Una serpiente que se muerde la cola

La salud mental de los adolescentes no es peor que la de sus padres

Por  LAURA VÁSQUEZ ROA

diciembre 29, 2023

Ilustración: Santiago Sanabria Uribe

El mundo por fin está hablando de salud mental. Aunque no estamos en una época con más trastornos, sí vivimos un escenario distinto en el que las y los adolescentes identifican y expresan con más facilidad lo que sufren. Mientras tanto, sus padres tienen una doble carga y pocas herramientas para tratar sus propias angustias.

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Tres años atrás, cuando Sergio todavía era un niño, Conny no tenía grandes preocupaciones sobre su hijo. Tampoco es que nada la perturbara. La situación económica nunca ha sido fácil, el papá de Sergio es fiel creyente de la paternidad esporádica, y la vida en general no ha sido un camino de rosas. Pero lo que Conny no se preguntaba entonces, y ahora no se puede sacar de la cabeza, es la angustia constante de saber si lo que hace como mamá está bien o está mal. Sergio tiene 16 años y encaja perfectamente dentro de la categoría del hijo bien portado. Pero por más juicioso que sea, no ha escapado al cambio que la adolescencia le trajo, a los silencios, las distancias, los cuestionamientos. Muchas veces Conny se siente frustrada. Tiene encima una presión enorme sobre cada decisión que toma porque siente que eso lo va a marcar para siempre, y eso la angustia. “Siento que no hago las cosas bien, que si no lo entiendo como él quisiera me va a juzgar toda la vida como una mala mamá, como una mala persona”.

Fernando empieza hablando de forma muy analítica sobre lo que él cree que explica el malestar que ataca a los adolescentes de hoy. Es un hombre culto, así que hilvana con facilidad las ideas del efecto de la cultura de masas, las redes sociales y las presiones sobre el éxito, la imagen o el lujo que chicas y chicos reciben a diario a través de sus pantallas. Aunque hace pausas, su voz es firme hasta que entra en el terreno de la experiencia en primera persona. Su hijo se encuentra internado en una clínica de salud mental desde hace cuatro días porque tuvo una crisis. La narración continúa sin dejar de lado las referencias al análisis macro de la época que les tocó a los más jóvenes, lo que viven los amigos de su hijo que también han estado internados, que han tenido intentos de suicidio o que usan medicación psiquiátrica desde hace algunos años. “Por todas partes lo ves. Y a mí ya me tocó”, dice. En su voz se siente el cansancio y la tristeza de una situación que no se le desea a nadie.

“Uno es tan feliz como el más infeliz de sus hijos. En este momento es como si un pedazo mío estuviera en esa clínica, como si un pedazo mío tuviera que estar incomunicado, como él. Eso es lo que siento”, comenta Fernando.

Sin querer subestimar el impacto que debe tener para su hijo el estar en esa clínica, Fernando hace un hueco para validar lo que siente como papá. El espacio de las dudas se ensancha con cada minuto que pasa. “¿Qué es lo que he hecho mal?”; sabe de amigos con hijos que han pasado por situaciones muy complicadas y las llevan mejor. “Todo es como una lotería”, dice. Tal vez por eso crece la sensación de impotencia. “No sé qué puedo hacer, y hay momentos en los que no puedes hacer absolutamente nada. Solo puedes confiar en los profesionales de la salud”.

La salud a la que se refiere Fernando es, por supuesto, la salud mental, una que por fin ha llegado a ser tema de conversación pública, cada vez más lejana a los estigmas que la limitaban a un “asunto de locos”. Vivimos un cambio generacional donde personas muy jóvenes se han apropiado de la salud mental como un asunto cercano e importante. El papel de padres y madres, como Fernando o Conny, en ese escenario parece muy claro: son los cuidadores de estos adolescentes, pero, ¿cómo encontrar un espacio para hablar de la salud mental de los que cuidan? ¿Quién cuida a los cuidadores?

