Crítica: Esa cosa con alas (The Thing With Feathers)

Entre metáfora y exceso estilístico, la película diluye la potencia emocional de su origen literario.

Cortesía

Adaptar una obra como El duelo es la cosa con plumas implica enfrentarse al problema central de cómo trasladar al cine una experiencia profundamente íntima, fragmentaria y, sobre todo, literaria. La novela corta de Max Porter no solo hablaba del duelo, sino que lo encarnaba en su forma. A diferencia de la obra de teatro protagonizada por Cillian Murphy, la película dirigida por el documentalista y director de videos musicales Dylan Southern, en cambio, parece más interesada en representar esa experiencia que en hacerla sentir.

La premisa es sencilla y devastadora. Un padre dibujante de cómics, interpretado por Benedict Cumberbatch, queda viudo de forma abrupta y debe hacerse cargo de sus dos hijos mientras atraviesa un proceso de duelo que pronto se vuelve inestable. En ese vacío irrumpe una figura inquietante: un cuervo antropomórfico (con la voz de David Thewlis), una presencia que lo confronta, lo ridiculiza y, en teoría, lo obliga a enfrentar su pérdida. Ahí está el núcleo de la película, y también su mayor problema.

En la novela, el cuervo no es solo una metáfora. Es una construcción literaria con raíces claras en el poema de Emily Dickinson y en la obra del poeta Ted Hughes, cuya exploración del dolor y la violencia daba sentido a su aparición. Al eliminar ese contexto, la película deja al cuervo flotando como un símbolo sin anclaje. No hay una lógica interna que lo sostenga. No es inquietante ni revelador; es, más bien, arbitrario. Esa decisión arrastra todo lo demás.

Southern opta por llevar la historia hacia el terreno del horror psicológico, incorporando recursos que buscan generar impacto inmediato como sombras densas, apariciones súbitas y momentos que rozan el sobresalto. Pero en ese intento, la película pierde lo que hacía única a la obra original. El duelo deja de ser una experiencia compleja para convertirse en un dispositivo visual. Y ahí es donde la película se rompe.

Porque cuando el cuervo desaparece, el drama respira. En esas escenas más simples, como las de un padre que no sabe cómo seguir y dos niños intentando sostener unas rutinas imposibles, aparece algo cercano a la verdad emocional. Cumberbatch, en particular, construye un personaje honesto y frágil, que funciona mejor en lo cotidiano que en lo simbólico. El problema es que la película insiste en volver al artificio y esto la lleva al terreno manido de las películas recalcitrantes de los estudios A24.

La transformación del protagonista, con su progresiva descomposición emocional, podría haber sido el eje más potente del relato. Sin embargo, queda subordinada a la presencia del cuervo, que termina acaparando la atención sin ofrecer una recompensa equivalente. Lo que debería ser una confrontación interna se externaliza de forma literal, y al hacerlo pierde complejidad.

Hay, además, una sensación constante de sobrecarga estilística. La fotografía, cargada de sombras y contrastes extremos, busca construir una atmósfera opresiva, pero por momentos se siente más como un capricho estético que como una necesidad narrativa. El resultado es una película que quiere ser muchas cosas a la vez. Quiere ser un drama sobre la pérdida, una fábula simbólica y un ejercicio de horror psicológico, pero no termina de ser ninguna.

Y es ahí donde aparece la comparación inevitable con otras obras que han abordado temas similares, como la escalofriante The Babadook, la desquiciada como Cool World o la gótica The Crow, que sí lograban integrar lo simbólico con lo emocional. En The Thing With Feathers, esa integración nunca ocurre.

Lo que queda es una obra que busca hablar sobre el duelo, que incluye una sólida actuación de Cumberbatch, pero que queda atrapada en una adaptación que no termina de entender qué hacía especial a su material de origen.

ANDRÉ DIDYME-DÔME

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