La doble vida de Emiliano Brancciari: “El tiempo bien usado es calidad de vida”

El líder de No Te Va Gustar presenta su primer disco solista, ‘Cada segundo dura una eternidad’, reflexiona sobre el vínculo entre las canciones y la salud mental y adelanta los festejos por los 30 años del grupo al que le dedicó dos tercios de su existencia

Por  HUMPHREY INZILLO

agosto 30, 2023

FOTO: RAFAEL LEJTREGER

Son las once de la mañana de un martes de julio y este solazo le da a Montevideo el calor del pleno invierno. Emiliano Brancciari me recibe en la puerta de su edificio, en el barrio de Pocitos, a unas tres cuadras de la Rambla, y con una sonrisa, lanza una advertencia: “Mirá que son dos pisos por escalera”. Esa puerta al fondo del palier es un cazabobos.

Subimos los 39 escalones, y mientras Emi saca el agua para el mate de un bidón de agua Salus (la crisis hídrica por la sequía sostenida durante más de seis meses dejó a la capital uruguaya sin agua potable), chusmeo la vedette del tres ambientes: una imponente discoteca de vinilos. Está prolijamente ordenada por estilos: rock, folk, música uruguaya y brasileña, rock argentino y varias bateas dedicadas a la música negra, del soul y el funk al afrobeat. En la bandeja, una copia de Back Home, las sesiones perdidas de 1975 de Opa, el grupo de los hermanos Fattoruso editadas por el sello español Vampisoul.

Escuchá la entrevista completa en un episodio de La vida circular:

El departamento está decorado con un póster de Mick Jagger en blanco y negro, un díptico con una foto y un afiche de Pancho Villa y un tríptico con fotos en blanco y negro de Emi y su hijo Santino, todavía pequeño, rockeando en el escenario de un estadio. También hay varias calaveras de talavera mexicanas, de distintos tamaños y colores, una biblioteca donde se destacan libros de rock clásico (Beatles, Rolling Stones, The Clash, entre otros), botellas de whiskey, aperitivos y mezcal, y otros cuidados detalles de memorabilia, mayormente rockera, esparcidos en todo el ambiente. 

FOTO: RAFAEL LEJTREGER

Cuando el mate está listo, se escucha un ring. “¡Qué raro!”, dice Emi. “Te juro que nunca me tocan el timbre”. Es una vecina que viene a contarle a Emi, que con 45 años es el líder de la banda de rock más convocante en la historia del rock uruguayo, que hay un problema de humedad, que está cayendo un poco de agua en el garaje, que ya habló con otros vecinos, que tienen que estar atentos.    

Mientras resuelven el tema doméstico, reparo en el libro que está en la mesa rectangular del comedor: Y todo debe ser mentira, una antología de la poeta peruana Blanca Varela (1926-2009), seleccionada por Olga Muñoz Carrasco, obsequio de un fan del país andino. Emiliano despide con amabilidad a su vecina y cuando ceba el primer mate empezamos a hablar de Cada segundo dura una eternidad, su primer opus como solista. “Nunca había pensado con claridad la idea de hacer un disco yo solo”, explica Brancciari. “Obviamente hay un momento en que empezás a imaginar cosas, a preguntarte qué harías con esas canciones que fueron quedando relegadas o que terminaron siendo solamente un demo, si en algún momento verían la luz, si alguien las escucharía… si me darían ganas de grabarlas. Ese tipo de pensamientos siempre existieron. También, porque en algún momento te ponés a pensar en que no sabés cuánto puede durar un grupo. Y la música en mi vida va mucho más allá de una banda”, argumenta. Sin embargo, todas esas fantasías se canalizaron en el álbum, pero de un modo totalmente diferente, porque el repertorio fue compuesto en plena pandemia, cuando No Te Va Gustar había terminado de grabar Luz, que estuvo nominado a los Grammy Latinos en la categoría Mejor Álbum de Rock. “Se dio en un momento superparticular para mí, y para todo el resto del planeta, y aunque recién habíamos grabado Luz, siento que tenía un montón de otras cosas para decir”.

