Difícil contar la historia de Camionero asumiendo que el devenir del grupo es gracias a la labor de tan solo esas dos personas que se suben al escenario. La banda, claro, está formada por Joan Manuel Pardo y Santiago Luis en guitarra y batería respectivamente, pero desde hace tiempo que el fenómeno los trascendió y, aunque parezcan dos, hoy ya son un montón.
En torno a Camionero se generó una especie de subcultura, un espíritu de comunidad que hace que sus seguidores se expandan y sean cada vez más y se sientan parte de algo más grande, algo en lo que creen, que los atraviesa. Si bien se encuentran y reúnen en cada show que la banda da por todo el conurbano, el corazón del Club Camionero es el Ciclo Tracción a Sangre, una serie de recitales con frecuencia mensual que ya lleva doce ediciones y se realiza en el Matienzo de Capital Federal (este viernes 9 de mayo hay nueva cita). Allí el dúo lleva adelante una forma de demostrar cómo ve el mundo y, también, su forma de tener una banda de rock.

“Lo potente es que la gente se sienta reflejada en lo que hacemos, no tanto por el resultado en sí, sino por la forma”, dice Santiago sentado en la sala de ensayo que la banda tiene en el barrio de Villa Martelli. Esos que se vieron plasmados en un grupo de rock primero comenzaron como público, pero luego entendieron que querían subirse al camión y empujar para su crecimiento. Así nació El Acoplado, una feria autogestiva que pone su fuerza de producción artística con la banda como motivo. También creció el equipo técnico de sonido y visuales, se generó La Transmisión, un fanzine oficial que hace las veces de comunicación poética show a show y, finalmente, se generó La Rueda de Auxilio, una pata solidaria de seguidores de la banda que aprovechan el ciclo para promover acciones de ayuda desinteresada a distintas organizaciones o causas sociales. “Nos gusta que todo parta de la humanidad de cada uno de nosotros”, dice Joan. “Es muy trillado, ¿no? Pero es esa idea de que el camino no lleva a ningún lado, lo importante es cómo lo estás caminando”.
Camionero, ese dúo crudo que se pasea por el rock estadounidense más garajero, recoge las raíces del blues en la Argentina y se anima a coquetear con matices pop más tradicionales, se formó en 2017 en la zona norte de Buenos Aires. La casualidad primero los encontró como colegas y luego el entusiasmo los llevó a armar un sello discográfico. Esa fue su primera aventura colectiva a pulmón: grababan bandas, armaban fechas, uno se compró una camioneta y entre ambos hacían las giras de los grupos que apoyaban. Para todo eso, el subsuelo de la casa de los padres de Santiago se transformó en la base de operaciones donde empezaron a compartir tiempo mientras veían desmoronarse sus distintos proyectos musicales. Lo que en ese momento comenzó como diversión, pasar las tardes juntos y tocar para disfrutar, en un punto fue el puntapié de la epopeya: “Che, vamos a hacer un dúo”, propuso Santiago.
Con la certeza de cerrar filas entre los dos y afrontar el desafío espalda con espalda, comenzaron a darle forma a un proyecto que les exigió trabajo, estudio y mucha paciencia. En ese sótano estuvieron medio año buscando un sonido que supliese la ausencia de un bajo y construyera ese aluvión rockero con potencia de tracción a dos hombres de fuerza. De esa génesis nacieron los dos primeros EP, delirados, furiosos y sucios, hasta con momentos agresivos. Sin embargo, para llegar a eso debieron buscar ayuda, como una muestra inicial de que nada se hace en solitario: Dylan Lerner, el músico, productor e ingeniero de grabación, se transformó en el tercer camionero. Él fue el encargado de la mezcla y desde las perillas intentar lograr en el estudio ese sonido que Santiago y Joan ya tenían en vivo. Esa labor fue clave para comenzar a edificar la identidad de Camionero.
“Nosotros no planificamos nada. Ocurre”, dice Joan, casi con inocencia. “Yo lo último que imaginé cuando arrancamos este proyecto es que iba a pasar todo esto”. Eso de lo que Joan habla son los frutos que la banda comienza a cosechar de forma cada vez más notable. Y la siembra se dio al tocar en todos lados desde sus comienzos, recorriendo el conurbano bonaerense, todos los recovecos porteños y con viajes a diferentes provincias. De hecho, para este mes Camionero planea su primera gira patagónica con paradas por Bahía Blanca, Puerto Madryn y Comodoro Rivadavia.
