Está viajando por el norte del país. A unos cien kilómetros de Canadá, donde se dice que el viento golpea fuerte la frontera. Cuando llega a una arbolada intersección suburbana, apaga el motor y se baja de su camioneta Toyota alquilada. Tiene una campera de plumas sobre una buzo gris con la capucha sobre la despeinada melena castaña. Su destino es una pequeña casa color crema en la esquina, al final de un camino flanqueado por dos modestos arbustos. A su izquierda hay un cartel relativamente nuevo con el nombre de la calle. Dice Bob Dylan Drive.
Lleva una hora y 20 minutos navegando por una helada ruta 53, derrapando entre Duluth y Hibbing, Minnesota. Los corredores de seguros de al menos dos grandes estudios de Hollywood se deben estar clavando dosis extra de Xanax. Pero Timothée Chalamet está en una misión, y esta peregrinación es una de sus últimas etapas.

Se suponía que tendría cuatro meses para prepararse para interpretar a un joven Bob Dylan en la pantalla. En cambio, gracias a la pandemia y a las recientes huelgas en Hollywood, fueron cinco años. Empezó sin saber casi nada sobre Dylan y terminó siendo un autoproclamado “discípulo devoto en la Iglesia de Bob”, tirando referencias a tracks oscuros y canales de YouTube con material pirata. “Tuve que llevar la preparación al límite –me dirá– casi para entender psicológicamente que así lo había hecho”.
Trabajó con un profesor de canto, otro de guitarra, un coach de pronunciación, uno de movimientos y otro de armónica. En un momento, escribió las letras de Dylan en hojas de papel y las pegó en las paredes de su casa. Chalamet lleva su guitarra acústica a las lecciones de canto, donde a veces, sin previo aviso, aparece hablando con la voz de Dylan. En A Complete Unknown [se estrena en cines de Argentina el 30 de enero], terminamos escuchando a Chalamet cantar y tocar canciones completas, de verdad, en vivo en el set. “No podés recrear eso en el estudio”, argumenta más tarde. “Si cantara sobre una guitarra pregrabada, la falta de movimiento de los brazos se me notaría en la voz”.
Chalamet creció adorando a Kid Cudi, aunque sus “aspiraciones de rapear nacieron muertas”, según él mismo. Sigue siendo fanático del hip-hop, pero ahora ha reprogramado su cerebro de tal manera que está empezando a interesarse por Grateful Dead. Y aunque rodó otras películas después de A Complete Unknown, Chalamet nunca abandonó del todo el mundo de Bob. En su teléfono tiene un video de él en el set de Dune cantando “Don’t Think Twice, It’s All Right” con el pijama intergaláctico de Paul Atreides, y una foto donde toca la guitarra con su disfraz de Willy Wonka.
Un hombre de 82 años con cabello blanco llamado Bill Pagel sale de la casa para saludar a Chalamet. Pagel, un farmacéutico retirado y quizás el principal coleccionista de Bob Dylan en el mundo, compró la propiedad en 2019. Dylan vivió acá con su familia entre los seis y los dieciocho años, y Pagel está convirtiendo la casa en un museo en honor a su antiguo ocupante, restaurándola y llenándola con artículos de su colección. Chalamet pasa una hora en la casa, sentado en el dormitorio donde un joven Robert Zimmerman miraba hacia el horizonte nevado y reflexionaba sobre su futuro. Revisa una colección de discos de 45 RPM que Dylan tuvo alguna vez: Little Richard, Johnny Cash, Gene Vincent, Buddy Holly.
Chalamet se escapa para visitar la escuela secundaria local, donde ve a estudiantes-actores ensayar en el mismo escenario donde el adolescente Dylan tocó con su banda de rock & roll. El piano Steinway en el que tocaba sigue allí. Cuando los chicos del club de teatro se dan cuenta de quién está viendo su ensayo, se vuelven locos, y Chalamet pasa un rato respondiendo a sus preguntas.
Antes de salir de la ciudad, regresa a la casa una última vez. Lo siguen tres jóvenes que saltan de su coche, buscando un autógrafo o una selfie, hasta que Pagel lo mete adentro de un tirón. Chalamet observa entonces un artefacto clave escondido en el sótano: un dibujo que Dylan hizo alrededor de 1960 en la contratapa de un álbum del cantante de protesta Woody Guthrie, autor de “This Land Is Your Land”. El joven Dylan, en proceso de reinventarse a sí mismo a imagen y semejanza de Guthrie, se dibujó en un camino hacia Nueva York, marcado con un cartelito que rezaba “Rumbo a la gloria”. Al final del camino hay un dibujo de Guthrie.
Dylan insinuaba su futuro en la escena folk de Greenwich Village, por supuesto sin mencionar la eventual película biográfica de Hollywood protagonizada por un ídolo generacional más de 60 años después. En enero de 1961, en un momento vívidamente recreado en el film, si bien con ligeras dosis de ficción, Dylan encuentra a Guthrie en el hospital de Nueva Jersey donde está siendo tratado por el mal de Huntington. Saca la guitarra y le canta a su héroe.