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La Organización Mundial de la Salud calcula que alrededor del 13 % de las y los adolescentes entre 10 y 19 años en el mundo padecen algún trastorno mental diagnosticado. Según esa cuenta de 2021, hay alrededor de 86 millones de adolescentes de 15 a 19 años, y 80 millones de adolescentes de 10 a 14 años, en esta situación.

En 2020, durante los primeros meses de la pandemia derivada del Covid-19, un grupo de investigadores liderado por el doctor Anis Ben Brik realizó el estudio Salud mental de los padres y ansiedad infantil durante la pandemia de COVID-19. La investigación recogió datos en distintos lugares del mundo, incluyendo Brasil, México, Colombia y Argentina. Dos de los hallazgos principales en esta región fueron que, primero, las madres informaron mayor ansiedad, depresión y estrés en comparación con los padres. Segundo, que los padres de adolescentes tuvieron más impactos negativos en su salud mental que aquellas familias con niños más pequeños.

Es bien sabido que la pandemia trajo cambios sustanciales en el estilo de vida, la economía y las relaciones personales, pero distintas psicólogas consultadas concuerdan en que la crisis sanitaria disparó trastornos en la salud mental a partir de conflictos e incomodidades que ya existían en las familias.
Y es que incluso después del confinamiento, las cifras más recientes del estado de la salud mental muestran que, por ejemplo, en Colombia entre enero y mayo de 2023, hay 1 517 933 personas diagnosticadas con enfermedades mentales, según el Ministerio de Salud y la Protección Social. En el estudio, el 66.3 % de las personas en Colombia indican que en algún momento de su vida han enfrentado algún problema de salud mental. Entre mujeres el porcentaje es mayor con un 69.9 % y entre las mujeres de 18 a 24 años incluso llega al 75.4 %.

Una pregunta de esta encuesta es muy interesante, y su respuesta es reveladora: “¿Cuál es el espacio más propicio para generar problemas de salud mental?”, el 44.5 % de las personas dijo que es “la casa”.
La población joven y las mujeres son quienes más manifiestan haber tenido un problema de salud mental, algo que coincide con otros estudios epidemiológicos, según explica el ministerio. En una medición de la Secretaría de Educación de Bogotá, se encontraron 775 casos de conducta suicida en niñas, niños y adolescentes de 12 a 17 años, hasta junio de 2023.

Aunque no hay encuestas recientes donde se analice el rol de cada quien en la familia y su salud mental, hay reportes como el de un estudio adscrito al del profesor Ben Brik en 2020, en los que el 96.2 % de padres y madres de familia indicaron haber tenido ansiedad extremadamente severa y el 75.3 % dijo haber sentido depresión severa.


“La OMS calcula que alrededor del 13 % de las y los adolescentes entre 10 y 19 años en el mundo padecen algún trastorno mental diagnosticado”.


En España, el Barómetro Juventud, Salud y Bienestar 2023, que se mide desde hace seis años con jóvenes de entre 15 y 29 años de edad, mostró que cuatro de cada 10 jóvenes, aproximadamente, afirman haber experimentado de forma muy frecuente falta de energía (46.2 %), tristeza (44.2 %), problemas para concentrarse (44.9 %), miedo ante el futuro (42.7 %) o poco interés por hacer las cosas (40.7 %), problemas para dormir (39.2 %) o ataques de ansiedad (37.8 %).

La línea de atención de la fundación ANAR, en este país, recibe llamadas constantes de niñas, niños y adolescentes en busca de una ayuda por alguna situación de riesgo. En 2022, casi la mitad de las consultas (45.1 %) de esta población fue por problemas en la salud mental, y muchas tienen relación con pensamientos suicidas. Ya desde el año anterior la fundación había encontrado que el diagnóstico entre esta población presentaba que los trastornos de ansiedad y depresión habían incrementado en más de 25.6 %.

Como aparentemente ocurrió en todo el mundo, la pandemia representó un antes y un después en la experiencia de malestares psicológicos. Aunque los datos muestran una mejora en los años posteriores a la crisis sanitaria, esta tendencia no ha dejado de crecer. De acuerdo con la oficina de Unicef en España, la mitad de los trastornos de salud mental comienzan a los 14 años y el 15 % de las y los adolescentes presenta síntomas de depresión graves o moderadamente graves.

