“Mirarte a los ojos se ha vuelto contracultural”, versa “Inquieto”, tema devenido manifiesto con el que La Chancha Muda cierra el repertorio de A todos mis santos, su más reciente álbum de estudio. Contemplar ese pasaje estampado en la pantalla de El Teatro Flores, durante la presentación del disco, caldea la potencia del mensaje. En una época en la que la música popular contemporánea argentina eligió la obviedad por encima de la metáfora, esa imagen se convirtió en una bajada de línea para comprender uno de los problemas básicos de la pospandemia. Mientras en el encierro se auguraba el advenimiento de un mundo mejor, el desenlace decantó en una realidad neomedieval. Y es que “ver lo que está delante nuestro requiere de un esfuerzo constante”, como bien advirtió George Orwell en uno de sus tantos aforismos.
En las semanas previas al estreno oficial del quinto álbum de estudio, los músicos ultimaban los pasos a seguir de esta novel etapa en su búnker, situado en ese límite invisible entre Parque Centenario y Caballito. A contramano de todo, al igual que ese Cid Campeador erigido cerca de ahí. Porque las canciones de la banda bien podrían tener un contacto con las hazañas del superhéroe español de la Edad Media, ya que están ataviadas de lealtad, valentía, épica y dignidad: valores en peligro de extinción. Por eso no es fortuito que la versión de Cristopher Nolan de La odisea haya conectado tan fuerte entre las nuevas generaciones de espectadores, al revisitar, a partir de un relato clásico, la ética, la culpa, el pesimismo y el optimismo. Todo aquello de lo que adolece la fauna opinóloga que abunda en la era 5.0.
Hay que armarse asimismo de heroísmo para subir la cantidad de escalones que separan el suelo porteño de la sala de ensayo del grupo. Ejercicio no apto para los que sufren de huesos de cristal. Una vez conquistada la cima, en la habitación más inmediata retumba ese barullo propio de la pausa. Con los pósters de recitales del pasado como testigos, y el vaho canábico a manera de fragancia ambientadora, el mate pasa en torno a la mesa dispuesta en medio del lugar. Los integrantes del septeto esperan al bajista Maximiliano Vera, quien se mantiene en vilo ante lo que el destino le tiene preparado a su perro enfermo. La preocupación se retrata en su rostro, apenas llega, y el silencio respalda la angustia. Tras participar en las fotos que acompañan a esta entrevista, vuelve a su casa para estar al lado de su compañero. Otro signo de nobleza.
Los 12 temas que dan forma a su flamante repertorio irradian una luminosidad inédita en la obra de La Chancha Muda, lo que se torna en un acto de rebeldía en estos tiempos oscuros que envuelven a la Argentina. No obstante, como si se tratara de un oxímoron, nada de esto pareciera opacar a su atractiva actitud combativa, ni deja en suspenso su quimérica cruzada de hacer del rock una trinchera guerrillera. Lo que sí probaron esta vez fue darle una vuelta de tuerca a esa narrativa corajuda que suele marcar a sus historias, transformándola en una ofrenda casi religiosa a la resistencia frente a esta realidad adversa. En eso consiste la esperanza, desde la perspectiva inconformista.

“Antes veníamos de escupir o de vomitar más, y ahora preferimos decir: ‘Yo me agarro de lo contracultural, de mirarte a los ojos, de escaparme y del flash’. Encontramos otras cosas, y tratar de rescatar eso me parece interesante”, afirma el cantante y frontman Gonzalo Pascual. “El hecho, en el fondo, es el mismo. Todo sabemos que la vida puede ser durísima, pero vos podés elegir quedarte denunciando la época. O también tenés la opción de seguir adelante, que, al menos a mí, es lo que me hace bien en este momento. Leí un comentario de alguien del público que fue a uno de nuestros shows, y nos dijo: ‘Fui a recibir un cachetazo, y me dieron amor’. Eso también es revolucionario, no sólo lo es la bomba molotov. Por eso este disco tiene una mirada más optimista. Pusimos el foco en lo que tenemos y en lo que quisiéramos tener: lo bueno, lo malo, el refugio”.
¿Creen que esa reflexión podría algún tipo de impacto fuera de su público?
Gonzalo Pascual: Si bien “contracultural” tiene una connotación ochentosa, estuvo bueno que fuera la palabra que cierre el disco. Nos pareció súper potente. Uno nunca sabe dónde termina desarrollándose todo, por más que hace 20 años esta cuestión era impensada. Y con esto me refiero a la relación de la gente con el teléfono. Para mí el deber que tenemos, siendo artistas, es tratar de que aquello que nos atraviesa como sociedad lo podamos volcar en una canción para que otro que se sienta identificado por la misma historia. Así podrá encontrar palabras sobre algo que está atravesando.
