En 1998, Hechizo de amor reunió a Sally Owens (Sandra Bullock) y Gillian Owens (Nicole Kidman), dos hermanas pertenecientes a una familia de brujas condenadas a perder a los hombres que aman. La película mezclaba comedia romántica, fantasía, asesinato, violencia doméstica, posesiones y números musicales alrededor de unas margaritas de medianoche. La crítica la destrozó con bastante razón. Su relato cambiaba de tono sin control, la puesta en escena parecía improvisada y el vínculo entre sus géneros dependía de que el espectador aceptara el caos como parte del encanto.
Griffin Dunne, recordado por interpretar al atribulado Paul Hackett de After Hours y al desafortunado Jack Goodman de Un hombre lobo americano en Londres, nunca consiguió la misma personalidad detrás de la cámara. Su filmografía como realizador incluye las fallidas comedias románticas Adictos al amor, con Meg Ryan y Matthew Broderick, y Marido accidental, con Uma Thurman, Jeffrey Dean Morgan y Colin Firth (quizás unas de las peores películas de todos los tiempos). Dentro de esa carrera errática, Hechizo de amor quizá sea su largometraje más estimable, en gran medida gracias a Bullock, Kidman y una banda sonora que entendía mejor a las protagonistas que el propio relato.
El paso de los años transformó aquel fracaso en una película de culto. Las reposiciones televisivas, el video casero y el streaming encontraron una audiencia que se reconoció en la relación entre las hermanas Owens, la casa familiar, los rituales compartidos y la idea de una estirpe femenina capaz de sobrevivir a sus desgracias. Hollywood ha aprendido a convertir esa clase de afecto tardío en propiedad intelectual, de modo que Hechizo de amor: La magia continúa llega 28 años después para comprobar cuánto permanece del encantamiento.
Sally ha vuelto a renunciar a la magia. La muerte de su segundo esposo confirmó que la maldición familiar seguía activa y la llevó a borrar de la memoria de sus hijas cualquier conocimiento sobre sus poderes. Gillian continúa practicando hechizos a escondidas, convencida de que negar la herencia de las Owens únicamente aplaza sus consecuencias.
El conflicto reaparece cuando Kylie (Joey King) descubre la verdad y su novio Gideon (Xolo Maridueña) queda en coma por efecto de la maldición. Guiada por el recién descubierto Libro del Cuervo, la joven viaja a Inglaterra en busca del origen de la magia familiar. Sally y Gillian la siguen mientras Antonia (Maisie Williams) permanece junto a Gideon. El recorrido incorpora al profesor de ocultismo Ian Wright (Lee Pace) y al misterioso Thomas Lockland (Solly McLeod), dos figuras masculinas situadas en lados opuestos de la galantería y la villanía.
Susanne Bier aporta una dirección más segura que la de Griffin Dunne. La realizadora danesa posee una trayectoria respaldada por Corazones abiertos, Hermanos, Después de la boda y En un mundo mejor, ganadora del Óscar a mejor película internacional. También conoce bien a sus protagonistas, pues dirigió a Bullock en Bird Box y a Kidman en The Undoing. Su experiencia ordena mejor los cambios de tono y les concede mayor claridad a los conflictos familiares.
El guion de Akiva Goldsman, Georgia Pritchett y Kelly Marcel acumula personajes, revelaciones genealógicas y reglas mágicas durante dos horas y diez minutos. La búsqueda del origen de la maldición pierde ritmo en varios pasajes y los hombres aparecen como simples funciones argumentales. Ian Wright encuentra en Lee Pace una presencia cálida y excéntrica, aunque su relación con Sally apenas dispone del tiempo necesario para crecer. Thomas Lockland posee intenciones más oscuras y representa una masculinidad herida por el poder femenino, pero su construcción resulta demasiado estereotipada y evidente.
Joey King le entrega energía a Kylie, heredera del miedo de Sally y la impulsividad de Gillian. Maisie Williams recibe menos espacio como Antonia, mientras las tías Frances (Stockard Channing) y Jet (Dianne Wiest) quedan relegadas durante buena parte del recorrido. Channing y Wiest conservan la calidez del primer largometraje, pero la película desaprovecha su sentido del humor y su capacidad para convertir la excentricidad en sabiduría familiar.
El centro sigue perteneciendo a Sandra Bullock y Nicole Kidman. Bullock recupera la ansiedad terrenal de Sally, una mujer que intenta proteger a sus hijas mediante el control y termina provocando exactamente aquello que temía. Kidman vuelve a interpretar a Gillian con ligereza, sensualidad y una confianza absoluta en la magia. Sus discusiones, miradas y reconciliaciones transmiten la historia compartida que el guion apenas necesita explicar.
También resulta valioso encontrar una producción de esta escala protagonizada por dos mujeres mayores de 60 años sin convertirlas en figuras secundarias. Sally y Gillian siguen siendo deseantes, contradictorias y capaces de conducir la historia. El tiempo modifica su relación con la maternidad, el amor y la pérdida, pero mantiene intacta la energía que las reunió en 1998.
La secuela recupera las margaritas de medianoche, las canciones de Stevie Nicks y otros elementos destinados a activar la memoria de los seguidores. Algunas referencias surgen con naturalidad; otras tienen la insistencia de una lista de requisitos exigida por la nostalgia. Aun así, la reunión de las Owens conserva una calidez difícil de fabricar.
Hechizo de amor: La magia continúa ofrece una experiencia más sólida que su antecesora y comparte con ella la ligereza de un entretenimiento estacional. La historia se extiende demasiado, el misterio carece de verdadera fuerza y las nuevas incorporaciones rara vez compiten con las veteranas. Bullock y Kidman mantienen la película a flote gracias a una complicidad que sobrevivió mejor que los efectos, las modas y la reputación de la original. Con una margarita en la mano puede ofrecer una velada agradable. Sin embargo, su hechizo comienza a desvanecerse poco después de los créditos.