Para esta aventura solista, Emi construyó un universo sonoro que va del folk y el pop al rock, y convocó como aliado al productor venezolano Héctor Castillo, que viene trabajando con No Te Va Gustar desde Suenan las alarmas (2017). Su frondoso palmarés incluye colaboraciones con Lou Reed, David Bowie, Gustavo Cerati y Philip Glass, entre otros. “Héctor es un tipo con una cantidad de data infernal, con una experiencia enorme. Nos tenemos mucha confianza, además. Es un camino superallanado y podemos sernos completamente sinceros: no tenemos ningún problema en decirle lo que no le gusta a uno sobre lo que está haciendo el otro. Y también, desde el acústico [Otras canciones, 2019], que fue el segundo disco que hicimos con él, entendí que tiene la capacidad de ayudarte a cambiar la piel, justamente por toda esa data que tiene. Y mirá que es difícil trabajar con un mismo productor en más de un disco y que se diferencien en cuanto al audio. Y también tiene una capacidad de trabajo admirable: es siempre el primero en llegar y el último en irse. Y algo más: tiene la capacidad de acordarse en medio de la grabación de algo que te había dicho en el primer ensayo. O sea: está realmente en foco. Y a mí me encanta la gente que está enfocada. Sobre todo, cuando no es una canción propia. Porque es lógico que uno como autor esté enfocado. En definitiva, conocés la canción desde el principio y es un proyecto propio. Pero que alguien ajeno esté tan enfocado, mano a mano con vos, eso es impagable. Entonces, por todas esas cosas es que decidí hacer esto, que era tan personal para mí. Yo sabía que Héctor me iba a sacar del audio de No Te Va Gustar”.

La grabación se realizó a principios de 2022 en el estudio GB’s Juke Joint de Long Island, con un plantel de sesionistas de primera línea, seleccionado inicialmente por Castillo. La lista incluye al bajista Jeff Hill, a los guitarristas Gerry Leonard y Chris Bruce, al baterista Aaron Steele, a los tecladistas Daniel Mintseris y Glenn Patcha y a la corista Catherine Russell. Todos ellos han colaborado con artistas como David Bowie, Bruce Springsteen, Regina Spektor, Seal, John Legend, St. Vincent, Elvis Costello, José James, Rufus Wainwright y David Byrne.

En Crónica de una grabación, la serie de microepisodios dirigida por Pablo Abdala, exbaterista de No Te Va Gustar, y disponible en el canal de Emi en YouTube, quedaron registrados los entretelones de esas sesiones invernales.

—Me imagino que esa banda de tremendos sesionistas hizo que el foco de las grabaciones estuviera puesto únicamente en la música…  ¿Cómo la pasaste en el estudio? ¿Cómo es el vínculo que se establece con los sesionistas cuando es un proceso tan puntual?

—La única gran diferencia es el camino recorrido juntos. Porque más allá de que con No Te Va Gustar tenemos todo un código de diversión y de comunicación, cuando nos enfocamos, nos enfocamos de verdad. Pero acá los músicos se comprometieron mucho. Te doy un par de ejemplos: el baterista, que vive en Nashville, se quedó en un departamento en Brooklyn con nosotros. Y el bajista, que vive al norte de Nueva York, también se quiso quedar. Esas cosas me dejaron supercontento. Primero, porque estaban felices con lo que estaban grabando. Y después, por ejemplo, algunos músicos que ya habían terminado de grabar, volvían al otro día a ver cómo seguía todo. Esas cosas están rebuenas. Además, me volví súpercontento porque me felicitaron por las composiciones. Y esa es una especie de validación que buscas más allá de la opinión de tus amigos.

—¿A este disco te lo habías planteado como un desafío?

—Es un desafío, pero que me lo planteé sobre la marcha, cuando ya tenía las canciones. Es decir, cuando seguí componiendo más allá de la banda. Mejor dicho, por primera vez sin pensar en la banda. Entonces, ahí nace el desafío. Pero desde un lugar sano, porque yo no quiero irme del lugar donde soy feliz. O sea, yo soy feliz en No Te Va Gustar. Toco con mis amigos, me llevo de primera, me siento querido y valorado por el público y por mis colegas. O sea, yo soy feliz ahí. Es mi casa y, más allá de que represento a un grupo de gente, me puedo expresar como quiero. No tengo límites en ese sentido. Pero surgieron estas canciones en este momento, canciones más personales, más autorreferenciales y ahí nace el desafío. Un desafío que además de grabarlo implica mostrarlo y salir a tocar a otro tipo de espacios, con otra gente, pero siempre desde ese lugar sano. Y si estoy tan feliz es porque no tengo que romper nada para darme esos gustos.