Hoy mirar a los ojos en el bondi incomoda un montón.
Gonzalo Pascual: Es considerado hasta invasivo. Y es que hoy tu espacio privado sos vos y tu teléfono. Si interrumpís eso, claro que puede incomodar.
En 1975, el filósofo e historiador francés Michel Foucault publicó el libro Vigilar y castigar, donde analiza la sociedad disciplinaria y los cuerpos dóciles. Al tiempo que reflotaba la idea del panóptico, concebida por el utilitarista Jeremy Bentham y que proponía el diseño de un edificio perfecto para ejercer la vigilancia. Su efecto esencial era inducir en el detenido un estado consciente y permanente de visibilidad que garantizaría el funcionamiento automático del poder. En la era digital, ese rol lo tomaron los teléfonos inteligentes, logrando que Google y las redes sociales alteren el comportamiento de la sociedad en cuanto a la privacidad. La ensayista Sherry Ning lo graficó de esta manera: “El peligro de las redes sociales no está en que nos vigilen, sino en que nos convertimos en quienes vigilan”.
El panoptismo logró incluso redefinir el concepto de under, a tal instancia que en abril Spotify Argentina llevó adelante una campaña en la que intentó desapropiar ese espacio creativo físico para instalarlo en el imaginario dactilar. Para ello, recurrió a la resignificación a través de una pregunta tan simple como peligrosa: “¿Qué es el under?”. “El under es probablemente algo que no conozca esa persona a la que le estás contando eso que viste y que te flasheó”, cavila el cantante de La Chancha Muda. “O sea, cada uno tiene su propio under. Me parece que es eso. Ahí siguen naciendo esas cosas que terminan siendo enormes. Creo que todos, en algún momento, vivimos esa experiencia. Pero hoy, para serte sincero, no sé qué está pasando en el under. Todos, en algún momento, transitamos por ese mundo”.
Entonces el baterista Diego Chiaradía pide la palabra. “Vamos a ver bandas amigas todo el tiempo, en lugares como el Salón Pueyrredón o Uniclub”, ilustra. “Está clarísimo que el under que curtimos nosotros cambió muchísimo. La última movida así que viví fue cuando Pablito, que es un loco hermoso con el que ensayamos hace un millón de años, montó Otra Historia (lo más próximo al under berlinés que existe en Buenos Aires, abierto en Villa Ortúzar antes de que el barrio se gentrificara). Desde esa época, él ya estaba pensando en hacer algo así. Después de muchos años, retomamos el contacto y nos invitó a conocer su centro cultural. Es una cueva hermosa, con habitaciones por todos lados en la que pasan cosas distintas en simultáneo. Nos alegra que haya cumplido con su sueño”.
Sólo dos años transcurrieron desde que La Chancha Muda pasó de agotar el Salón Pueyrredón, bastión de la contracultura y el under porteño, a dar el salto a La Trastienda, una de las vitrinas del mainstream de la ciudad. La hazaña se registró en el primero de sus discos en vivo, titulado La Chancha Muda (en vivo, La Trastienda), publicado un año después, en noviembre de 2020. “Me acuerdo de estar acá planificando cada paso del show en el Salón Pueyrredón: cómo vendíamos las entradas, por dónde promocionábamos, la puesta en escena. Esa cuestión de núcleo sigue estando, por eso nos seguimos sintiendo muy autogestivos”, espeta el vocalista. “Eso nace en esta sala. Así que para mí todo forma parte de lo mismo, aunque se agranden algunas cosas y se sume más gente al equipo de trabajo”.
A todos mis santos es el segundo disco que publicó el grupo mediante una disquera top argentina, tras haber puesto a circular sus primeros tres álbumes de manera independiente. Pese al abanico de posibilidades que brinda esta decisión, dejarse tentar por las mieles del capitalismo generó dudas en la cofradía. “La sólo idea de pensarlo fue todo un dilema que nos llevó años de charlas entre nosotros y de entender qué hacer o cómo se podía acoplar a lo que hacemos”, revela Pascual. “El 80 por ciento de la historia de La Chancha tuvo que ver con la independencia y la autogestión. Pero llegó un momento en el que comprendimos que para seguir avanzando, existiendo y creciendo necesitábamos encontrar nuevas maneras de laburar. Ahí es donde se empiezan a abrir las puertas”.

¿Cuánto afectó esto a su idiosincrasia artística?
