Agustín Aristarán –también conocido como Rada, mago, actor, entretenedor, sobre todo entretenedor– está en la puerta de su casa, en el camino que divide el pequeño jardín de la entrada. Tiene las manos en los bolsillos, un buzo verde over, el pelo –ya más canoso que morocho– revuelto. Es un viernes helado al atardecer. Saluda con la voz suave –amable, calma– e invita a pasar. Recibe Honorio, un perro tipo ovejero, tan grande como manso.
La casa es así: un pequeño pasillo que se abre a un comedor con una mesa redonda de madera y sillas verdes; encima, tres lámparas colgando, la luz tenue. Hay una atmósfera blanda en el lugar. A la izquierda está la cocina, separada por una barra. De frente a la mesa, una biblioteca de madera ordenada —muy ordenada— y decorada con una caja de magia con su cara, muñecos de Toy Story, una Tortuga Ninja, libros estilo manuales, un casco de Star Wars, un teléfono antiguo, una cámara de foto de las instantáneas, una lámpara.
La casa es brillante y con orden de disciplina. Y a la vez, tiene el estilo de quien puede instalar un tobogán rosa que sale de la puerta de su habitación en la planta alta y lo deposita justo entre la mesa redonda y el mueble con los muñecos.
Desde esa misma mesa, y con la voz suave –amable, calma–, un par de noches antes del encuentro con Rolling Stone, Agustín se paró frente a su teléfono y dijo: “Es de público conocimiento lo que sucedió con un chiste muy desagradable que hicimos en Otro día perdido, y por eso estoy acá para pedir disculpas”. ODP es el programa del que forma parte junto con Evelyn Botto y que conduce Mario Pergolini. El episodio del que habla Agustín se dio en medio de una rutina habitual del ciclo, donde se repasan los títulos del día con el tono sarcástico de gen CQC. La noticia fue la muerte de Carolina Flores, una exreina de belleza mexicana, a manos de su suegra. Lo que vino después es obvio, imaginarán. Y lo que vino después de eso, también: las críticas sobre el programa y los conductores por reírse de un hecho de violencia de género. “Estarán muchos diciendo: ‘Este gil ahora pide disculpas cuando todos lo bardean’”, siguió en su story de Instagram, donde tiene más de 2 millones de seguidores. “Sí, porque uno recula, piensa, analiza cuando lo abuchean. En el aplauso uno continúa, porque se supone que está haciendo las cosas bien. En el abucheo uno frena y dice: ‘Uy, ¿qué pasó?’”.
La forma en que dice las cosas Agustín –suave, amable, calma– es la misma cuando cuenta sobre su vida, cuando te invita a pasar a su casa o cuando pide disculpas. La forma dice mucho, quizás tanto como sus palabras. “Toca recalcular, aprender y no volver a repetir”, siguió en el pedido de disculpas público. “Aunque suene raro, agradezco el enojo y lo legítimo completamente”.
“A Pergolini le mandé una carta a los 17 años, escrita de puño y letra”, cuenta ahora, sentado a la mesa. “Escuchaba que todos los que laburaban con él lo habían ido a buscar a la puerta de la radio y, como yo no podía porque estaba en Bahía Blanca, le escribí”. Veinticinco años más tarde, fue el hombre de lentes quien lo buscó a él. “No dejo de sorprenderme de estar laburando con este tipo, que es una mente brillante de los medios y del mundo del entretenimiento”.

No es la primera vez que Agustín trabaja en televisión, pero quizás sí se trate del proyecto más importante. Y donde tiene más protagonismo. Agustín abre cada emisión con una presentación —medio cantada, medio recitada, y con una banda de fondo tocando en vivo—. Anticipa de qué va a ir la emisión: algunos chistes, anuncio de invitados y presentación de Botto y Pergolini. Además –como ya se habrán dado cuenta– es clave en la rutina de humor con sus compañeros: apoya, abre el juego y remata. Se luce ahí y cuando tiene su show de magia con los invitados.
