“Uno de los puntos más altos de la historia de la música”, fue como definió su coetáneo Caetano Veloso a Hermeto Pascoal, compositor, arreglador y multiinstrumentista, que falleció el 13 de septiembre a los 89 años. Es una buena medida de la admiración con que era considerado por sus colegas, ya sea de Brasil, Argentina, Estados Unidos o de cualquier lugar del mundo a los que llegó con su arte este genio indefinible e inabarcable. Tanto, que era conocido como “o bruxo” (el brujo), y la única definición que aceptó para lo que hacía era la de “música universal”. Las redes se tiñeron de mensajes de unánime afecto y alabanza, cada persona que se cruzó con este duende albino y bizco, de largo pelo y frondosa barba, tenía alguna anécdota, grande o pequeña, que marcó su vida de alguna manera.
Su familia escribió: “con serenidad y amor, comunicamos que Hermeto Pascoal hizo su pasaje para el plano espiritual, rodeado de su familia y sus compañeros de música. En el momento exacto de su pasaje, su Grupo estaba en el escenario, como a él le hubiera gustado: haciendo sonidos y música”.
Una apretada síntesis debería consignar que nació en el seno de una familia muy humilde en Lagoa da Canoa, municipio de Arapiraca, en Alagoas, estado del nordeste brasileño, y que la música de esa región iba a estar siempre muy presente en su arte. Autodidacta, de oído absoluto, realizó su primer aprendizaje musical tocando en boites y hoteles con las bandas de maestros como Fafá Lemos y Copinha, y sus primeros conjuntos de importancia fueron Sambrasa Trio y Quarteto Novo (con estos últimos graba un disco muy influyente), ambos con el percusionista Airto Moreira, y Brazilian Octopus.
Es también Airto quien lo lleva a Estados Unidos, a tocar con él y su mujer, la cantante Flora Purim, y además lo presenta a Miles Davis (por entonces Moreira tocaba en la banda del trompetista), que quedó hechizado con sus composiciones, al punto de incluir varias en su álbum Live Evil, de 1971. Al año siguiente edita en Estados Unidos su homónimo álbum debut como solista, y en 1973 publica su primer disco en su propio país, cuyo título ya era toda una definición, A Música Livre de Hermeto Pascoal. Vuelve a Estados Unidos en 1977 para registrar el histórico Slaves Mass, donde junto a cerdos grabados en vivo en el estudio, toca con músicos que van desde los brasileños expatriados Airto, Flora y Raúl de Souza, los uruguayos Hugo Fattoruso y David Amaro, e integrantes de la banda de Miles y Weather Report, como Ron Carter, Alphonso Johnson y Chester Thompson.
Otro hito de su carrera internacional fue su presentación en el Montreux Jazz Festival de 1979, donde aparte de tocar con su grupo (actuación que quedaría registrada en un álbum doble) realizó una aparición improvisada junto a Elis Regina —quien también tocaba en el “día brasileño” del Festival—, a sólo piano y voz, que literalmente, asombró al mundo.
En el disco Lagoa da Canoa, Municipio de Arapiraca (1984) introduce el canto de un papagayo y realiza la proeza inédita de doblar con su instrumento, en este caso un armonio, el relato de un partido de fútbol a cargo de un cronista deportivo.
Entre los años 1996/97 escribió la obra Calendario do Som, a razón de un tema por día, con 366 piezas que serían editadas junto a un libro con sus respectivas partituras y comentarios. La idea era homenajear a todos los que cumplían años en el mundo, con un tema extra para quienes habían nacido en un año bisiesto.
En 2002 conoció a la cantante Aline Morena, que se convertiría en su pareja, con la cual formó un dúo (Chimarrão com Rapadura), que realizó múltiples giras y discos, en formato de dúo, con grupo, con una big band y con orquesta sinfónica. Incluso en los últimos años, Hermeto siguió activo y escapando a los rótulos. Su último disco fue Pra você, Ilza (2024), dedicado a quien fuera su mujer desde 1954 hasta su fallecimiento en 2000, y madre de sus seis hijos.
Su relación con Argentina es un capítulo muy especial. En Expreso Imaginario, la revista en la que me inicié en el periodismo, teníamos el chiste de que habíamos “inventado” a Hermeto en nuestro país. La broma no estaba tan lejos de la realidad. Cuando tres enviados del Expreso (Pipo Lernoud, Fernando Basabru y Alfredo Rosso) viajaron al Festival Internacional de Jazz de 1978 en San Pablo, quedaron hechizados por su magia y los directores tuvieron la audacia absoluta de ponerlo en la tapa (N° 28, noviembre de 1978), cuando era un absoluto desconocido en nuestro país. Esto posibilitó a los pocos meses la primera visita de Pascoal a la Argentina, donde realizó dos conciertos: uno junto a Dizzy Gillespie en Obras —¡después de lo cual se fue a tocar a Jazz & Pop para no más de 40 personas!—, y otro solo con su grupo en el Teatro El Nacional.
Cada encuentro con Hermeto fue una enseñanza, su ternura, humildad e inmensa sabiduría impregnaba cada uno de sus gestos, de sus frases. Jamás encontré un músico donde el doble significado de “tocar” en inglés (“play” puede usarse para ejecutar un instrumento o jugar) fuera tan claro y manifiesto. Entre sus instrumentos preferidos (aparte de los que dominaba en forma virtuosa, incluyendo teclados, melódica, saxos, percusión, guitarra, su característica flauta bajo), estaban una pava con agua, ollas de diferentes formas y tamaños, juguetes para chicos, patos de hule, silbatos. En una de sus visitas, en La Plata y en Rosario hizo montar una pileta sobre el escenario, en la que se metían él y sus músicos provocando todo tipo de sonidos acuáticos. La conmoción que provocó en La Plata hizo que de allí surgiera la Banda Hermética, dedicada a interpretar su repertorio.
Hermeto era música, que brotaba de él con una naturalidad asombrosa, y era también libertad, “el músico más libre que existe”, como me dijo alguna vez Luis Salinas. Y probablemente ese haya sido uno de los motivos del impacto que provocó en el público local, especialmente en tiempos de dictadura, cuando forjó una relación que se mantuvo a través del tiempo. En épocas de feroz represión, Hermeto solía terminar sus conciertos saliendo a la calle con músicos e instrumentos y todo el público en procesión detrás suyo.
Hablando de la identidad, me dijo en una nota para el Expreso: “Soy un tipo de Brasil, Hermeto Pascoal, brasileño, pero la música es universal, no tiene límites. Voy a usar la música de todos los planetas y cuando muera voy a ir a tocar allá arriba”. Seguramente, ya lo estará haciendo.


