“Miralos, miralos, están tramando algo”. La complicidad entre David Lebón y Pedro Aznar es un juego de miradas, un vaivén fraternal que comenzó en una sala de San Pablo, Brasil, y sigue vigente –casi 50 años después– en la sesión de fotos para la nota de tapa de Rolling Stone. Managers, maquilladoras, encargados de prensa y periodistas asistimos al baile de los gestos. De un lado la cámara de Fernando Gutiérrez –jefe de fotografía de Rolling Stone– y del otro los protagonistas de esta historia. Los músicos saben que están deteniendo el tiempo en cada toma y disfrutan de ese instante de inmortalidad. “Pícaros, pícaros, quizás pretenden el poder”, dice otra parte de la letra que Charly García escribió para describir la liturgia tanguera que una vez por semana vestía tradición y decadencia en el programa televisivo conducido por Silvio Soldán (Grandes valores del tango). En “A los jóvenes de ayer”, incluida en Bicicleta (1980), el tercer y consagratorio álbum de Serú Girán, Charly ofrecía una mirada sardónica sobre “nuestros nuevos Dorian Grey”, pero en el fondo hablaba de las tensiones en un claro proceso de apropiación de la experiencia entre generaciones.
El impiadoso paso del tiempo no parece afectar a David (74) y mucho menos a Pedro (66). Lucen vitales en cada cambio de vestuario; bromean en inglés (ambos vivieron varias temporadas en Estados Unidos y parecen legitimarse hablando en el idioma original del rock). Ya saben que agotaron la tercera función en el Movistar Arena y que hay una cuarta en curso: 19 y 21 de junio; 10 de julio y 9 de agosto (hoy se anunció un quinto show en Buenos Aires, el 12 de septiembre, con entradas a la venta a partir de este miércoles). Serú Girán por Lebón y Aznar es el proyecto que debutó en abril del año pasado en el Quilmes Rock y mostró la vigencia de un repertorio para un grupo que puede explicar mejor que ningún otro los años criminales de la última dictadura militar. El cuarteto liderado por Charly García y que completaba el inolvidable Oscar Moro en batería (fallecido en 2006) significó un refugio para la generación que vivió la Guerra de Malvinas y un modelo artístico de banda popular que llevó al rock argentino a niveles de masividad desconocidos hasta ese momento.
Volver a las canciones de Serú sin dos de sus integrantes originales es el gran desafío que asumió el tándem Lebón-Aznar. Se trata de versiones como la foto que busca Rolling: el concepto en la previa busca recrear la tapa de La grasa de las capitales (1979), en donde cada integrante tenía un rol determinado. En aquella gloriosa foto de Rubén Andón, la caracterización funcionó como leitmotiv: el oficinista con pinta de nerd (Pedro), a su lado un flaquito jugador de rugby luciendo la camiseta del club Curupaytí (David), lo sigue un playero en patas que sostiene un bidón amarillo (Charly) y el cuadro se completa con la figura de un carnicero con cuchilla y serrucho (Moro). La imagen se burlaba de la patria tilinga que imponía la revista Gente desde sus portadas y, al mismo tiempo, reflejaba la reacción de García ante las críticas recibidas desde el palo del rock: no hubo contemplación para el primer supergrupo argentino cuando desembarcó en Buenos Aires luego de una temporada supuestamente idílica en las playas de Búzios. Pero la idea de la recreación no seduce a los músicos, que optan por usar trajes negros y blancos, y mantener un contraste de colores con al menos dos cambios de ropa. Desde la producción insistimos, Daniel Flores –director de RS– aparece con un bidón amarillo bastante parecido al que consiguió Andón cuando se le ocurrió usar uno que contenía los químicos utilizados para el revelado de fotografías.
Gracias a la ayuda del coleccionista y periodista Alfonso “Ponchi” Fernández, que en tiempo récord recopiló material gráfico de los Serú Girán, armamos una mesa a disposición de Lebón y Aznar. Ambos observan las tapas legendarias de Expreso Imaginario, los posters de la revista Pelo o los ejemplares casi desconocidos de publicaciones como Audio o Pan y Circo, entre otras. También hay suplementos jóvenes que registraron el regreso de la banda en 1992 y hasta una edición de Sex Humor con una caricatura grupal en donde Charly, en bolas, no sale muy favorecido. Aceptan posar al lado de la mesa de revistas y alguien suma una bicicleta en miniatura muy parecida a la que aparece en el tercer disco y ahí Pedro afloja: “Falta el plato y la cuchara”, dice el bajista y rescata la imagen icónica de Peperina (1981), el último disco de la etapa original. Acto seguido, el músico que también formó parte del Pat Metheny Group, levanta el bidón amarillo para la foto.
