The Social Network sigue siendo una de las grandes películas del siglo XXI. Una obra de precisión formal, energía inagotable y actuaciones memorables que convirtió el nacimiento de Facebook en el retrato del comienzo de una transformación mundial. David Fincher le dio al guion de Aaron Sorkin una arquitectura visual tensa y envolvente. Comparar esa película con The Social Reckoning, escrita y dirigida por Sorkin, supone medir dos trabajos con herramientas distintas.
Sorkin es, ante todo, un guionista, uno de los más inteligentes del cine estadounidense contemporáneo, capaz de cargar sus intercambios verbales de subtexto y de confiar en la atención del espectador. Su puesta en escena privilegia la palabra y los actores; la de Fincher hacía de cada encuadre una pieza de drama, comedia y suspenso.
Esta secuela en espíritu abandona el origen de Facebook para seguir las investigaciones del Wall Street Journal sobre los daños sociales, psicológicos y cognitivos de la plataforma. Sorkin se aparta del biopic que articulaba The Social Network y convierte la película en un drama de investigación periodística, cercano a la tradición de All the President’s Men, Spotlight y The Post. El centro pasa a ser el trabajo paciente de Horwitz y Haugen: Reunir pruebas, verificar datos y llevar al espacio público aquello que una corporación preferiría mantener bajo llave.
Frances Haugen (Mikey Madison), empleada de Facebook en el área de confianza y seguridad, empieza a compartir información interna con Jeff Horwitz (Jeremy Allen White), periodista político que debe aprender el lenguaje de una industria que apenas conoce. A medida que ella le explica el funcionamiento de los algoritmos, ambos reúnen pruebas de que la empresa favorece el contenido capaz de retener usuarios, incluso cuando ese mecanismo alimenta la polarización, la hostilidad y la desinformación.
La película encuentra su motor en el vínculo entre Haugen y Horwitz. Madison le da a la denunciante una inteligencia ansiosa y reservada, atravesada por la tensión de quien conoce desde dentro el aparato que ahora quiere exponer. White construye un reportero tenaz y práctico, más atento a conseguir pruebas que a pronunciar discursos. Entre ambos circula un humor seco que aligera la exposición de información técnica y convierte el trabajo periodístico en una forma de suspenso.
Jeremy Strong, por su parte, es impresionante al componer a Mark Zuckerberg con una minucia casi mimética, reproduciendo la postura rígida, la cadencia pausada, la mirada esquiva y esa sonrisa ensayada que parece aparecer por obligación. El corte de pelo, la palidez y los gestos contenidos completan una interpretación que convierte cada aparición en un estudio del hombre detrás de la pantalla. Además del aspecto físico Strong va más allá y nos muestra a Zuckerberg como un hombre introspectivo y narcicista, cuyo poder ha crecido mucho más rápido que su capacidad de reconocer las consecuencias de sus decisiones. Su presencia es limitada, pero deja claro quién se beneficia cuando la plataforma convierte la atención en mercancía.
Raya (Wunmi Mosaku), Charlie (Bill Burr) y Teddy (Billy Magnussen) forman parte del equipo que asesora a Zuckerberg. Raya prepara su estrategia para las audiencias, Charlie cuestiona sus decisiones desde su experiencia como antiguo inversor y Teddy se ocupa de las relaciones públicas de Facebook. En el Wall Street Journal, Andy (Gbenga Akinnagbe) edita el trabajo de Horwitz y Christina (Betty Gilpin), jefa de la oficina de San Francisco, supervisa la investigación.
Sorkin organiza los hechos con saltos temporales y una línea cronológica que orienta al espectador mientras las revelaciones se acumulan. La película avanza con ritmo y hace inteligibles asuntos complejos, aunque su inclinación a explicar puede restarle fuerza a ciertas escenas. La urgencia está en las ideas y en la disputa entre quienes intentan advertir sobre los daños y quiénes calculan el costo de corregirlos. El discurso alcanza su mayor eficacia cuando la película deja que las decisiones de Haugen y Horwitz sostengan el argumento; pierde algo de filo cuando vuelve a explicarlo.
Para seguir la historia, conviene hacer lo que rara vez logramos en la vida diaria: apagar el celular y atender a la pantalla. The Social Reckoning recuerda que las redes moldean nuestra manera de pensar, sentir y relacionarnos, y que sus efectos no se agotan en una discusión política o en el bienestar de los adolescentes. También alcanzan la conversación cotidiana, la percepción de los otros y la facilidad con que una plataforma puede dirigir nuestra atención hacia aquello que provoca más reacción. Detrás de esa maquinaria persiste una fuerza conocida: el dinero. La seguridad de los usuarios y la salud de la conversación pública compiten con un modelo que gana cuando seguimos mirando, compartiendo y enfureciéndonos.
Sorkin no reproduce la electricidad formal de Fincher; propone otra clase de energía, hecha de investigación, argumentos y personajes que piensan hablando. Su película puede ser insistente, pero su inteligencia está en obligarnos a mirar con atención un sistema del que participamos incluso cuando desconfiamos de él. La advertencia queda planteada con claridad. Mientras la indignación, la reacción polarizada y la rabia produzcan ganancias, la plataforma tendrá pocos incentivos para apagarla.


