Mientras el ala más chetita y burguesa del hipsterismo argentino aguardaba con postura de Orans el nuevo himno de Bandalos Chinos, el sexteto le respondió con un disco de pop incómodo, áspero, vampírico y libertino. Más que sorpresa, el volantazo causó confusión entre sus fans y generó un quiebre con la actual escena musical local. Nadie esperaba algo así, ni siquiera ellos mismos. Si en Paranoia pop habían amagado con patear el tablero, en Vándalos lo lograron. El séptimo álbum de estudio de los de Beccar vuelve a caminar sobre los pasos andados, al revisitar estéticamente la veta dance de sus dos primeros EP. Aunque con menos indie y más vuelo contemporáneo, traccionado por el afán experimental y los arrebatos rockeros. Todo esto por cortesía de la crisis: la de país y también la propia.
“En 2024, cumplimos, como banda, 15 años: un número importante. Eso nos dio la oportunidad de mirar para atrás, y de ver cómo veníamos haciendo lo que hacemos, y de preguntarnos además cómo queríamos seguir haciéndolo; lo que generó un quiebre entre nosotros”, revela Goyo Degano, cantante del grupo.
“Fue una oportunidad de mirar hacia adentro, y de ver la forma en la que estábamos parados como individuos”. A lo que el guitarrista Iñaki Colombo añade: “Hubo todo un planteo en lo vincular. Esto arrancó como una banda de amigos, y luego se transformó en un trabajo. Eso entró en conflicto en un momento, y por muchos años se gestó esa tensión. El año pasado, íbamos a sacar un disco más rápido, y decidimos no apurarnos porque teníamos que resolver estos temas internos”.
A manera de terapia, la banda eligió como premisa volver a divertirse, al igual que lo hicieron en Nunca estuve acá (2014) y En el aire (2016). “En esos EP, el proceso era más extendido en el tiempo porque producíamos una canción en cuatro meses, a diferencia de Bach, Paranoia pop y El Big Blue, que tuvieron un enfoque más profesional. Fueron álbumes donde estuvimos 20 días aislados en (los estudios) Sonic Ranch, con Adrián Jodorowsky en la producción, y teniendo que rendir al cien por cien todos los días”, explica el frontman. “Se había perdido el disfrute y esa cosa divertida de estar haciendo música. Así que este disco es una consecuencia de volver hacer las cosas a nuestra manera, grabando en el estudio que tenemos en Martínez, que es nuevo, a lo largo de seis meses”.
La transformación fue radical. Al mismo tiempo que resolvía su hipervínculo, el grupo rompió el techo al que había llegado para “construir el segundo piso de la casa”, como bien metaforiza el violero. Tres años habían pasado desde la aparición de su último álbum de estudio, El Big Blue, por lo que, de los 300 demos que acopiaron a lo largo de ese trecho, eligieron los más sombríos, en sintonía con su estado de ánimo. Entonces invocaron al productor musical argentino que mejor sabe capitalizar la oscuridad en esta época: Fermín Ugarte (lo que supo evidenciar en los dos discos de Dillom, Post mortem y Por cesárea, devenidos en obras maestras de esta década), para que les ayudara a curar el repertorio. “Éste fue un álbum premeditado”, se hace cargo Colombo. “Hicimos lo opuesto a lo que la gente esperaba”.
Esta encarnación de Bandalos Chinos no sólo es intransigente en su afán de crecimiento, sino también “malvada”, según sentencia Degano. “Por eso al título le venía bien el Vándalos con la ‘v’ corta, porque teníamos la idea de matar a la banda para renacer”, dice el vocalista. “Esa dualidad sirvió para conceptualizar el disco y también le puso el filtro. A partir de eso, se encausó la parte musical. Pero primero vino el concepto: el blanco y negro, la estética noir y nuestras caras quemadas en la contratapa”. Esto decantó en 11 canciones de pop venenoso y dance con intenciones góticas, influidas en buena medida por el tramado del sello discográfico neoyorquino DFA Records, que, con LCD Soundsystem a la cabeza, revolucionó a la música de comienzos de los 2000.
A pesar de que en el recorrido del disco es recurrente la alusión a esta vuelta de tuerca del imaginario festivo, de lo que pueden dar fe canciones como “Revelación II” o el caballito de batalla “El ritmo”, el ejercicio compositivo fue tanto aprehensivo como plural. “Al momento de componer, siempre tenemos socios”, ilustra Iñaki. “Algunas letras la escribió Chapi (se refiere a Salvador, su hermano, tecladista y mente creativa del sexteto) con Wiranda Johansen (hija de Kevin Johansen); y Fermín también participó. Hubo otras canciones que hicimos conjuntamente en el estudio, como ‘Mentira’”. En sentido, la novedad radica en las dos versiones de ‘Revelación’. “Hay una lenta y otra más rápida, una es balada y la otra bailable (como dato, el verso de la lenta es el estribillo de la versión dance)”, advierte el violero. “Fue un lindo concepto”.
Publicado el pasado 1 de abril, Vándalos es, a su vez, el álbum más porteño de la banda, en el que pesó además este modelo de gobernabilidad libertaria. “Fue desafiante desde lo micro hasta lo macro”, expedita Goyo. “Trasladarme todos los días hasta el estudio, cuando en los otros discos me levantaba, desayunaba e iba caminando a la sala, me puso en contacto con la realidad de lo que pasa en Buenos Aires”. Ahí el frontman aprovecha para apercibir: “Este es un disco que necesita una serie de escuchas para que te vaya entrando. De a poquito, vas descubriendo detalles porque tiene un montón de profundidad”. Esto da pie para que su compañero recoja el guante: “A mí no me parece un disco complejo, pero la gente cree que es así, y también dicen que es profundo y experimental”.
En tanto el resto de los integrantes llega de a cuentagotas a la sala de ensayo, erigida en uno de los limbos de Palermo, el tándem coincide en que la incertidumbre hoy es la performance en vivo. “Todavía no salimos a tocar el disco, no sabemos qué va a pasar”, especula Iñaki, cuyo primer show de su inminente tour mundial sucederá en la ciudad de Córdoba el 1 de agosto, secundado por su debut en el Movistar Arena el 14 del mismo mes.
“Bandalos Chinos era una banda y ahora es otra, donde conviven nuestra actual personalidad con lo naíf”. Y Goyo remata: “En mi rol de frontman, me tuve que replantear ser menos histriónico. De hecho, en el último Cosquín Rock, cuando tocamos ‘El ritmo’, mi vieja vio la transmisión en vivo, y me preguntó luego si estaba enojado. Ésta es una búsqueda tan oscura como estática”.
¿Se volvieron a amigar entre ustedes?
Goyo Degano: El vínculo quedó mucho mejor. Fue destruir para construir de vuelta, pero con una base firme y con la expectativa de que esto perdure.


