Después de más de cuarenta años explorando los bordes entre el ruido y la melodía, Yo La Tengo sigue siendo una anomalía hermosa dentro del rock alternativo: una banda que nunca dejó de reinventarse, que resiste el paso del tiempo sin nostalgia ni ansiedad. Desde su base en Hoboken, Nueva Jersey, el trío formado por Ira Kaplan, Georgia Hubley y James McNew lleva casi toda una vida ensayando, grabando y girando a su propio ritmo, sin concesiones ni fórmulas, y a su tiempo.
Antes de aterrizar nuevamente en Buenos Aires —donde ofrecerán dos presentaciones distintas: una en formato acústico el sábado 1 de noviembre en Deseo y otra eléctrica el domingo 2 de noviembre dentro del Music Wins Festival 2025—, James McNew atendió un Zoom sin cámara, solo audio, como si fuera una llamada telefónica de las de antes. Sin pantallas ni fondos prolijos: apenas una voz serena y amable del otro lado de la línea.
Esta es la cuarta vez que vienen a Buenos Aires. ¿Cómo se están preparando para estos shows?
—En nuestros conciertos normales, cuando tocamos en una sala, solemos tocar dos horas, a veces más. Cuando tocamos en festivales, el set dura alrededor de una hora. Es muy distinto para nosotros. Por eso me entusiasma poder hacer las dos cosas esta vez. En nuestros shows hay una elasticidad. Nunca sabemos exactamente cuánto van a durar o qué va a pasar. Dejamos que las canciones respiren, que cambien, que se estiren. Podemos improvisar si algo nos lleva a otro lugar. Esa libertad es parte de lo que mantiene viva a la banda.
Van a tocar también un show acústico. ¿Cómo se traduce el sonido denso y lleno de feedback de This Stupid World a un formato desenchufado?
—Es algo que hacemos desde hace mucho. Hace años grabamos un disco que se llama Fakebook, con canciones acústicas, covers y versiones acústicas de temas eléctricos de Yo La Tengo. Cualquiera de nuestras canciones puede tener cualquier arreglo en cualquier momento.
Entonces, ¿nada está fijado para siempre?
—Exactamente. Nada está escrito en piedra. Cualquier canción puede cambiar y ser distinta si queremos que lo sea.
Este nuevo álbum, This Stupid World, fue el primero que produjeron íntegramente ustedes. ¿Cómo fue esa experiencia?
—Sí. Es el primer álbum completo que grabamos y producimos totalmente por nuestra cuenta, en cuarenta años de banda. Empezamos a escribir y grabar las canciones de This Stupid World y estábamos haciendo lo que pensábamos que eran demos. Y luego el mundo cambió. No podíamos viajar, y decidimos seguir grabando ahí. Y la verdad, la estábamos pasando bien, así que lo seguimos haciendo.
Antes trabajaron con productores como John McEntire o Roger Moutenot. ¿Qué cambió esta vez?
—Ellos son genios, magos de lo técnico. Nosotros no lo somos para nada (se ríe). Siempre estamos resolviendo problemas, tratando de entender cómo hacer las cosas, cometiendo muchos errores… y eso terminó siendo parte del proceso. Fue como escribir y grabar al mismo tiempo, algo muy espontáneo y creativo.
Durante los años 90 y 2000, la banda forjó parte de su identidad de estudio junto a Roger Moutenot, responsable de producir Painful (1993), Electr-O-Pura (1995) y I Can Hear the Heart Beating as One (1997). Más adelante, trabajaron con John McEntire, de Tortoise, en And Then Nothing Turned Itself Inside-Out (2000) y Summer Sun (2003). Con This Stupid World, decidieron hacerlo todo desde su sala de ensayo en Hoboken: sin productor externo, sin ingeniero de mezcla, solo ellos tres y el ruido que los mantiene unidos.
Hay una canción llamada “Sinatra Drive Breakdown”. ¿El título tiene que ver con el lugar donde ensayan? (Frank Sinatra es el hijo de Hoboken, casi su santo patrono, habiendo nacido ahí).
—Sí, no tanto por él, sino por la calle. Nos pareció divertido usar ese nombre. Es imposible no pensar en él cuando pasás por esa calle.
¿Recordás algo del último show en Buenos Aires, en 2014?
—Absolutamente. Nuestras guitarras y pedales se quedaron en la aduana, así que no teníamos ningún equipo. La banda soporte (Atrás Hay Truenos) nos prestó todo: guitarras, cables, pedales… y llamaron a sus amigos y familiares para conseguir más cosas. Fue increíble. Desconocidos que nos ayudaron a poder tocar. Inolvidable.
*(El show fue producido por Ale Ban, entonces director de la productora Indie Folks. “Venían de Brasil y la aduana les retuvo todo por unas remeras que no estaban declaradas —recuerda Ban—. Se trabó el envío de instrumentos, guitarras, pedales, todo. No los liberaban y el show era esa misma noche. Tuvimos que salir a buscar equipos por redes, especialmente los pedales más raros, y pedir ayuda a los fans. La banda nos mandó una lista, pedal por pedal, y empezó una especie de operativo solidario a contrarreloj”, cuenta. Diego Martínez, de Atrás Hay Truenos, lo complementa: “Nos sumamos enseguida. Les prestamos una (Fender) Jaguar, el redoblante —el mismo que nuestro baterista había comprado porque lo usaba Georgia— y hasta cables plug. Me acuerdo de que cuando terminaron de probar sonido tuvimos que pedirle al stage que nos devolviera todo para poder tocar nosotros”, dice riendo. “Ellos estaban tensos, pero después del show nos invitaron a saludarlos, firmaron afiches y se llevaron una remera que Roberto, nuestro cantante, había hecho con lavandina en su pieza de Neuquén, que decía Yo La Tengo. Al final fue una noche hermosa.” Ale Ban lo resume perfectamente: “Sin la ayuda de los fans, ese recital no hubiera sido posible.”)
En el festival van a compartir cartel con Massive Attack, Primal Scream y otros. ¿Te interesa ver a alguna de esas bandas?
—Nos pone muy contentos que además podamos tocar nuestro propio show al día siguiente. Los festivales son divertidos, pero preferimos tocar sets largos, en un lugar propio, para poder hacer realmente lo nuestro.
Después de cuarenta años juntos, ¿cuál es el secreto para seguir adelante sin perder la identidad?
—No lo sé. Tal vez el hecho de que no tenga una respuesta sea la respuesta —dice riendo—. Nos gusta estar juntos, somos amigos, confiamos unos en otros. Es un placer hacer música con tus amigos. No hay nada mejor que eso.


