Crítica: Tadeo Jones y la lámpara maravillosa

La cuarta aventura del arqueólogo animado mezcla viajes en el tiempo, mitología y caos familiar en una entrega cálida y divertida de la franquicia

Enrique Gato 

Por  ANDRÉ DIDYME-DÔME

Cortesía de UIP

Desde su primera aparición, las aventuras de Tadeo Jones han vivido de una contradicción feliz. Parodian el cine de exploradores al mismo tiempo que le profesan un cariño transparente. Indiana Jones constituye la referencia más evidente, desde el sombrero hasta el apellido, aunque detrás también asoma Allan Quatermain y toda una tradición de expediciones exóticas, mapas incompletos, tumbas ocultas, civilizaciones perdidas y artefactos capaces de poner en peligro al mundo. Tadeo pertenece a ese linaje con una diferencia decisiva. Allí donde sus antepasados avanzaban con seguridad imperial, él tropieza, improvisa y sobrevive gracias a una mezcla de entusiasmo, lealtad y buena fortuna.

Tadeo Jones y la lámpara maravillosa, cuarta entrega de la saga hecha en España, lleva ese juego de apropiación cariñosa hasta Las mil y una noches y, de paso, nos retrotrae a los tres ambiciosos especiales de Popeye realizados en Technicolor por los estudios Fleischer: Popeye the Sailor Meets Sindbad the Sailor (1936), Popeye the Sailor Meets Ali Baba’s Forty Thieves (1937) y Aladdin and His Wonderful Lamp (1939). Como ocurría en aquellas pequeñas superproducciones animadas, un héroe popular se introduce en los relatos legendarios, se cruza con sus personajes y acomoda sus peligros a su propio ritmo cómico. La evocación resulta especialmente cariñosa porque recupera una época en la que bastaban una cueva, un genio, un barco o una alfombra voladora para abrir las puertas de lo extraordinario. Tadeo hereda ese espíritu y confirma que estas historias siguen vivas porque admiten nuevas caras, nuevos chistes y unas cuantas irreverencias sin perder su capacidad de maravillar.

Tadeo y Sara son ahora padres de Olimpia, una niña de dos años cuya llegada ha reorganizado las jerarquías afectivas del grupo. Momia, habituado a recibir una considerable porción de atención, contempla a la pequeña como quien descubre que ha sido desplazado del centro de su propio universo. Sus celos lo llevan a formular un deseo desastroso. Quiere volver al pasado, recuperar su juventud y sentirse querido otra vez. La lámpara acepta la petición con esa obediencia literal que siempre ha convertido a los genios en funcionarios particularmente peligrosos, y la familia termina dispersa entre épocas, territorios y leyendas.

El viaje enlaza Londres, Paititi, Grecia y el mundo de Las mil y una noches, donde la lámpara de Aladino convive con la historia de Alí Babá y los cuarenta ladrones y la de Simbad el marino. El guion también permite que la fantasía roce la historia mediante Solimán el Magnífico y Túpac (el inca, no el rapero). El conjunto podría haberse convertido en una bodega atestada de referencias, pero conserva una dirección reconocible porque cada salto temporal nace del deseo de reunir al grupo. La geografía cambia sin descanso; el propósito emocional permanece.

La película entiende, además, que una cuarta parte produce una alegría particular cuando recupera a sus personajes sin tratarlos como objetos de inventario. Momia, Ramona, Jeff y Belzoni se van incorporando a la aventura hasta reconstruir aquella pandilla que las entregas anteriores convirtieron en una familia elegida. Hay genuino placer en verlos reunidos y comprobar cómo sus antiguas dinámicas se transforman ante la presencia de Olimpia. El paso del tiempo deja de ser solamente un mecanismo narrativo y se convierte en la experiencia cotidiana de descubrir que los vínculos sobreviven cuando aceptan cambiar.

