Historia clínica: Jesse Malin, el rocker neoyorquino que busca curarse en Buenos Aires

Amigo de Bruce Springsteen y Joey Ramone, el ex D Generation, mientras se trata por una rara dolencia, aprovecha para dar su primer (e imperdible) show en Agrentina

Por  DANIEL FLORES

junio 11, 2025

Jesse Malin

Florencia Daniel

Ahí está Jesse Malin, tendido de espaldas en el suelo de un restaurante italiano en el East Village de Manhattan. Al principio duda, pero se da cuenta de que sigue vivo y que los sentidos le funcionan porque percibe varias cosas: ve claramente el techo y las luces del local, oye las exclamaciones de alarma a su alrededor y, más que nada, experimenta en todo el cuerpo un dolor repentino, desconocido, ardiente, enloquecedor. Bueno, en casi todo el cuerpo: porque las piernas parecen al margen de la tortura. Pero sí, sin dudas está vivo. Tiene que estar vivo. Aunque a partir de ese instante la vida que vivió estos 56 años cambiará para siempre.

Hasta unos segundos antes, esa noche del 4 de mayo de 2023, Jesse Malin cenaba con un grupo para conmemorar el primer aniversario de la muerte de Howie Pyro (a los 61), su mejor amigo y compañero de banda en la explosión glam-punk-garagera conocida como D Generation. Las cosas venían bien: ahora como solista, Malin acababa de volver de una gira por Europa y de tocar en Nueva York un show importante por los veinte años de su álbum The Fine Art of Self-Destruction (El fino arte de la autodestrucción, nada menos, producido por Ryan Adams), más algunas fechas junto a The Wallflowers.

Foto: Florencia Daniel

Jesse disfrutaba de los frutos de ser una celebridad doméstica en creciente proyección desde el Village, con raíces en el punk-rock y el hardcore, pero también vínculos con músicos de tan alto perfil como Bruce Springsteen y Lucinda Williams; todo potenciado por su actividad paralela como socio y o gerente de algunos de los mejores clubes en la ciudad, como The Bowery Electric y Coney Island High

Esa noche el plan era terminar de cenar y seguir la fiesta en el club 96 Tears (como el himno proto-punk de Question Mark & The Mysterians), donde Jesse oficiaría de DJ junto a otro veterano del New York Hardcore: Jimmy G, líder de Murphy’s Law. Nada de eso ocurriría. Incapaz de levantarse del piso por sus propios medios, Jesse fue trasladado al Hospital Mount Sinai, donde se quedaría los próximos tres meses. Adiós a las grabaciones, los shows, las giras, los clubes, las cenas en restaurantes y las caminatas por Tompkins Square Park, frente al mural de su admirado Joe Strummer, sobre la calle 7, que reza: “El futuro no está escrito”.

“Ese día había ensayado y había hecho un montón de cosas, y venía sintiendo un dolor en la espalda y en la cadera, pero no le di importancia más allá de pensar que debía ser por las botas que tenía puestas o algo así. Ya cuando llegué al restaurante el dolor era tan fuerte que empecé a caminar por el salón. Viste esas cosas que hacemos los humanos: cuando nos duele algo creemos que si salimos corriendo nos podremos escapar”, cuenta el propio Jesse Malin, pero ahora en Buenos Aires, en un hotel cinco estrellas de Recoleta. Porque, extraordinariamente, la historia que empezó mirando el cielorraso del restaurante italiano derivará en Argentina.

Malin asegura que es runner y se alimenta bien; que nunca consumió drogas, que no fuma, que sólo toma alcohol moderada y socialmente. Performer eléctrico, es conocido por usar en vivo un cable de micrófono de quince metros para que nada lo detenga de terminar cantando en cualquier lugar de la sala; y una popular leyenda urbana del punk neoyorquino dice que a los 14 años hizo stage diving por televisión cuando Fear se presentó en Saturday Night Live. Ese mismo tipo, de fuerte acento neoyorquino, está acá, dos años después del incidente, en el lobby del hotel sobre la calle Vicente López, a metros del Cementerio de la Recoleta. Pantalón negro, camisa negra, campera de cuero negra, lentes oscuros y gorra de trovador bohemio -ligeramente a lo Izzy Stradlin, pongamos, un poco Picky Blinders también-, conteniendo parcialmente unos rulos negros.