—En uno de los episodios del documental, se observa un diálogo con el tecladista Daniel Mintseris sobre un pasaje de “Quise”, donde él les dice a Héctor y a vos que su instinto era no tocar una pequeña frase en el piano. Me llamó la atención ese detalle, cómo aparece la posibilidad de tomar una decisión artística a partir de un instinto. ¿Te pasa habitualmente?

—Creo profundamente en esos instintos. Soy un tipo que no tiene una formación académica. Y me baso en eso desde que empecé a hacer canciones: en el instinto, en lo que siento, en el ensayo y error. Siempre siguiendo esos instintos. Entonces, ¿cómo no voy a aplaudir que a alguien le pase algo así con las canciones que yo hago?

—Por lo que vi en el documental, no trabajaron con partituras, ¿no?

—Es verdad. Héctor había hecho unos charts con los acordes de las canciones, pero básicamente todo era hablado. Es gente muy rápida, con mucha música adentro. Entonces, de repente yo les iba tocando la canción en el control room y ellos estaban con su instrumento, mirándome las manos, y al instante nos metíamos a la sala. Y a los 10 minutos ya estábamos tocando. Es una maravilla trabajar con gente así. Pero es verdad, era todo muy hablado y en un inglés muy rústico.

FOTO: GENTILEZA NALIA BARRIONUEVO

El título del álbum, Cada segundo dura una eternidad, dialoga temáticamente con la propia obra de Emi en No Te Va Gustar. Por ejemplo, canciones como “Ese maldito momento” o El tiempo otra vez avanza, el disco que lanzaron en 2014. Pero también hay una multiplicidad de obras de la música popular uruguaya que abordan esa temática recurrente sobre algo que el diccionario define como un “período determinado durante el que se realiza una acción o se desarrolla un acontecimiento”, pero que, en definitiva, es intangible. El tiempo es un tópico central en obras indispensables, por ejemplo de Fernando Cabrera como “El tiempo está después” o “La casa de al lado”; Eduardo Mateo menciona a “un señor del tiempo” en “Nombres de bienes”; Eduardo Darnauchans incluye en Sansueña la “Canción del tiempo y el espacio”; Daniel Drexler bautizó a su segundo disco Full time y el último álbum de su hermano Jorge se llama Tinta y tiempo. “Siento que el tiempo es una temática recurrente en mis canciones. Definitivamente. Me parece que el tiempo, como bien decís, es intangible, pero es de las cosas más importantes dentro de nuestras vidas. El tiempo bien usado es calidad de vida. Y acá en Montevideo dura más el tiempo y, a la larga, te das cuenta de que tener tiempo se traduce en calidad de vida. Después, obviamente el amor es el combustible de esa vida, pero el tiempo es tan importante y tan necesario que sí, me doy cuenta de que se ve reflejado en un montón de canciones y de discos”.

La anécdota transcurre a fines de los 80 y Emiliano la contó un millón de veces. Cuando era chico, sus padres se habían separado, y su papá le había prometido llevarlo a la cancha a ver a Boca, pero ese día el padre nunca apareció. Desde entonces, Emiliano asumió una responsabilidad precoz a la hora de hacer promesas. Algo que profundizó, especialmente, desde que él fue padre, hace trece años, de su hijo Santino. Al mismo tiempo, desde la adolescencia, ya tenía muy incorporado el sentido de la puntualidad. Sobre todo a la hora de llegar a tiempo al ómnibus, para ir hasta la sala de ensayo.“Son de esas cosas que te quedan marcadas”, dice Emi. “Pero tengo dos padres que son puntuales. Esa historia de mi viejo fue una cuestión excepcional, y me quedó marcada. Pero también cargo con la herencia de dos padres que llegan, por lo menos, cinco minutos antes a todos lados. Por eso también tengo incorporado el hecho de no hacer perder tiempo a otra persona, de no perderlo yo y no hacer perder el tiempo a los demás. Como lo tengo incorporado, se transformó en uno de los pilares de respeto dentro de la banda. En los inicios de No Te Va Gustar, teníamos la plata justa para pagar dos horas de ensayo. Entonces, si te perdías media hora esperando a alguien, era un montón. O sea, llegábamos arañando a poder pagar esas dos horas, más el boleto, más las cuerdas para la guitarra… Todo era muy costoso, entonces imaginate que perderte media hora, o que alguien no fuera a ensayar, te partía al medio. Porque las horas de ensayo las teníamos que pagar igual. Y no era un hobby, para nosotros, aunque éramos adolescentes, habíamos encontrado el lugar donde éramos felices. Era el lugar donde podíamos canalizar un montón de cosas, y esperábamos que el momento del ensayo llegará pronto, porque lo disfrutábamos realmente. Lo hacíamos con la cabeza explotada de ruido, pero era lo que nos hacía felices”.