Es tal ese crecimiento de Camionero que Joan Manuel ha logrado dejar algo de carga horaria en su trabajo de docente de literatura y prácticas del lenguaje en diferentes colegios públicos de Zona Norte, para abocarse con mayor ímpetu a la banda. Santiago, por su parte, es arquitecto y hace convivir ambas facetas de su vida mientras lleva adelante una familia junto a su pareja e hijos. Para esto, para tomar sus propias decisiones y saltos al vacío, la única certeza que manejaron siempre fue la de ser independientes. “El camino de la independencia que decidimos y que tomamos hace que vos tengas que evaluar, hacer tu propio recorrido a tu manera y ver dónde tomas riesgos. Bueno, nosotros no somos de tomar demasiados riesgos. Vamos avanzando a medida que los resultados se nos van dando”, dice Santiago.
El Ciclo Tracción a Sangre es un manifiesto del grupo para llevar adelante el show ideal que imaginan de la forma y con la gente que les gusta trabajar. Y ese equipo, esa comunidad, crece de manera constante, show a show bajo, el nombre Club Camionero, parche que todos llevan en las espaldas de sus camperas y chalecos de jean (en la entrada de cada recital hay una máquina de coser que oficializa el ingreso de quien quiera subirse al camión).
“Me da la impresión de que mucha gente termina viendo más allá de las costuras y se ve entonces la voluntad del deseo de muchos de ellos de decir: ‘Se puede ir en contra de la forma estandarizada de hacer las cosas, de la forma que la industria te lleva a medir los resultados’. Creo que por ahí pasa el concepto del ciclo y es lo que atrapa”, dice Santiago. “Sí, como una pertenencia en todo sentido, no solo de la música, porque casi que ni hablamos de música, ¿entendés? Cada vez que estamos en el ciclo, estamos con la gente y nadie habla de música. La banda ejecuta lo suyo en un momento, todos nos descontrolamos, la pasamos bárbaro, pero toda esa previa que hay, el concepto en torno al show, es constante y nos lleva horas en la semana. La música está en lo que ya hicimos y se ejecuta, pero todo lo que la música logra es aparte”, piensa Joan.
Uno de los principales bastiones de esa comunidad fue la tienda de merch que se encuentra en los recitales y se llama El Acoplado, llevada adelante por un conjunto de seguidores. “El primero que se acercó fue Toto, ‘El Miserable’. El chabón trabajaba en un supermercado de 7 a 19 para llevar el morfi a la casa, pero tenía una pulsión artística contenida. Empezó a hacer casetes de Camionero, después posters de cada fecha, grabados, no tenía límite”, cuenta Santiago.
Ese primer paso al frente de un ilustrador que iba a verlos fue la forma en la que se rompió un muro de contención. Luego llegó alguien que hacía remeras y se encargó de los primeros modelos de la banda, otro siguió haciendo gorras y pilusos, se acercó un escultor, otros que hacen colgantes, y todo así. ¿La clave? El punto de mirada colectiva que sigue respondiendo al manifiesto inicial de su forma de ver el mundo: dejarles la ganancia al 100% a cada artista, a cada emprendedor. “Así es como se fue generando y se armó esa comunidad. Lo que nosotros logramos ahí fue una rueda que se mueve sola, que es sustentable. Poder dejarles las ganancias, más allá del sentimiento que ellos tienen por la banda, a cada uno le abrió la posibilidad de desarrollar sus placeres con nosotros, con la música, con lo que les gusta hacer y encima ganar plata y laburar”, dicen. “No lo planificamos, ocurre”.
Sin embargo, mientras el núcleo duro de Camionero creció, el público también hizo lo suyo con una de las armas más imbatibles e inmanejables de la música: el boca a boca. “Es lo mejor que te puede pasar, pero no lo podés planificar”, dice Joan. De todas formas, aunque esa instancia de viralización analógica y atemporal es imposible de impulsar conscientemente, la independencia obliga al dúo a redoblar esfuerzos en otros engranajes que Camionero necesita.
“Tenemos la convicción de querer empujarlo nosotros, es lo que siempre supimos hacer. No conocemos otra manera de hacerlo. Delegar sale guita y no la tenemos, entonces todo lo hacemos nosotros y todo se puede hacer”, dice Santiago. “Esto es como un mensaje para las bandas, todo se puede hacer, no hay cosa que vos no puedas hacer y la podés hacer ya, mañana. Eso de que estás en tu casa esperando que la cosa se infle sola… Tenés que laburar, boludo. Quizás porque nosotros venimos de familias trabajadoras, pero a mí me llegan los posters del próximo recital y salgo a pegarlos en la noche porque al otro día no puedo. Pego 50 afiches por la ciudad y me encanta. Me mancho todas las zapatillas y me cago de la risa, la paso bien. Yo lo tomo así y me da una vitalidad tremenda”.
