Crítica: La infiltrada

La directora Arantxa Echevarría convierte una historia real sobre ETA en un viaje angustiante por la identidad, la lealtad y la violencia estructural.

Arantxa Echevarría 

/ Carolina Yuste, Luis Tosar, Iñigo Gastesi, Víctor Clavijo, Nausicaa Bonnín, Diego Anido

Por  ANDRÉ DIDYME-DÔME

Cortesía Cineplex

Hay películas que se acercan al pasado con bisturí, distancia quirúrgica y aire de tesis. La infiltrada no es una de ellas. Arantxa Echevarría, directora de la delicada Carmen y Lola y la audaz Chinas, se lanza aquí de cabeza al pozo del miedo, el fanatismo y la impostura institucional. Pero no lo hace desde la épica del espionaje clásico, sino desde un lugar más sucio, más íntimo e inquietante. Una mujer que se descompone física y mentalmente al saberse invisible y sospechada por todos, incluso por aquellos que supuestamente están de su lado.

Carolina Yuste, actriz-camaleón de mirada líquida y temple de acero, encarna a Aranzazu Berradre Marín, una agente de la Policía Nacional que logra infiltrarse en ETA durante ocho años. Lo que podría ser un argumento para una superproducción de acción se convierte, en manos de Echevarría, en un thriller sombrío y existencial, un relato de desgaste psicológico donde lo que está en juego no es solo la vida, sino el alma.

En La infiltrada hay tensión, paranoia y silencios que cortan como navaja. Pero aquí la verdadera infiltración no es solo en la banda terrorista, sino en un sistema profundamente patriarcal. La película deja claro que Aranzazu no solo debe enfrentarse al riesgo de ser descubierta por los etarras, sino a la violencia simbólica de sus propios colegas. Policías que no confían en ella, hombres que la infantilizan o la convierten en objeto sexual, estructuras que la vigilan desde adentro. En ese sentido, La infiltrada es también una película sobre otro terrorismo: el de género.

Echevarría le da la vuelta al género policíaco desde dentro. Y lo hace con plena conciencia de las películas que la preceden. Su película está en deuda con dos joyas del cine de infiltrados: Deep Cover (1992), ese viaje en espiral de Laurence Fishburne hacia los límites de la moral, y Rush (1991), con Jason Patric y Jennifer Jason Leigh disolviéndose en su propio disfraz. Como en esas cintas, aquí la frontera entre actuar y ser se vuelve brumosa, y la identidad se resquebraja como una máscara que ya no encaja en el rostro.

La fotografía de Javier G. Salmones envuelve la historia en tonos gélidos, apagados, casi clínicos. Es una estética de lo reprimido. El País Vasco de los años noventa aparece como un escenario sin aire, con tabernas que apestan a miedo, calles estrechas donde la palabra “violencia” flota como una amenaza en cada esquina y donde el fanatismo se retrata como una enfermedad colectiva. Kepa (Íñigo Gastesi), el etarra con el que Aranzazu convive, no es un monstruo de manual sino una víctima del lavado ideológico, un soldado que ya no distingue entre justicia y odio. El que sí encarna al Mal con mayúsculas es Sergio Polo (Diego Anido), cuya aparición fugaz electriza la pantalla con una violencia brutal.

Pero La infiltrada no es una película panfletaria. No hay himnos. No hay banderas. Hay cuerpos, miradas y grietas. Hay una mujer sola, infiltrada en un mundo de hombres armados con pistolas y consignas. Una mujer que aprende a mentir, a fingir que cree, a callar cuando quiere gritar. Una mujer que, como tantas, se vuelve experta en sobrevivir sin dejar huellas. Su resistencia no es heroica al modo hollywoodense, sino persistente, cotidiana y ferozmente humana.

Y este es uno de los grandes logros de Echevarría: darle rostro y respiración a una mujer que resiste desde el silencio. Como directora, se infiltra también en el propio cine de género para dinamitarlo desde dentro, para convertir la historia de una espía en una radiografía del poder, el miedo y el sistema que sostiene la violencia más allá de las balas.

La infiltrada es incómoda. No por lo que muestra, sino por lo que revela. Porque obliga al espectador a hacerse preguntas sobre la verdad, la memoria y la moral. Porque nos recuerda que el fin de ETA no fue solo el cierre de una etapa, sino también el destape de heridas que aún supuran. Porque denuncia que el machismo no es una nota al pie, sino una estructura que se repite en todos los frentes. Porque, sin necesidad de sermones, convierte a su protagonista en símbolo de todos los cuerpos que siguen infiltrados en un mundo que no los ve.

Carolina Yuste, en estado de gracia, nos lleva al borde del colapso sin soltar la dignidad de su personaje. Su interpretación es somática, contenida y eléctrica. Ella ocupa planos que duelen y sus silencios laten como bombas. Hay una verdad allí que ningún thriller artificial podría inventar.

La infiltrada no es solo una gran película sino una bomba silenciosa. Que nadie diga que el cine español ya no se atreve y que todo ya fue contado. Todavía quedan mujeres infiltradas que vienen a recordarnos lo que nunca quisimos ver.

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