El álbum abre con una canción autorreferencial, con una carga épica sobre una cadencia melancólica, pero luminosa, que parece una carta que Emi se escribe a sí mismo: “Hoy tengo claro hacia dónde quiero avanzar, tal vez falle, pero al menos lo intenté, no voy a juzgar a nadie, no importa si me juzgan a mí, creo que a esta altura lo logré”, dice la letra de “Fe en lo que yo quiera”. Parecen algunos consejos para transitar mejor los días de la vida. “Por esa razón la elegí para abrir el disco”, dice Emi. “Es una canción que apareció en un momento de reflexión, de los miles que tuve durante la pandemia. Creo que eso le pasó a mucha gente: como mirar para adelante todavía no se podía, te ponías a mirar para atrás y pensabas en lo que venías haciendo bien, en lo que podrías cambiar, los lugares a los que no volverías, las cosas que habías aprendido y que estabas aprendiendo incluso en ese momento. Desde ahí salió esa canción, que es una especie de carta a mi mismo”.

—“De esos días” es una balada abolerada. En su momento, contaste que no querías grabar “Al vacío” (Aunque cueste ver el sol, 2004), porque te parecía una canción medio melódica internacional, tipo Pimpinela. Me imagino que la mirada que podías tener a los veintipico de una canción así, estando dentro de una banda de rock, probablemente no sea la misma mirada que tenés ahora. Y por otro lado, creo que el sonido de la guitarra lleva la canción a un lugar distinto. Un truco que los Babasónicos aplicaron en la época de Infame (2004), por ejemplo…

—Obviamente, la mirada que tengo ahora, a los 45, es totalmente diferente de la que tenía a los veintipico. También, porque la situación era extremadamente distinta. O sea, yo no quería fallarle tanto al purismo que regía en ese momento. Una banda de rock tenía que cumplir ciertos cánones, y nosotros ya estábamos saliéndonos. Entonces, la cosa venía más por ahí. Era más algo externo que lo que yo, en particular, sentía con una canción como “Al vacío”. Y hoy en día, imaginate, tengo cero prejuicio con una canción así. En aquel momento tendría un poquito de miedo, pero duró muy poco. Y en relación a esta canción, una frase es la que le da el título al álbum, y habla de un lugar que es muy común, que es mucho más usual de lo que a veces creemos. O sea, esos momentos en los que el tiempo no avanza, en los que empezás a pensar, a replantearte cosas, a no poder salir de la angustia, a querer que se haga de día pronto. Es algo que te pasa y no te esquiva por más que te dediques a lo que te dediques, por más que tengas lo que tengas, por más que hagas lo que hagas. Creo que es la canción con un sentimiento más general, y por eso me gustó para el título.

—En los últimos meses hubo muchos casos de artistas que hablaron de diversas situaciones vinculadas a la salud mental. ¿Notás el link entre hacer una canción así y conectar con gente que esté en una situación similar?

—Sí, sí, claro. O sea, de situaciones particulares mías a situaciones de gente que conozco. Es un tema que se ha dejado de lado durante años. O sea, que no se le presta la atención que se debería, porque realmente es muchísimo más común de lo que se habla. Y tantas veces uno ha pensado “pero si no me falta nada, me pasa esto que es buenísimo y que a todo el mundo le gustaría tener:  gente que me quiere, qué sé yo… ¡Un montón de cosas!”. Y así y todo, te metés en agujeros de los que no podés salir. Entonces, me parece vital que se empiece a hablar de estos temas. Porque, a veces, ni siquiera podés ayudar. Genera tal impotencia si te pasa o si le pasa a algún ser querido… Entonces hay que empezar a destrabar esas cosas porque es un tema mucho más importante de lo que la gente cree. A mí me tocó de cerca con familiares cercanos, y te genera mucha impotencia. Porque no se arregla con palabras. Y cuando a uno le pasa, por más que no sea tan profundo, te lo cuestionás y decís: “¿Cómo no puedo salir de esto con todas las herramientas que tengo?”.  Bueno, faltan un montón de herramientas.

