El cine ha jugado durante décadas con el intercambio de cuerpos y cerebros. Los Looney Tunes lo hicieron desde la caricatura pura con Bugs Bunny y sus amigos. Luego vinieron variaciones más estructuradas en largometrajes como Freaky Friday, All Of Me, 18 Again, The Hot Chick, The Change-Up, Face/Off, Switch, Like Father, Like Son y, por supuesto, Avatar. La fantasía es sencilla y poderosa: cambiar de lugar para entender al otro.
Con Hoppers, los estudios Pixar toman esa tradición (pese a que uno de los personajes exclama que esta cinta no se parece a Avatar) y la empuja hacia un territorio inesperado. Aquí no se trata solo de ponerse en los zapatos del otro, sino en el pelaje del otro. Y no cualquier otro. Estamos hablando de un entrañable castor robótico.
La historia sigue a Mabel Tanaka (Piper Curda), una estudiante universitaria de 19 años obsesionada con la naturaleza. En un laboratorio secreto de su universidad, descubre una tecnología capaz de transferir la conciencia humana a cuerpos animales artificiales. Decide probarla y termina infiltrada en el ecosistema como castor mecánico para impedir que un promotor inmobiliario arrase un bosque que considera sagrado. Lo que puede pensarse como otra película más sobre la fantasía de poder ser otro, en realidad deriva en algo más profundo y complejo: comprender la lógica animal desde adentro.
Como Mei, la protagonista de la maravillosa Turning Red, Mabel es impulsiva, caótica y brillante. Tiene la energía de quien ama la naturaleza pero no siempre sabe cómo canalizar su rabia. En el mundo animal conoce al Rey George (Bobby Moynahan), un castor monarca tan ridículo como bondadoso, y a una fauna diversa que incluye osos pragmáticos, aves diplomáticas y líderes insecto con ambiciones y muertes propias que parecen sacadas de Game of Thrones.
El alcalde Jerry (Jon Hamm), la figura humana narcisista y codiciosa, encarna la presión política y económica que amenaza el hábitat. Podría pensarse como el villano clásico que se opone a todo lo que defiende nuestra heroína. Al principio parece ser así, pero en realidad Jerry está en un terreno más gris que negro.
La película no convierte a los animales en caricaturas humanas. Al contrario, insiste en que existe una inteligencia animal que no siempre entendemos. Hay momentos donde Mabel, atrapada en su nuevo cuerpo, debe aprender unas reglas básicas antes de aspirar a cambiar el mundo (¡los animales no pueden ser veganos!). Ese aprendizaje es cómico, pero también humilde.
Pixar, que viene de apostar con Elio por despertar curiosidad científica en el público infantil a través de la astronomía y el eco de Carl Sagan, continúa esa línea aquí con la etología y el legado implícito de Jane Goodall. No es un detalle menor. En tiempos de fanatismo religioso y culto a la ignorancia, que una superproducción animada invite a observar, estudiar y entender el comportamiento animal resulta casi subversivo.
La cinta tampoco cae en el sermón fácil. De hecho, el conflicto central no se resuelve con una pancarta ambientalista sino con negociación. Hoppers entiende que el choque entre gobierno y comunidad no se soluciona con gritos, sino con acuerdos. La idea de que humanos y animales, autoridades y ciudadanos, pueden sentarse a dialogar suena ingenua, pero es precisamente la clase de ingenuidad que el presente necesita.
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Chong, en su primer largometraje como director para Pixar tras haber trabajado como artista en Inside Out y después de crear la serie animada We Bare Bears, asume el riesgo con una convicción deliciosamente desquiciada. Desde que presentó la idea (que originalmente involucraba pingüinos hasta que Pete Docter lo empujó a repensarla), se percibe su voluntad de ir hacia lo extraño. Aquí apuesta por un ritmo ágil con destellos de thriller de espionaje, así como la influencia directa de los documentales donde se infiltran cámaras robóticas en comunidades animales. Hay persecuciones, infiltraciones y un consejo animal orwelliano que funciona como sátira sociopolítica, pero también como extensión de su interés por cómo conviven comunidades distintas.
La música de Mark Mothersbaugh de Devo, en su primera partitura para un largometraje de Pixar, aporta una energía nerviosa y juguetona que acompaña ese caos controlado. Y como es tradición en el estudio, los guiños a su propio universo (desde referencias visuales hasta referencias sutiles a Up y Lightyear), están ahí para quien quiera encontrarlos, no como nostalgia gratuita, sino como parte de una conversación continua dentro de la casa Pixar.
¿Funciona todo? No siempre. En su tramo medio, la película parece debatirse entre la aventura frenética y la reflexión ecológica. Algunas ideas quedan apenas esbozadas. Pero cuando Hoppers se concentra en la relación entre Mabel y los animales, encuentra su mejor versión en una historia que trata sobre escuchar antes de imponer.Pixar celebra con esta, su película número 30, la reafirmación de algo esencial y es que la animación puede ser espectáculo y entretenimiento, pero también puede y debe generar conversación. Hoppers es, en el fondo, la fantasía suprema de cualquier therian, pero también es una invitación a algo más concreto y urgente: entender que compartir el mundo exige algo más que ocuparlo. Exige empatía, ciencia y voluntad de acuerdo.