Todos esos retazos memoriosos ayudan a que la sesión fluya. Y algo bastante parecido sucede con la nueva experiencia Serú Girán. Las crónicas que llegan desde Santiago de Chile sobre la primera presentación del dúo como número central el pasado 21 de marzo, hablan de un emotivo reencuentro con un repertorio vivo capaz de conmover multitudes. Un show de dos horas que duplica la lista de temas que tocaron en el Quilmes Rock o en el Festival Cordillera, realizado en Bogotá el año pasado. Junto a una banda de probada contundencia sumaron versiones de “Desarma y sangra”, “Cinema Verité”, “Perro andaluz” y “San Francisco y el lobo”, canciones de redención desde el corazón de las tinieblas de la historia argentina.
Ante la pregunta sobre qué dijo Charly sobre la reunión, Aznar replica: “Lo tomó con mucho amor y enseguida abrazó el proyecto. Desde el primer momento le pareció bien, le pareció hermoso que lo hiciéramos. Dio sus bendiciones, por así decirlo. Al poco tiempo, luego de tocar con David en Bogotá, estuve en su casa tomando un té y le dije: ‘¿Sabés lo lindo que fue? Había 50 mil chicos y chicas muy jóvenes. Algunos, inclusive, viajaron desde Argentina. Cantándose las canciones de punta a punta, fue muy emocionante’. Estaba muy muy contento, muy feliz”.
Serú siempre funcionó como una hermandad. Nunca dejaron de verse o de tocar juntos, cada uno ha participado en discos solistas de los otros. El mejor ejemplo es el álbum de Moro-Satragni (1982), en donde David y Charly aportaron muy buenas canciones propias. Ni hablar de los discos Tango (1986) y Tango 4 (1991), o todas las participaciones de Pedro en varios trabajos solistas de Charly. Incluso ustedes dejaron un disco en vivo luego de una gira en 2007. ¿Cómo conviven las ausencias de Charly y Moro con esta vuelta al repertorio de Serú Girán?
Aznar: Es que no están ausentes, están como el otro día dijo David en Chile: ellos dos están presentes en toda la música. En el respeto con el que nosotros preservamos los arreglos y las cosas que tocaron, las cosas que compuso Charly. La elección del repertorio, que no está para nada sesgado hacia ningún lado. Elegimos las canciones que mejor funcionan juntas.
Lebón: Estamos superatentos, superconcentrados, superamorosos. En Santiago ni me di cuenta de que fueron dos horas, estaba listo para seguir tocando, hasta noté que el show se me hizo corto. Estaba muy contento, sobre todo con la respuesta de la gente. Al otro día leí las cosas que había escrito la gente en las redes y no lo podía creer. Se notó mucho el trabajo que se tomó Pedro para mostrar los temas de Serú a la banda. Supervisar los arreglos, recuperar los timbres de los teclados, de las guitarras. Nunca antes habíamos tocado en Chile. Lo único que habíamos hecho fue un programa de televisión en 1980. Para todos los que estuvieron en el Movistar Arena de Santiago fue la primera vez que escucharon en vivo las canciones de Serú Girán. En el Quilmes Rock sorprendió la contundencia de la banda que los acompaña. ¿Cómo fue la selección de los músicos?
Lebon: El guitarrista que está ahora, Fer Cosenza, tocó en mi último disco (Lebón y Co. Volumen 2). Tremendo músico. Del resto de la banda se ocupó Pedro.