—De algún modo, hacer una canción implica poner el tema sobre la mesa y tenderle un puente a un montón de gente que quizás puede estar atravesando algún tipo de situación similar, generar una empatía. Ahí podés pensar en una de las funciones prácticas que puede llegar a tener una canción…

—Sí, lo entiendo. Pero de eso me doy cuenta después. Porque cuando yo escribí la canción lo hice de forma totalmente personal, egoísta. Y hoy en día recibo mensajes de agradecimiento por esa canción, que en realidad la hice para mí. Para ayudarme a mí. De todos modos, me da mucha alegría que la gente me agradezca por canciones. “Estoy pasando por ahí”,  leí el otro día. “Estoy en ese momento, pero como dice  la letra… tal cosa y tal cosa y tal cosa”, ¿entendés? Y, aunque estés ayudando un poquitito nada más y sin querer, te llena de alegría.

FOTO: GENTILEZA NALIA BARRIONUEVO

Después de grabar en Nueva York, Emi volvió a Montevideo y en la capital uruguaya completaron la grabación Florencia Núñez, Federico Lima (Socio) y Sebastián Prada. “Los coros los tenía que hacer gente que cantara en español. Yo no podía pedirles a los sesionistas que cantaran en castellano, y tampoco quería hacerlo. También podría haber cantado yo los coros, pero no me gusta eso. Prefiero que se note que estoy cantando con otra gente. Por eso convoqué a estos tres artistas que la clavan al ángulo y que, además, me llevo de primera”, argumenta Emi. El disco forma parte del catálogo del ascendente sello Little Butterfly Records, que en el último lustro no sólo se ha dedicado a la recuperación de obras fundamentales en vinilo, con un catálogo indispensable para la música popular uruguaya que incluye a Eduardo Mateo, Días de Blues, Jorge “Flaco” Barral, Buitres, Opus Alfa, Psiglo, el grupo femenino Travesía, sino que ha desarrollado también una serie de artistas contemporáneos y emergentes que va del candombe beat al jazz y del rock y el electropop, como Nair Mirabrat, Hoja de Nailon en la rama de un árbol y Elena Ciavaglia. “Por el amor que le tengo al formato, para mí lanzar el disco en vinilo era superimportante. Además, cuando estoy grabando, ya estoy pensando en eso: en cómo va a ser el lado A, cómo va a ser el lado B, cómo va a empezar cada uno, cómo se ordenan las canciones para que te vayan llevando. Después, la gente escucha la música como quiere, ¿no? Pero a mí me gusta pensarlo así. Y, la verdad, lo disfruto mucho”, explica. “Y por otro lado, elegimos a Little Butterfly por el amor que le ponen a lo que hacen y porque las ediciones están buenísimas. Nosotros queríamos un producto de calidad y sabíamos que con ellos estaba garantizado”.

Para presentar el proyecto solista en vivo, Emi armó una backing band con músicos locales, que incluye al bajista Enrique “Checo” Anselmi, a los guitarristas Gonzalo Vivas y Lula Isnardi, la tecladista Lucía Romero, y al baterista Pablo “Chamaco” Abdala, miembro original de No Te Va Gustar. Salvo Pamela Retamoza, la saxofonista que estuvo en los inicios del grupo, el cantante nunca había compartido una banda con artistas mujeres. “Sí hicimos varias colaboraciones con No Te Va Gustar, en los últimos años bastante prolongadas en el tiempo, porque había varias chicas que nos acompañaban en las cuerdas, y aunque salimos de gira juntos, no eran parte de la banda. En este caso sí, y ya es desde el minuto cero. Y eso cambió un montón la energía y la sonoridad. Y está buenísimo. O sea, se da algo distinto, diferente y sumamente disfrutable. Fue una elección consciente, porque también eso me ayudaba a alejarlo de No Te Va Gustar a nivel sonoro, a nivel visual y a nivel energético”.

—Y hablando de energías, ¿sentís que es proyecto de sesionistas o se va armando, de a poco, una dinámica de banda?

—No es una banda de sesionistas. Es gente que le pone un amor increíble al proyecto. Se armó un grupo, más allá de que todos vienen de lugares distintos. El Checo, el Chamaco y yo, venimos del Liceo 10 y somos compañeros desde la adolescencia. Pero se armó un grupo donde se formó un código de humor, de comunicación, donde se extrañan, donde se divierten. Obviamente yo también soy parte, pero a veces me abstraigo un poquito para mirar desde afuera y los veo disfrutar en todo momento, desde los ensayos hasta cuando salimos de gira. ¡Hasta en el grupo de WhatsApp! Y si pasan muchos días sin ensayar o sin tocar, se extrañan y se fomentan espacios para juntarnos. El otro día ocurrió, por ejemplo. Hacía un rato que no nos veíamos porque yo había salido con No Te Va Gustar y nos fuimos a la casa de Lula, la guitarrista, que hizo sushi casero. La verdad es que está buenísimo. A mí me fascina que se lleven así y que esperen que llegue el momento de tocar y de juntarse.

