Crítica: El teléfono negro 2 (Black Phone 2)

Una secuela más ambiciosa que efectiva, con un ejercicio formal sobresaliente, ideas potentes pero ejecución desigual.

octubre 16, 2025

Cortesía de UIP.

Tras el cierre aparentemente definitivo de The Black Phone en 2021, una cinta basada en el relato corto de Joe Hill (hijo de Stephen King), la secuela parecía innecesaria. Pero Scott Derrickson decide no solo resucitar al temible Grabber (un soberbio Ethan Hawke), sino reinventarlo como un ente sobrenatural que, como si se tratara de un primo sombrío de Freddy Krueger, se cuela en los sueños para aterrorizar desde lo más profundo del subconsciente.

Ambientada en 1982, Black Phone 2 sigue a Finney (Mason Thames), ahora un adolescente perturbado por sus traumas y adicto al cannabis, mientras su hermana Gwen (Madeleine McGraw) toma el centro narrativo. Son sus visiones, angustiantes y saturadas de simbolismo religioso, las que empujan la historia hacia un campamento nevado (Alpine Lake) donde los ecos del pasado no están enterrados, solo congelados.

En Black Phone 2 se siente un pulso obsesivo por formalizar el terror de los sueños, no como mera alegoría, sino como una realidad encarnada. Cada secuencia onírica parece tejida con película de grano viejo, con bordes difuminados, como si se hubiera encontrado una película perdida de Maya Deren en la que los sueños toman cuerpo físico. La atmósfera, helada, opresiva y cargada de una música incisiva y sonidos que retumban, refuerza esa sensación de que los terrores nocturnos no se disuelven al despertar, sino que persisten, se infiltran en la vigilia y hacen del mundo real un sueño perturbado.

Black Phone 2 no es ni mucho menos El exorcista, El resplandor, Psicosis o El bebé de Rosemary, por citar algunos clásicos de terror. Pero vale la pena recordar que Sinister (2012), dirigida por el propio Derrickson y protagonizada también por Ethan Hawke, fue declarada la película más aterradora de todos los tiempos según un estudio del Science of Scare Project, donde un grupo de científicos midieron el pulso de los espectadores. La exposición de Sinister pasó de 65 a 86 latidos por minuto durante la proyección, alcanzando picos de 131. Así que sí, Derrickson sabe exactamente cómo perturbar al espectador, y en su nueva cinta, intenta repetir esa fórmula.

Visualmente, Black Phone 2 logra momentos de brillantez, como una escena en una cabina telefónica rodeada de espectros en un paisaje invernal, o un enfrentamiento sangriento en una cocina que rinde homenaje al cine de terror ochentero sin quedarse en la imitación. Pero el guion tambalea al intentar explicar más de lo necesario. La lógica de los sueños, que debería ser un motor, se ve obstaculizada por pasajes expositivos que enfrían la tensión.

La transformación del Grabber en un ente metafísico funciona solo a ratos. Aunque Hawke sigue proyectando una presencia inquietante (nunca llega a mostrar su rostro), su monstruo pierde fuerza y cae en una especie de imitación del golpeado Ghostface de Scream y el sarcástico Freddy (ambos creados por el maestro Wes Craven), en un guion que complica lo que debería ser puro instinto y miedo. A esto se suma un intento de subtrama religiosa que no termina de cuajar, como si quisiera atraer al público de The Conjuring sin comprometerse del todo con esa visión (Curiosamente, Demián Bichir, quien interpreta al supervisor del campo Armando Reyes, ha participado en The Nun y The Curse of La Llorona, ambos derivados de El conjuro).

Black Phone 2 puede ser derivativa, pero no es una secuela perezosa. Estamos ante una secuela que arriesga, expande su mitología y experimenta, pero también es una cinta que se atraganta con su propia ambición. Tiene grandes ideas, algunas imágenes que se quedarán grabadas (especialmente las oníricas), pero también momentos que evidencian que no todo sueño debe convertirse en franquicia. La llamada esta vez suena menos urgente.

ANDRÉ DIDYME-DÔME

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