Es el comienzo del improbable viaje de cuatro años que la película narra, en el que Dylan se convierte en el heredero artístico de Guthrie, encendiendo una generación con la cruda profecía de sus letras y el gruñido campestre de su voz, antes de agarrar una Fender Stratocaster y transformarse en algo completamente diferente. En el camino, conoce a otro cantautor y amigo de Guthrie, Pete Seeger (interpretado en la película por un Edward Norton irreconocible), se enamora de la joven artista y activista política Suze Rotolo (rebautizada como Sylvie Russo en la película e interpretada por Elle Fanning), y coquetea con una relación musical y romántica con Joan Baez (Monica Barbaro), cuya fama inicialmente eclipsa la suya.
A diferencia de otros héroes de los sesenta, Dylan se ha mantenido obstinadamente vivo, mudando de etapa con las décadas. Y aún no ha terminado. Pero esa misma persistencia puede llegar a obturar lo mucho que cambió el mundo en su fase inicial, incluido ese momento en el que se electrifica, que en realidad fue una transformación gradual de estilo y temática, de las canciones de protesta acústicas a un rock estruendosamente abstracto.
Muchas suposiciones que damos por sentadas sobre la música popular en todos los géneros —que las superestrellas pueden ser vocalistas poco convencionales, que el pop puede ser un vehículo para la profunda expresión personal y política, que las letras pueden ser poesía, que los artistas pueden transformarse radicalmente— tienen sus raíces en el trabajo de Dylan entre 1961 y 1965. Su impacto fue mucho más allá del rock: artistas desde Stevie Wonder hasta Nina Simone versionaron sus canciones, y como me recordó recientemente George Clinton, incluso el sonido y las letras de Motown cambiaron a partir de “Like a Rolling Stone”.
Se ha sugerido que Dylan es demasiado misterioso, demasiado ajeno, para el tipo de narrativa lineal que intenta A Complete Unknown, que solo podría ser capturado por una película como I’m Not There de 2007, que caleidoscópicamente divide su papel entre múltiples actores. El director y coguionista de la nueva película fue James Mangold, que ya supo darle brillo hollywoodense a la biografía de Johnny Cash en la ganadora del Óscar Walk the Line. Mangold se niega a aceptar que el genio revolucionario de Dylan no pueda mostrarse como un ser humano y se burla de la idea imitando la voz de un crítico arquetípico: “¿Cómo vas a escribir sobre Bob Dylan? ¡Deberías estar sangrando por Bob!”.
Dicho esto, es difícil subestimar el desafío que enfrentaron los cineastas. “La gente es profundamente protectora con Bob Dylan y su legado musical”, dice Chalamet, “porque es tan puro en cierto sentido, y no quieren ver que una película biográfica lo maneje mal”. Sin mencionar que estaba interpretando, en sus palabras comedidas, “a alguien que no era una persona sencilla”, un artista que siempre ha disfrutado de ocultar su verdadero yo.
“Él nunca quiso tomar el camino fácil”, dice el profesor de guitarra de Chalamet, Larry Saltzman, sesionista de alto nivel que giró durante años con Simon y Garfunkel. “Si le planteaba algo tipo ‘está bien, este es el camino, pero también hay un pequeño atajo’, su respuesta era siempre: ‘No me muestres el atajo’”.
Chalamet eventualmente le envió a Mangold una foto de aquel mapa dibujado a mano por Dylan. En ese mapa, y durante todo su tiempo en Minnesota, Chalamet también comienza a ver algo en Dylan que reconoce, un sentimiento que no teme admitir que alguna vez él tuvo también: “Uno está conectado a su destino. Pero esa conexión es frágil”.
Timothée Chalamet ahora no se parece en nada a Bob Dylan. Acá en Nueva York, en los últimos días de agosto, apenas se parece a Timothée Chalamet. A Complete Unknown terminó de rodarse hace diez semanas y, en la otra punta del país, Mangold lidera la carrera de postproducción para completar la película a tiempo para el estreno el día de Navidad. Chalamet ya se está preparando para rodar su próximo proyecto, Marty Supreme, de Josh Safdie, en el que interpreta a un campeón de ping-pong de los años 50. En consecuencia, se cortó el cabello esponjoso y se dejó el bigote y la barbita. Cuando se cuela en un caótico y abarrotado concurso de imitadores de Timothée Chalamet en Washington Square Park, un par de meses después, con el cabello aún corto, ya sin barbita, pero con el bigote más crecido, de alguna manera se parece menos a sí mismo que el tipo que gana.
Nos encontramos en el lobby del Chelsea Hotel, donde Dylan vivió una vez; en la película, hay una toma con Chalamet en una noche brumosa frente al cartel de neón vertical del hotel. Se lo ve mucho menos icónico cuando pasamos por ahí a plena luz del día, con Chalamet vestido como un estudiante universitario, en pantalones cortos, camiseta blanca de manga larga, cadena de oro y gorra de los Yankees marrón. Los únicos recordatorios de su absurdo nivel de celebridad son sus Nike Field General ’82, una reedición que él solito puso de moda al aparecer con un par en un partido de la NBA.

