UATS: el lado jazzero y (más) volado de la banda de CA7RIEL y Paco Amoroso

Javier Burin, Felipe Brandy, Maxi Sayes y Edu Giardina, claves en el sonido de Ca7riel y Paco Amoroso, armaron una jam band con vuelo propio

Por  HUMPHREY INZILLO

octubre 15, 2025

TOTO PONS (@TOTOPONS)

Viven en un hotel, y de gira con (Paco) y CA7RIEL. ¡Ya parece mentira! Hablamos, claro, de los cuatro jinetes del Apocalipsis Jazzero de la banda argentina que conquista el mundo. Javier Burin (teclas, 24 años); Felipe Brandy, también conocido como “El Tío La Bomba” (bajo, 31 años); Maxi Sayes, alias Pai (percusión, 26) y Edu Giardina (batería, 44). Desde la explosión del Tiny Desk, esos 17 minutos y 27 segundos que marcan un parteaguas en la vida (y la obra) de un proyecto del que definitivamente se sienten parte, “la banda” pasó a tener un lugar preponderante en el sonido funkero, jazzístico, irresistible y en los shows del grupo. Si la primera backing band de Sting como solista que, a mediados de los 80, incluía a talentos como Branford Marsalis, Kenny Kirkland, Omar Hakim y Darryl Jones, CA7RIEL y Paco tienen su propias Tortugas Azules. 

Así que ahora, mientras cuentas con naturalidad anécdotas y aventuras en Nueva York, Japón y Centroamérica, al mismo tiempo que suman horas de vuelo (literales y, también, de escenarios multitudinarios), aprovechan para impulsar UATS, su proyecto paralelo.

“Se alineó todo para que podamos aprovechar la infraestructura, hacer nuestra movida y que haya buena onda con el proyecto. Que lo podamos hacer. O sea, muchas veces nos ayudan o o cambian un día de vuelo al día siguiente como para que podamos hacer la jam. Y eso es un montón, ¿viste? Para mí lo más importante de todo es que somos amigos, que nos amamos”, explica Javier Burin, pianista y tecladista. Elegido como músico revelación de la escena del jazz y las músicas creativas en 2023 en la encuesta que realiza el sitio especializado El Intruso, Javier es artista del sello Los Años Luz, y acaba de lanzar su segundo álbum, Danza ígnea, en colaboración con el bajista y compositor Kenji Sinyasiki

UATS, el nombre, está formado por cuatro letras que representan a cada uno de los músicos del cuarteto, y su propuesta es una jam de características propias. “Lo que nos diferencia de otros grupos de música instrumental, aunque no es 100% instrumental porque también Edu canta, es el humor. A veces estamos tocando una base y, de la nada, paramos y tiramos memes musicales, como la canción de Los Simpsons. O viene un amigo y, en medio de un tema, se pone a cantar ‘Bailando el house’, un tema de Alejandro Paz. Desde siempre tuvimos ese factor bizarro”, celebra Burin.

“Si bien es una jam, tiramos data y zapamos un montón, también hacemos chistes todo el tiempo. Y nos reímos nosotros también. Nos miramos mucho entre nosotros cuando estamos tocando, y nos cagamos de risa. Ojo, después tenemos momentos de super conexión y de mirarnos de otra manera, más intensamente. Pero siempre hay mucha interacción entre nosotros, ya sea riéndonos o conectando. Y a la gente le entusiasma eso”, agrega Felipe, el Tío, que pasó por otros proyectos con Cato y Paco (Astor y Las Flores de Marte, banda seminal de prog-rock) y también por el grupo Caca Barrilete, un power trío con una cuota de delirio bizarro (uno de los pocos temas que dejaron grabados se llama “El hermano boxeador de Carlos Menem”).  

El jazz, entendido como un lenguaje y no como un género, es uno de los factores aglutinantes de estos músicos de alto vuelo. “Estudié y escucho músicas que tengan ese lenguaje todos los días. Me encanta y siento que si bien todos escuchamos cosas distintas, nos encontramos en muchos puntos en común. Y siempre siempre hay cosas unidas por el jazz, ¿no? Todos tenemos nuestro gusto musical, pero estamos escuchando música todo el tiempo, y nos la compartimos, Así se arma el sonido de la banda”, argumenta Felipe. 

