Crítica: Letras robadas (Power Ballad)

Paul Rudd y Nick Jonas protagonizan una entrañable y amarga historia sobre la autoría, el éxito y el verdadero valor de una canción.

John Carney 

/ Paul Rudd, Nick Jonas, Havana Rose Liu, Jack Reynor, Marcella Plunkett, Sophie Vavasseur

Por  ANDRÉ DIDYME-DÔME

Cortesía de Lionsgate

Hay directores que entienden la música y hay directores que entienden lo que sucede cuando una canción nace. John Carney pertenece a este último grupo. Desde la intimidad romántica de Once, pasando por el encanto irresistible de Begin Again y alcanzando la perfección emocional con Sing Street, una de las grandes películas musicales de este siglo, el cineasta irlandés ha construido una filmografía obsesionada con el acto creativo: Ese instante mágico en el que unas notas, una melodía o una letra conectan a dos personas y terminan transformando sus vidas.

Con Power Ballad, Carney regresa a ese territorio que conoce tan bien, pero introduce un matiz distinto. Esta vez no se limita a celebrar el poder sanador de la música, sino que explora qué ocurre cuando el talento, la ambición y la industria chocan entre sí. 

Rick Power (Paul Rudd) es un músico estadounidense que lleva años viviendo en Irlanda y sobrevive como cantante de una banda de bodas. Aunque disfruta de su vida familiar, nunca ha terminado de olvidar el sueño de triunfar con sus propias canciones. Durante una actuación conoce a Danny Wilson (Nick Jonas), una antigua estrella juvenil que busca desesperadamente relanzar su carrera. Una noche de guitarras, whiskey e inspiración compartida parece unirlos como almas gemelas musicales. Sin embargo, meses después, Danny convierte una de las canciones de Rick en un éxito mundial sin reconocer su autoría.

Lo interesante es que Carney evita la vía fácil. Danny no es un villano caricaturesco ni Rick una víctima perfecta. El director encuentra matices en ambos personajes y construye un conflicto que habla sobre la propiedad artística, la necesidad de reconocimiento y las renuncias que acompañan cualquier carrera creativa.

Paul Rudd entrega probablemente una de las interpretaciones más sensibles de su carrera reciente. Rick transmite la frustración de quien ve cómo el sueño que persiguió durante años finalmente se cumple… pero en manos de otro. Por su parte, Nick Jonas sorprende con un personaje lleno de contradicciones. Danny Wilson es carismático, vulnerable y egoísta al mismo tiempo, un producto de una industria que convierte la autenticidad en mercancía.

Y es precisamente ahí donde aparece la magia de Carney. Como en sus mejores películas, las canciones no funcionan como simples números musicales. Son extensiones de los personajes. Cada melodía (así sea un cover) revela deseos, frustraciones y heridas que los diálogos no pueden expresar. Incluso cuando la historia adquiere tonos más amargos, el director mantiene intacta su fe en la capacidad de la música para conectar a las personas y dar sentido a sus vidas.

Además de una graciosa referencia a Once, los seguidores de Carney también disfrutarán de un pequeño guiño cinéfilo y musical. El personaje Danny Wilson es un nombre que remite a la banda escocesa de los años ochenta, famosa por el sencillo Mary’s Prayer y liderada por Gary Clark, compositor, cantante y colaborador habitual de Carney en varias de sus películas, incluyendo esta (juntos compusieron How To Write a Song (Without You), la manzana de la discordia entre sus protagonistas). 

Puede que Power Ballad no alcance la pureza de Once ni la energía de Sing Street, pero confirma que John Carney sigue siendo uno de los pocos cineastas capaces de capturar la emoción irrepetible que surge cuando alguien toma una guitarra, encuentra la combinación correcta de acordes y descubre una verdad sobre sí mismo. Y eso, en el cine contemporáneo, es algo extraordinario.

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