El primer golpe llega antes de escuchar una sola nota: la portada. Beret de espaldas y, frente a él, un fondo fragmentado, reconstruido con vetas doradas que recuerdan al kintsugi, la técnica japonesa que abraza la grieta y la convierte en belleza. “La idea principal era justo esa”, dice el artista, con la calma de quien ya ha hecho las paces con sus propias cicatrices. “El kintsugi expresa la resiliencia, la capacidad de volver a hacerse uno mismo a pesar de haberse roto. Va de la mano con el título y con todas las canciones”.
El concepto no fue una cuestión accidental: años atrás, el artista asistió a un taller de kintsugi en Madrid. Algo de aquella práctica —paciente, meditativa, casi espiritual— se quedó con él. Hoy es el corazón de Lo bello y lo roto, un disco que entiende que lo imperfecto también es un lugar donde vivir pero, sobre todo, donde sanar. “Llegué a ese pensamiento gracias a la terapia”, confiesa. “A veces lo negativo también tiene una belleza. Puedes sacarle un mensaje muy bonito para volver a rehacerte”.
El álbum es, casi que literalmente, un viaje. Compuesto entre España, Argentina, México y Colombia, cada geografía terminó revelándole una parte distinta de sí mismo. “Lo roto nació en Argentina; lo bello, en México”, asegura con una sonrisa. En Buenos Aires trabajó con un amigo pianista: “Nos metíamos en un mood más melancólico, más mental”. En México fue distinto: “Las sesiones eran pura alegría, improvisación, sentir. Argentina fue para pensar; México para sentir”.
Esa búsqueda emocional tuvo un costo. Para escribir desde un lugar honesto —y transparente— tuvo que alejarse de su zona de confort. “Renuncié a estar con mi familia”, admite. “Me fui diez mil kilómetros y eso me obligó a verme desde fuera. Cuando uno mismo se ‘daña’ en el buen sentido, es capaz de componer desde lugares que no aparecen cuando todo está tranquilo”.

Esa verdad atraviesa canciones como ‘Cómo vas a ver el amor’, inspirada en una amiga atrapada en una relación tóxica. “Hay gente que quiere muy mal: lo suficiente para que te quedes, pero de una forma que te va destruyendo”. Y explota con fuerza en ‘Fran’, uno de los cortes más íntimos del álbum: un diálogo con su yo de 2019, justo cuando el éxito de ‘Lo siento’ lo empujó a un caos que no sabía sostener. “Llevo una vida intentando llevarme con todos, menos con mi mente”, dice en una de las líneas más desarmadoras. “Queremos quedar bien con todo el mundo, pero desconocemos a la primera persona a la que deberíamos escuchar: nosotros mismos”, agrega.
La diversidad musical del disco no es casual. Beret recupera géneros que formaron su ADN artístico y los mezcla con capas más contemporáneas. “Volví al rap y al reggae, estilos que hacía años no tocaba”, explica. También experimenta con baterías ochenteras, pop urbano y colaboraciones que son como una carta a su niño interior. La más emblemática: SFDK y Morodo, sus ídolos de adolescencia. “SFDK me enseñó el rap; Morodo, el reggae. Juntarlos en una canción es mostrarle a mi niño interior cómo ha cambiado mi vida”, dice.

Lo espiritual también aparece en ‘Superhéroes’, reversión del tema italiano de Mr. Rain, que terminó llevándolo a cantar frente al Papa. “Ha sido la experiencia más grande de mi vida”, recuerda todavía incrédulo. Pero quizá el mayor experimento del disco ocurre en su narrativa emocional. No es un álbum que pida perfección; pide verdad, mirar las fracturas y habitarlas sin miedo. Por eso, cuando se le pregunta cómo sería Lo bello y lo roto si fuera un personaje, no duda: “Sería alguien con un secreto: tiene el superpoder de meterse en la mente de quien escucha el disco y hacerle ver las cosas desde un prisma diferente”. Un personaje que transforma desde adentro, como un sueño extraño de Origen.
En las preguntas rápidas, su instinto lo lleva de vuelta a sí mismo: la fotografía que representaría el álbum sería una de él de pequeño. Su banda sonora ideal: algo tan limpio como Aloha. Y si tuviera que describir este momento —la promoción, el viaje, la búsqueda— lo resume con serenidad: “Es la búsqueda de que se difunda un mensaje necesario. Una búsqueda de lo esencial”.
Y quizá eso es Lo bello y lo roto: un álbum que no pretende tapar las grietas, sino mirarlas de frente. Que no pide ser perfecto, sino habitable. Y que, como el kintsugi, encuentra en cada fractura un destello de luz.