Jesse sufrió un accidente o “infarto” medular, es decir una interrupción del flujo sanguíneo que termina por producir una lesión en la médula, del que aún no puede enumerar las causas. No obtuvo demasiadas respuestas durante la larga internación en el Mount Sinai, más allá de la certeza de que, de la cintura para abajo, el cuerpo no le respondía. Así que su compañera en la gestión de The Bowery Electric por más de quince años se dispuso a ayudarlo a buscar alternativas, primero en el país, después en donde fuera. Y en esa investigación dio con un médico argentino, el doctor Gustavo Moviglia, que lleva treinta años trabajando con células madre en Argentina y en Estados Unidos. Pronto Malin tenía un pasaje con destino a Ezeiza.

Jesse Malin, por las calles de Recoleta, en junio de 2025 Foto: Florencia Daniel

No me gusta salir de Nueva York salvo que sea con la banda y con la guitarra. Ni siquiera me gusta viajar más al norte de la calle 14 en Manhattan. Ir seis meses a tratarme en Buenos Aires me asustaba. No hablo castellano. No puedo caminar. No sé cómo me voy a mover. Me van a hacer cosas en el cuerpo. Tenía miedo de ser media persona, de desaparecer o de nunca volver a ser Jesse ni hacer música”, recuerda Malin, que de todos modos se resignó y en septiembre de 2023 aterrizó en Buenos Aires con su nueva compañera, la silla de ruedas.

Se alojó en un hotel en Palermo, donde lo dirigieron nada menos que a la habitación número 13. “Room 13” es una de las canciones más lindas del sólido repertorio de Malin, grabada junto a Lucinda Williams. Dice: “Sombras en las paredes/ Voces en el pasillo/ Hago mi propia historia/ en la habitación 13”. Habla de parar y dedicar un tiempo a pensar sobre las cosas que más importan. Exactamente lo que le estaba pasando y en el mismo número de habitación., pero lo curioso es que esa canción la había compuesto… cuatro años antes de conocer Buenos Aires. Cuando se encontró frente a la puerta con el 13, Malin medio que no lo podía creer. Hoy tampoco y cuenta todo esto como una especie de fábula que tiene muy presente, no sólo porque la vivió (y padeció) sino porque ahora mismo está preparando un show tipo “storyteller”, en el que combinará relatos con canciones. Será un espectáculo con algún punto de contacto con el que hizo su amigo Bruce El Jefe contando sus historias en Broadway, pero con banda en vivo y otros ingredientes.

“Me sentía muy solo. Pero en la clínica de Buenos Aires encontré gente inteligente, compasiva y muy dedicada. Es una clínica tipo boutique, no un gran hospital. Y lo importante es que no es que sólo quieran sacarme plata, darme unas inyecciones y mandarme a casa. Realmente se enfocan en ayudar al paciente. Lo que estoy haciendo es un tratamiento físico intensivo de cinco días a la semana”.

Las primeras jornadas en la clínica, ubicada cerca del shopping Alto Palermo, Jesse buscaba en vano otros pacientes con penurias similares. “La mayoría eran heridos de bala, víctimas de accidentes de tránsito o gente que se cayó de un techo. Nadie tenía lo mismo que yo, así que estaba solo haciendo lo mío”, dice sentado en un sillón del hotel. Cada tanto, debe interrumpir la narración para repetir una especie de ejercicio en el que, haciendo fuerza con los brazos, eleva todo el cuerpo, como si el sillón fuera un caballete olímpico. “Perdón, tengo que hacer esto para no lastimarme. Sigo casi sin sensibilidad, aunque recuperé algo en la parte superior de los muslos. Antes no me hubiera podido sentar acá para hablar con vos. Y me hubieran tenido que levantar entre dos personas. Ahora puedo caminar con un andador. No largas distancias, pero me manejo. Incluso ya usé un poco muletas y bastones, algo que al principio era imposible. Logré al menos un tipo de movilidad distinta y no he tenido efectos adversos”.

En Buenos Aires, Jesse no encontró pacientes con su diagnóstico, pero sí otras afinidades. “Noté que esta es una ciudad apasionada por el rock. Voy por la calle en mi silla y veo remeras de los Rolling Stones, Nirvana y Ramones y digo ‘qué bueno’. De a poco conocí más gente acá y empecé a sentir el lugar. Tenía mi guitarra así que escribí una canción”.

Se refiere a “Argentina”, el single que editó a fines de 2024 y que tenemos que incorporar ya al no tan extenso cancionero de rock foráneo con referencias directas a nuestro país. “Argentina” sería una pieza destacada en ese inventario, una carta de amor al país donde encontró la esperanza, que dice cosas como: “Pienso en la joven Eva/ en esas noches de Recoleta/ antes de que dijeran que la revolución/ no sería lobotimizada… / Me voy a Sudamérica/ en plan de arreglarme./ Te mentiría si te dijera/ que no tengo miedo”. La canción se publicó en un vinilo color turquesa y con una foto del Cementerio de la Recoleta en la tapa, vía el sello Wicked Cool Records, fundado por el guitarrista de Springsteen y coprotagonista de Los Soprano Steven Van Zandt. El tema tiene además un video rodado en Buenos Aires por amigos norteamericanos de Malin, donde se ven desde el bar de Almagro El Banderín hasta las calles de Dock Sud.

