Comparar la segunda temporada de Los caballeros (ese exquisito remix de la película del mismo nombre) con El Padrino resulta inevitable, pero también un poco suicida. Después de todo, estamos hablando de enfrentarse a una película que legítimamente puede disputar el título de la mejor de todos los tiempos y, especialmente, a El Padrino II, esa tragedia monumental acerca de un hombre que conquista un imperio mientras destruye todo aquello que alguna vez justificó conquistarlo.
Lo curioso es que la comparación no proviene solamente del espectador. Guy Ritchie la busca, juega con ella y hasta parece divertirse introduciéndola socarronamente dentro de su universo de aristócratas, traficantes, políticos corruptos y tipos que pueden ordenar un asesinato sin derramar una gota de whisky.
Eddie Horniman (Theo James) ha recorrido una distancia considerable desde aquel hombre que heredó un ducado y descubrió que debajo de sus tierras funcionaba un gigantesco negocio de marihuana. El aristócrata que inicialmente veía el crimen como un problema que debía solucionar ha desaparecido. Ahora Eddie sabe que es bueno para esto y, lo que resulta mucho más peligroso, ha descubierto que le gusta. La violencia, el dinero y la posibilidad de decidir sobre el destino de otras personas dejan de ser consecuencias desagradables de su posición para convertirse progresivamente en parte de su identidad.
James entiende perfectamente esa transformación. Eddie parece otro hombre sin necesidad de convertirse físicamente en uno. Endurece la mirada, reduce la sonrisa y transforma aquel encanto aristocrático de la primera temporada en una amenaza cada vez más evidente. Si antes contemplábamos a un caballero obligado a aprender las reglas de los gánsteres, ahora estamos frente a un gánster que todavía conserva los modales de un caballero.
La diferencia parece pequeña. No lo es. Eddie ya no quiere escapar del negocio sino expandirlo. Pretende recuperar las tierras que rodean Halstead, extender la operación hacia Italia y abrir la puerta al mercado legal del cannabis. Su problema es Bobby Glass (Ray Winstone), patriarca de un imperio que contempla esas ambiciones con la desconfianza de quien ha sobrevivido demasiado tiempo como para permitir que un aristócrata recién llegado le explique cómo modernizar el crimen.
Susie Glass (Kaya Scodelario) queda atrapada entre ambos. Para Eddie, el mundo criminal todavía puede imaginarse como una empresa que necesita crecer; para Susie es una familia y, por tanto, algo mucho más difícil de abandonar. Ella conoce las reglas porque nació dentro de ellas y sabe que desafiar a Bobby significa mucho más que cuestionar las decisiones de un jefe. Significa enfrentarse al padre, al patriarca y al hombre alrededor del cual se construyó el orden que la convirtió en quien es.
La temporada encuentra ahí una de sus mejores ideas. El poder funciona como cualquier otra adicción. Eddie comienza queriendo suficiente para protegerse y termina necesitando más para proteger el que ya consiguió. Cada enemigo justifica una nueva transgresión y cada transgresión convierte la siguiente en algo ligeramente más fácil. La corrupción moral no llega acompañada por una banda de música; suele presentarse como una decisión perfectamente razonable.
Y ahí aparece Michael Corleone. Como Michael, Eddie cree que puede utilizar los métodos de los criminales sin convertirse completamente en uno de ellos. También empieza a comprender que cada decisión tomada para proteger su imperio exige otra todavía más cruel. El referente se vuelve particularmente evidente cuando el poder deja de significar únicamente dinero y comienza a representar familia, territorio, sucesión, traición y venganza.
El problema para The Gentlemen es que Coppola ya hizo todo esto demasiado bien. Ritchie posee otras armas y debería confiar más en ellas. Su territorio siempre ha sido el de los criminales capaces de producir miedo y carcajadas en la misma escena, los idiotas peligrosos, los planes perfectos que se convierten en catástrofes y los hombres convencidos de controlar una situación que ya se salió completamente de sus manos. Lock, Stock and Two Smoking Barrels, Snatch y RocknRolla entendían que un cadáver podía ser simultáneamente una tragedia, un inconveniente logístico y un extraordinario chiste.
La primera temporada de The Gentlemen conservaba esa sorna. Aquí se extraña. Esta vez todo se vuelve más oscuro, y no solamente porque Eddie se haya vuelto más agresivo. Hay un extraño espíritu del Antiguo Testamento recorriendo la temporada con padres contra hijos, hermanos contra hermanos, pecados heredados, traiciones que exigen sangre y venganzas que únicamente pueden pagarse con nuevas venganzas. La retribución se convierte progresivamente en el idioma común de personajes que pueden discrepar sobre los negocios, pero parecen compartir la convicción de que toda deuda terminará cobrándose.
Stanley Johnston (Giancarlo Esposito) contribuye a ese tono con sus reflexiones sobre el poder, los reyes y la caída de los imperios, mientras Freddy Horniman (Daniel Ings), el hermano mayor de Eddie, termina atrapado dentro de una concepción mucho más literal de la religión y el castigo. La serie abandona así progresivamente la ligereza de la comedia criminal para internarse en una historia sobre culpa, pecado y retribución.
Incluso Eddie comienza a tener visiones. El fuego, las coronas y las imágenes de sí mismo convierten su deterioro psicológico en una especie de pesadilla religiosa. El hombre que quería administrar un negocio empieza a imaginarse como rey, y la serie parece recordarnos que los reyes siempre terminan necesitando súbditos, enemigos y sacrificios.