Nos dirigimos hacia el oeste por la calle 23, cruzando la Octava Avenida, con Chalamet esquivando bicicletas con la naturalidad de un nativo de Manhattan. Es una tarde nublada y las calles están llenas de gente, pero de alguna manera, nadie lo mira. “Me siento como en casa”, dice. “Me siento bien”. Más tarde tiene una reunión con Safdie y pronto tiene que volar a Francia para el nacimiento del primer hijo de su hermana mayor. No obstante, Chalamet está visiblemente relajado mientras avanza a paso firme con las manos en los bolsillos. Terminar la película después de todo este tiempo seguro ayuda, pero él jura que nunca se sintió abrumado por el proyecto. “Es el tipo de presión que quiero en mi vida”, dice. “Esta es la clase de presión que amo”.
Cerca del principio de la película, Dylan se encuentra con Guthrie en su sombría habitación del hospital, donde (en una de las licencias del film) está también el Seeger de Norton. Bob se presenta con el nombre “Dylan” por primera vez en su vida, con una sutil mezcla de desafío y duda. Luego toca “Song to Woody”, una de las primeras grandes canciones de Dylan, de principio a fin. Es una secuencia crucial en más de un sentido y fue una de las primeras escenas importantes que Chalamet rodó. Y mientras Guthrie (Scoot McNairy) y Seeger en la película están juzgando la actuación de Dylan, el público hace lo mismo con Chalamet. En la película terminada, todo funciona, desde el rasgueo de la guitarra, el sudor en la pálida frente de Chalamet, hasta la sutil prótesis en su nariz. “Su actuación”, dice Norton, “es increíblemente buena”.
“Esa noche me fui a casa y lloré”, dice Chalamet. “No solo porque ‘Song to Woody’ es una canción con la que siento que viví siempre, y sentí que la hicimos cobrar vida, sino también porque sentí que podía correrme. El orgullo que sentía no tenía nada de vanidad. Sólo sentí algo así como: ‘Vaya, esto es como el teatro vieja escuela’. Le estamos dando vida a algo que sucedió y, humilde y valientemente, emprendiendo este viaje para, con suerte, llevarlo a un público que de otro modo no lo conocería. Sentía que estábamos haciendo una tarea honorable”.
Chalamet supo del proyecto de A Complete Unknown cuando todavía se titulaba Going Electric y se basaba en el libro de Elijah Wald de 2015 Dylan Goes Electric!, antes que Mangold fuera convocado. En ese momento, Chalamet tenía una idea bastante vaga de Dylan como cierta figura distante que los fanáticos de la música estaban obligados a venerar, un artista querido por el padre de un amigo de la infancia. Inicialmente, a Chalamet simplemente le gustaba el look de Dylan. “En una búsqueda rápida en Google, había algo detrás de esos ojos, ¿sabés?”.
Pronto aprendió que Dylan al principio se veía a sí mismo como un artista de rock, pero terminó siendo una superestrella folk y luego regresó otra vez al rock. Chalamet rápidamente trazó esa trayectoria en su propia experiencia. Para él, Dylan, a pesar de toda su reverencia por figuras como Guthrie, Lead Belly y Odetta, utilizó el mundo del folk como una especie de puerta trasera. “Si no podía convertirse en Elvis o Buddy Holly de inmediato”, dice Chalamet, “encontró a Woody Guthrie y cosas un poco más alcanzables, y resultó ser realmente bueno. Eso de inmediato me tocó una fibra”.
Chalamet se convirtió en una estrella a través de películas independientes que superaron con creces sus expectativas comerciales, interpretando a un adolescente sexualmente despierto en Call Me By Your Name, a un idiota en Lady Bird, a un adicto torturado en Beautiful Boy, y a un pretendiente enamorado en Little Women. Pero de chico, lo que realmente lo obsesionaba era The Dark Knight. Audicionó para franquicias de acción, películas como Maze Runner y Divergent, y fracasó. “Siempre recibía la misma respuesta”, dice, con dolor. ‘Oh, no tenés el físico adecuado’. Una vez, un agente me llamó y me dijo: ‘Estoy cansado de recibir el mismo comentario. Vamos a dejar de presentarte para estos proyectos grandes porque no estás ganando peso’. ¡Trataba de engordar, pero no podía! Básicamente no pude. Mi metabolismo o lo que sea no podía”.
Era un brillante joven actor con un talento extraordinario para elegir papeles independientes, pero la verdad es que más bien aceptaba lo que podía. “Estaba llamando a una puerta que no se abría”, dice. “Entonces fui a lo que pensé que era una puerta más humilde, pero en realidad terminó siendo explosiva para mí”.
Chalamet eventualmente encontró su camino en las películas de Dune. Sin vergüenza alguna ve su papel de mesías espacial montando un gusano de arena en el año 10.191 como su propio momento de electrificación. Sus papeles anteriores, dice, eran “personales y vulnerables. Era como esa intimidad que escucho en la música temprana de Bob, en sus primeras canciones folk”. Hace una pausa y aprovecha la metáfora: “Y luego, eventualmente, te pasa que querés usar otros instrumentos”.
