Después de más de una década invocando demonios, desafiando entidades y acumulando objetos malditos en su sótano, los Warren se despiden del cine con The Conjuring: Last Rites, una despedida que se siente más ceremonial que escalofriante. Michael Chaves, ya habitual en la franquicia, entrega un cierre que apela a la nostalgia del fanático fiel, pero que difícilmente convencerá a quienes esperaban un cierre con broche de oro para la saga.
La película arranca con un prólogo ambientado en 1964 que, aunque visualmente atractivo, no aporta mucho a la trama central. Saltamos luego a 1986, donde Ed (Patrick Wilson) y Lorraine (Vera Farmiga) están semi retirados y enfrentando el paso del tiempo, tanto en cuerpo como en relevancia. En lugar de auditorios llenos, ahora dan charlas frente a estudiantes que prefieren hablar de Ghostbusters. La comparación, aunque sutil, es dolorosamente certera: los Warren ya no imponen miedo, sino que evocan otra época.
El caso central gira en torno a la familia Smurl, quienes adquieren un espejo de aspecto inquietante que, por supuesto, sirve como portal a un infierno doméstico. Pero el verdadero conflicto parece estar en la narrativa: la película tarda demasiado en encender la mecha. Pasa más de una hora entre dinámicas familiares, una pedida de mano incómoda, partidas de ping-pong y diálogos explicativos que tratan de estirar un guion que no tiene mucho que ofrecer. El terror, cuando llega, es predecible. Hay muñecas, tormentas, exorcismos, pasillos oscuros y susurros demoníacos, todo presentado con una corrección casi automática.
Lo que una vez fue una franquicia vibrante que supo mezclar lo sobrenatural con lo emocional, hoy se ve atrapada en sus propias convenciones. Last Rites no es una mala película, pero sí es profundamente inofensiva. Y eso, en el género de horror, es casi peor que ser mediocre. El guion (firmado por Ian Goldberg, Richard Naing y David Leslie Johnson-McGoldrick) intenta introducir un cambio generacional a través del personaje de Judy Warren (Mia Tomlinson), ahora una joven adulta con habilidades psíquicas heredadas de su madre. Tomlinson logra destacar en un entorno saturado, y su actuación sugiere que podría encabezar futuros spin-offs, pero incluso eso se siente como una jugada corporativa más que una evolución natural de la historia.
En cuanto a Vera Farmiga y Patrick Wilson, siguen siendo el alma de esta franquicia. Su química no ha perdido fuerza y logran elevar escenas que, en manos menos experimentadas, serían pura exposición. Sin embargo, ni su talento ni el estilo visual de Chaves logran ocultar que este es un filme que llega tarde y se va sin dejar huella.
El mayor pecado de The Conjuring: Last Rites no es su falta de ideas nuevas, sino su falta de ganas. En una era donde el terror está viviendo una renovación audaz, con autores como Jordan Peele y títulos como Sinners o Weapons marcando la pauta, esta entrega se siente como un eco pálido de lo que alguna vez fue.
Last Rites cumple con cerrar el ciclo de los Warren, pero lo hace como quien apaga la luz al salir de una casa que ya estaba vacía.
P.D. Esperemos que esta saga no se hunda en cosas como Los hijos del conjuro o La serie de El conjuro. Es preferible tener más cintas de Annabelle, La monja o La Llorona.