Crítica: Winona Riders – ‘No hagas que me arrepienta’

El tercer álbum de la banda oriunda de Morón muestra su aprendizaje en la construcción de una identidad propia

Por  JOAQUÍN VISMARA

noviembre 15, 2024

Martina Cavaleri

Casi como en una metáfora de un rush anfetamínico, los tiempos en el universo de Winona Riders son acelerados y bruscos. En solo un año y medio, la banda de Morón dio forma a un álbum debut de título arrogante (Esto es lo que obtenés cuando te cansás de lo que ya obtuviste), afinó la puntería en su sucesor (el autodefinido y expansivo El sonido del éxtasis) y ahora, con su tercer disco, decide hacer su pisada más fuerte.

En todo ese proceso, Winona Riders pasó de tener que solucionar cómo llevar al estudio el caos característico de sus presentaciones en vivo a aprender a convertir al proceso de grabación en una etapa creativa más. No hagas que me arrepienta es la conversión de ese aprendizaje en la construcción de una identidad propia, alimentada a base de psicodelia, garage, rock espacial y electrónica.

El influjo narcótico marca el paso en “Sacame el cuero”, un tema que se abre camino a paso lento entre una pared de acoples que desembocan en un estallido guitarrero antes de que el tema terminase en un fade rítmico, como quedándose sin cuerda. “Hondart”, en cambio, empieza como un dub futurista con otro trance místico (“Dame un boleto al Shangri La y que lo pague mi memoria, y mando mi dedo de souvenir”), hasta que la irrupción de un sintetizador rabioso convierte a su ritmo anodino en un house fervoroso tocado por una banda de garage. El proceso se repite en “Separados al nacer” y su riff en espiral, mientras que el pulso madchester de “680/680” suma un saxo en plan free jazz como factor diferencial.

La novedad en No hagas que me arrepienta es sonora, pero también discursiva. Ubicada a la mitad del disco, “V.V.” es un statement político sin lugar a metáforas. Así como la banda cerró Lollapalooza con la imagen de la bandera argentina intervenida con los colores de la insignia estadounidense y con el Sol de Mayo llorando lágrimas negras, ahora sus dardos llevan el nombre y el apellido (en rigor, iniciales) de la vicepresidenta de la Nación, Victoria Villarruel (“Victoria, yo te vi la bombachita con esvásticas. Te la dio tu papi, yo lo vi. También lo vi a Cozzani y a Etchecolatz”) en un punk rabioso que comparte ADN rítmico con “Mejor no hablar de ciertas cosas”. En cambio, “Penetrame” vuelve sobre la narrativa canónica de Winona Riders, con la inmolación narcótica en primera persona.

Después de algunas viñetas fugaces (el folk arenoso de “Buscando un amor (por la carretera)”, el pop deforme de “Fiesta en el ascensor”), Winona entrega sus mejores armas en la canción que da nombre al disco, una zapada que recoge las cosas donde las dejó Babasónicos en los momentos más uptempo de Pasto. El tema parece poder extenderse eternamente, no sin antes entregar la integridad física y mental como moneda de cambio. O como, lo sugieren ellos mismos en “Tiempo de jazz” unos minutos antes: “El doctor me dice te va a matar. No puedo más, pero es tiempo de jazz. La enfermera sonríe, y el show debe continuar”.