“Ya había laburado en tele y el ritmo es muy al mango, no siempre está bueno”, reflexiona. “Pero sin dudas ahora acepté porque es Mario”. Eso que dice lo remite a uno de sus primeros intentos de aparecer en la tevé abierta. Recién había llegado desde Bahía Blanca y ya había tenido algunas apariciones en Mañanas informales, el programa conducido por Jorge Ginzburg, cuando lo llamaron de un programa del prime time, un top 3 de la televisión argentina. “Pero el productor medio me insinuó tener relaciones”, dice. “No entendía nada yo, recién llegaba a Buenos Aires y me preguntaba si eso era normal. Me parecía una mierda, estaba como redesilusionado”.
Entonces, hasta ese momento: nada por aquí, nada por allá. Pero después –y antes, sobre todo antes–: la magia.
Todo empezó con el error. Con un error navideño. O, dicho de otra forma, con la magia navideña.
Imaginen a Agustín con seis años. Un niño de familia de clase media (“clase media con lo justo”) en Bahía Blanca, al sur de la provincia de Buenos Aires. Hijo de un comerciante (Roberto, que quedó del lado perdedor en los 90) y una fonoaudióloga (Inés, fundamental en el uso de la voz de su hijo), hermano tres años menor de Manuel (hoy músico y programador). Agustín era un apasionado por los juegos de imaginación y por inventar historias, le había pedido a Papá Noel un Scalextric, o un auto, o un camión, el recuerdo se vuelve difuso. Pero cuando la Nochebuena se convirtió en Navidad y abrió su regalo, se encontró una caja de magia.
“La historia cuenta como que me enojé”, dice ahora. “Yo cuento como que dije che, qué regalo de mierda, pero la verdad es que no, es una caja de magia gigante, hermosa”. La caja, que todavía conserva, es la inspiración de esa otra caja que tiene en su biblioteca, la que tiene su cara. “Les agradezco mucho a mis viejos ese regalo. Era un juguete caro para ese momento, porque aparte me compraron la pro. Y la tengo impecable porque soy medio obsesivo, entonces está ahí bárbara”.
La historia dice que fue un error. Pero existieron señales que podrían encontrar la punta del hilo, el secreto del truco. Por esos años, el padrino de Agustín hacía un truco. Solo uno, siempre el mismo. También, otro tío, el hermano de su madre, había comprado unos juegos de magia por correo que se convirtieron en los favoritos del niño.
Al otro día de aquella Navidad, casi como una película de Disney, Agustín se fascinó con la magia. Practicaba, practicaba y practicaba. Se volvió la estrella de la familia. El showman. El upgrade de aquel padrino que solo sabía un truco.
“Me daba cuenta de que en la magia había una forma muy divertida de comunicarme con otra gente”, dice sobre esa manija iniciática. “Estaba aprendiendo un superpoder. Tenía un secreto que los demás no tenían y tenía la atención del público. Claramente siempre me interesó que me miren, por algo me dedico a lo que me dedico”.
Esa fascinación por entretener no nació con la magia. Viene de antes. Todo empieza con su abuelo, un carpintero de oficio y que escuchaba jazz. El abuelo fue quien inscribió a Agustín y a su hermano Manuel en clases de jazz. Así empezaron a tocar en una orquesta tradicional estilo años 50: la Baby Jass Band (el chiste es que, como eran chicos, no sabían escribir “jazz” correctamente). Se presentaban en eventos, en festivales de todo el país (incluso, hicieron shows en Nueva Orleans, pero los hermanos Aristarán no pudieron viajar por lo caro que era el viaje). Dato: otro miembro del grupo fue Milton Amadeo, que después sería una de las caras de Mambrú, el grupo pop que surgió del reality show Popstars, del año 2002.
Al frente de las clases y detrás de la banda estaba Tito Piqué, un purista del jazz, personaje de la música bahiense. “Después del colegio íbamos a lo de Tito a estudiar jazz y a escuchar las fábulas del tipo, que era como muy loco”, recuerda. “Eso y la carpintería de mi abuelo fueron como un semillero de mi forma de encarar esta expresión artística que es entretener o actuar”, dice Agustín hoy. “Había una cosa de la anécdota, del momento, del cuento, de la simulación. Y año tras año iba escuchando esa anécdota cada vez más divertida, cada vez más grande. Entonces creo que eso que ahora es el storytelling lo aprendí en la carpintería de mi abuelo con todos sus amigos contando las mismas anécdotas todos los días. Toda esa cosa lúdica y de contar historias salió de ahí”.
