Todo empezó por la pérdida. Después del accidente que casi le quita la vida, varias operaciones y tres años de dolor, los médicos le dijeron a Simón Bosio —7 años de edad y casi media vida en recuperación— que tenía que fortalecer los músculos de sus manos para no perder la movilidad que tenía afectada por las quemaduras y las operaciones. Tocar la guitarra podía ser de gran ayuda para eso.
Allí fue que Zeta, su padre y bajista de Soda Stereo —que, por ese tiempo, 1997, estaba por poner fin a la primera y gran etapa de su carrera—, le acercó una guitarra. Le dijo cómo tomarla y le enseñó algunos acordes. “Empecé muy autodidacta”, dice Simón, que ahora tiene 35 años. “A medida que iba aprendiendo mi viejo se acercaba a ayudarme”.
Hoy, inicios de 2025, Simón acaba de sacar su tercer disco solista, Adiós amigo cigarro, donde todo se mueve en torno a su guitarra. Diez tracks instrumentales que durante 25 minutos contienen en el sonido de su viola lo que él tiene para decir. “Me entusiasma mucho cómo se puede expresar algo tan solo con música. Siempre sentí que no soy muy bueno con las palabras, entonces, intento que la música hable y que exprese cosas que quizás poniendo una letra no tendría el mismo peso o profundidad”, dice Simón sobre el estado actual de su música.
“El disco está pensado como una cosa más cinematográfica”, cuenta sobre la concepción de AAC. “Está hecho muy desde lo visual, que cada canción sea una imagen. Por ahí algún tema hasta puede parecer la intro de una serie o algo así”.
Para llegar a materializar esa idea, fue clave la producción de Facundo Vidal —que también se ocupó de los pianos y synths—. “Facu tiene una forma de tocar que hace énfasis en ese estilo de música que tanto me gusta, que es justamente la música tocada por seres humanos”. Y los humanos que lo ayudaron a terminar de construir esas canciones que había maquetado en su casa —las palmas son en su cocina, los claps son cajas llenas de arroz— fueron: Luciana Torfano (parte de las bandas de Marilina Bertoldi y Paulo Londra) sumando guitarras, Brenda Martin (bajista de Eruca Sativa) y el mismo Zeta Bosio, entre otros.
La mañana del 4 de julio de 1994, cuando Simón y su hermano Tobías salieron hacia el jardín de infantes en el auto de la madre de un compañero, el cielo estaba algo gris y hacía frío en Buenos Aires. Se fueron de la quinta en la que vivían con Zeta y su madre Silvina, y al rato, un colectivo golpeó el auto desde atrás. Cuando la mujer se bajó para intercambiar datos con el chofer, el tanque de nafta explotó, incendiando inmediatamente el auto. La mujer corrió y entre el fuego sacó a sus hijos y a Simón. Tobías, que tenía 3 años, iba en una silla especial para niños. El dispositivo de seguridad complicó el rescate.
El accidente dejó a Simón sin su hermano y con varias quemaduras que derivaron en años de operaciones y tratamientos. Después vino la guitarra. Tres años más tarde, cuando Simón ya tenía 7. Pero la música ya era parte de la vida de ese niño que solía recibir discos de su padre. Así llegaron los Beatles, Nirvana y otros clásicos del rock internacional. “Mi primer acercamiento a hacer música fue con la batería”, recuerda algo socarrón. “Después, obviamente, me cambié a la guitarra con lo del accidente”.
Cuando empezó con la guitarra aprendió un acorde, después dos, después canciones enteras. Todo como si su mano hábil fuera la derecha, cuando en realidad es zurdo. Zeta decidió enseñarle al revés. “Estuvo muy bien lo que hizo. Porque fue mucho más práctico ser diestro, es más universal”, sostiene mientras cuenta la anécdota con una sonrisa. “Nunca me dijo nada, me enteré de esto años más tarde”.
A medida que aprendía canciones y escuchaba discos nuevos, Simón se entusiasmaba más con su faceta de músico y empezó a llevarla a otro nivel. Durante sus cumpleaños y algunas reuniones familiares, junto a un grupo de amigos, comenzó a montar pequeños shows indoor. Su madre Silvina —que es artista plástica— ayudaba armando escenografías con telas que había por la casa y otros elementos random. Los chicos se vestían para la ocasión, se calzaban los instrumentos y le daban play a un disco sobre el que hacían su sideshow.
“Para mí hacer esos recitales era algo normal, común”, dice buscando la pulsión que lo movía. “Los chicos un poco imitan a los padres, ¿no? Eso para mí era hacer lo que hacían mi papá y mi mamá”.
—¿Cuándo te diste cuenta de que tu viejo era el bajista de Soda Stereo?
—Tengo recuerdos de ir a los ensayos de chico. Incluso tengo un recuerdo muy fuerte del River de 1997: de estar ahí en el escenario y todo. Pero la ficha me cayó mucho más de grande. Ahí pude entender la magnitud de todo eso.
—¿Tenés algún mambo con ser el hijo de…? ¿Eso impacta en tu carrera?
—El otro día pensaba en eso. Hay mucha gente que me lo pregunta, pero la realidad es que no sé cómo es no serlo. ¿Cómo sería si no lo fuera? Todo lo que conozco siempre estuvo un poco condicionado de alguna manera por eso. Tiene lo bueno y lo malo. Está esa rápida asociación de pensar que puedo ser la continuación de lo que hizo mi viejo. Esa es la parte más retorcida, si se quiere. Intento aprovechar el momento en el que vivimos con las redes, que permiten que uno pueda mostrarse como es y decir “esta es mi música, es lo que hago y no tiene nada que ver con aquello. Si te gusta, genial y si no… bueno”.