—El Chamaco, Pablo Abdala, dejó la banda en 2006, ¿cómo es volver a compartir un escenario con él?

—El Chamaco estrenó hace unos meses la película Mateína, que está buenísima. En cuanto al aspecto audiovisual, él tiene un ojo increíble, y la música también lo ayuda. De hecho, él editó los cortos que están en YouTube y están buenísimos. Y eso que no los filmó él. Tiene una musicalidad y una forma de mostrar las cosas que están buenísimas. Y volver a tocar con él para mí es  alucinante, porque fue mi primer gran amigo desde que me vine a vivir a Uruguay. Yo era el argentino, él era el mexicano. Fue en el  primer año de secundaria: él llegó unos días después de que habían empezado las clases, se sentó al lado mío y desde ahí no nos separamos nunca más. Obviamente, la vida después nos puso en lugares diferentes, y él dejó de tocar en la banda. Pero es de esas personas con las que tenés una conexión extra, que no hace falta verte todos los días. O pueden pasar meses y cuando te encontrás, al minuto y medio es lo mismo que el primer día. Eso me pasa con él, no sé si me pasa con alguien más. Entonces, el hecho de volver a tocar juntos fue una alegría enorme para los dos. Era algo que siempre teníamos pendiente, pero no sabíamos cómo se iba a dar. Yo no sé si tenía, en principio, la energía para formar una banda como cuando teníamos 16 años. Pero al darse este proyecto fue la primera persona en quien pensé.

—¿Se copó enseguida o lo tuviste que convencer?

—Se copó enseguida. Él y el Checo eran como mi lugar seguro. Después, obviamente, podía tocar con otra gente con la que no hubiera tocado nunca, pero ellos dos eran, y son, como el refugio. 

—Mirando hacia atrás, ¿en qué momento sentiste que habías encontrado tu propia voz como compositor?

—Creo que a partir del segundo álbum de No Te Va Gustar es cuando empiezo a ser yo. Me parece que el primer disco es un conglomerado de canciones que venían de la prehistoria de la banda, de cinco años de tocar y no grabar, y donde hay un montón de canciones hechas en colaboración que pueden estar mejor o peor, pero que no dejan de ser un híbrido. Eso es lo que yo siento al componer con otra persona: porque estás cediendo, porque tratás de no pasarle a la idea del otro por arriba… A mí me pasa eso. Entonces, en un momento, eso fue decantando solo, en que cada uno compusiera sus canciones y llegara al fondo de la idea. En el primer álbum de la banda igual hay algo de eso, porque “No era cierto”, por ejemplo, es una canción que compuse a los 20 años, es una canción absolutamente mía y yo me reconozco en ella. Y hasta el día de hoy la sigo sintiendo de la misma forma.

—Alguna vez dijiste que la letra de “Nada fue en vano” es la más autorreferencial que habías escrito… ¿Sentís que con tus nuevas canciones solistas ahora cambió eso?

—Bueno, definitivamente se agregaron varias  más. Ahora que lo pienso, por ejemplo, “Fe en lo que yo quiera” es una especie de refresh de “Nada fue en vano”.

—¿Hay un modo de componer para uno mismo? ¿Hay una fórmula para hacer las canciones para la banda? ¿La instrumentación?

—No existe una fórmula, pero sí en dónde tenés la cabeza cuando estás haciendo la canción. Yo empiezo a componer desde lo más básico, lo más primitivo, que son los acordes y la melodía. Luego, trato de ponerle letra sobre algo en lo que estoy interesado. Pero después eso se empieza a transformar en los demos que yo grabo en mi casa, y ahí es donde empiezo a imaginarme en el escenario. Hasta ahora era con mis compañeros de siempre. Pero ahora tengo dos mundos donde las composiciones van a decantar solas para qué lado van. Pero cuando empiezo a maquetar en el estudio casero me empiezo a imaginar una línea de bajo y me la empiezo a imaginar tocándola en vivo. Después, hay canciones que ni siquiera terminamos tocándolas, o las tocamos una vez, cuando las presentamos y listo.