También se vinculó con la idea de que la historia de Dylan y su arte no pueden reducirse a ningún trauma en particular. A diferencia de Cash o, digamos, Dewey Cox, no está agobiado por su pasado, no mira atrás. Dylan nunca ha tenido que pensar en toda su vida antes de tocar, y tampoco Chalamet. “Me identifiqué con la sensación de que mi talento podría ser mi talento”, dice. “Podría contar la historia de una crianza poco convencional. Crecí en una vivienda para artistas, Manhattan Plaza, lo cual es una forma peculiar de crecer. Podría intentar pintártelo de manera negativa. Podría intentar pintarlo de manera positiva, pero es un poco de todo. Hay matices”. Su punto es que no importa. “No necesito recurrir a algo que me pasó de joven. Tu talento es tu talento. Lo que tenés que decir es lo que tenés que decir. No necesitás el Big Bang”.
Elle Fanning actúa desde los tres años, pero nunca había estado tan emocionada por un ensayo. Durante la preproducción de A Complete Unknown, un asistente le envió un cronograma de trabajo para la semana, mencionando casualmente un ensayo con Mangold… y Bob Dylan. “¡Dios mío!”, dice por Zoom, con sus ojos azules brillando. Es una tarde de domingo en octubre y está relajada en su habitación de hotel en Noruega, en un día libre del rodaje de una película con el director Joachim Trier. “Pensaba en todo lo que quería decir y preguntar, en qué ponerme. ¡Me iba a encontrar con Bob Dylan!”.
Los creadores de A Complete Unknown esperan que la película aliente una nueva generación de aficionados a Dylan. Pero Fanning, de 26 años, ya venía adelantada. Ha sido fan desde los 13 años, cuando el escritor y director Cameron Crowe le presentó la música de Dylan en el set de We Bought a Zoo. “Escribía ‘Bob Dylan’ en mi mano todos los días durante la escuela secundaria”, dice. Interpretar el primer amor de Dylan, entonces, era una perspectiva soñada.
Lista para conocerlo aquel día, Fanning abrió la puerta y se encontró con Mangold, de barba y aspecto autoritario. A su lado estaba Timothée Chalamet. Nadie más. ¿Qué había pasado? Chalamet había sido agendado como “Bob Dylan” en el cronograma de la producción. “Probablemente sea la primera persona en decepcionarse por tener un ensayo con Timothée Chalamet, ¿no? La primera chica en la historia”, dice Fanning.
Aunque ciertamente no estaba en el set, el verdadero Dylan sí estuvo involucrado en A Complete Unknown e incluso figura en los créditos como productor ejecutivo. Durante la pandemia, tuvo varias reuniones con Mangold en Los Ángeles y revisaron juntos el guion, línea por línea. “Jim tiene un guion con anotaciones de Bob por ahí, en algún lado”, dice Chalamet. “Le voy a rogar que me lo pase. Nunca me lo va a dar”.
“Sentí que Bob sólo quería saber qué estaba haciendo”, dice Mangold. “‘¿Quién es este tipo? ¿Es un idiota? ¿Entiende algo?’. Las preguntas normales que se haría cualquiera”.
Mangold no lo dice, pero Fanning asegura que le contaron que fue el propio Dylan quien quiso que no se usara el nombre real de su primera novia en Nueva York, Suze Rotolo, fallecida en 2011. Ella era una artista y activista que lo introdujo en la política de izquierda, inspiró “Don’t Think Twice, It’s All Right”, entre muchas otras canciones, y aparece de su brazo en la tapa de su segundo álbum, The Freewheelin’ Bob Dylan. Para Dylan, Rotolo era “una persona muy reservada y nunca quiso esta vida”, dice Fanning. “Obviamente, era alguien muy especial y sagrada para Bob”. Casi 60 años después de separarse, Dylan seguía siendo protector con ella.
Aunque el personaje se renombra como Sylvie Russo, su arco es uno de los menos ficticios en el film: una escena en la que desafía a Dylan sobre su cambio de nombre coincide con los relatos de Rotolo en sus memorias de 2008, A Freewheelin’ Time. El propio Dylan añadió una línea al guion para su personaje durante una de sus peleas. “Era algo así como: ‘Ni te molestes en volver’”, dice Fanning. “Sabemos que esas discusiones ocurrieron, así que tal vez él estaba recordando o bien lamentando algo que le dijo” (en la película, Russo lamenta la idea de regresar de un viaje por Europa para “vivir con un trovador misterioso” y Dylan, cuyo primer álbum fue un fracaso, responde: “Los trovadores misteriosos venden más de mil discos”).
La actuación profundamente sentida de Fanning sostiene la relación Dylan-Russo en el núcleo emocional de la película, hasta una hermosa escena de despedida. La secuencia, en la que Dylan enciende dos cigarrillos entre sus labios y le entrega uno a Russo, hace referencia a una famosa escena del clásico de Bette Davis de 1942, Now, Voyager. Fanning y Chalamet la vieron la noche antes de filmar. “Timmy lloró viendo esa película”, dice Fanning. “Yo estaba como: ‘¿Lloraste? ¡Está bien, blandito!’”.
