Contra todo pronóstico, 2025 quedará registrado como un año memorable para el terror. Es cierto que hubo tropiezos dolorosos. The Monkey redujo a Stephen King a una caricatura rutinaria, la nueva I Know What You Did Last Summer demostró que el revival de fórmulas noventeras ya no enciende a nadie, Dracula: A Love Story de Luc Besson está más cerca de Mel Brooks que de Francis Ford Coppola y The Conjuring: Last Rites agotó hasta la fe de los más devotos a esa franquicia. Sin embargo, esa cara fallida no opaca lo que importó: una cosecha diversa, ambiciosa y, sobre todo, capaz de dialogar con los miedos de la época.
El estandarte fue Nosferatu, la esperadísima versión de Robert Eggers, el autor de obras maestras conocidas como The Witch, The Lighthouse y The Northman. Más que una adaptación, es una sinfonía gótica. Sombras que parecen grabados del XIX, atmósfera de podredumbre y un Conde Orlok que asusta y fascina en cada plano. Es cine de terror en clave de ópera negra, reverencia al mito pero también comentario sobre poder y corrupción. No todos se rindieron ante su solemnidad narrativa, pero nadie dudó de su impacto visual. Eggers filmó como si el vampiro no muriera nunca.
El otro monstruo clásico que volvió fue Wolf Man, dirigido por Leigh Whannell, que encontró en la criatura una mezcla precisa de brutalidad y drama íntimo. Aquí no hay manierismo. Whannell construye tensión a partir de la pareja en el centro de la historia y entrega secuencias tan limpias como crueles. En lugar de embalsamar al licántropo, lo devolvió a la vida con pelos y garras.
Ryan Coogler, en cambio, apostó por la ambición política con Sinners, una fábula vampírica que se mezcla con blues, racismo estructural y western sureño. La película es excesiva, irregular, pero también furiosa y necesaria. Cuando el género sirve como espejo de la historia, lo hace con la convicción de que la sangre en pantalla nunca está separada de la sangre real que corre por la sociedad.
En otro registro, Weapons fue prueba de que Zach Cregger, el director de la sorprendente Barbarian, sabe cómo tensar al público. Una desaparición colectiva en un pueblo, una estructura coral que alterna puntos de vista y una sensación constante de que algo invisible manipula cada gesto. El terror no está en el monstruo sino en la comunidad que se desmorona bajo la sospecha.
Hubo también espacio para la experimentación pura. Presence de Steven Soderbergh convirtió a un fantasma en narrador invisible y reformuló el punto de vista de la casa embrujada. Más un ensayo inquietante que una película de sustos, es la prueba de que el horror puede sostener un lenguaje distinto. Get Away coqueteó con el folk horror desde un costado satírico y The Shrouds, del maestro del body horror David Cronenberg, volvió a sumergirse en la carne y la pérdida, menos como shock que como meditación fúnebre en clave tecnológica.
El costado emocional lo aportó Bring Her Back, la segunda película de los hermanos Philippou (Talk To Me), que se enfocó en un infierno doméstico sostenido por una interpretación abrasiva de Sally Hawkins. No hay demonios, sino la certeza de que la familia puede ser el lugar más terrorífico. Algo similar, aunque llevado al terreno grotesco, ofreció Together, una pesadilla de codependencia convertida en body horror, donde el amor pegajoso se volvió literalmente imposible de separar.
En materia de secuelas y sagas, el año sorprendió. 28 Years Later recuperó a Danny Boyle y, en lugar de buscar solo la espectacularidad zombi, prefirió una elegía amarga e hiperviolenta sobre el desgaste moral tras décadas de apocalipsis. M3GAN 2.0 confirmó que la muñeca asesina podía abrazar sin vergüenza su costado camp y auto paródico como lo hizo otro muñeco diabólico en las estupendas Bride Of Chucky y Son Of Chucky. Puede que la secuela de M3GAN venga con menos sorpresas que su primera entrega, pero aún sigue siendo efectiva como una sátira tecnológica. Final Destination: Bloodlines regresó con lo que mejor sabe hacer: muertes diseñadas como relojería macabra, esta vez envueltas en un tono melancólico sobre la inevitabilidad de los ciclos. Es la prueba de que algunas fórmulas, cuando se ejecutan con precisión, no caducan.
En el terreno independiente brilló Good Boy, pequeña pero ingeniosa, que narra el horror de una casa desde la perspectiva de un perro. Lo que pudo ser un simple truco se transformó en una reflexión emotiva sobre la lealtad, la vulnerabilidad y la muerte. Y el golpe más feroz lo dio The Ugly Stepsister, un body horror noruego que reimaginó a La Cenicienta desde el tormento corporal. Un cuento de hadas convertido en fábula y advertencia, heredera de The Substance, sobre la violencia de los estándares de belleza y el sacrificio físico que exige la aceptación.
Pero si hubo una película que dejó una marca profunda en el género fue The Long Walk, adaptación de la novela de Stephen King dirigida por Francis Lawrence (The Hunger Games). Brutal y sin adornos, fue la cinta de terror más política y descarnada del año. Un desfile de adolescentes obligados a caminar hasta morir, convertidos en espectáculo por un país que consume su sufrimiento. Cooper Hoffman (hijo de Philip Seymour Hoffman) y David Jonsson lideraron un elenco juvenil extraordinario en una cinta que se niega a ofrecer consuelo. Aquí no hay redención, solo polvo, pasos y un país desmoronándose en cámara lenta.
El año, en suma, mostró al terror en todas sus formas: grandilocuente, íntimo, experimental e industrial. Fracasó cuando apostó a la repetición sin alma, pero triunfó cuando se atrevió a ser un reflejo incómodo de nuestras ansiedades. En tiempos en que otros géneros parecen agotados, el horror volvió a recordarnos que es el único que puede absorber miedos colectivos y transformarlos en espectáculo, arte o catarsis. 2025 lo dejó claro. El terror no es un refugio marginal, es el corazón palpitante del cine contemporáneo.