—Hay un circuito interesante que tienen las canciones: nacen en la intimidad absoluta, vos con la guitarra, luego en el estudio, en el escenario y, en el mejor de los casos —este era un anhelo que vos creo que tenías desde la adolescencia— es que el círculo se complete con alguien cantando esa canción en un fogón…

—Tal cual. Ese es el círculo completo. Yo pensaba en eso cuando nosotros, con la banda, habíamos sacado nuestro primer disco [Sólo de noche, 1999] y en el verano aprovechamos y nos fuimos a hacer base al camping de La Pedrera. Desde ahí, nos íbamos a tocar a todos los balnearios. Y en el medio, obviamente, se armaban guitarreadas. A veces, dentro de la despensa del camping, a cambio de un platito de comida. Y ahí yo pensaba: “imaginante si a mí me pasara alguna vez, que las canciones nuestras fueran interpretadas como estamos haciendo nosotros ahora con una canción de Charly García”, por ejemplo. Entonces, ese era el círculo que yo no imaginaba que realmente se iba a cerrar. O sea, que iba a pegar toda la vuelta. En ese momento era un sueño.

La vida de Emi está llena de sueños cumplidos e increíbles momentos musicales, que incluyen haber colaborado con los músicos más importantes del Uruguay, de Rubén Rada y Hugo Fattoruso a Fernando Cabrera y Jaime Roos. Este último artista tiene un rol importantísimo en la historia de No Te Va Gustar. A mediados de los 90, por la amistad que mantenían con los mellizos Ibarburu, que se habían sumado a la banda de Roos, Brancciari, Mateo Moreno (bajista, fundador y compositor del grupo) y el Chamaco, fueron a ver un ensayo general antes de que empezara la gira. El profesionalismo y la meticulosidad que vieron allí fueron un faro para el proyecto del grupo que estaban empezando. “Más allá de que tratábamos de ser lo más ordenados posible, con todo el tema de la puntualidad que ya formaba parte de la dinámica de la banda, cuando fuimos a ese ensayo general vimos lo que era ser pro. Nunca habíamos visto algo de esa magnitud desde adentro. Nos mirábamos y decíamos: ‘A esto es a lo que hay que apostar’. Yo todavía no volví a ver a Jaime en vivo desde la pandemia. Pero sí fui invitado nuevamente a un ensayo general y volví a verlo, ya de grande, y volví a disfrutar de ver cómo trabaja, igual que en 1995. Nos hablaba a los que estábamos viendo el ensayo como si  estuviera tocando en el Estadio Centenario, ¿entendés? Es impresionante”, relata con asombro.

—En 2009, Jaime te invitó a participar de su espectáculo Otra vez rock and roll y te diste el lujo de cantar “Colombina”. ¿Qué recuerdo tenés de esa colaboración?   

—De ese momento en particular recuerdo lo emocionado que estaba por haber sido invitado por Jaime y por la canción que me había tocado, que es de las más icónicas de su carrera y de las más emotivas de su repertorio.

—¿Y en esa situación pesaba mucho la responsabilidad o era pura gozadera?

—Por supuesto que pesaba mucho, muchísimo más, la responsabilidad. Más tratándose de un ser tan meticuloso y profesional como Jaime. En cualquier caso, que te inviten es una situación estresante, porque no le podés fallar al artista que te invitó, ni podés fallarle a un público que no es el tuyo. De esa noche me arrepiento de algo. Como todavía no había dejado de fumar, hay una parte de la letra que la canto bien abajo, y me hubiera gustado llegar con más aire. Hoy en día lo tengo. Me critico no haber estado a la altura, en ese instante, de la invitación. Porque al año siguiente, en 2010, nació mi hijo y decidí dejar el cigarrillo.

En una nota de Claudio Kleiman de abril de 2009, portada de Rolling Stone en una edición especial para la Banda Oriental del Río de la Plata, Emiliano ponía en palabras algo que, unos años más tarde, se iba a expandir como una marea verde por todo el continente. “En este país, la violencia contra la mujer y la muerte a causa de eso llegan a números que no lo podrías creer”, decía en ese momento, cuando los femicidios no estaban en la agenda pública, y mucho menos en la de una banda de rock. También con No Te Va Gustar, grabaron una canción, “Ilegal” [Todo es tan inflamable, 2006], a favor de la legalización del aborto. El trompetista del grupo, Martín Gil, alias Yilo, lo definió muy bien en Memorias del olvido, la notable biografía del grupo escrita por Mateo Crespo en 2018: “No Te Va Gustar es una banda de madres al frente”.