Fanning se emocionó la primera vez que escuchó a Chalamet cantar en el set. “Estábamos en un auditorio. Yo me había sentado entre todos estos artistas de fondo”, recuerda. “Jim hizo que Timmy saliera y diera un concierto completo. Cuando estaba cantando ‘Masters of War’ y ‘A Hard Rain’s A-Gonna Fall’, yo pensaba ‘¡Jesús!’. Todos estábamos casi temblando porque era tan surrealista escuchar a alguien hacer eso. Tan perfectamente, pero sin ser una caricatura. Todavía era Timmy, pero era Bob en una especie de hermosa fusión. Me dio escalofríos”.
Más tarde, Fanning escuchó a unos extras debatir si Chalamet estaba haciendo playback. “Les toqué en el hombro y les dije: ‘Está cantando. ¡Sé que está cantando!’”.
Antes de la filmación, a Fanning le advirtieron que Chalamet “se mantendría al margen” de todo en el set; excepto con ella. Ya se conocían bien por haber interpretado una pareja en A Rainy Day in New York en 2019; trabajar juntos, muy cerca, se ajustaba a la relación de sus personajes.
Monica Barbaro, cuya Joan Baez tiene un romance más espinoso y contencioso con Dylan (“Sos un poco un idiota, Bob”, le dice en una escena postcoital), no conoció a Chalamet hasta una semana antes de comenzar la producción. Cuando lo hizo, él ya estaba vestido con la ropa de Dylan. “Muchos amigos”, dice Barbaro, “me preguntaban: ‘¿Ya lo conociste?’”. Pero sentí que era lo correcto esperar y conocerlo recién en el contexto de estos personajes… de la forma en que ella lo veía a Bob.
Barbaro, quien interpretó a la única piloto de combate femenina de élite en Top Gun: Maverick, enfatiza que Chalamet no era tan metódico como para que ella tuviera que llamarlo “Bob” (aunque Mangold dice que a veces él sí lo hacía). “No era tan extremo”, dice ella, riendo. “No era nada tipo ‘No lo mires a los ojos’ ni nada por el estilo. Nos dijimos hola, nos dimos un abrazo y yo le conté que acababa de ver Dune”.
En el set, Chalamet sí se mantuvo “en su propio mundo”, dice Barbaro, “de una manera que creo que Bob también solía hacerlo, a menudo. Y de hecho, eso fue muy propicio para la dinámica entre Bob y Joan”. Una vez, cuando los dos actores empezaron a charlar como ellos mismos entre tomas, Mangold notó que la voz-Dylan de Chalamet se desvanecía. “Y en ese momento”, añade Barbaro, “creo que ambos dijimos algo como: ‘¡No, basta, no hablemos más!’”.
Chalamet hizo varias cosas así, buscando mantener la mente despejada. “Era implacable”, dice Norton. “Sin visitas, sin amigos, sin representantes, sin nada. Nadie se acerca mientras hacemos esto. Estamos tratando de hacer lo mejor que podemos con algo tan totémico y sacrosanto para muchos. Así que estuve totalmente de acuerdo. No podemos tener un maldito público. Tenemos que creérnoslo al máximo posible. Tenía razón en ser tan protector”.
Chalamet dice que aprendió a establecer un tono en el set de sus excompañeros de reparto. “Los grandes actores con los que he trabajado, Christian Bale en Hostiles, u Oscar Isaac en Dune, cuidaban mucho el proceso, particularmente cuando trabajaban en algo que se parecía realmente a caminar por la cuerda floja”. Para Chalamet, parte de eso fue el esfuerzo por borrar las cargas de la fama y volver a cómo se sentía “cuando la gente no tenía curiosidad por cómo realizás tu trabajo, porque aún no saben quién sos”.
Podría sonar a queja. “Era algo que me daba pánico”, añade, “perder un momento de descubrimiento del personaje —por muy pretencioso que suene— por estar mirando el celular o por cualquier otra distracción. Tuve tres meses de mi vida para interpretar a Bob Dylan, después de cinco años de prepararme. Así que mientras estuve en eso, ese fue mi foco absoluto. Él se merecía eso y mucho más.… ¡Dios no quiera que haya perdido un paso por ser Timmy! ¡Tengo el resto de la vida para ser Timmy!”.
No había forma de evitar que las tomas exteriores estuvieran plagadas de paparazzi aficionados y profesionales, algo que también ocurre mientras se filma Marty Supreme en Nueva York. Ciertamente eso desconcertó a otros miembros del elenco. “Por momentos fue demasiado”, dice Barbaro, “tener a un montón de gente mirando, apuntando con sus iPhones, y pensar: ‘Estamos en 1961. Estoy caminando por la calle con una valija y sin teléfono’”.
Chalamet no quiere quejarse. “No podés hacer nada al respecto”, dice. Le gusta convencerse de que es algo bueno porque significa que a la gente “le importa la mierda en la que estás trabajando”.

