Crítica: Devo

Con una historia tan absurda como visionaria, este es un retrato frenético de la banda que hizo del pesimismo, la estupidez y la paranoia una forma de arte.

Chris Smith 

Por  ANDRÉ DIDYME-DÔME

Cortesía.

Chris Smith (American Movie, Jim & Andy: The Great Beyond, Wham!) no se limita a contar la historia de una banda excéntrica en Devo; lo que construye es un ensayo audiovisual sobre la cultura del colapso, narrado desde la perspectiva de quienes, en medio del ruido posindustrial de Ohio, entendieron antes que nadie que el futuro no era progreso, sino degeneración. La tesis central del grupo (la humanidad está en retroceso, no avanzando) podría haber sido un chiste de arte conceptual. Pero no lo era. Y Smith lo deja claro desde el primer minuto. Esta es la historia de unos artistas que vieron venir el fin del sueño americano antes de que fuera obvio.

La estructura del documental, una mezcla veloz y rítmica de archivo, entrevistas, videoclips, animaciones y memorabilia extraña, no solo replica el lenguaje visual hiperactivo del grupo, sino que es un reflejo formal del mensaje: vivimos atrapados en una cultura saturada y sobreestimulada, que vende disidencia empaquetada. En este contexto, la estrategia de Devo fue crear una versión performativa del totalitarismo pop por medio de uniformes, gestos robóticos, eslóganes vacíos y un lenguaje sonoro que oscilaba entre el punk industrial y la sátira publicitaria. Smith lo ilustra con precisión, pero sin subrayar de más, confiando en que la ironía corrosiva de la banda sigue teniendo filo.

El origen de Devo no es anecdótico. Su núcleo surge en Kent State, donde Gerald Casale presenció los disparos del 4 de mayo de 1970 que mataron a cuatro estudiantes. Esa masacre funciona aquí como un punto de quiebre generacional. No es casual que, a partir de ahí, Casale y Mark Mothersbaugh abandonaran cualquier fe en la utopía progresista. El documental vuelve a esa escena como quien retorna a un trauma fundacional. Ahí no solo nació Devo, sino la certeza de que la rebelión tradicional había sido cooptada por el sistema. A partir de ese punto, lo que Devo propone no es la revolución, sino el diagnóstico nihilista. Lo grotesco ya es norma, la idiotez es industria y la obediencia se disfraza de disidencia.

La cinta acierta al mostrar cómo la estética absurda de Devo (los trajes de fábrica, las máscaras, las letras infantiles recitadas como slogans) no eran simple provocación, sino una forma de trampa conceptual. La banda tomaba los códigos de la cultura dominante y los exageraba hasta que se volvían monstruosos. Smith lo ilustra con clips que siguen siendo incómodos y dislocadores incluso décadas después y que ahora parecen anticipar fenómenos como el culto a la “marca personal”, el culto a la estupidez, el narcisismo o la lógica distorsionada de las redes sociales. En ese sentido, Devo funciona como oráculo, cápsula del tiempo y como advertencia no escuchada.

Otro de los logros del documental es desmontar la idea de que Devo fue una rareza con un solo hit. A través del testimonio de Mothersbaugh y Casale, el documental reconstruye la trayectoria de una banda que combinó filosofía y sátira, arte de vanguardia (dadaísmo particularmente) y crítica política, pop accesible y performance experimental. El archivo es generoso y revelador. Desde sus primeras presentaciones en bares vacíos de Akron hasta el aterrizaje en Saturday Night Live, donde su versión robótica de Satisfaction generó desconcierto y fascinación (el videoclip, como todos los de la banda, son algo de ver para creer). El momento clave, claro, es Whip It, sencillo pegajoso que los catapultó a la fama y que, paradójicamente, consolidó la incomprensión de su mensaje. Lo que para muchos fue un jingle new wave pegajoso, para Devo era una parodia brutal del discurso de autoayuda, la igualdad de género y la idiotez disfrazada de felicidad y éxito.

Smith, como director, ya había demostrado en otros documentales que le interesa explorar las fronteras entre la máscara y la verdad, entre el éxito y el fracaso, entre el arte y el comercio. En Devo, ese interés se potencia. Toda la narrativa gira en torno a una banda que, para decir lo que pensaba, tuvo que disfrazarse de lo que criticaba. La contradicción es parte de la tesis. Devo jugó el juego del pop con las reglas del arte conceptual, y por un instante logró infiltrarse en la cultura de masas como si fuera un virus que parodia al huésped.

El documental, sin embargo, no cae en la trampa de santificar a la banda. Hay espacio para la autocrítica, la frustración con la industria musical, las tensiones internas y el desgaste inevitable que llega con el tiempo. Smith no oculta que, tras su momento de lucidez masiva, Devo fue desplazado por una cultura cada vez más banal, donde el entretenimiento digiere cualquier provocación. La cinta sugiere, sin decirlo explícitamente, que el mundo terminó pareciéndose peligrosamente al que la banda satirizaba. Plastificado, autorreferencial y adicto a su propia idiotez.

Devo es más que una biografía sobre músicos raritos. Es una reflexión inteligente y necesaria sobre cómo el arte puede anticipar la caída cuando se atreve a mirar más allá del marketing. Como los propios integrantes de la banda afirman, lo que ofrecían no era exactamente esperanza, sino una especie de espejo oscuro. Cuarenta años después, ese espejo sigue mostrando lo mismo. Solo que ahora, ya nadie se ríe.

Tráiler:

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