Y Tito, que vio en ese Agustín de seis años la capacidad de entretener, el histrionismo, la aptitud para contar historias, lo puso como presentador de aquella banda de jazz. “Me hackeó la cabeza el viejo”, dice.
Con la magia llegó el circo o con el circo llegó la magia. No está claro. Empezó a aprender gags, malabares, a escupir fuego por la boca. Cada show de circo o de magia que llegaba a Bahía Blanca lo tenía listo para encarar a cada artista: “Los atormentaba a preguntas”, recuerda. A la par, compraba magia por correo. Libros, libros y libros. Cajas con trucos nuevos.
Así aprendió y arrancó a hacer shows. En fiestas infantiles, en cumpleaños de quince, en eventos locales. Tenía doce años. Dice que siempre cobró muy bien porque su madre no lo dejaba cobrar barato.
A los dieciséis empezó a viajar a Buenos Aires para tomar clases. Esas clases que no existían en Bahía Blanca y que en el mientras tanto reemplazó por teatro, pantomima, danza y acrobacia.
“Quería más que la magia, en realidad”, cuenta. “El truco siempre fue una excusa de lo que quería hacer, que era hacer reír o contar un cuento a través de la magia”.
Pero en ese momento, sin la perspectiva de los años y con la gula de seguir aprendiendo magia, se tomaba el colectivo a la noche y viajaba hasta que salía el sol. Tomaba las clases durante el día y con la nueva noche volvía a casa, tras nueve o diez horas de viaje.
“Estudié con Rubén Barbe, con el Gran Bronzini, con el Mago Pin y Michel, los dos de La Plata”, repasa. “Y después venía a todos los congresos de magia que se hacían”.

Calle Salta 468, entre Panamá y Alem, Bahía Blanca. Dentro de esa casa, en su habitación, el niño Agustín se sienta frente a un escritorio que está contra una pared con una ventana. Sobre el escritorio: un tapete algo ordinario, una pila de monedas de un lado, un mazo de cartas en el medio, dados al otro lado. También una soga y un pañuelo. Todo ordenado (“Siempre fui muy ordenado”). Unos muñecos son el público ante el que hace aparecer y desaparecer cartas con la esperanza de que el superpoder de la magia se vuelva realidad. Lo intentará con disciplina hasta que aprenda que son trucos y no poderes. Y aprenderá los trucos que tanto practicó.
Esa escena se repitió cientos de veces. Y una de las últimas fue en el teatro El Nacional, en la calle Corrientes, el edén artístico porteño y –causalmente– nacional, donde llevó adelante Tarán, su unipersonal en el que entre música, chistes y trucos, repasa su historia con la magia. Esa escena que recrea en un bloque del show –un momento bellísimo de expresión artística– también se puede ver en Tarán, el especial de Disney+ que retrata la obra con la que Agustin giró durante 2025.
En aquel show no solo recreó esa escena en la que muestra su asamblea de ases, el número que todo mago que se precie de tal debe tener en su repertorio —y que debe llevarlo adelante de manera particular, en una versión personalizada—, sino que también cumplió uno de los sueños de ese niño que practicaba en su habitación: convertir aquel público de muñecos en teatros llenos, listos para verlo a él.