Es una apuesta interesante, aunque no siempre beneficia a The Gentlemen. La gravedad hace que por momentos la serie parezca olvidar qué la diferenciaba de tantas historias sobre el ascenso y caída de un criminal. Cuando recupera el absurdo, en cambio, vuelve inmediatamente lo mejor de Ritchie con sus negocios imposibles, aristócratas depravados, mafiosos despiadados, políticos comprables, animales y objetos absurdamente costosos y reuniones que pueden pasar de la cortesía al asesinato antes de que alguien termine la copa.
Lord Hawthorne (Hugh Bonneville) resulta particularmente útil para comprender dónde está la verdadera riqueza de la serie. The Gentlemen no necesita demostrar que Eddie puede convertirse en Michael Corleone porque posee una idea mucho más provocadora: La aristocracia y el crimen organizado quizá nunca fueron mundos tan diferentes.
Ambos dependen de apellidos, territorios, herencias, jerarquías y códigos de lealtad. Ambos construyen su poder alrededor de familias que llevan generaciones protegiendo privilegios. Ambos utilizan intermediarios para hacer aquello que no quieren ensuciarse las manos. Ambos saben que la ley puede ser un obstáculo o una herramienta dependiendo de cuánto dinero y poder tenga quien la enfrenta. Hasta sus buenos modales funcionan como una forma de violencia.
Ritchie debería seguir escarbando allí porque esa mirada sobre la clase social resulta mucho más interesante que cualquier intento por construir su propio Michael Corleone. En Los caballeros, un título nobiliario y una organización criminal pueden funcionar bajo principios sorprendentemente semejantes; lo único que cambia es la decoración de la oficina.
La temporada también recupera por momentos una estructura episódica que recuerda a una televisión anterior al dominio del streaming. Algunos capítulos plantean una misión o un problema particular y funcionan casi como pequeñas películas criminales independientes. Inicialmente eso produce cierta dispersión y hace que la temporada tarde en encontrar su impulso, pero las piezas terminan conectándose y, cuando las alianzas comienzan a quebrarse, la narración alcanza una tensión considerable.
Uno de sus mejores momentos llega cuando Geoff Seacombe (Vinnie Jones) finalmente abandona los márgenes del relato. Durante buena parte de la serie había permanecido como una presencia silenciosa en Halstead Manor, y esa tranquilidad siempre permitía sospechar que debajo había un hombre bastante más peligroso de lo que su trabajo cotidiano sugería. Cuando la amenaza alcanza la casa, Ritchie finalmente suelta a Vinnie Jones.
El resultado es uno de los mejores capítulos de la temporada porque recuerda algo que la serie había mantenido inexplicablemente guardado: pocas presencias funcionan tan bien dentro del universo de Ritchie como Jones. Geoff no necesita gritar ni convertirse en una caricatura de gánster; al igual que Harry De Souza en MobLand, su peligro proviene precisamente de la tranquilidad. El episodio permite además desarrollar su relación con Lady Sabrina Horniman (Joely Richardson) y demuestra cuánto puede ganar The Gentlemen cuando deja momentáneamente a Eddie y Susie fuera del centro para explorar a quienes han sostenido ese mundo desde sus márgenes.
No todo tiene la misma fortuna. El tigre y algunos halcones realizados mediante CGI resultan sorprendentemente pobres para una producción que en casi todos los demás aspectos luce fastuosa. Es una distracción extraña, especialmente porque Ritchie sigue demostrando un extraordinario dominio cuando los animales digitales desaparecen y los humanos comienzan a dispararse.
Las escenas de acción poseen energía y sentido del espacio, pero sobre todo acompañan la transformación de la temporada. La violencia ya no funciona únicamente como espectáculo o remate grotesco (que lo tiene). Empieza a tener consecuencias y el desenlace lleva esa lógica hasta un extremo feroz donde la venganza deja de ser una posibilidad para convertirse prácticamente en una obligación.
Theo James sostiene admirablemente todo ese recorrido. Eddie resulta más interesante ahora que ha dejado de ser el hombre razonable rodeado de lunáticos porque empieza a surgir una posibilidad perturbadora: quizá el crimen no lo convirtió en otra persona. Quizá simplemente le proporcionó un lugar donde ciertas partes de sí mismo dejaron de necesitar esconderse.
Susie Glass (Kaya Scodelario) funciona como un estupendo contrapunto porque vive el proceso inverso. Eddie descubre el placer del poder mientras ella empieza a comprender el precio de haber nacido dentro de él. La relación entre ambos sigue siendo una de las fortalezas de la serie porque nunca depende exclusivamente de la atracción. Existe complicidad, afecto y deseo, pero también competencia, sospecha y la certeza de que cualquiera podría terminar traicionando al otro si las circunstancias lo exigieran.
La segunda temporada de Los caballeros demuestra que sigue siendo una gran serie. Es envolvente, muy bien actuada, feroz y capaz de mezclar sofisticación, mal gusto y brutalidad dentro de una misma copa. No estamos ante una decadencia respecto de la primera, sino ante un cambio de temperatura. Es más sombría, violenta y probablemente más ambiciosa, pero también menos divertida cuando abandona aquella irreverencia que le permitía reírse de los mismos hombres cuya crueldad estaba mostrando.
Guy Ritchie continúa dando lo mejor de sí cuando habla de maleantes, corruptos y hombres convencidos de que pueden controlar el caos que ellos mismos provocaron. Pero debería permitir que Michael Corleone descanse en paz. Los caballeros no necesita convertirse en El Padrino porque posee algo mucho más propio: Un mundo donde un duque, un narcotraficante y un parlamentario pueden sentarse alrededor de la misma mesa y descubrir que sus diferencias son fundamentalmente de etiqueta. Todos protegen el apellido, todos defienden el territorio y todos saben cuánto cuesta comprar a un hombre. La diferencia es que unos llaman al mecanismo crimen organizado y otros, diplomacia, tradición y linaje.