Por supuesto, a la gente también le importa él. Desde afuera, al menos, Chalamet parece haber navegado la fama con una elegancia inusual. Sale con Kylie Jenner, pero mantienen el perfil bajo. Es más famoso que cualquier influencer, pero publica menos en las redes sociales que el propio Dylan últimamente. En la película, sin embargo, su Dylan está asediado y traumatizado por la fama, y la interpretación de Chalamet de la paranoia, el miedo y el aislamiento que eso conlleva se ve notablemente real. Cuando toco el tema, se queda en silencio unos buenos 20 segundos, dice que podría dar una respuesta de 45 minutos y luego esquiva la pregunta.
Simplemente no quiero usar esas palabras, ‘aislamiento’, ‘miedo’ y ‘paranoia’”, dice, sonando ligeramente paranoico. “Creo que no es la manera correcta de abordar la fortuna y la bendición que es trabajar, ya sea que resuene con la verdad o no, y llamar la atención sobre ese tipo de estado emocional. Incluso si es válido, no es realmente un lugar al que quiera ir”.
Su vida temprana está completamente archivada, gracias al hecho de haber crecido bajo los ojos de un panóptico en línea que no perdona a nadie. Tenemos fotos de él abrazándose con su novia de la secundaria, Lourdes Leon; una actuación de 2012 en un concurso de talentos donde rapea como Lil’ Timmy Tim ante un público cómicamente entusiasta de compañeras de clase tiene más de 5 millones de visitas en YouTube. Pero parte de él parece anhelar ser más enigmático, más al estilo de Dylan. También puede que sepa que eso no es posible, lo cual quizás sea la razón por la que hizo algo tan increíblemente poco Dylan como aparecer en ese concurso de imitadores suyos. En nuestras entrevistas, oscila entre torrentes confesionales y una extrema cautela, sin mucha escala.
“Podemos relacionarnos en el sentido de que hemos hecho este trabajo por tanto tiempo”, dice Fanning, reflexionando sobre Chalamet y la representación del peso de la fama en la película. “La gente siente que tiene derecho sobre vos. ¿Cómo vas a liberarte de eso o cómo trazas tu propio camino?… ¿Diríamos que el ascenso a la fama de Timothée es el mismo que el de Bob? Tal vez. Todo es relativamente similar, ¿verdad? Sos joven y luego algo te impacta, y luego es como una explosión”, se ríe. “Pero sabemos que el nombre de Timothée es realmente Timothée Chalamet, y creo que sabemos dónde creció y hemos visto fotos de su mamá. Y tiene una hermana, ¿y no fue a LaGuardia [la célebre escuela secundaria de artes escénicas de Nueva York]. O algo así. ¡Lo sabemos! No es un misterio”.
Chalamet aún no ha conocido a Dylan, aunque le encantaría. Pero Barbaro sí tuvo una charla con la Baez. Necesitó prótesis para emular los dientes de Baez, pero tiene sus mismos pómulos y aún exuda algo de la terrosidad morena de su personaje con una chaqueta de mezclilla sobre una pollera y sandalias de cuero con los dedos al aire. “No soy una persona que diga: ‘Tuve un sueño y debo seguirlo’”, dice. “Pero estaba tan inmersa en la investigación del personaje que sentía que faltaba algo si no la conocía”. Simplemente sentía que necesitaba hacer la conexión. Cuando finalmente logró hablar con Baez por teléfono, la cantante y activista le dijo que había estado esperando que se pusiera en contacto.
Barbaro se sintió casi culpable por relegar a una artista legendaria a un papel de interés amoroso, por muy artísticamente que lo hiciera. “Su vida es mucho más significativa que solo la parte que jugó en la de Bob”, dice Barbaro. “Se merece su propia película biográfica, serie, lo que sea”. La propia Baez ayudó a Barbaro a superarlo. “En un momento, me dijo: ‘Estoy en mi jardín, mirando a los pájaros’”. Yo me quedé como: ‘Ah, sí, no vivís ni morís por lo que esta película diga sobre vos’”. La Baez de Barbaro, fiel a la vida real, se comporta como una igual de Dylan, discutiendo con él tanto en el escenario como abajo. Su dinámica es lo suficientemente real como para que una escena en la que los dos íconos culturales discuten en ropa interior resulte casi transgresora, como algo que no se supone que debamos ver.
En la vida real, Dylan estaba inicialmente mucho más interesado en la hermana menor de Baez, Mimi, un personaje que inevitablemente tuvo que ser eliminado de la narrativa. “No podía”, dice Mangold. “Si tenés tanta gente, termina siendo un desfile. Digamos que el 40 por ciento de la película es música, ¿verdad? Entonces solo te quedan 75 minutos, incluidos los créditos, para contar la historia. Es increíble lo rápido que tenés que elegir y decidir qué investigar”.
Barbaro se opuso incluso a alteraciones menores de los hechos, al punto de que no hay evidencia de que alguna vez Dylan y Baez hayan cantado juntos “Girl from the North Country”, cuando en realidad Baez dejaba que Dylan se encargara de tocar. “Jim decía: ‘Me gusta tanto esa imagen’. O, como me dice Mangold más tarde: “No podés hacer esto como si fuera una entrada de Wikipedia”.