Gonzalo Pascual: Seguimos siendo los mismos porque, en el fondo, nuestras canciones hablan más o menos de lo que veníamos hablando anteriormente. Lo que cambió fue la forma en que se plantea o las palabras que utilizamos. No es lo mismo componer una canción a los 25 que a los 45, hay una gran diferencia. En los primeros discos, esa cosa militante, de barricada, también tenían que ver con el amor. Capaz que ese sentimiento se abrió a más cosas. Creo que las canciones de La Chancha se mantienen en la misma línea, aun cuando parezca que hoy haya menos intensidad en las palabras.
El tercer material de la agrupación, La peste del cazador, es un híbrido entre libro y disco publicado en 2019. El entusiasmo por semejante obra conceptual experimentó un pinchazo de realidad cuando los músicos se dieron cuenta de que no sabían cómo darle salida. “De repente, teníamos acá las mil copias que mandamos a hacer metidas en las cajas”, recrea el frontman. “Nos miramos las caras preguntándonos cómo hacíamos para venderlas. Nos entró esa sensación de que nos habíamos quedado sin nafta. En esa época, las redes sociales se encontraban en un proceso bastante primario, y nosotros, de paso, estábamos en bolas con respecto a ese mundo. Así fue como decidimos dar ese paso fuera de la autogestión, porque era injusto que esas canciones tan tremendas se quedaran en la nada”.

“¡Qué nunca se nos muera el espíritu combativo!”, concluye “Asfixia”, tema clave de La peste del cazador. Ese repertorio ahonda en la cosmogonía anarquista que la banda enarboló tres años antes en el álbum Sinfonía libertaria, periodo donde hasta el punk más corrosivo, identificado históricamente con el movimiento ácrata, se había desentendido de esas ideas. “Nunca me consideré militante”, desestima la voz cantante. “Después de la adolescencia, comencé a encontrarme con lecturas y cosas que me fueron marcando, y que yo sentía que debía retransmitir. Cuando empecé a adentrarme en la literatura de Osvaldo Bayer, tuve mayor conciencia del anarquismo y de lo libertario. Valores e ideales que hoy son difíciles de ver plasmados en la realidad”.
De hecho, Bayer recita el remate de “La chispa”, canción que cierra La peste del cazador. ¿Cómo lo conocieron?
Gonzalo Pascual: Fui a su casa, y hablamos un ratito, meses antes de que falleciera. Me puse en el papel del periodista, y llevé unas cinco preguntas armadas porque no hubiera sabido qué preguntarle en el momento. Esa semana se realizó acá la Cumbre del G-20, y se iban a reunir todos los presidentes en el Teatro Colón. La biografía que Bayer escribió acerca de Severino Di Giovanni (anarquista italiano establecido en la Argentina al que las crónicas periodísticas de hace un siglo atrás tildaban como “El hombre más peligroso de Buenos Aires”) arranca en el Teatro Colón, repartiendo panfletos. Entonces le dije: “Qué loco, ¿no? Hoy es impensado que alguien pudiera hacer algo así”. A lo que me respondió: “¿Por qué no vas, y lo hacés vos?”.
¿Te animaste a hacerlo?
Gonzalo Pascual: En el momento, fantaseé con hacerlo. Pero al final no pasó.
¿Bayer llegó a ver el disco editado?
Gonzalo Pascual: No, no. Sí se lo mostré a su hija, Ana.
Diego Chiaradía: Cuando Gonza trajo la idea de la participación de Bayer, caímos en la cuenta de que la música también es un arma. No sólo estábamos informando, sino también mostrándole un universo a un montón de gente.
La aparición de Javier Milei en el mapa político agudizó la confusión sobre las ideas libertarias. Vale la pena destacar que el término “libertario” surgió en el siglo XIX como sinónimo de “anarquismo”, concebido para evitar la persecución policial de quienes se autopercibían de esa manera. Pero en las últimas décadas su significado cambió debido a corrientes de la derecha económica. La Chancha Muda padeció esa desapropiación. “Eso dio mucha bronca porque que un tipo como él traiga ese término para transmitir lo que transmite, es lo más alejado de esos valores”, se indigna Pascual. “Tuvimos que explicarlo en algunos shows para que el público entendiera que nosotros le aplicábamos otro sentido, totalmente opuesto a lo que este chabón intenta hacernos creer”.
La vuelta del neoliberalismo y el proyecto de reformar al Estado coincidieron con el retro cool, el regreso del rolinguismo, la reivindicación de la opulencia postiza y el humor berreta. ¿No sienten que su nuevo disco vio la luz en medio de un déjà vu?