En ese contexto, Maxi Sayes, con varias giras con Bandalos Chinos encima, aporta el sabó: “ Mi conexión con el jazz es flashera. O sea, más que nada con el latin jazz. Tito Puente, Celia Cruz, la Fania, Rubén Blades. Todo eso, desde chico, me voló la  peluca mal”. El percusionista, que también toca algo de bajo, guitarra y piano, se destaca por su cabeza (y su trabajo) de productor. 

“Paco y CA7RIEL siempre tuvieron músicos recontra jazzeros”, advierte Javier. “Yo era el reemplazo de Axel Intro [requerido sesionista y director musical, integrante de los cada vez más afianzados Cindy Cats que el 27 de noviembre tocan en el microestadio de Ferro]. Una vez tocamos en la Beatbox, y yo flasheaba porque tocábamos ‘La prisión’, un tema con apenas dos acordes, pero el Dogui, que también tocaba en la ATR, tiraba unos voicing con un sonido tipo coro, y  yo flasheaba cómo eso abría la armonía. Y entendí que en el jazz posta hay algo que te permite una libertad. Por eso me metí a estudiar jazz”.

Pasaron por las aulas de bastiones de la educación pública musical: la Escuela de Música Juan Pedro Esnaola, en Saavedra (igual que CA7RIEL); la Escuela de Música Popular, en Avellaneda; la carrera de jazz en el Conservatorio Manuel de Falla, en el centro porteño. Pero, además, el Pai mamó la música desde chico. “En los 90, mi viejo tocaba en Malagata, con Antonio Ríos. Así que en casa se escuchaba mucha cumbia, mucho latin. Yo siento que esa fue mi primera escuela: la cumbia. Amar Azul, La Nueva Luna, esas bandas.Y después, ya en el Esnaola, descubrí a Santana, a Jamiroquai, un montón de cosas”, dice Sayes.

De su paso por la EMPA, Brandy destaca a su profesor de bajo, Alfonso Alcoleas, una eminencia del candombe porteño al frente del grupo Los Molembos. Y, además, un año de clases particulares con Mariano Sivori, de Escalandrum (“me hizo escuchar mucha música y encarar el bajo como un contrabajo”). Y el Tío, además, en su particular derrotero musical tuvo una etapa de obsesión blusera y estudió armónica con Sandra Vazquez

Si bien predomina la improvisación, quintaesencia del jazz, en la jam de UATS no suenan standards. Versionan, a lo sumo, “Impostor”, nuevo hit de CA7RIEL y Paco Amoroso, en una relectura aceleradísima. La propuesta resume, más bien, un ecléctico cruce de influencias, del groove de Jamiroquai, al virtuosismo del rock progresivo y el AOR (el “Adult Oriented Rock”, aporte de Edu). Y más.

Dice Javier: “Se arma una cosa más conceptual. Cada uno va poniendo sus influencias y sus ideas en la mesa y aunque son ideas que vienen de lugares distintos logramos que no se choquen y que confluyan en algo que para mí es muy interesante. Yo he tocado con un montón de grupos de zapada y nunca toqué en un grupo en el que se arme algo así. O sea, me parece algo bastante único”. Y agrega: “El Tío es el chabón que más música escucha que yo conozco en mi vida. O sea, conoce cosas que no conoce nadie y es, para mí, el mejor DJ del planeta”. 

Más allá del virtuosismo, el eje de las presentaciones de UATS es la gozadera, el humor. Una experiencia opuesta a la que tuvieron hace unos meses, cuando fueron a la jam de Smalls, el célebre club de jazz de Nueva York, y descubrieron que funcionaba más como una vidriera para sesionistas que un espacio para el placer. “Estaban todos en una muy individual. Todos mirando qué licks va a tocar el otro, como su fuera la página de los avisos clasificados”, dice Burin.
La jam empezó de casualidad, el año pasado, en Mendoza. “Habíamos ido a tocar con CA7RIEL y Paco, y nos propusieron tocar en un lugar más chico. Antes tocó Chet Faker [emblema australiano del trip hop], y después nos pusimos a zapar. Estaba Cato, también, y estuvo buenísimo”, relata el tecladista. 