Pedro: Federico Arreseygor, que es el encargado de los pianos, tocó en mi banda durante varios años, un gran músico. A Matías Sabagh, el baterista, me lo recomendó Andrés Vilanova (Carajo, A.N.I.M.A.L.), de quien soy amigo. Me dijo: “Velo a Matías porque es un campeón”. Me puse a mirar videos y me encantaron, se los mandé a David y la respuesta fue inmediata: “Sí, sí, este pibe es una bomba, vamos con él”. Hicimos una audición por video, él vive en Córdoba. Le pasé un repertorio para que eligiera algunas canciones y que luego me enviara bocetos tocando. Matías tiene un estudio, está muy enfocado en el sonido, en la sonoridad, en el instrumento, tiene cabeza de productor. Luego me mandó videos tocando arriba de las grabaciones y nos quedamos pasmados porque recuperaba la energía de Moro pero a su manera, desde su propio vocabulario. Hermoso. A Fer Cosenza lo sugirió David, un chico que también tiene una ductilidad enorme. Y Fermín Ferraris, el otro tecladista, llegó gracias a una recomendación de Arreseygor porque fue su alumno, y no se equivocó en la elección. Estamos muy contentos con la banda.
El debut de Serú Girán por Lebón y Aznar arrancó como un “homenaje” al grupo que nació, triunfó y se disolvió en dictadura. El nombre que enmarca el regreso tomó forma tiempo después. Primero como una de las grandes atracciones de la última edición del Festival Quilmes Rock. Más allá de algunos desajustes y cierto nerviosismo en el ambiente, el poder de algunos himnos borró cualquier duda analítica, Lebón y Aznar brindaron un set emotivo y convincente en donde brillaron algunos invitados como Trueno, Dante Spinetta y Juanito Moro, el hijo de Oscar. Ahora, el proyecto parece consolidarse en la continuidad de shows. Además de las cuatro funciones en el Movistar porteño se suman fechas en Córdoba, Rosario y Mendoza.
La mayoría del público que colmó la parte delantera del escenario del Quilmes no había nacido cuando Serú Girán regresó en 1992. Los que estaban más atrás, una franca minoría que bordeaba los sesenta años, vivieron la edad de oro de los Fab Four argentinos (1978-1982). En esos dos planos de expectativas, la banda trabajó con rigor semejante rescate emotivo. Aznar, que ocupó en la segunda jornada del festival realizado en Tecnópolis el rol de director artístico, en la sesión de fotos vuelve una y otra vez a ese lugar de control. “Creo que el espectáculo habla por sí solo. En lo que produce en nosotros y en lo que produce en la gente. Es muy emocionante. Se trata de aunar público, generaciones y al mismo tiempo es música de hace casi 50 años y está más vigente que nunca. Hay algo ahí, ¿no?”, reflexiona el bajista. “Vinieron unos amigos desde Buenos Aires a vernos a Santiago y, al final del show, pasaron a camarines a saludarnos y uno de ellos me dijo: ‘Mucha de esta música parece escrita hace 10 minutos’”, agrega Lebón.
Ni las playas de Búzios ni el registro orquestal de “Eiti Leda” y “Serú Girán” –la canción con idioma inventado– en Los Ángeles a cargo de Daniel Goldberg, o ese maravilloso despropósito llamado Billy Bond & The Jets, el disco armado con temas sobrantes del debut de Serú; tampoco la multitud –cerca de 60 mil personas– que colmó el predio de La Rural para ver a la banda en diciembre de 1980. Ninguno de esos hitos se acerca al momento epifánico del primer encuentro en una sala de ensayo, el día en que los cuatro tipos que se admiran –dos de ellos recién aterrizados en el aeropuerto de San Pablo– se ponen a zapar durante horas.
“Creo que ahí empezó la construcción de una hermandad espiritual entre los cuatro. Más allá de lo que pasó musicalmente o tal vez como resultado de lo que pasó musicalmente. Yo era fan de todos ellos, tocaba la música de los tres desde jovencitos, sabía las canciones de Los Gatos, Sui Generis y Pescado. Entonces era muy loco, era de golpe. Todo era muy raro, estos tres monstruos me llaman para armar un grupo. Se te mareaba un poco el tomate”, dice el bajista.
“Estábamos por empezar a grabar el disco en los estudios El Dorado de San Pablo. Serían las diez u once de la noche. Para un taxi, se bajan Pedro y Morito y en minutos estábamos tocando. A Pedro lo había escuchado en Madre Atómica, en un cine de Cabildo; tocaba el Mono Fontana la batería. ¡Increíble! Pero lo que pasó en la sala fue otra cosa. De repente marcamos cuatro y empezamos a hacer una base. Me acuerdo que lo miré a él, porque amor ya le tenía. Lo miré y le dije: ‘Wow!’. Tocamos media hora sin parar, nos miramos y nos sonreímos. Quedó implícito en el aire que teníamos un grupo”, cuenta Lebón.