En sus inicios, como consecuencia de una dinámica más lúdica, las letras introspectivas y personales eran el resultado de algo más espontáneo. Con el paso de los discos hubo, también, un compromiso mayor con lo que intentaban decir, una pluma que buscaba virar hacia una visión más colectiva y una propuesta de acuerdos entre ambos para pulir aún más los conceptos de cada álbum. “No es que hay una búsqueda intencionada de ir hacia un lugar, es más o menos lo que nos está pasando a cada uno de nosotros y lo que percibimos del mundo en ese momento. La idea es no repetirnos para ampliar el universo que construimos a través del arte”, cuenta Joan.
Un ejemplo de ello es Confianza en ti solo, el disco de 2019 que carga con la melancolía y la tristeza de la ausencia. El título se vincula con el poeta peruano César Vallejo como fuente de inspiración. Desde allí creían que solo podían confiar en sí mismos, en nadie más, en una especie de odisea en solitario contra los embates de cualquier eventualidad y cualquier persona. Sin embargo, la propia experiencia camionera les demostró desde un principio todo lo contrario. Camionero es, necesariamente, con el de al lado, nunca solos. La misma gente que los sigue, todos esos que llevan sobre su espalda el parche insignia del Club Camionero, ese que les confirma que forman parte de algo mucho más grande, sabe que parecen dos, pero en realidad son un montón.
Como toda historia, siempre hay un punto de inflexión o un momento que cambia el curso de los sucesos y para Camionero fue la publicación de Todo lo sólido se desvanece en el aire, su último álbum. Si bien no muestra un cambio radical en el sonido, sí fue la puerta de entrada para nuevos oyentes que se acercaron por curiosidad y se quedaron por el fenómeno.
Joan y Santiago reconocen tres puntos claves a la hora de pensar y entender cómo se configuró la ecuación para que llegue una ola de oyentes y seguidores que no los tenía en el radar. “El momento de difusión más grande de la banda, coincidió con ese lanzamiento. Creo que fue una casualidad más que algo lógico”, piensa Joan. “Al principio nos resultaba llamativo que la gente que venía al ciclo cantara todo el disco nuevo, cuando para nosotros los temas clásicos eran otros. Las nuevas las conocía todo el mundo y un grupo más duro cantaba los temas de los primeros discos. En segunda instancia, creo que el Ciclo Tracción a Sangre ayuda a que los álbumes sigan en movimiento y se mantengan siendo escuchados. Después, el tercer elemento que marcó un cambio son los periodistas jóvenes que surgieron al calor de la generación nuestra del under que están empezando a posicionarse en medios más tradicionales o novedosos como el streaming y que desde allí están militando directamente la renovación del rock”, dicen.
Algo que debieron aprender a manejar fueron las ansiedades ajenas o del famoso entorno. Con todas las fechas agotadas de los últimos ciclos en el Matienzo y la frecuencia mensual como principal evidencia, el comentario de los cercanos impulsa a un paso adelante, quizá más ambicioso. “Puede ser desde una pareja, un amigo, un conocido, prensa, manager que no es el tuyo o lo que sea, que te dice: ‘Bueno, ahora el próximo paso es Niceto o Vorterix’. Muchas veces se arma la espuma alrededor de la banda y es muy difícil sostener una propuesta a largo plazo, porque todo el tiempo te están queriendo digitar desde afuera el camino, aunque sea con amor”, dicen.
“Al resto no podemos manejarlo, pero a nosotros mismos sí. Nos decimos de ser constantes en esto, tratar de sostener un proyecto a mediano plazo sabiendo que también el viento cambia todos los días y que en un momento podés estar en boca de una cantidad de personas y después no. Nosotros queremos tratar de expandir ese límite de repercusión, pero no deliramos. Siempre tratamos de ir sobre cosas tangibles, los pies sobre la tierra”.
Las fórmulas que la industria desarrolla para la música con la garantía del éxito en el engranaje digital pueden ser hackeadas o, más bien, refutadas. Camionero abrió las puertas de su proyecto para que todo aquel que se sintiese reflejado pudiese, además, sentirse parte. La vieja escuela, la forma en la que no pierden la idea de la tradición y la transmisión de la información de su propia subcultura camionera, los encuentra con una feria de artistas que los tiene de motivo, un grupo altruista de seguidores que impulsan movidas solidarias o simplemente amantes de su música que lucen en sus espaldas el parche que le cuenta al resto que son parte de algo, algo mucho más grande, algo en lo que creen. Y si en algún momento la definición que cayó sobre Camionero fue que eran solamente dos, pero parecían un montón, hoy, el contagio humano y la necesidad de creer en algo hizo que la aldea crezca y, sí, en la foto pueden parecer dos, pero en realidad son un montón.