Con la explosión global del grupo, UATS funciona como un soplo de aire fresco: “Es un espacio para descontracturar y hacer música en el medio de la gira que estás trabajando y estás tocando el mismo show una y otra vez. Po eso, muchas veces, Cato y Paco también se suman a la zapada”. 

La última jam de UATS en Buenos Aires fue en Quetren, un espacio cultural en el barrio de Belgrano, a una distancia caminable de la cancha de River, en la que con CA7RIEL y Paco Amoroso compartieron cartel con Kendrick Lamar (la escala porteña de la gira también incluyó un show en el Movistar Arena). A esa fecha, igual que a todas las que hicieron en distintas partes de Europa, Japón y el Caribe, se sumaron los integrantes de American Boyfriends, la sección de vientos estadounidense de la banda de Cato y Paco: Jason Arkins (saxo), Carlos Ramos (trompeta) y Jett Lim (trombón). 

Para entender el estado de efervescencia musical de estos músicos, vaya esta anécdota. El día después de tocar en River con Paco y CA7RIEL, Javier y Jason ofrecieron un doble concierto en Virasoro, el reducto jazzístico de Palermo, junto a Juan Cruz de Urquiza (trompeta), su hijo Sebastián en contrabajo y Fer Moreno en la batería. Dice Javier: “Disfruto de las dos situaciones. Y en cada una de ellas se requieren cosas muy distintas. O sea, el otro día cuando toqué con Juan Cruz, me di cuenta de lo difícil que es tocar esa música. Él está en el techo, siempre. Tenés que dar todo como para llegar al nivel de intensidad que maneja. Mucha entrega, incluso física, porque el piano de Virasoro es de pared y no suena muy fuerte, entonces tenés que bajar la mano, mal. Y es re distinto de lo que pasa en un show de miles de personas. Quizás, tenés más presión tocando ahí que tocando en River, porque ahí no ves las caras, son píxeles”.  

Los shows de UATS tienen cierta intimidad. “En una jam quizás son 300 personas, es un grupo reducido, pero a la vez es mucha gente. Y como están todos en un semicírculo, también es muy especial”, dice el Tío. 

Tienen fechas agendadas en París, en Amsterdam y en Copenhage. Y aunque sería reduccionista decir que todo es gracias al Tiny Desk, allí probablemente esté la semilla de este suceso, que por caracter transitivo repercute en UATS. “En el momento de la grabación, la pasamos mal”, dice el Tío. “Ojo, no tocando. Tocando la pasamos re bien. Por lo menos yo. Primero, porque lo hicimos sin los [auriculares] in ears, que se volvió el castigo de todos los días de nuestras vidas, por el tipo de lugares en los que estamos tocando. Pero, la verdad, que después fue estar tocando con los pibes. No había mucha expectativa de nuestra parte. Pero cuando salió, explotó”, agrega.

Maxi Sayes todavía se lamenta por no haber podido grabar: le negaron la visa. “Cuando salió, yo estaba en Ecuador con Bandalos Chinos, y me di cuenta de que se iba a re picar”, dice. Y tenía razón: se re picó.

“Yo todavía no caigo”, confiesa Javier. “Fuimos bastante cagados, porque tuvimos muy poco tiempo para hacer las cosas. Yo siempre tuve un montón de dudas en cuanto a lo profesional. Me veía como un pibe re jazzero que toca el piano, que toca las chapas, con una data de la fusión, nada que ver. Y esto me permitió sentir que estaba, porfesionalmente, a la altura de un trabajo mainstream”.

La validación del Tiny Desk les brindó otro estatus en la estructura del show. No sólo porque les pidieron que arreglen más temas en ese estilo, sino porque los habilitó a tocar más. “Veníamos con un show un poco más electrónico, con nosotros montados encima de las pistas. Y eso nos permitió proponer otras cosas. No había una apuesta a estas cosas más jazzeras y después nos pidieron que arreglemos otros temas en ese formato. Y para nosotros fue increíble porque lo que más queríamos era tocar más. El show que hacemos ahora, que es super tocado, para nosotros es una fiesta”, dice Javier. Y el Tío completa: “Por más pop y mainstream que sea, termina con un solo de Moog de Javi, y la gente saltando en el solo. ¡Eso es una locura! ¡Un triunfo total”.