“Con David tuvimos un primer mano a mano. Fue hermoso, porque hablamos de espiritualidad, de meditación. Yo estaba muy interesado en las filosofías orientales, todavía no meditaba, no hacía yoga. Él sí, él ya meditaba. Estuvimos como dos o tres horas hablando del alma, de la espiritualidad”.
Las complejas estructuras de teclados en “Eiti Leda”, siempre a favor de la melodía, siguen la línea de pensamiento Tony Banks, cuyas enseñanzas se pueden escuchar en Selling England By the Pound (1973). En esas primeras canciones ya convivían la pericia instrumental con los juegos vocales con los Beach Boys como faro supremo. “Hubo un crítico que dijo: ‘Qué son esas voces hermafroditas”, rememora Aznar.
“Siempre trabajamos con mucho respeto, nunca nos dejamos caer en las cosas fáciles. Eso es algo que a mí me sorprendió, porque normalmente los grupos se van aburguesando”, dice el tipo que tocó con Pappo y Spinetta. “Nosotros nos tomamos muy en serio la búsqueda del sonido, la búsqueda de la excelencia en la grabación, la metodología del ensayo, la cantidad de veces que practicábamos algo para que saliera perfecto, el cuidado de los arreglos vocales. Creo que todo eso se notaba después en los discos y en los shows”, dice Aznar.
¿En qué detalles notan hoy la vigencia del cancionero de Serú Girán?
Aznar: Refleja lo que pasa en el país y en el mundo de una manera increíble. Cuando una canción toca el pulso de su tiempo se hace universal y se vuelve atemporal. Porque nuestras canciones hablan del alma humana y hablan más allá del tiempo. Hay pocos compositores que tengan la cantidad de himnos como los creados por Charly. Mucha gente puede hacer un himno, dos o tres, pero muy pocos hacen diez o quince. Muy pocos, contado con los dedos de una mano. ¡Ni Beethoven!
Más relajado y en sintonía espiritual con su amigo, David Lebón disfruta de este momento de actividad plena y cosecha de elogios. Se podría escribir una novela de aventuras a partir de la vida errante del Ruso Lebón: guitarrista excepcional, hijo de una familia intrépida –que incluye una madre espía al servicio de los aliados durante la Segunda Guerra Mundial y abuelos rusos que escaparon a China en plena revolución bolchevique– y uno de los prontuarios más notables del rock argentino, a saber: fue parte de Color Humano en el rol de baterista, integró el mejor Pescado Rabioso tocando el bajo, en donde vivió un idilio de mutua admiración con Luis Alberto Spinetta –escuchar “Tema para Luis”-, también pasó por Pappo’s Blues y La Pesada de Billy Bond, tuvo carácter de líder en Polifemo y registró bolos en Vox Dei, Sui Generis y los sinfónicos Espíritu. Pero por sobre todo fue la otra cabeza parlante de Serú Girán. No solo grabó el primer álbum de glam-rock a la criolla con su debut solista de 1973, también fue uno de los pocos argentinos que vieron a The Beatles en el Shea Stadium de Nueva York y repitió la hazaña asistiendo a un concierto de Jimi Hendrix en Miami, todo gracias a que vivió desde los 8 años hasta los 16 en Estados Unidos, donde su madre dictaba cursos de paracaidismo. Luego, una carrera solista que llega hasta hoy.
“Mi mamá me llevó a los 12 años al Shea Stadium de Nueva York. Estábamos arriba de todo, no escuché nada. Me asusté mucho. Me asusté porque hasta los chicos gritaban. Y sacaban las chicas, se metían las botellas de Coca-Cola vacías en el coso –se señala su bajo vientre– y se las llevaban en la ambulancia porque no se las podían sacar. De todo eso me enteré después. Lo que pasa es que mi vieja fue mi primera productora. Cuando escuché el primer simple de Los Beatles (‘Love Me Do’), le dije: ‘Yo quiero hacer eso’. Tenía 8 años”, cuenta el autor de la genial “Hombre de mala sangre”.

Pedro Aznar no se queda atrás. Su historia previa a Serú Girán es menos conocida, pero maneja similares niveles de tenacidad por cumplir anhelos precoces como los de Lebón y García. Bajista de Madre Atómica, Alas y un grupo de funk-jazz llamado Amalgama, Pedro avanzaba varios casilleros a toda velocidad por el mundillo underground del rock argentino. En esa búsqueda aparece el sonido de bajo que marcó a Serú y una escuela de pensamiento musical para el rock argentino.