El mayor desafío de la actriz fue intentar aproximarse a la voz cantada de Baez, un instrumento más clásicamente bello que el de Dylan. Barbaro apenas había cantado en público antes, y mucho menos en una película, así que estaba aterrorizada. Al igual que Chalamet, trabajó con el coach vocal Eric Vetro, que entrenó a Austin Butler para interpretar a Elvis Presley. Y fue mucho menos exigente con las sobregrabaciones; después de ver un corte de la película, estaba a punto de hacer otra pasada con sus actuaciones, tratando de conseguir el exacto vibrato de Baez. Aun así, no espera impresionar a la cantante: “Probablemente escuchará esto y dirá: ‘¡No!’”.
Durante la producción de la película, Barbaro también estaba rodando la serie de Netflix de Arnold Schwarzenegger, FUBAR, donde interpreta a su hija. Resulta que Schwarzenegger es fan de Baez, y su primer concierto fue una de sus actuaciones a finales de los años sesenta. “Toquen para mí”, dijo él, y Barbaro se encontró cantando “Don’t Think Twice” para el Terminator.
Edward Norton asumió el papel de Pete Seeger en el último minuto, después de que el actor elegido originalmente, Benedict Cumberbatch, tuviera que retirarse. Eso le dio apenas dos meses para prepararse para un papel que requería una transformación física completa y tocar el banjo. Tomando un café en Malibu, California, no muy lejos de su casa, Norton dice que no tiene ganas de hablar sobre su proceso. “Si estoy sentado frente a una maldita cámara”, dice Norton, “y alguien dice: ‘Entonces, hablá sobre cómo aprendiste a tocar el banjo o cómo te jodiste los dientes o cómo te afeitaste la cabeza’ o lo que sea, te están pidiendo que expliques el truco antes de haber hecho el truco. Y volvés a mirar a Dylan en 1962. El tipo tiene 21 años. Y de alguna manera, él ya lo sabía: no dejás que la gente pase detrás del maldito telón”.
Pero que conste, Norton realmente se estropeó los dientes, dejando que un dentista hiciera algo desafortunado en su boca para aproximarse a la sonrisa torcida de Seeger. Y sí, se afeitó la línea de la cabellera y tradujo sus habilidades con la guitarra al banjo lo mejor que pudo en dos meses, aunque inevitablemente hay algo de trucaje en las partes más difíciles. Y logró, tanto como Chalamet lo hizo con Dylan, una inquietante réplica de la voz real de Seeger. Desde entonces, le han restaurado los dientes y le ha vuelto a crecer el cabello.
Seeger, nacido en 1919, era casi una generación mayor que Dylan, combinando música y activismo desde que el hombre más joven era niño. (Baez le dijo a Norton que Seeger era demasiado formal para sentirse cómodo con los abrazos de sus amigos más jóvenes, detalle que Norton utiliza de manera divertida en pantalla). Fue incluido en la lista negra durante la era McCarthy, relegado a los márgenes de la cultura. Así que, aunque el Dylan y el Seeger de la película tienen una relación más cercana que la de la vida real, no hay duda de que el verdadero Seeger estaba encantado de ver a Dylan llegar a millones de chicos con sus primeras canciones de protesta.
Norton me muestra en su teléfono una foto de Seeger y Dylan sentados juntos en un viaje al sur, y otra donde Seeger está viendo a Dylan actuar frente a una multitud enorme, su rostro iluminado con alegría paternal.
Pero Dylan, al final, fue leal principalmente a sus propios impulsos artísticos, más que a cualquier comunidad o conjunto de políticas en particular, lo que rompió los corazones tanto de Seeger como de Baez. “Resulta que Dylan es de hecho un artista musical, no una figura política”, dice Norton. “La integridad de Pete Seeger es totalmente diferente de la integridad de Dylan, y al tomar caminos separados, ninguno reduce al otro”. Norton claramente incorporó algo de Bruce Springsteen, su amigo de 30 años y discípulo de Seeger, en su actuación, en los destellos de dureza que muestra detrás de la cara pública de amabilidad.
La ruptura final entre los dos hombres, mientras Dylan estaba en el escenario con una banda de rock en el Festival Folk de Newport el 25 de julio de 1965, es uno de los momentos más mitologizados y fácticamente confusos en la historia musical de los años sesenta (siempre presentado como el verdadero momento del “cambio a lo eléctrico”, a pesar de que Dylan ya tenía una banda de rock desde tan temprano como en “Mixed-Up Confusion” de 1962, así como la mitad de Bringing It All Back Home, lanzado cuatro meses antes de Newport). Sin mencionar que “Like a Rolling Stone” ya estaba en los rankings al momento del festival. Pero es cierto que la multitud, al menos una parte de ella, lo abucheó. Y al menos en la versión más arquetípica de la historia —en la que la película se enfoca con fuerza— Seeger se sintió profundamente ofendido por la decisión de Dylan de ahogar sus propias letras y violar el espíritu comunitario y auténtico del festival con ruido estruendoso.