Esa escena, la de los teatros llenos, es algo más o menos habitual en la vida de Agustín desde hace casi diez años. Y ese camino tuvo algunos puntos que significaron sucesivos saltos en su carrera: Soy Rada (el primero, que además de llenar teatros lo puso en Netflix en 2018), Serendipia (la consolidación de su masificación y su segundo especial en la plataforma de streaming) y Revuelto (que tuvo gira internacional y aterrizaje en el Luna Park el 26 de agosto de 2022). Esos son solo algunos hits en modo unipersonal, mago, entretenedor. También los tiene en modo actor, con piezas como Aladdín, Matilda (donde interpretó a Tronchatoro, la directora mala), School of Rock, Chanta y ahora siendo Willy Wonka en la adaptación de Charlie y la fábrica de chocolate, que se estrenó este junio en el Gran Rex y estará en cartel hasta el fin de las vacaciones de invierno con más de 250 personas en escena y actuaciones como las de Mery del Cerro (Sra. Bucket), Sebastián Almada (Abuelo Joe) y Mateo Argibay (Charlie).
“Me tiene completamente tomado la obra. Estoy muy ilusionado. Y ahora estoy en el proceso de cagazo, de incertidumbre pero de mucha confianza en el proceso. Realmente lo que va a ver el público es algo inaudito”, dice unas semanas antes del estreno.
Entonces, Buenos Aires se convirtió en un lugar clave en la vida de Agustín. Primero con aquellos viajes para tomar clases de magia; después, cuando se mudó a la gran ciudad al terminar la secundaria.
“Me vine y me tuve que buscar una excusa interna, entonces me anoté en la escuela de Julio Bocca, en comedia musical”, explica. “Para mí la gente se iba de su ciudad a estudiar y yo necesitaba tener algo como eso. Porque la gente no se iba a laburar de mago a Buenos Aires”, recuerda. “Nunca empecé las clases de Julio Bocca. Pero me llamaba mucho la atención la comedia musical porque pasaban tres cosas que me gustan mucho: moverme, digamos bailar, actuar y cantar”.
Lo que vino después, entonces, no fue magia.
Esos primeros años vivió en la casa de una amiga de su familia, algunos años mayor que él. Aunque ese no era el plan. El plan original era vivir en una pensión que “cuando la conocí, dije acá no vivo ni en pedo. Era muy fifí”. Y ese mismo primer día, mientras caminaba por la calle se cruzó aquella chica que lo invitó a vivir con ella y unos amigos en una casa en Boedo. “Fue un flash eso porque ella era bailarina, vivía con otra piba que también bailaba y con un pibe que era músico”. En esa casa, un tiempo después, vivieron su hermano Manuel y Milton, cuando terminó la experiencia Mambrú.
Fue por intermedio del ex Popstar que unos años más tarde, consiguió su primer trabajo en teatro: Jorge Guinzburg lo llamó para hacer una temporada en Carlos Paz. Ese verano, las cosas cambiaron: conoció a Noelia, con quien unos meses más tarde concebiría a Bianca. Agustín tenía 20 años. Hoy su hija tiene la misma edad.
“Nace Bianca y cambia todo”, cuenta. “Ahí me ofrecen ser el payaso de la casa de hamburguesas más grande del planeta. Hice un casting en el que pasé un montón de etapas. Bianca era recién nacida, me venía bárbaro el laburo. Pero era ser un payaso a sueldo y no quería. Entonces no acepté el laburo”.
¿Cómo fue decir que no en ese momento de tu vida?
Me acuerdo de que Noelia me re apoyó, pero realmente lo necesitábamos: era tener una prepaga, un buen sueldo. En ese momento era la gloria, ¡yo era monotributista!, vivíamos en un departamento rechiquito en La Plata y nos venía bárbaro, pero me iba a amargar mucho.
¿Y cómo siguió la cosa ahí?
Eventos, eventos, muchos eventos. Empecé a trabajar bastante en el exterior para festivales de magia: me llamaban de Perú, Venezuela, Colombia. Era un mago que hacía reír. Pero siempre con un gran deseo por ser actor, ese era mi deseo más grande. Lo descubrí después igual, no era que soñaba ser actor, pero después dije “claro, siempre quise hacer esto”.