—¿Cómo fue la relación con tu viejo desde lo musical?
—Siempre dejó que haga mi propio camino. Me abrió la puerta con la guitarra y los discos, pero me dejó hacer mi camino, que es bastante distinto al suyo, aunque a veces nos encontramos.
Cuando Simón habla de caminos distintos, recurrir a sus inicios puede resultar el método más esclarecedor. Su primera banda —que fue un proyecto escolar— se llamó Amnesia y fue el gen de Armant, el trío que formó con Axel Stahler (batería) y Fede Trench (bajo y coros) con el que grabó su primer demo con Adrián Taverna —histórico sonidista e ingeniero de Soda— en 2004. En esos inicios el sonido era duro, con guitarras al frente y distorsión, con influencia de bandas como Black Sabbath o Iron Maiden. Con los años el grupo mutó hacia una sonoridad más garagera, vintage. “Algo glam”, diría Zeta en una entrevista. Armant se extendió unos diez años y, además de aquel demo rabioso, grabaron tres discos y tocaron por buena parte del país.
En ese camino, que lo tuvo siendo parte de varios proyectos como músico, productor y compositor, aprendió a grabar, a hacer arreglos, y a compartir con Zeta: fue parte de la gira Gracias Totales, que con Bosio padre y Charly Alberti a la cabeza homenajeó al grupo recorriendo Latinoamérica entre 2020 y 2021.
Es mediados de 2020. Simón está encerrado. Como el mundo entero. Ahí, en su departamento porteño experimenta con máquinas y samplers. Siempre con su guitarra como base. Arma canciones instrumentales para eclipsar el silencio de la época. De ese momento de investigación e introspección, de esas maquetas caseras, saldrá su primer disco solista: AUF 7 AM.
“Me enganché mucho con eso de grabar con gente que estaba en otra parte del mundo y todo eso unirlo virtualmente”, recuerda sobre el siguiente paso del álbum —sumar músicos, amigos, y más música a la distancia—. “Empecé a jugar con todo eso en la pandemia y así fue tomando forma lo que hago hoy”, dice en referencia a su recorrido, que antes de llegar a Adiós amigo cigarro tuvo un segundo disco: AUF 7 PM, de 2021.
Lo que pasó durante esos años fue el desarrollo de un camino que además de convertirlo en solista lo volvió productor, una faceta que siempre le interesó, que casi sin darse cuenta fue ganando lugar y hoy ocupa buena parte de su tiempo. “La producción empezó porque las maquetas que hacía para distintos proyectos se fueron profesionalizando”, dice en un tono de voz bajo, algo tímido. “Fui aprendiendo a grabar. Tuve la suerte de que me produjeran Tweety González, Taverna, Adrián Taranto. Y fui entendiendo cómo hacer para que esas maquetas lleguen a un resultado final”.
En algunos de sus trabajos como productor —Vino de Marte y Lulo, por citar los más recientes— comparte el rol con Lu Trofano, con quien también tienen el proyecto DWO desde 2022. “En Simón hay un equilibrio muy interesante entre lo intuitivo y el orden”, dice ella. “Hay un tiempo para explorar y también hay un tiempo para resolver. Eso nos permite proponer diferentes ideas a los artistas con los que trabajamos”.
Simón y Lu se conocieron a mediados de 2022 porque compartían marca de guitarra. Hicieron algunas cosas juntos, se coparon y ella lo invitó a abrir en formato dúo un show de Sebastián Lans. Ensayaron durante un mes y así nació el proyecto, que aún hoy se sostiene sobre sus dos violas y algunas pistas.
Unos días después de la primera conversación con Rolling Stone, vía WhatsApp la entrevista retoma el tema paternidad y Simón dice que no suele hablar de su vida privada, que no le gusta, pero que sí tiene que hablar de su presente y de lo que vendrá no puede omitir algo: “Voy a ser papá”.
“Desde que supe que voy a tener un hijo siento que eso se conecta con todo”, sigue. “Ser papá, tener un hijo, es algo que viene a redefinir todo y que me tiene muy contento”.
Y en ese futuro próximo también está la idea de llevar AAC al vivo. “Para mí todo nace probando. Es ver qué se va generando con las canciones”. Un poco de eso dependerá el formato con el cual lleve al escenario estas nuevas composiciones”.
AAC es la representación del momento de mayor madurez en su vida (al menos la musical) y así lo muestra desde el comienzo. La intro “1111” son 40 segundos de pequeñas y suaves reverbs que titilan como el latido de un corazón bebé. Una bienvenida onírica que gana cuerpo hasta que aparece la guitarra sensual de “Alrededor del rayo” para tejer la estructura de la canción a la que se acopla una base rítmica jazzera.
“Adiós amigo cigarro” empieza babasónica, con un toque cadencioso y sonidos sumándose como si salieran de escondites para dar forma al punteo de cuerdas y a las percusiones. La que sigue es “Paica”, que suena a barra de bar antiguo, con humo y dandis de sombrero. Es una canción que puede llevarte al Gustavo Cerati de Bocanada y al mismo tiempo sumergirte en un estado de introspección oceánica.
Siguiendo esa raíz ceratiana, la guitarra acústica y la textura de synthes de “Salí de ahí” llevan directo a Fuerza Natural. Si bien Cerati fue el primer guitarrista que Simón tuvo cerca, su influencia llegó muchos años después. “Creo que su carrera solista es más profunda y compleja en el trabajo de guitarras, como esa cosa de arquitectura del sonido”, dice. “De alguna manera eso te queda pegado, entonces por ahí estás mucho sacando esos temas y después cuando vas a tocar te queda el delay en el toque”.