Otro ejemplo es el que presenta el gobierno mexicano, que estima que tres de cada 10 personas padecen algún trastorno mental a lo largo de su vida y más del 60 % de la población que sufre alguno de ellos no recibe tratamiento. Esta cifra puede llegar hasta 26 puntos más arriba si se habla de niñas, niños y adolescentes. Aunque ha habido intentos de desarrollar e implementar una política nacional de salud mental, los retos son enormes. Especialistas en salud mental en este país también identifican el coletazo de la pandemia como un disparador de estos padecimientos. El Hospital Psiquiátrico Infantil Dr. Juan N. Navarro en la Ciudad de México reportó que entre 600 y 700 pacientes menores de edad acuden cada mes a consulta psiquiátrica por primera vez. Los cuadros clínicos más estudiados son depresión y ansiedad. Muchos casos incluyen conductas suicidas.

Desafortunadamente, hay un vacío en la información que comparan estos datos de niñas, niños y adolescentes, y su correlación con la salud mental de sus padres y madres. A pesar de esto, las cifras generales de estos trastornos en adultos son igual de preocupantes. En investigaciones como la liderada por el doctor Ben Brik y colegas en varios países de América Latina, hay algunas claves de la complejidad que encarna la salud mental dentro de las familias. Aunque el estudio se basó en tiempos de confinamiento, describe situaciones que pueden permanecer. Por ejemplo, vivir en una familia extensa con más de cinco adultos en el hogar se asoció con niveles más altos de depresión, ansiedad y estrés en los padres. Paradójicamente, vivir en una familia extensa se asoció con una menor ansiedad infantil, lo que sugiere esto como un efecto protector.

La Universidad de Harvard llevó a cabo un estudio durante 2022 en el que encuestó a adolescentes, así como a sus padres y tutores. Lo que encontraron es que las tasas de afectaciones en la salud mental eran muy similares. Mientras que el 18 % de las y los adolescentes manifestaron sufrir de ansiedad, el 20 % de las madres y el 15 % de los padres indicaron lo mismo. En cuadros de depresión clínica, el 15 % de los adolescentes se vieron afectados, a la vez que 16 % de las madres y el 10 % de los padres padecieron este trastorno.

¿Qué hay de nuevo en el mundo que afecte la salud mental?

Tras una pandemia, una crisis económica y una explosión en la disponibilidad de entretenimiento a través de las pantallas, es innegable que el mundo ha cambiado. Todo tipo de negocio usa las redes sociales como un canal para vender, y eso puede ir desde la venta de un producto concreto hasta la promoción de un estilo de vida que muy pocas personas pueden costear. De acuerdo con el estudio Digital 2023: Global Overview Report, el tiempo promedio usado en internet en el mundo, durante el tercer trimestre de 2022, fue de seis horas y 37 minutos diarios. Los diez países que más tiempo pasaron ante una pantalla fueron Sudáfrica, Brasil, Argentina, Colombia, Chile, México, Estados Unidos, España, China y Japón.

Aunque adultos, adolescentes y niños usen Internet, es claro que la forma en que utilizan las redes sociales las y los más jóvenes es mucho más intensa. Sin una guía adecuada, este uso puede ser problemático y dar acceso a contenidos que impacten las expectativas que tienen ante la vida personas que aún no han formado completamente su carácter.

A su vez, los efectos de la pandemia hicieron que en el confinamiento fuera imposible evadir las incomodidades y conflictos que pudiera haber entre integrantes de las familias. De hecho, esto llevó a muchas personas a iniciar procesos terapéuticos y a discutir de forma más abierta los problemas de salud mental.

