Pocos actores pueden ser gélidos y apasionados en el mismo instante, con una sola mirada, ya sea en primer plano o en plano general. Alain Delon era uno; también lo es Alexander Skarsgård. Y, sin embargo, la estrella de Le Samurai (1967) nunca luchó contra alguien con un maillot sin trasero; al menos que sepamos, porque no vimos todas las películas de Delon, lo que podría darle a Skarsgård cierta ventaja como sex symbol bajo cero.
Quizás ya hayas oído que el alto, pálido y fachero intérprete de Pillion, película del escritor y directorHarry Lighton, se entrega a su papel como la mitad dominante en una relación sub-dom, y que sus escenas con el coprotagonista, Harry Melling, van de lo explícito al nivel incendio total. La intensidad que encuentres en la tensión de esta película entre el abandono extático y la contención emocional es subjetiva, por supuesto. Pero cualquiera que se haya preguntado qué comedia romántica resultaría de una colaboración entre Nora Ephron y Tom of Finland ahora ya tiene la respuesta.
Titulada en alusión al asiento reservado al pasajero que viaja detrás en una moto, Pillion establece sus reglas desde el principio. Antes de que nos lo presenten formalmente, el Ray de Skarsgård es un enigma vestido de cuero, un Príncipe Azul que prefiere una Ducati negra a un corcel blanco. El Colin de Melling, por su parte, entra en escena como uno de los cuatro miembros de un alegre conjunto vocal, con su sombrero de paja y su saco a rayas. Es una voz que elige esconderse en las armonías de otros, un tipo al que otros tipos podrían tender a compadecer. Sus padres apoyan la identidad sexual de su hijo, quizás demasiado, dirían algunos, cuando su madre le organiza una cita a ciegas con un hombre; aunque se nota que no le atrae el tipo con la remera de “Alexa, Free Britney”, cuando Colin se escabulle hacia el bar.
Y entonces, ¡boom!, el encuentro. Ray le pide al camarero unas papas fritas. Está parado justo al lado de Colin, mirándolo fijamente. Deja caer algo de cambio y, sin decir nada, le indica a Colin que también pague su cuenta. Colin obedece. Ray anota su número, una ubicación y una hora para reunirse al día siguiente. No importa que sea Nochebuena y que obligue a Colin a abandonar una cena navideña con su padre (Douglas Hodge) y su madre, terminalmente enferma pero extremadamente optimista (Lesley Sharp). A sus padres no les importa: andate a ver a ese atractivo motoquero, cariño. Más tarde, cuando Colin le muestra una foto de Ray, una compañera de trabajo le pregunta cómo alguien que parece una disculpa andante pudo conseguir un novio tan erótico como un glaciar. “Dice que tengo aptitud para la devoción”, responde Colin. Y la devoción (unilateral) resulta ser exactamente lo que excita a estos dos chicos.
Es fácil obsesionarse con las abundantes muestras de erotismo a expensas de cualquier otra cosa en esta película, dada la fetichización que Lighton hace de esta escena particular de motoqueros BDSM; el material de origen, la novela de iniciación Box Hill (2019), de Adam Mars-Jones, tiene lugar en los 70, y hay una cierta sensación de retroceso en las fantasías de cuero, aunque sean trajes ajustados de diseño muy actual. Pero Pillion no es tanto una película sobre una subcultura como una película que simplemente habita una subcultura. No le interesan las reglas ni los códigos que rigen a estos Escorpio en ascenso, y nadie se molesta en explicarte qué significan esos pañuelos de diferentes colores. Esta es una historia de amor, poco convencional para algunos, pero totalmente normal para otros.
Sí, Lighton y equipo saben que están pasando algunos límites. No lo ponés a Skarsgård “accidentalmente” sin camisa y obligás a Melling a lamerle las botas, ni organizás un paseo a un lago que ya sabés en qué deriva. Pero Pillion nunca olvida que hay una historia más profunda detrás de todo el sexo. Por eso el casting es un factor clave para que el espectador pueda ir más allá de lo obvio: Melling sabe interpretar a alguien que está como un ciervo deslumbrado por sus propios deseos, y que comienza a darse cuenta de que su falta de poder en esta relación lo lleva silenciosamente a su propio sentido de empoderamiento. Y aunque Skarsgård nunca ha tenido miedo de interpretar personajes entre lo socialmente torpe y el completo imbécil –como el multimillonario tecnológico de Succession–, acá llega a un nuevo nivel de comportamiento impenetrable y distante. Lo que es aún más impactante cuando el actor finalmente muestra que hay una persona real detrás del alfa supercaliente y controlador.
No es poca cosa que Pillion sepa equilibrar todos los elementos extravagantes de la trama y, aun así, ofrecer una recompensa emocional más amplia. El hecho de que también tenga la inteligencia para dejarte con la noción de que la felicidad es esclavitud para algunos y que de alguna manera nunca se convierte en un simple mensaje de tolerancia de “gustos diferentes” es igualmente impresionante. Cada relación es funcional, a su manera. La película de Lighton te presenta un caso que parece, en la superficie, extraño y exótico con su particular tira y afloje. ¿Que dichos empujones y tironeos sean la manera en que dos personas se comunican su amor? Eso me suena increíblemente familiar.


