Probablemente haya habido muchos hombres como Robert Granier en la construcción de los Estados Unidos. Hombres robustos y estoicos, hombres algo nómades que vagaban de trabajo en trabajo, aserrando árboles una temporada y martillando remaches ferroviarios en la siguiente. Trabajaban en grupos, pero se mantenían en silencio, observando cómo sus compañeros migrantes domesticaban la tierra durante el día y reían a la luz de la fogata por la noche. Muchos nunca se establecieron. Otros, como Granier, se casaron y planearon un futuro con sus familias. Algunos de esos futuros se hicieron realidad. Otros no. Todos estos hombres, que trabajaron arduamente en la primera parte del siglo XX, vivieron y amaron y allanaron el camino para una nación. Y cada uno tenía su historia.
Adaptación de la premiada novela de Denis Johnson, Train Dreams sigue la vida de Granier, a través de alegrías y tristezas, dichas y tragedias. Lo conocemos de niño, sentado solo en un vagón de tren después de perder a sus padres en un accidente, y lo observamos como un anciano, viendo la llegada a la Luna por televisión justo antes de morir. No mata dragones ni gigantes, nunca lidera ejércitos ni inspira baladas ni párrafos en libros de historia sobre sus hazañas. Sin embargo, en manos del director Clint Bentley y el actor Joel Edgerton, Robert Granier te parecerá un héroe de increíble magnitud, simplemente por el hecho de haber existido. Y la película que resucita su mundo perdido es una modesta obra maestra de otra era.
Esa época sería la de los 70, cuando los cineastas tenían la capacidad de crear estudios de personajes que podían equilibrar lo épico y lo íntimo. Podemos asumir que Bentley, su coescritor y colaborador Greg Kwedar (Sing Sing), y el director de fotografía Adolpho Veloso son fanáticos del trabajo de Terrence Malick. No es arriesgado pensar que Edgerton, ofreciendo una de las grandes actuaciones de su carrera, tomó nota de los referentes del llamado “Nuevo Hollywood” como Robert Duvall y Gene Hackman. Sin embargo, esta interpretación de la narrativa suavemente fluida de Johnson, guiada por la voz en off del veterano actor Will Patton, no es una pieza nostálgica. Es un tributo a la gente común de otra época que sigue su propio camino poético, contento con saber que el viaje de una persona poco notable es lo suficientemente notable como para merecer tal tratamiento cinematográfico.
Pasan cosas. Hay conflictos. Granier conoce a su futura esposa, Gladys (Felicity Jones), una mañana de domingo después de la iglesia; naturalmente, es ella quien se le acerca. Se cortejan y eventualmente se casan. Llega una hija bebé, a quien este hombre tranquilo y bastante inexpresivo adora. Otros leñadores y trabajadores del ferrocarril entran en la órbita de Granier –desde el apóstol Frank (Paul Schneider) hasta el experto en demoliciones Arn Peeples (William H. Macy). Lo mismo ocurre con una compañera amante de la naturaleza (Kerry Condon) contratada para inspeccionar el bosque en busca de posibles incendios.
Un desastre se cierne en el horizonte y Train Dreams no le escapa al duelo y el dolor. Gran parte de esto recae en los anchos hombros de Edgerton, quien interpreta a este hombre con una profundidad detectable incluso cuando parece llevar a cabo sus actividades diarias.
Todo en Train Dreams, desde sus hermosas representaciones del pasado hasta la sensibilidad de Bentley, gira en torno del poder de su estrella para ofrecerte un mundo entero de un vistazo. Hay una secuencia cerca del final de la película que no podría ser más simple en su representación de experimentar un breve momento de trascendencia, y no podría conmoverte más hasta las lágrimas. Mucho de eso está en la expresión del rostro de Edgerton cuando, después de toda una vida trabajando la tierra, a Granier se le da la oportunidad de verla desde un punto de vista diferente. Esta película hace exactamente lo mismo por sus espectadores.


