Campamentos de canciones: cómo funcionan los encuentros de compositores en busca de un hit

Cada vez más, la industria apuesta a los 'song camps', encuentros intensivos de compositores donde se cocina buena parte de la música que escuchamos

Por  JOAQUÍN VISMARA

abril 30, 2024

Atención: esta ilustración se realizó cargando las palabras claves de la nota en la versión gratuita y on line de la aplicación de inteligencia artificial Open Art (en la primera versión, se veía una segunda fogata encendida... adentro de una de las carpas).

La anécdota es conocida y ha sido contada por todos sus protagonistas. Cansado de que el repertorio de The Rolling Stones estuviese formado estrictamente por covers de blues y rock and roll, su manager Andrew Oldham encerró a Mick Jagger y Keith Richards en la cocina de su departamento, no sin antes dejar en claro que sólo abriría la puerta cuando el dúo tuviese en manos su primera canción original. Horas después, la dupla emergió con “As Tears Goes By”, su primera composición propia, y aunque sus autores parecían no dimensionarlo, Oldham entendió que lo que tenían era también su primer hit. Seis décadas más tarde, la industria parece haber encontrado una fórmula similar para estimular el proceso creativo de artistas, autores y productores, con la proliferación de song camps, es decir jornadas intensivas de composición en las que la canción es la que manda, y donde las diferentes maneras de abordar su creación valen a la hora de llegar al objetivo final. 

Si bien el kilómetro cero de su recorrido puede hallarse a mediados de los noventa, lo que durante muchos años fue una excentricidad se volvió la norma con el pasar del tiempo, ya sea para que un sello discográfico ayude a un artista en la búsqueda de nuevas canciones, o bien para engrosar el repertorio de las editoriales musicales. 

“Para nosotros siempre fueron una parte básica de nuestro trabajo como editores, para darles un servicio a nuestros escritores y permitirles estar en contacto con las grabadoras”, explica Gustavo Menéndez, presidente de Warner Chappell para America Latina y el Mercado Latino de Estados Unidos. A principios de marzo, la editorial realizó un song camp en Miami, donde confluyeron compositores y hit makers de distintos lugares del mundo para sesiones intensivas de composición y grabación en veinticinco estudios al mismo tiempo, a disposición de una gran cantidad de sellos. Su trabajo, asegura, consiste en entender qué busca cada artista que recurre a ellos y poner a su disposición a la gente idónea. “Para mí, el éxito en sí de esto depende después de si el artista salió de ahí con canciones para sus discos, si le sirvió para desarrollar ideas que quizás usa más adelante, o si se hace amigo de la gente de su equipo y trabajan juntos en un futuro. No siempre coloco canciones, no es tan blanco o negro”, explica.

Para Mauro De Tommasso, A&R manager de Sony Music, el principal punto a favor de los song camps es la manera en la que fluyen los procesos creativos durante su realización. “Está bueno, entrás en un mundo distinto, te dedicás una cantidad de días sólo a hacer canciones”, dice antes de agregar un paralelismo: “Es como cuando el cuerpo entra en cetosis, que se empieza a alimentar de sí mismo. Cuantas más canciones hacés, mejor salen”. A su modo, Menéndez coincide con esa mirada: “En nuestro caso, lo venimos haciendo hace mucho tiempo, somos conocidos en la industria hace rato. Cuando empezás a hacer pizza, la primera la tenés que tirar, pero después de hacer veinte, ya cada vez te salen mejor y ahora ya tus amigos te piden la receta”. Y si bien los enfoques pueden variar, ambos parecen coincidir en que la duración de estos encuentros debe ser acotada. “No podés hacer un camp de un mes entero porque terminan todos mirándose las caras y ya nadie sabe ya qué más hacer. Para mí, como mucho, son de diez días. Cinco, siete es un poco el ideal”, explica De Tommasso. 

Y así como sus duraciones varían, también lo hacen sus formatos. “Tenés la opción de un artista encerrado a trabajar con un productor con sesiones privadas. También se empezó a hacer la de viajar a Miami, porque el artista va a buscar temas nuevos, entonces te ves con distintos compositores. Por ahí en dos semanas te traés diez canciones nuevas. No es un song camp en el sentido más estricto, pero sí es el principio de eso”, detalla Pablo “Peter” Akselrad, que trabajó en diversas instancias con Lali, Bizarrap y Nicki Nicole, y actualmente es parte de Dale Play, que organizó su song camp propio en diciembre. 