Con todo esto sumado, Claudia Espinosa López, psicóloga y terapeuta especializada en trabajo con adolescentes en México, no cree que las afectaciones en la salud mental que vivimos hoy sean algo generacional. Es un hecho que la tecnología, el uso de redes sociales e incluso el efecto postpandemia han tenido un impacto que ha derivado en diferentes trastornos en las y los adolescentes. Sin embargo, hay un gran choque con padres y madres que crecieron reprimiendo emociones, y el hecho de que hoy tengan hijos que se expresan más abiertamente a veces los pone a la defensiva.

Si bien no todos los padres se ubican en este grupo, muchos se centran todavía en la negación de una terapia. “Llevan a los hijos a terapia, a clase de fútbol, pero ellos no buscan ayuda; en su discurso está la imagen de poder con todo, de ser supermamá o superpapá”. Parece que aceptar ayuda los hace sentirse más débiles, y cuenta que a veces, con solo preguntar si ya han hecho terapia, se quiebran. Por eso insiste: “No es solo que les lleves a terapia, sino que te atiendas tú”.

A partir de su experiencia, Espinosa cree que hay una invisibilización ante síntomas en padres y madres de adolescentes. Por un lado, son generaciones que crecieron todavía con la idea de que “ir al psicólogo” solo debía ocurrir cuando iban mal en el colegio, si eran rebeldes o sus padres ya no sabían cómo ayudarlos. Por otro lado, crecieron con frases como “el que se enoja pierde”, “llorar es para débiles”, “si lloras no te ves bonita”. Esto los ubica en una generación que aprendió que reprimir emociones los hace fuertes, que si no duermen es por herencia y no por ansiedad, que si están tristes es que son aprensivos, etcétera.

Laura Rivera, psicóloga y psicoterapeuta Gestalt en Colombia, tiene entre sus consultantes a madres y padres de adolescentes, así como también a los mismos adolescentes. En todos los casos ha encontrado que, en mayor o menor medida, las dificultades emocionales y psicológicas de los padres, madres y demás cuidadores afectan la relación que tienen con los hijos y las hijas, y viceversa. “En una relación de afecto, en este caso madre/padre e hijo/hija, si una de las partes está psicológicamente afectada, naturalmente, eso afecta a la otra”, explica.

Para Rivera es notorio que ahora haya más acceso a la información relacionada con salud mental a través de las redes sociales, lo que hace que se identifiquen y sobre todo se hablen estos temas, pues tienen mucho más protagonismo entre el público general que en otros momentos de la historia. Aclara que eso no quiere decir que ahora la gente tenga más trastornos, sino que es más fácil identificarlos y hablar al respecto.

De acuerdo con su experiencia como profesional de la salud mental, Rivera ha encontrado que muchas de las personas que carecen de las herramientas necesarias para procesar diferentes situaciones de la vida, o que lidian con cualquier tipo de trastorno psicológico, provienen de familias cuyos integrantes han tenido historias difíciles y que, a su vez, carecen de dichas herramientas o han desarrollado sus propios trastornos. Así, por ejemplo, en una familia en la que, por regla general, tiende a haber una dificultad para procesar emociones incómodas como el enojo o la tristeza, podrá ocurrir que se recurra a la negación (“no es para tanto”, “los niños grandes no lloran por esas tonterías”, “eres muy joven para sufrir por amor”), o al castigo de dichas emociones cuando los hijos e hijas naturalmente las expresen, de manera que se quedarán sin un entorno que les contenga y les brinde la información necesaria para aprender a procesar las propias emociones. Esto a la larga puede generar algún trastorno, ya sea en la misma infancia, en la adolescencia o en la adultez. Además, puede ocurrir que se reproduzcan estas mismas actitudes en la crianza de los propios hijos e hijas.

Una generación que aprendió a buscar ayuda

A pesar de lo desalentadoras que parezcan las cifras, hay un acuerdo entre las terapeutas especializadas de que, si bien no son nuevos los padecimientos en la salud mental, sí hay un cambio generacional en la actitud de chicos y chicas que piden ayuda cuando tienen problemas. Esto puede ser un indicador muy positivo frente a algunos tabúes en torno a la salud mental.