Gonzalo Pascual: Lo veo como una cultura medio nostálgica, en todos los sentidos. Imaginate que hay un montón de bandas tributo. No sé si es que vuelve lo rolinga como contestación de lo que está pasando, me parece que existe una tendencia al refrito. Cada vez es más difícil encontrar algo que rompa para adelante, y cuando aparece es juzgado. La gente busca lo seguro, el lugar conocido. En nuestro caso, cuando nos escuchás o nos ves en vivo te termina de llegar un universo más amplio.
Así como “Inquieto”, “Tsunamis” es otro de los temas recientes que conecta con el tiempo presente. En él instan a regresar a la sencillez, antes de que sea tarde. ¿A la gente de verdad le gustaría volver a lo simple?
Gonzalo Pascual: Nos quedamos sin tiempo para conversar de cualquier cosa. Ya no hay tiempo para nada, en realidad, porque existe esa sensación de urgencia constante. Eso aplica incluso para nosotros. A veces, nos pasa que terminamos de ensayar, nos sentamos acá y capaz los siete vamos y agarramos el teléfono. Ni siquiera te das cuenta. Siempre hay algo que atender, algo por lo que correr.
A contramano de esa urgencia, cada disco de la banda es una oportunidad para probar diferentes filtros. Eso se nota no sólo en las temáticas, sino también en la manera de encarar la propuesta musical. “Está bueno ir variando el filtro”, cavila “El Pela”, álter ego del guitarrista Federico Fassa. “En algún momento, dijimos: ‘Che, a ver qué se siente apretar dos distorsiones, en vez de tres’. Abordamos distintas formas de hablar de lo mismo, que es el mundo, y eso lo acompañamos con un crecimiento musical y artístico. Con el tercer disco, llegamos a un punto muy denso. Lo que se refleja instrumentalmente. Si bien podés escuchar a una banda súper rockera y pesada, al mismo tiempo estábamos envueltos en una atmósfera oscura. A partir de ahí, empezamos a ver la necesidad de despegar un poco de eso”.
En sintonía con ¿Quién autoriza?, su álbum anterior, lanzado hace tres años, lo nuevo de La Chancha Muda vuelve a hurgar en las emociones para ampliar el espectro de matices sonoros de ese rock con impronta porteña que bien supieron tallar. Traccionado por esa voz siempre conmovida, con dejo arrabalero, de Gonzalo Pascual, y respaldado por unapared de caños. Alcanzando el orgasmo en una canción del temperamento de la ensimismada “Fábulas”, en tanto el vértigo pide cancha en “Cuchillo”. Y si “Refucilo” evidencia el galope hacia adelante, “Nos a caer” saca a relucir su veta crepuscular. La estampa epopéyica que se encargaron de cultivar desde 2003 esta vez hace gala de su reinvención, de la mano de “Cosecharemos”, cuya intro, silbido mediante, le inyecta buqué a spaghetti western.
Por más que es notoria su evolución estética, se suele simplificar lo que hacen metiéndolos en la bolsa del rock barrial. ¿No sienten que esa contextualización los termina estigmatizando?
Gonzalo Pascual: En este disco nos planteamos resaltar colores a los que antes no les prestamos tanta atención. Sin embargo, lo que tiene La Chancha es que somos de barrio, y contamos lo que nos pasa. Usamos este canal no solamente para decirlo como queremos, sino que buscamos también llegar a un lugar más amplio. Eso lo hacemos a través de toda la información musical que fuimos recabando en nuestra historia. Curtimos mucho la década de los 90 y de los 2000, donde hubo un montón de bajada de línea y de reflexiones pulsantes gracias a grupos como Sumo y los Redondos. Cuando te metés en nuestra obra, te das cuenta de que no tiene sentido catalogarla de rock barrial. Pero, más allá de la necesidad de etiquetar, nos consideramos una banda barrial porque ese rock está en nuestras raíces.
A una semana de que el rock argentino experimentara otra vez la tragedia de la orfandad, tras la muerte del Indio Solari, los de Parque Centenario inauguraron en el sur de la ciudad esta actual era. En una de las alocuciones de las dos horas y media de show, Pascual, quien lució una remera alusiva a la tapa del álbum Oktubre, avisó: “Toda esta noche estará dedicada al querido Indio. Es una de las razones por las cuales estamos acá”. Amén de ofrendarle uno de sus flamantes temas, “Alteraciones”, mientras en las pantallas fluía un collage de imágenes del otrora líder de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, más adelante el vocalista quedó solo en el escenario para pelar la guitarra acústica en su revisita al himno ricotero “Juguetes perdidos”.