“Juntás a compositores para que vayan artistas y salgan canciones. Por ahí eso después se publica o queda para el publishing”, dice, y enfatiza el valor del espíritu colaborativo. “Cuando hay mucha gente y dura varios días se genera esa comunión medio campamentera. No es que es un día y te vas, sino que tenés un productor haciendo un beat, después viene un compositor y agrega melodías. Al día siguiente la canción sigue, no muere ahí. Y se genera una cosa mucho más interesante que cuando se trabaja para un solo cantante”, dice. 

En todas sus encarnaciones, el grado del éxito de un song camp se mide en la cantidad de canciones que se recolectan al final del camino, sobre todo aquellas que tienen potencial de hit, un ejercicio que requiere redoblar los esfuerzos para separar la paja del trigo. “Me pasó mucho de ver como una especie de fábrica en la que llega el artista y el productor le tira un par de beats que tenía armados y no le habían funcionado con otro proyecto. Eso para mí era medio un choreo”, cuenta Akselrad. 

Para De Tommasso, también el grado de éxito está sujeto al formato de camp elegido, y donde cada uno tiene su pro y sus contras. “Creo que siempre es productivo porque puede ser el disparador de algo nuevo, o porque lográs destrabar algo. Cuando hacés uno con un solo artista, donde van rotando los productores, por ahí no llegás a conectar tanto porque no se conocen y no sabés con quién estás trabajando, es un poco aleatorio y tiene algo de azar, no sabés qué puede pasar. Puede ser buenísimo, pero también podés salir de ahí sin una canción. Por otro lado, los camps que son con el equipo estable del artista tienen más conexión, pero también puede que te quedes encerrado en una única visión. Hay que ir probando e ir entendiendo qué requiere cada artista en cada momento”. 

Dentro de esa metodología de ensayo y error, los mayores resultados aparecen también al momento de pensar cruces que en una primera instancia podrían pasar como inesperados. “En Brasil tenés el sertanejo, que es el género más grande del país, y como es muy parecido al country, se lo mostré a mi colega de Nashville junto con los números que mueven allá. Nos mandaron a cinco de sus compositores, que viajaron, la pasaron bomba y sacaron tres temas increíbles con gente que ni siquiera habla el mismo idioma. Juntás cosas con las que te la jugás, decís ‘creo que esto puede andar con esto otro’ y sale”, cuenta Menéndez. 

Para Akselrad, los intercambios funcionan también como aprendizajes a partir de trabajos con colegas de otros países. “En el momento en el que estalló la música latina, me junté con un compositor cubano y otro venezolano en Miami, y me decían: ‘Che, esto está buenísimo, pero es gringo’. Son muy puristas de los acordes y las estructuras, y nosotros [los argentinos] tenemos una mirada muy anglo, aunque no se note”, cuenta. 

En tiempos en que los números de reproducciones mandan y el algoritmo pide canciones nuevas con cada vez más frecuencia, surge una duda válida: ¿es posible un hipotético desgaste creativo producto de una homogeneización de la manera de producción de las canciones? “Eso puede pasar sin los song camps. Los productores que vienen tienen cada uno su estilo y su mundo. Las combinaciones están buenas, no es que sale todo lo mismo”, dice Akselrad. “Lo que sí creo, si mirás los top en las listas, es que la industria está sufriendo un poco con que todo es muy parecido. Pero eso no es culpa de los camps, sino que se necesita más innovación. Escuchás un tema y decís ‘Uh, este es igual al anterior’, y por ahí son de gente que ni se conoce”, completa. 

A la distancia, Menéndez tiene una lectura que sintoniza con esa mirada: “Ni vale la pena hacer comparaciones. Ni yo desde mi punto de trabajo me animaría a decir que es mejor o peor; es distinto. Todo cambia: los coches cambian, la manera de trabajar cambió, la de consumir música, y por ende también la manera de componer. Mi viejo decía que toda la música que yo escuchaba sonaba igual, y nada que ver. Yo no sé si a los quince productores que puedo tener de entre 20 y 25 años les parece todo igual. Seguramente no”.