“Estudié desde los 9 años guitarra clásica y empecé a adaptar al bajo lo que yo sabía de guitarra para aportar otros colores. Y eso medio como que armó mi vocabulario como bajista. Todo empezó cuando me invitaron a unirme al trío Madre Atómica, cuando los conocí al Mono Fontana (batería) y a Lito Epumer, yo tenía 14 y ellos eran dos músicos consumadísimos, dos músicos increíbles que ya curtían una música superavanzada. Escuchaban Yes, Genesis, Emerson, Lake & Palmer, Mahavishnu Orchestra. En Madre Atómica, siendo un trío de rock progresivo sin teclados, el bajo era el lugar perfecto para que fuera un instrumento melódico/armónico, además de rítmico. Porque no teníamos tecladista y queríamos hacer música sinfónica. Entonces, el bajo tenía que sí o sí ocuparse de eso. De llenar todo ese espacio y de vestir la música y llenarla de arreglos y de melodías y de acordes y de cosas”, dice Aznar.
“A los 17 descubro a Jaco Pastorius. Beni Aguirre, que es un trompetista que después grabó con Serú, me dijo: ‘¿Escuchaste a este músico americano?’. Yo ni idea, fuimos con Carlos Riganti y Gustavo Moretto –los integrantes de Alas– a su casa y puso el primer disco solista de Jaco. Mi mandíbula se cayó al tercer sótano. No podía creer lo que escuché. Me volví loco con el sonido. Volví a mi casa y dije: ‘Ah, esto es lo que logra un bajo sin trastes, parece que es una especie de mezcla de trombón con violonchelo’. Agarré una tenaza toda oxidada, de mi viejo, que era la única herramienta que había en casa. Saqué tres o cuatro trastes en los agudos, probé un poquito y dije: ‘Acá está’. Ahí arranqué con el bajo fretless. Toda esa primera época mi vocabulario tenía una gran deuda con Jaco. Sin duda, la acepto y lo admito con gusto y placer. Me enamoré del sonido”.
¿Cómo llegó Charly a tu vida?
Aznar: Me vino a ver a un show de Amalgama, un grupo en donde cantaba Julia Zenko, en un lugar llamado Oliver, un sótano al estilo club de jazz y whiskería que quedaba en Las Heras y Pueyrredón. Charly me llamó por teléfono para ofrecerme que me sumara al grupo, me contó que habían estado con David en Búzios componiendo y que Moro iba a ser el baterista. Desde unos meses antes, me había hecho amigo de Moro porque los dos entramos como músicos acompañantes del dúo Pastoral. Hicimos varios shows con Pastoral y casi siempre terminábamos en Jazz y Pop, un local donde se iba a improvisar. Nos hicimos muy amigos. Moro algo ya me había adelantado. Yo no sabía si era un rumor loco o si era posta. En un momento me llama Charly: ‘Estoy en Buenos Aires y me gustaría que nos encontráramos’. Así que vino a verme a Oliver. Se sentó solo en una mesita y escuchó parte del show. Digo parte porque hacíamos un break en el medio. Tomamos algo y llega el ofrecimiento formal. Y a mí me pasó una sensación rara, tenía sentimientos muy encontrados, tenía 18 y me había metido a estudiar armonía y piano, y además estaba muy entusiasmado con el mundo del jazz, estaba buscando por ahí y de golpe, como venía a tocar en Alas, que era un grupo de fusión de jazz, rock, folclore, tango, digamos muy ambicioso musicalmente. Sentía que mi búsqueda venía por un lado más underground. Entonces viene Charly, el gran ídolo del mundo del rock que había estado con David, otro gran ídolo del rock haciendo una banda que iba a ser como una especie de supergrupo de rock, pop y me preguntó: “¿Qué hago con esto?”. No sé si esa noche le dije que sí, es probable que sí, pero internamente estaba con un pie adelante y un pie atrás. Fue la mejor decisión que tomé en mi vida.

La historia del ingreso de Lebón a Serú Girán es más conocida, después de varios rechazos, Charly apareció junto a Zoca, su novia brasileña y ultrafanática del álbum homónimo del guitarrista, y un paquete de facturas que terminó de inclinar la balanza hacia una de las duplas compositivas más inspiradas de la música popular argentina.