“Argentina” seguramente estará en la lista de temas que Malin presentará en el primer show oficial en su adoptiva Buenos Aires, más precisamente en La Tangente, de Palermo, el viernes 20 de junio. Lo acompañarán en guitarra y teclados Derek Cruz, de su banda norteamericana, y un seleccionado local: Luciano Scaglione (Attaque, en bajo), Gori (Fantasmagoria, guitarra), Diego Taccone y Emiliano Giménez. Así que la rutina porteña ahora incluye, además de viajes periódicos de la clínica al hotel, ensayos en una sala del barrio de Colegiales. A todos lados lo lleva Carlitos, el chofer (que aparece en el clip de “Argentina” y, a esta altura, es uno de sus más cercanos compinches en la ciudad) del utilitario adaptado que usa para moverse por Buenos Aires.

El show en La Tangente será uno de los pocos de Malin en los últimos meses. “Normalmente tocaba seis noches a la semana en cualquier lugar del mundo –aclara-. Esto no es nada comparado con mi ritmo habitual. Pero al menos puedo volver a sentir la conexión con el público y tocar con mi familia, mi banda”.

¿Qué sentiste la primera vez que volviste a subir a un escenario desde aquella noche de 2023 en el restaurante?

¿Sabés? Nunca usé lentes oscuros de noche, ni en general. Pero empecé a usarlos ahora porque me emociono y no quiero que todo el mundo me vea llorar. Tampoco quiero sonar sensiblero, pero volver a tocar en vivo fue algo realmente hermoso. Siempre podés tocar música, pero cuando lo hacés frente al público, la gente te devuelve algo, a lo que vos después respondés, y es ahí que se da la verdadera conversación. Así que eso realmente me levantó.

Jesse dice “levantar” metafóricamente. Pero hubo algo de eso, en un sentido más literal. “Le dije a mi terapeuta físico que en mi primer concierto quería pararme, aunque sea durante una sola canción. Así que me colocaron como unos arneses en las piernas, para sostenerme, y empecé a practicar en casa todos los días durante siete meses. Me caí un par de veces, la verdad que daba miedo. Los plomos me tuvieron que atajar porque si no me rompía la cara. Pero hay algo en la música y en el rock and roll que sin dudas te da fuerzas, aunque por otro lado te duela todo… Y cuando al fin estuve en el escenario tuve claro que ese es mi lugar, ahí es donde vivo, aunque ya no lo haga tan seguido”.

“Jesse es un New Yorker old school muy querido y respetado. Lo conoce todo el mundo. Lo conozco desde adolescente, probablemente desde que tenía en club Coney Island High, que siempre bancó mucho a las bandas under y en particular a la escena reggae”, dice Jayson Nugent, quitarrista de The Slackers, la gran banda reggae-ska de NYC, que justamente tocó en el Coney Island la última noche antes de cerrar. Años de vínculos con músicos de todo de tipo (Joey Ramone fue su amigo, además de vecino), en el doble rol de artista y responsable de clubes, tuvieron para Jesse una derivación conmovedora y, por cierto, brillante. En septiembre del año pasado se publicó Silver Patron Saints, un disco a beneficio de Malin en el que nada menos que 28 colegas interpretan sus mejores canciones. El resultado es un discazo imperdible (en plataformas y en vinilo triple), una perfecta introducción a su obra al mismo tiempo que una gran manera de acompañar su recuperación. La lista de participantes sería el sueño de cualquier programador de festivales: Bruce (otra vez), Elvis Costello, Billie Joe Armstrong, Lucinda Williams, Jay Mascis (Dinosaur Jr.), Rancid, Tom Morello, Jack Antonoff y hasta los reyes del N.Y.C. Hardcore Agnostic Front (quién otro que Malin podría juntar en un mismo disco al Jefe y a Vinnie Stigma…).

“Siempre participé e incluso organicé movidas solidarias, todo el tiempo. Y siempre me sentí una persona positiva. Pero la reacción de la comunidad conmigo me hizo creer aún más en las personas. Fueron tantas lecciones de gratitud y humildad… De repente iba en el auto hacia la clínica y me llegaba al teléfono una versión de D Generation por Rancid o un tema por Lucinda Williams. Escuchar que toda esta gente se tome el tiempo y le ponga el corazón a estas canciones que alguna vez escribí solo en mi departamento es otra manifestación del poder curativo de la música”.