Lo que siguió es historia: descubrir esa pulsión por la actuación lo hizo entrar en crisis con el Agustín mago. En ese momento apareció en su vida Fernanda Metilli –actriz, comediante, standapera, su pareja desde hace ocho años– que le dijo: Tenés que lograr sacar la magia de adelante, dedicate a otra cosa, hacé otra cosa, estudiá otra cosa”. Ahí se anotó en stand-up, empezó a hacer shows de comedia que le permitieron “sacar el truco de adelante”. Después, apareció Instagram. “Fue lo que realmente me permitió hacer otra cosa”, dice. “Me cambió el algoritmo de lo que venía haciendo”.
Instagram hizo lo que él creía que la televisión iba a hacer: catapultarlo. En lugar de eso, lo expulsó con el episodio del productor.
Entonces fue Instagram, cuando no existían conceptos como influencer, virales y afines. Era 2016 cuando tuvo su primera aparición masiva en internet relatando como su hija Bianca preparaba una chocolatada. Una escena cotidiana contada con gracia, destreza y un gran manejo de la voz –las enseñanzas de mamá–. Después, viajes en auto con Fernanda donde imitaban el tono de vendedores de playa, contorsionando la voz para promocionar marcas de gaseosas. Luego, una serie de videos junto a Dread Mar-I reinterpretando canciones de María Elena Walsh.
“Estaba pensando todo el día en contenidos”, dice. “Hacía cuatro videos por día en un momento. Me acuerdo de que empezaron a subir mucho mis seguidores, en un momento llegué a 10 mil y no podía creerlo. Ahí cayó un loco de Colombia que tenía 80 mil seguidores y me dijo que en menos de un año y medio iba a tener un millón: un demente. Pero con 10 mil seguidores a mí me reconocían en la calle”.
¿Cómo capitalizó la popularidad digital? Con la experiencia real: cortando cada vez más tickets en sus shows. “Todo el contenido de redes era para llevar gente al teatro”, dice como quien confiesa. “Hasta ese momento venía haciendo stand-up pero tranqui, magia en eventos y fechas que me costaba un huevo que viniera gente. Con esto fue automático: empecé a hacer teatro y venía la gente a verlo”. De la pantalla al escenario, como lo había soñado.
Además de llenar salas, pasó algo que le interesaba mucho más. “La gente me decía que no tenía nada que ver con los videos, que tenía formación”, cuenta Agustín. “En el teatro me jerarquizaba porque estaba haciendo lo que hice toda mi vida”.
No fue magia. Fue constancia.
Eso mismo lo llevó a la pantalla que lo había expulsado. Primero iniciando una carrera como actor con roles en Ella, la biopic de Cris Miró; Re loca, la película protagonizada por Natalia Oreiro; El Reino, la serie de Netflix; y Parque Lezama, el film dirigido por Juan José Campanella y protagonizado por Luis Brandoni, entre las más renombradas.
“Estoy empezando a actuar en cine y son desafíos nuevos que me dan muchísimo cagazo”, confiesa. “Me da mucha incertidumbre, frustración, siento que es una mierda todo lo que estoy haciendo hasta que en un momento ese rompecabezas se acomoda y empieza a funcionar”.
Estás en un gran momento hace varios años. ¿Pensás en que eso se puede terminar?
Tengo eso medio mágico de sentir que siempre estoy empezando. Eso hace que no tenga que imaginar cuándo se va a terminar, porque estoy empezando. Y cuando se termine veré –hace un silencio–. Hago terapia, estoy preparado.
De nuevo en la puerta de la casa, después de casi dos horas de conversación con Rolling Stone, Agustín está en el garaje, agarrado de unas barras de calistenia que están a la altura del piso. Controla su cuerpo hasta quedar vertical, con los pies en el cielo y la cabeza en el suelo. Ya es de noche y es la más fría en lo que va del año. Mañana ensaya todo el sábado. “Entreno cinco o seis veces por semana”, dice sobre la rutina que lleva hace dos años. “Me gusta mucho porque entreno dos cosas: la salud y la constancia”.
Sabe que empezó a cuidarse algo tarde, de grande, dice. Pero fue eso mismo —el tiempo, el orden y la constancia— lo que lo llevó a donde está hoy: “Quiero laburar mucho y mi herramienta principal es mi cuerpo. Y quiero llegar a viejo lo más joven posible”.