“Siempre digo que hay alguien adentro mío que sabe más que yo. Y ese alguien entendió que el proyecto iba a funcionar. Cuando vino Charly la tercera vez, mi mujer de ese momento, María, me miró y me dijo: ‘Andá’. Fuimos a Búzios y me acuerdo de que los instrumentos tardaron tres meses en llegar. Había una sola guitarra acústica. Un día, en la playa, Carlitos se sentó y me dijo: ‘Te quiero mostrar una canción que creo que vos podés haber compuesto, por los acordes’. Era ‘Seminare’”, cuenta El Ruso.

La recepción del disco debut de Serú no fue buena. Ni la prensa ni el público conectaron con la propuesta que nació en Brasil…
Aznar: Creo que la gente se sintió defraudada porque no entendió que era una apuesta por la belleza en un momento terrible del país. Tal vez esperaba un comentario punzante sobre lo que pasaba. Y el disco en realidad iba por otro lado, tenía un idioma inventado, era como una especie de utopía. Muchos sintieron que era una forma de escapismo. La crítica nos liquidó y nosotros quedamos muy angustiados y muy sorprendidos. No entendíamos qué pasaba. Y el disco siguiente fue La grasa de las capitales, que va y mete el dedo en la llaga, y muy a fondo. Me parece que ahí la gente dijo: “Ah, ok, ya entendí. Ahora sí”.
¿La grasa de las capitales fue una respuesta espontánea o les cayó la ficha de lo que se vivía en el país luego de tres meses en Brasil?
Aznar: Yo estuve muy cerca de que me chupen y luego desaparecer. Cuando volví de la grabación de San Pablo, estaba haciendo la fila de migraciones y como me vieron con el pelo largo me sacaron de ahí. Venía con una bolsa llena de discos, traía instrumentos. Podría haber existido solo un disco de Serú. Por suerte me soltaron, no recuerdo cuánto tiempo pasé incomunicado.
Lebón: A mí me llevaron dos veces, en el 74 y el 76. Mal, picaneado, me cagaron a trompadas. Una vez me llevaban a un procedimiento y los tipos se cagaban a tiros, y a mí me llevaban en el auto y me decían: “Esto te va a pasar a vos”. Me acuerdo de que a veces no me recibían mis amigos porque tenían miedo de que, como me estaban persiguiendo a mí, ellos pudiesen correr la misma suerte. Fue muy duro. No era como dicen muchos que no sabíamos lo que sucedía, sabíamos muy bien lo que pasaba.
Aznar: La grasa fue nuestra expresión de ese momento horrible que se vivía y la gente se sintió interpretada. Hay una foto de Rubén Andón, de esa misma época, en donde el grupo está diciendo lo que pasa. Estamos con cintas en la boca. Porque no se podía hablar, pero lo hacíamos a través de la música.
“Paranoia y soledad”, la canción de Pedro incluida en La grasa, es una clara alusión a ese momento…
Aznar: “Despertar aquí es como irse con la propia destrucción” [recita la letra]. Es eso, sos joven, tenés toda la vida por delante y tenés a estos monstruos oprimiéndote. No tenés garantizado sobrevivir a esto. Ni siquiera eso. Ni siquiera sobrevivir físicamente… Me acuerdo de que Charly se preocupó un poco porque estaban las letras impresas en la tapa del disco. Me dijo: “¿Te molesta si ponemos en la parte de las letras impresas ‘despertar así’?”. O sea, dejalo como lo cantaste, en vez de “despertar aquí” pongamos “despertar así”, por las dudas, por la censura. Claro que le dije que sí.

La primera parte de “Frecuencia modulada”, que tiene una de las frases más lindsas del disco (“nuestro cielo siempre estuvo más allá”), ¿no está tomada de “Rhesus Perplexus”, un tema de Brand X, la banda de jazz-rock de Phil Collins?
Aznar: Debo decir que en “Frecuencia modulada” hay muchas cosas que son citas al bajo de John Giblin. Precisamente cuando empieza [imita la línea del bajo cantando en modo scat]. Él usaba todo el tiempo armónicos locos, colgados en distintos lugares. Yo era fan de Brand X. Es lindo saber esas cosas, como cuando me enteré por una entrevista que le hicieron a Lennon, que “Please Please Me” es una cita a Roy Orbison. Dice: “Please please me oh yeah”. Claro, es el estilo de canto de Roy, esos saltos de octava repentinos. Jamás lo hubiera descubierto solo, porque además ellos lo armonizaron. Está hecho a dos voces, pero cuando pensás en la voz que hace Lennon, el salto ese de octava es Orbison. Nunca escuché a un tipo hacer las voces bajas como la de Lennon. Espectacular, en todas las canciones.
