El tesoro visual que dejó el Indio Solari

Un recorrido por el universo plástico y las influencias del cómic en la obra del Indio Solari, más allá de la letra y la música

Por  HUMPHREY INZILLO

julio 3, 2026

Una de las obras que el Indio mostró en Brutto, con su figura en primer plano, sobre un fondo barroco, onírico y con tintes psicodélicos.

INDIO SOLARI

Fue el cantante, el poeta, la estampita. Pero restringir la actividad artística del Indio Solari al ámbito musical sería reduccionista. Basta con un detalle: al momento de su muerte, Brutto –la exposición oficial itinerante que reúne sus obras de arte digital, collages y producciones visuales– estaba colgada en el Museo Metropolitano de Arte Urbano en la capital cordobesa. El derrotero de esta muestra inmersiva, curada junto al artista, había empezado en febrero de 2025 en el Museo Mar, de Mar del Plata, y había incluido escalas en el foyer del Teatro Argentino de La Plata y en Arthaus, el centro cultural en el microcentro porteño. 

El título de la muestra evoca el “brutto” italiano: la belleza de lo crudo y lo perturbador. Esta curaduría específica rescataba catorce obras representativas de la iconografía de Solari, trasladando al espacio físico un conjunto de creaciones que el Indio había compartido previamente en sus redes sociales. El texto curatorial lo explicaba como “una apuesta por lo disonante y por lo que se resiste a ser traducido en discurso ordenado. No hay amabilidad: hay crudeza, imaginación imperturbable y un despliegue que conmueve a quienes, además de escuchar, ahora observan”.

No era la primera vez que el Indio mostraba públicamente sus dibujos. Desde que empezó su carrera solista, en 2004, con la publicación de El tesoro de los inocentes (Bingo Fuel), el asunto del arte de tapa de cada uno de sus discos estuvo, para siempre, en sus manos. Como una extensión gráfica de su imaginario poético, Solari combinaba cierta estética de cómic oscuro y novela gráfica, trazos de tinta con líneas negras marcadas, una sensibilidad expresionista, el influjo de las aguafuertes de Goya, collages de impronta surrealista, el estilo psicodélico que Horacio Fontova le imprimió al Expreso Imaginario (la revista contracultural en la que Claudio Kleiman escribió por primera vez sobre Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota) y la influencia del cómic underground de los 70 y los 80.  En sus memorias, Solari compartió unas fotos en las que tanto él como su esposa, Virginia, posaban sobre un mar de cómics. Una colección de revistas europeas como Zona 84, Cimoc, Rambla, El Víbora, que funcionaban como un paño de influencias. Allí se distinguen, también, clásicos del italiano Milo Manara como El perfume del invisible, editado en Argentina por SexHumor. La historieta no solo operaba como una referencia gráfica, también está presente en sus canciones, que muchas veces adquieren una dinámica de viñetas. 

“Al abrevar en la biblioteca y los placares de mi viejo, me desentendí del estímulo convencional del colegio”, le había contado el Indio a Marcelo Figueras en Recuerdos que mienten un poco (2019). “Tuve la suerte de que en esa época existiesen revistas como Frontera y Hora Cero. Ahí dibujaban Hugo Pratt y José Luis Salinas. El formato historieta me empezó a interesar: me acuerdo de Bull Rocket, por ejemplo. Yo ya dibujaba con cuadritos, desplegando historias. Cuando llegué a la primaria me daba maña para copiar a San Martín de un libro y con eso iba zafando”. 

La expresión gráfica empezó en la infancia: “Me acuerdo de un dibujo que hice después de la ‘Fusiladora’. Pinté un avión, un cuerpo desmembrado y una cabeza con anteojos oscuros –el almirante Rojas, obvio– que explotaba. Y en el globito de la historieta, la cabeza sola, que rodaba por ahí, cortada, decía: ‘¡Ay, me muero!’”.   

Los dibujos, a sus 20 años, eran moneda de cambio que utilizaba como recompensa a los amigos que lo alojaban. “Por eso conservo poca obra de pintura: porque vivía de prestado y tenía por costumbre dejar mis libros, los discos que había comprado y mis dibujos, como parte de pago por la gentileza”, recordó.  

En su mítico viaje a Brasil de 1972 junto a su novia de entonces, Andrea Mallo, pintaba sobre unas maderas con esmalte sintético. “Conseguí vender un par de cuadros. Uno de ellos, me acuerdo bien, tenía dos figuritas humanas… Una mujer se acercó y me dijo: ‘ ¡Son Adán y Eva en el paraíso!’. Yo no se lo discutí. Claro, con el potencial comprador no se disiente. Y la mina se lo compró al final. Con esas ventas fuimos tirando…”, recordó. Y también, en esa vida pre Redondos, se dedicó a la confección y venta de artesanías.

El leitmotiv del arte de Porco Rex (2007, segundo opus del Indio junto a Los Fundamentalistas del Aire Acodicionado) era la escultura de un cerdo que estaba integrada a distintos collages, dibujos pornos basados en fotos e ilustrados digitalmente con el programa Corel Draw. El Indio mostró esa escultura en Indio en la Biblioteca, su muestra de 2015 en la Biblioteca Nacional, que además de los manuscritos con sus letras incluyó dibujos, pinturas y fotografías. En su disco posterior, El perfume de la tempestad, de 2010, el eje fue la tormenta. “Eran viejas fotos sobre las que trabajé”, contó. “Todos los personajes están ajenos a una tormenta que se viene. Una tormenta dylaniana, al estilo ‘A Hard Rain’s Gonna Fall’. Tomé la imagen de una filmación que hicimos con Gómugo. Disfracé a la chica para que pareciese de los años 20. Rocambole interpretaba a un jugador. Del otro lado de la mesa estaba esta piba, y ahí aparecían esos monstruos con máscaras que había hecho yo. Hay una cruz del Believe It or Not de Londres, una imagen de la catedral de Liverpool, la foto de un viejo trolo que oficiaba de guía en los baños romanos de Bath, un portaaviones atracado en Nueva York, unos lugares que hay para sentarse en el Central Park, Carlitos haciéndose el borracho, mi perro Saturno…”, detalló.  

Para Pajaritos, bravos muchachitos (2013), el Indio firmó todo, canciones e ilustraciones, como “El Fisgón Ciego” (sus alias anteriores habían sido Artista Invitado, Monsieur Sandoz y Caballo Loco), y en sintonía con el álbum, se reproducían plumas, alas y picos, en inquietantes figuras humanoides. 

Su último disco de estudio, El ruiseñor, el amor y la muerte (2018), no incluye ilustraciones. La portada es una añeja fotografía de sus padres, y a lo largo de las páginas del libro rectangular, el distintivo formato en el que lanzó toda su obra como solista, desfilan referentes. Entre los que están vinculados a las artes plásticas, se destacan Gustav Klimt, Robert Crumb, Xul Solar y Hugo Pratt. Un pequeño mapa de influencias. Un rastro del universo creativo que completó la totalidad de un artista. 

El Indio era una máquina incesante de inventar y procesar imágenes. En una de sus últimas entrevistas, la que le realizó en su casa el periodista español Mariskal Romero, en diciembre de 2023, le contó que tenía cuatro computadoras con más de 20 mil dibujos y escritos en sus respectivos discos duros. Un tesoro todavía por descubrir.