“Cada persona con la que hablé que estuvo ahí me dijo que Pete se volvió loco a un nivel que rara vez habían visto”, dice Norton. Ni siquiera la película se atreve a incluir la historia claramente apócrifa de que Seeger agarró un hacha para literalmente cortar la electricidad, pero sí intenta algo aún más audaz, al traer un incidente infame, un cierto grito de traición de la multitud, que en realidad ocurrió en el Reino Unido un año después. “A Jim no le interesaba hacer otro documental”, dice Norton. “Estaba interesado en casi una fábula”.
En cualquier caso, Dylan siempre ha tenido poco interés en la verdad histórica literal. Sus propias memorias, Crónicas, son más un juego textual posmoderno que una verdadera autobiografía, y trabajó con Martin Scorsese para entrelazar el documental Rolling Thunder Revue de 2019 con una cantidad extraordinaria de ficción. Norton, que ha intercambiado mensajes con Thom Yorke sobre lo “punk-rock” que son las actuaciones de Dylan en esa película, lo encuentra todo hilarante, comparando a Dylan con el “embaucador mitológico”. “Es un verdadero problemático”, dice, señalando el “obvio placer del cantante en la confusión y la distorsión”.
Norton dice que Mangold le contó que Dylan insistió en incluir al menos un momento totalmente inexacto —no revelará cuál— en A Complete Unknown. Cuando el director expresó cierta preocupación por la reacción del público, según cuenta Norton, Dylan lo miró fijamente y le preguntó: “¿Qué te importa lo que piensen los demás?”.
Chalamet y yo nos dirigimos a la orilla del río Hudson, justo al lado del complejo deportivo cubierto Chelsea Piers. Nos sentamos en un banco frente a un vasto horizonte sin sol, cubierto de una neblina gris. Es entonces cuando empezamos a hablar sobre el destino. Su tiempo en el pueblo natal de Dylan, dice Chalamet, le recordó a sus visitas a las zonas rurales de Francia. “Mi papá creció en la Minnesota de Francia, podrías decir”, dice, hablando rápidamente, con urgencia. “Así que pasaba los veranos en esa región y me sentía exactamente igual. Te sentís atrapado y que tenés algo más que decir”.
“Podía relacionarme con eso tan profundamente en mi propia vida, en mi propia carrera”, continúa. Sentía que estaba destinado a un futuro particular, pero también que podría desviarse fácilmente del rumbo. “Si querés que Dios se ría de tus planes, decíselos en voz alta. Al principio de mi carrera, incluso los amigos cercanos podían decir algo que te dejaba desconcertado por una semana. Y luego, con determinación, había que ponerse en un cierto camino. Nunca cambié mi nombre, pero lo entendí. Lo sentí en mi núcleo de alguna manera. ¿Por qué Robert Zimmerman tendría que convertirse en Bob Dylan? ¿Por qué necesitaría Robert Zimmerman convertirse en Bob Dylan? Podrías mirarte en el espejo”, sugiere Chalamet, “y darte cuenta de que tu nombre no refleja la gravedad de lo que sentís por dentro”.
Cuando menciono la extraña cantidad de paralelismos entre Paul Atreides, Bob Dylan y tal vez incluso él mismo —todo el asunto del Elegido, Lisan al Gaib, destino mesiánico— Chalamet considera la idea con bastante seriedad. “La gran diferencia es que, para Paul Atreides, el destino está predeterminado y es parte de su resentimiento por su estatus. Siente que no tuvo nada que ver con él, en cierto sentido. Y es una gran fuente de tensión existencial. Y para Bob, es la alegría traviesa de saber que, sí, tu talento, tu habilidad especial es obra tuya, un regalo de Dios en cierto sentido. Creo que probablemente siempre haya un orgullo en eso para él”. ¿Y por qué Chalamet se siente atraído por estos papeles de salvador? Él ríe, finalmente. “Eh, amigo”, dice, “los papeles me están encontrando a mí, no al revés”.
Durante la secundaria, sentía que tenía que esquivar “drogas y alcohol por todas partes”. “Sentía que tenía esta pequeña joya que debía proteger, de potencial o algo así”. Empieza a hablar de nuevo sobre otra cosa que comparte con Dylan: esa explosión de fama que induce vértigo cuando apenas salían de la adolescencia. “Es una locura a esa edad” dice. Pero rápidamente cambia de tema.
Dylan, por supuesto, se volvió loco poco después de los eventos de la película, huyendo en su moto y entrando en semiaislamiento en Woodstock, Nueva York. Chalamet admite que su tiempo libre durante la pandemia, que incluyó su propia estancia en esa ciudad del norte del estado de Nueva York, cumplió la misma función. Me dice más de una vez que era muy consciente de que nunca volvería a interpretar a Bob Dylan, que el “papel de su vida” ha terminado. Pero le señalo que eso simplemente no es cierto: todavía es suficientemente joven como para retomar el papel en algún momento posterior en su línea de tiempo y la de Dylan. “Oh, Dios mío”, dice. “Sí, nunca lo había pensado, tenés razón. Si alguien merece algo así, en términos de transformaciones, es Dylan. ¡Qué idea interesante!”.