¿Después de La grasa se allanó el camino o la vara quedó muy alta?
Lebón: Bicicleta es un disco hermoso, ¡hermoso! A mí me da pena que haya sido tan mal grabado y mezclado. Me encantaría poder remezclarlo. El sonido no lo ayuda. Hay una música increíble ahí adentro. Pero no suena como debiera.
Peperina cierra la historia de la primera parte de Serú con otro gran disco…
Lebón: Cerramos nuestra historia sin saber que se estaba cerrando. Para la grabación de Peperina estábamos mucho más tranquilos. Nos habíamos vuelto una banda clásica porque, por sobre todas las cosas, había una mezcla muy buena en el grupo en donde el blues sonaba bien y la parte más rockera también: Pedro podía tocar blues, jazz o melódico tranquilo, y Charly era especialista en los estribillos desde el piano, algo que había aprendido por sus estudios de música clásica; Moro y yo aportabamos el costado más rockero, era una buena ensalada…
Hay un momento en la historia de Serú que marcó el fin de una supuesta rivalidad entre Charly y Spinetta. ¿Qué significaron para ustedes aquellos shows compartidos con Jade en el estadio Obras, en 1980?
Aznar: Fue importante salirse de ese dogmatismo, de ese Boca-River. Culturalmente estábamos todos dedicados a hacer música argentina. Éramos todos músicos populares argentinos. Más tarde empezaron a caerse también los prejuicios entre los estilos. La posibilidad de que un músico de rock puede tocar una pieza de folclore, o un músico de folclore puede tocar y uno que hace tango no puede juntarse con un músico de jazz. Y después aparece Piazzolla tocando con Gerry Mulligan. Y después aparece en grupos de rock poniendo un bandoneón. Como hizo Spinetta en “Los libros de la buena memoria”. Y puedo sumar a Mercedes Sosa cantando canciones de Peteco [Carabajal] como de Charly o de León [Gieco]. Creo que esos conciertos en Obras fueron fundamentales para el bendito rompimiento de fronteras. Y después, por suerte, nunca se volvió atrás. Quedó abierto un panorama musical y hoy lo ves en todos los músicos, y en todos los músicos jóvenes. Voy a poner una canción medieval española en mi disco porque me gusta y acto seguido viene una chacarera. Y van las dos juntas y nadie lo piensa y no pasa nada y el público está abierto y dispuesto a escucharlo. Eso es una maravilla.
¿Cómo ven hoy el final de Serú en 1982?
Lebón: Yo me acuerdo de que fui el primero que le dije a Pedro “andá a estudiar Berkeley”. “¿Y ahora qué hacemos, David?”, me dijo Charly. “Y, ponemos a cuatro tipos más a que hagan lo que hace Pedro”. Enseguida cada uno empezó a trabajar en sus discos solistas.
Parte de la historia de cuando se volvieron a juntar en 1988 está contada en el libro La entrevista imposible-Una tarde con Serú Girán. ¿Existió la posibilidad de una nueva reunión?
Aznar: No, no había una idea de volver a tocar. Fue para hacer la nota y nos divertimos mucho. Nos morimos de la risa con los chicos que vinieron a entrevistarnos. Ellos estaban alucinados porque nos cagamos de la risa, la pasamos muy bien.
El regreso que sí se concretó fue en 1992, conciertos en River, Córdoba y Rosario y también un disco. ¿Cómo fue aquella vuelta a tocar en vivo y reencontrarse en un estudio?
Aznar: Difícil, muy difícil. Pero se hizo. Y ahí está el disco (Serú 92), como un testigo de que se le puso todo el amor del mundo. Y los shows también fueron difíciles y al mismo tiempo hermosísimos.
¿Serú Girán por Lebón y Aznar también se puede leer como una reafirmación de la importancia de ustedes en la historia de la banda?
Aznar: ¿Por qué no? Me parece que es una gran oportunidad. Vengan a vernos, que en el escenario, ¡en la cancha, se ven los pingos!
Lebón: Va a ser emocionante.