Al Indio se le debe esa mística que cambió para siempre la razón de ser de la canción en la música popular contemporánea local. Justamente, sobre ese patrimonio hace referencia “La canción sagrada”, otro de los clímax en el relato de la banda partícipe de A todos mis santos. “Llegamos a pensar en cortarla, pero después entendimos que la canción era medio como una escalera. Tampoco era fácil sacarle algo porque encima tiene cuerdas”, detalla el frontman. A lo que el baterista añade: “Lo bueno de una formación como la nuestra es que, además de que está buenísima, todo lo hacemos de forma colectiva. Construimos con un estilo muy de equipo, todo el tiempo en comunión. Eso nos deja tranquilos porque sabemos que la canción siempre va a salir”.
A propósito de su entelequia de la canción, la métrica rapera la convirtieron en una herramienta habitual. Lo que queda de manifiesto en un tema como “La última”.
Gonzalo Pascual: Nuestro lado más rockero siempre tuvo esa cosa más rapeada. Eso está en todos los discos de La Chancha eso está más o menos explorado. Creo que es parte clave de nuestra propuesta. Y si vemos que no llega a estar decimos: “Falta esta voz”. Es un color que nos gusta. Entran dos palabras, empieza la lata. Yo escucho rap desde hace muchos años, antes del auge de la música urbana, que tampoco es tan rapera. No sé. Estoy hablando de los grandes, de esos tracks memorables, de esas barras que escasean.
Con la progresiva pluralidad de cultos que se instaló luego de la última dictadura militar, tomó cada vez más fuerza el sincretismo. Si bien en otras partes de Latinoamérica tiene atributos aún más mestizos, en la Argentina esa veneración a deidades, fiestas y costumbres surgieron de la mezcla de creencia de los pueblos originarios con las imposiciones de la religión católica (para zafar de su autoridad). Esta versión popular de la fe representa en buena medida el trasfondo del título del disco, en el que la Virgen de Luján, San Cayetano o San Expedito coexisten con el Guachito Gil, la Difunta Correa o Ceferino Namuncurá. En consonancia con el trabajo territorial de los curas villeros, en especial luego del estallido social de 2001, y la necesidad de poder sobrellevar la imparable crisis económica.
“Aunque fallen todos los cañones, aunque no me salgan las canciones, aunque todo parezca romper y romper y romper y romperse, le agradezco a todos mis santos. En este mundo tan cruel, que derrama furia y llanto, y se ve tan radiante y convulsionado. Agradezco tenerte acá a mi lado”, reza unos de los fragmentos del tema que abre el track list y al mismo tiempo le da título a este quinto trabajo de estudio. “Trata sobre encontrar símbolos a los qué agarrarse, para refugiarse o protegerse”, confiesa Pascual. “Seguramente, uno de los santos que nosotros tenemos es la música. Entonces tiene que ver para mí también con eso: con jugar con lo sagrado, y, a la vez, darle importancia a la música y a nuestras canciones. Por eso mismo de que la ‘canción es algo sagrado’. Pero es más una ofrenda que un pedido”.
¿A qué se refieren con esto último?
Diego Chiaradía: Es como sentirse agradecido por lo que hicimos, que está bueno; y porque uno no se engañó durante este tiempo. Es una ofrenda a nosotros mismos o a todos tus santos. Resultó de algo muy personal. Te pone en ese lugar de decir: ‘Vení que te voy a contar una historia’.
La invocación se encuentra a contramano de una de las máximas anarquistas, que niega la existencia de dioses o de nuncios de la fe. Puede sonar tan contradictorio como lo es la especie humana, ¿pero llegaron a cuestionarse este contraste?
Gonzalo Palacios: A lo largo de todos los discos, el tema de Dios y de la Iglesia siempre estuvieron presentes, de alguna manera o haciendo alguna reflexión. Como antecedente está la canción “Fábulas paganas”. Mi santo es Osvaldo Puliese (considerado el patrono de los músicos en Argentina) o un ser querido que no está. Nace de todo este contexto tan de mierda en el que estamos. Pero podemos seguir practicando el ejercicio colectivo, al igual que espiritual. Eso no los puede sacar nadie. No nos consideramos tan concretos ni tan materialistas, lo que nos lleva a poder encomendarnos.
Diego Chiaradía: También está atravesado por el hecho de haber vivido nuestras infancias en colegios católicos. Lo sagrado puede pasar por ahí o por tener un palo santo. Buscamos darle un resignificado a todo eso. Somos medios espirituales, pero es muy curiosa nuestra ingratitud con la fe.