Claudia Espinosa resalta el hecho de que la gente más joven sepa que puede pedir ayuda. Esto es muy rescatable de esta generación. “Tenemos jóvenes que ya buscan ayuda”, dice y no deja de lado a una generación de papás y mamás que tuvieron una educación muy dura y ahora tienen una mayor sensibilidad, que le da mejor respuesta a estos problemas, sobre todo por parte de las mamás. Ella, que además es madre de un adolescente y una preadolescente, ha podido apoyarse en su profesión e identificar elementos para entender a otras familias. Además de acudir regularmente a un terapeuta por su propio bienestar, trata de transmitir que es normal que sus hijos vean que cuando mamá no está bien, pide ayuda. “Esto no solo es ejemplo, sino una herencia que les puedo dejar”, dice.


“Cuando se mira la propia historia, entendiéndola como un proceso de aprendizaje desde el amor y la consciencia, y no desde el juicio y la vergüenza, es más fácil aceptar el hecho de que uno puede estar equivocado, y tener la libertad de transformarse, en lugar de entrar en una lucha desgastante por cambiar al otro”.


El cambio generacional que ve la terapeuta Laura Rivera es algo que se relaciona con generaciones más jóvenes, millennial y gen-z, que han empezado a normalizar no solo hablar del malestar emocional, sino informarse y trabajarlo en terapia, cosa que tal vez entre las generaciones anteriores no era tan habitual, e incluso podría generar estigmatización. Cree además que el trabajo que han hecho los y las más jóvenes al cuestionar los roles de género tradicionales y la manera en que el manejo de las emociones o el autocuidado impactan tanto a hombres como mujeres, ha permitido que se abran nuevos espacios de expresión y de búsqueda de sanación socialmente aceptados e incluso deseados.

Este cambio generacional debería animar a que se hable también sobre la salud mental de los padres y madres. Según Rivera, hay por lo menos dos grandes razones para hacerlo: la primera es que, en la gran mayoría de los casos, los niños, las niñas, los y las adolescentes que presentan conductas desadaptativas son señal de alarma frente a algo que está ocurriendo a nivel familiar y no ha sido resuelto por los adultos y las adultas a cargo. “Muchas veces se utiliza el síntoma que el hijo o la hija está presentando para desviar el foco de atención de lo que de raíz necesita ser revisado en casa, pues esto puede resultar demasiado incómodo y doloroso para los padres”, dice.

Un momento doloroso se presenta cuando hay conductas autolesivas. En estos casos, dice la terapeuta, es más fácil centrar la atención en esa conducta del hijo o hija, y tratarla como un fenómeno aislado, que aceptar, por ejemplo, que la relación de pareja de los padres está en crisis, ya que esto les implica tomar responsabilidad sobre sí mismos, sobre su relación y cómo ésta afecta a toda la familia, incluidos sus hijos. La negación del problema de raíz impide que los padres puedan dar la contención emocional necesaria.

La segunda razón que relaciona la terapeuta tiene que ver con el inevitable paso del tiempo y las consecuencias del crecimiento de las y los hijos. A pesar de ser una etapa normal del desarrollo de cualquier individuo, lo vivido en “la adolescencia puede producir grandes incomodidades en los padres que —acostumbrados a relacionarse con un niño o una niña— de repente se encuentran con una persona a la que ya no conocen ni comprenden muy bien, y que, además, cuestiona su autoridad, pues es de esperar que el o la adolescente comience una búsqueda de la identidad propia fuera del núcleo familiar, lo que implica en muchos casos cuestionar las reglas y la visión de mundo que aprendió en casa”.

Adicional a esto, está el desarrollo sexual que trae consigo los cambios físicos y emocionales esperados para cualquier ser humano y que no solo es difícil de gestionar para el o la adolescente, sino para quienes le rodean. Esto puede llegar a generar en los padres y las madres un proceso de duelo, de despedida del niño o la niña que conocieron, así como una confrontación importante con el manejo de sus propias emociones y creencias, todo lo cual merece ser visibilizado, revisado y acompañado en un proceso terapéutico, explica.