Tadeo y Sara también han dejado atrás la simple tensión romántica. La paternidad les impone otra clase de aventura, hecha de vigilancia, cansancio, miedo y ternura. Sara continúa siendo la arqueóloga más competente del equipo, mientras Tadeo conserva su capacidad para meterse en problemas con una sonrisa que pide perdón por adelantado. Sin embargo, el nacimiento de Olimpia permite que él revele una dimensión más madura. Su heroísmo ya no consiste únicamente en encontrar tesoros o escapar de trampas, sino en hacerse responsable de alguien cuya fragilidad modifica todas sus decisiones.

El otro personaje que altera la convivencia es Arqueobot, una inteligencia artificial sobre ruedas diseñada para excavar, explorar, traducir lenguas, recibir codazos y resolver en segundos las tareas que han ocupado toda la vida profesional de Sara. Su eficiencia despierta en ella el temor de volverse prescindible y consigue que la mujer más racional del grupo pierda la paciencia ante una máquina que parece saberlo todo. La rivalidad prolonga, desde otra perspectiva, el conflicto de Momia ante la llegada de Olimpia. Ambos temen que alguien nuevo ocupe su lugar. 

La película lleva así una preocupación contemporánea al corazón de su aventura y propone aprender a convivir con la inteligencia artificial, utilizarla como herramienta y reconocer aquello que el conocimiento automatizado todavía no puede reemplazar: la intuición, la pasión y el criterio nacidos de la experiencia. Arqueobot comienza como un intruso exasperante y termina integrado en esa familia que siempre encuentra espacio para un miembro más, aunque venga con ruedas, algoritmos y la irritante costumbre de tener la respuesta correcta y la herramienta adecuada.

Momia funciona como el reverso infantil de esa evolución. Su deseo expresa el temor a dejar de ser necesario, un sentimiento reconocible bajo el volumen de sus ocurrencias y su inagotable necesidad de protagonismo. El personaje puede resultar agotador cuando el guion encadena demasiados chistes sin concederles aire, aunque esta vez su egoísmo posee consecuencias y el desenlace le exige comprender que el afecto no disminuye cuando la familia crece. Hasta el payaso necesita descubrir que el amor carece de silla numerada.

Jeff y Belzoni, el perro y el loro, reciben entretanto el poder del habla. No pregunten. La lámpara tiene sus reglamentos internos y seguramente un departamento jurídico al que nadie desea llamar. La decisión funciona porque ambos animales ya llevaban varias películas comunicándose con enorme claridad mediante gestos, gruñidos y miradas. Escucharlos hablar prolonga una broma que la saga había preparado desde el comienzo, y la cinta aprovecha la oportunidad para convertirlos en una pareja cómica capaz de disputarles escenas a los humanos.

La animación muestra cuánto ha crecido la franquicia desde 2012. Los escenarios poseen mayor densidad, la luz acompaña mejor los cambios de época y las secuencias de acción se desplazan con una soltura que permite apreciar el peligro sin perder la orientación. Las persecuciones conservan el ritmo frenético de la serie, aunque ahora se encuentran mejor integradas con los conflictos de los personajes. Todavía hay momentos en los que la acumulación de bromas, lugares y referencias amenaza con saturar el relato, pero la película recupera pronto su rumbo y reserva espacio para un cierre de inesperada dulzura.

Las entregas de Tadeo Jones nunca han pretendido descubrir un continente desconocido del cine. Su tarea ha sido más modesta y también más honesta. Buscan ofrecer aventuras familiares ágiles, humor accesible y suficientes guiños culturales para que los adultos acompañen a los niños sin mirar el reloj como si fuera un instrumento de tortura. La lámpara maravillosa vuelve a cumplir esa misión y lo hace con mayor seguridad, afecto y riqueza narrativa que sus predecesoras. Posiblemente sea una de las mejores películas de la saga porque comprende que el tesoro más valioso de Tadeo ya no se encuentra bajo tierra. Camina a su lado, discute, se equivoca, ladra, grazna y, desde ahora, hasta habla.

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