta en escena austera.
Lust trabaja sobre la herencia de las ausencias. El padre muerto importa menos por lo que fue que por el vacío que dejó. Lilian carga con una falta que nunca se resolvió y que ahora regresa en forma de deuda, de cadáver y de expediente. La película entiende que hay duelos extraños, y vínculos de sangre que nunca existieron del todo. En esos casos, la pérdida no trae claridad sino preguntas nuevas.
También hay una lectura sobre el cuerpo femenino y la manera en que una mujer intenta recuperarlo después de haberlo convertido en campo de disciplina. Petrova casi nunca aparta la cámara de Lilian y filma la sexualidad desde adentro del conflicto, sin llegar realmente a erotizarla de forma externa (salvo una escena explícita y real de masturbación masculina). El deseo aparece mezclado con miedo, curiosidad, vergüenza y poder. Nada resulta simple porque Lilian tampoco se permite vivir nada con sencillez.
La frialdad de la película alejará a muchos espectadores (y con justa razón). Su ritmo es lento, su tono severo y su construcción exige atención. Pero se podría argumentar que esa dureza forma parte de su sentido. Lust no busca agradar ni facilitar la entrada. Su fuerza está en observar cómo una mujer que ha hecho del control una forma de supervivencia empieza a descubrir que ese control también puede ser una prisión.
En su tramo final, la breve película (una hora y diecisiete minutos de duración), deja una sensación abrumadora, nihilista e inquietante. Lilian vuelve a acercarse a la muerte, al deseo y a una parte de sí misma que había mantenido fuera de alcance y ese acercamiento no la libera de una manera limpia. Al contrario, la vuelve más opaca, imprevisible y menos humana.