Emiliano dice que en los comienzos del grupo quizás no eran conscientes de que esa crianza los había llevado por un camino diferente. “Yo me di cuenta de que fui criado por mujeres, siempre rodeado de mujeres. Obviamente por pares, y también aprendí un montón de cosas. Pero la influencia femenina en mi crianza es superimportante. Eran mujeres que venían de un lugar muy tradicional, sin ninguna ideología feminista. Aunque sí tenían una fuerza impresionante. Y además, mi madre me enseñó los primeros acordes en la guitarra. Después, a los 13 o 14 años, tomé algunas clases con un profesor, sobre todo para integrarme a la barra de amigos, y tocar rock y punk-rock. Pero ella siempre tocaba en las fiestas familiares”.

El año que viene, No Te Va Gustar cumple 30 años y planea iniciar una gira de festejos con un concierto en el estadio de Vélez Sarsfield, en Buenos Aires, el sábado 6 de abril. Para Emi, la convivencia entre ambos proyectos, su banda de toda la vida y la nueva experiencia solista, es absolutamente armónica. De hecho, el año pasado, con el grupo grabaron una versión de “Comida”, un clásico de los 80 del grupo brasileño Titãs, en clave ultrafunk, junto al brasileño Johnny Jooker, producida por el uruguayo Paul Higgs. “Elegimos trabajar con él por escuchar su música, por admirar su astucia. Queríamos investigar un género en el que no hubiéramos incursionado. La experiencia con Paul fue genial, nos divertimos mucho. Y está buenísimo porque, aunque somos de generaciones distintas, en un estudio todo se puede homogeneizar. Lo disfrutamos un montón, y se suena todo”.

La música le abrió a Emi la posibilidad de colaborar con muchos de sus héroes musicales: Charly García (“creo que cuando estuvo en Vélez, en 2017, fue la última vez que actuó parado”, señala), Ricardo Mollo, Diego Arnedo, Alejandro Sokol, Germán Daffunchio, Herbert Vianna, Jorge Drexler, Julieta Venegas y Gabriel Peluffo, entre otros. También con leyendas de la literatura latinoamericana como Eduardo Galeano y Mario Benedetti. “De alguna manera, esa sensación de haber llegado a algo con la música es un sueño. Y es como cerrar un círculo. Por ejemplo, Acariciando lo áspero es un disco que nos marcó en la adolescencia. Y haber grabado una zamba con Arnedo en nuestro tercer disco, y en Luz haber podido hacerlo con Ricardo Mollo, es alucinante. Porque aparte de ser lo que es como artista es una persona maravillosa, que enseguida te das cuenta que de buena madera”, explica agradecido. Destaca la humildad de Lionel Messi y Luis Suárez, que fueron a escucharlos en un concierto en los tiempos de Barcelona. Y la relación hermosa que construyó con el Maestro Tabárez, extécnico de Boca y la selección uruguaya. Mojones de emoción de las últimas tres décadas. 

—Tenés 45 años y el año que viene No Te Va Gustar celebra tres décadas. ¿Sos consciente de que te pasaste dos tercios de tu vida al frente del grupo?

—Sí, soy consciente. Y lo tomo como algo recontra natural por eso mismo, porque no me acuerdo prácticamente de nada de lo que me pasaba antes de estar en la banda, quizás pequeñas cosas de mi niñez y de mi preadolescencia. Pero después casi todos mis recuerdos son dentro de la banda y poniendo toda la energía en ella. Obviamente, después de ser padre, mi hijo pasó a ser la prioridad.

—¿Podés adelantar algo de los festejos?

—Lo que planeamos es revisar toda la historia, pero desde el presente. De eso se trata una celebración.

—¿Pensaste alguna vez qué hubiera pasado si en vez de mudarte a Montevideo te hubieras quedado en Buenos Aires? ¿Te hubieras dedicado a la música?

—No creo. No porque no me gustara, sino porque tal vez no hubiera tenido esa llama inicial que sí tuve con la gente que conocí acá. Si a los trece no me hubiera cruzado con el Chamaco y con Mateo [Moreno, bajista y otros de los fundadores] en esa aula del Liceo 10, en el barrio de Malvín, quizás, no sé, hubiera intentado con el fútbol. Creo que estuve en el lugar justo con la gente correcta.

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