Hay esperanza. Algunas estrategias para trabajar la salud mental en la familia

“Cuando en consulta me encuentro con una madre o un padre que tiene una relación conflictiva con su hijo o hija adolescente, lo primero que hago es decirle que lo está haciendo bien, no porque objetivamente esto sea así, sino porque la gran mayoría hacen lo mejor que pueden con las herramientas que tienen, y sobre todo desde el amor más profundo del que puede ser capaz un ser humano”. Desde esta mirada que propone Rivera, es fundamental reconocer el lado más compasivo que se necesita para lidiar con situaciones que pueden ser muy dolorosas en las familias.

Para que los comportamientos difíciles de los hijos y las hijas no duelan más de lo necesario, indica, los padres deben aprender a aceptar con compasión y responsabilidad la propia imperfección, entendiendo que ellos mismos, y las respuestas que como adultos tienen ante las situaciones adversas, son producto de la relación con su propio entorno familiar de origen. Cuando se mira la propia historia, entendiéndola como un proceso de aprendizaje desde el amor y la consciencia, y no desde el juicio y la vergüenza, es más fácil aceptar el hecho de que uno puede estar equivocado, y tener la libertad de transformarse, en lugar de entrar en una lucha desgastante por cambiar al otro, pudiendo así aceptar su propio potencial de consciencia y transformación, y sus propios tiempos.

Rivera explica que la base para cualquier situación que involucre la salud mental radica en la escucha empática y sin juicios. “Es muy importante estar atentos a lo que el o la adolescente está tratando de comunicar, no solamente con sus palabras, también con sus actitudes”. Se refiere aquí a actitudes manifestadas por los hijos, que desde la perspectiva de un adulto resultan difíciles de comprender. “Hay que tener presente que el mundo de una persona joven es muy diferente al de un adulto, lo que no quiere decir que sea menos importante. Los padres podrían caer en el error de minimizar lo que su hijo está sintiendo, causando que este se sienta frustrado, sin guía, juzgado y solo, se aísle y deje de contar con su familia. Es vital poner en contexto la situación con el fin de darle un lugar a las emociones del hijo o la hija para que se sienta vista y validada. Recuerde que su hijo o hija será más receptiva a su guía entre más sienta que usted hace esfuerzos por escucharle y le da un lugar de respeto a lo que siente y lo que piensa”, indica.

Una estrategia que puede ayudar a empatizar con lo vivido por un hijo o hija adolescente es recordar la propia adolescencia, conectar con la forma en que se sentía ante determinadas situaciones, y preguntarse qué hubiera necesitado cuando cosas similares le ocurrían a usted. Por supuesto, un aspecto básico es que una madre o un padre ante estas emociones de angustia, tristeza, enojo o impotencia, puede pedir ayuda, tanto para su hijo o hija como para el resto de la familia. “Recuerde que las dificultades a nivel psicológico de cualquier miembro de la familia son un reflejo de que algo no funciona en el entorno familiar. No piense que la problemática de su hijo o hija es un hecho aislado, y permita que esta situación de dificultad se convierta en una oportunidad para sanar lo que necesite ser sanado”, explica Rivera.

Cuando la frustración ataque, dice la terapeuta, “es muy importante que los padres y las madres recuerden que son de carne y hueso, que, aunque quisieran ser perfectos y evitarle a sus hijos e hijas el dolor, la tristeza y la frustración que vienen con aprender a vivir, no pueden. Tener esta consciencia es vital porque muchas veces más que la distancia o la hostilidad del hijo o la hija, duele el sentir que se está fallando como padre, pesa la propia autoexigencia y la falta de compasión consigo mismos”.
Cuando Fernando narraba su dolor ante la crisis de salud mental de su hijo, recordó que no es fácil seguir las recomendaciones de los expertos en la salud mental. Ante una situación que excede los marcos de su control, quedan un montón de dudas y, a la vez, dice, “solo queda rendirse en el sentido de entender que no está todo en mis manos, y confiar”.

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