Sebastián Pani

Tomás Rebord: la curiosidad, la militancia y el método para conquistar el mundo

Cómo un abogado exmilitante universitario terminó entrevistando a algunas de las figuras más buscadas en un canal de Youtube visto por cientos de miles

Por: AYELÉN CISNEROS

Toma 1: Barrio de Almagro. Es de día. Tirado en la cama de su habitación adolescente, Tomás Rebord, de 13 años, lee El hombre mediocre de José Ingenieros. Llega a un pasaje que dice: “Sin ideales sería inconcebible el progreso (…). Del equilibrio entre la inspiración y la sabiduría nace el genio. En las grandes horas de una raza o de un hombre, la inspiración es indispensable para crear; esa chispa se enciende en la imaginación y la experiencia la convierte en hoguera. Todo idealismo es, por eso, un afán de cultura intensa: cuenta entre sus enemigos más audaces a la ignorancia, madrastra de obstinadas rutinas”. Tomás flashea y, de algún modo, en ese momento se activa en él una búsqueda ontológica: siente que quiere hacer algo de su vida, algo que perdure en el tiempo. No ser un hombre mediocre. Pero todavía no sabe cómo. Corte.

Quince años más tarde, miles de usuarios exhiben la imagen de Tomás Rebord en las redes sociales como una especie de ejército de bots. Son los más consecuentes, aunque para nada los únicos, seguidores de los múltiples proyectos en marcha de Rebord, hoy abogado, con 29 años: tres programas en plataformas de streaming (El Método Rebord, MAGA, Caricias significativas), columnas (con Roberto Navarro en El Destape Radio, con el youtuber Luquitas Rodríguez), charlas sobre política en plazas de diferentes ciudades del país, diálogos sobre historia junto a Felipe Pigna y toda una narrativa que cautiva a jóvenes cuyo ámbito natural es Internet.

¿Qué pasó en el medio? ¿Cómo llegamos acá? El propio Rebord tiene algunas ideas al respecto. Pero vayamos de a poco.

Tomás Rebord, en pleno Método, en el estudio de Villa Crespo, Buenos Aires. (Foto: Captura de YouTube)

Mucho antes de convertirse en un youtuber con millones de vistas, era un pibe hablador y curioso de una familia de clase media de Almagro. Cierta intensidad, a veces insoportable, lo convirtió en un adolescente amado, pero también odiado, por ejemplo, por alguno de los profesores del colegio privado con subvención estatal al que asistía allá por la segunda mitad de la década de 2000.

“Tenía opiniones sobre todas las cosas y era vehemente, seguro, pero lo que más tuve toda la vida, y de hecho lo sigo teniendo, es una curiosidad abismal. Si viene alguien con conocimientos, yo lo quiero entender. Y eso, a veces, podía ser un poco monopólico para el resto de la clase”, cuenta mientras toma mate relajado durante una tarde de octubre en el estudio de El Método Rebord en Villa Crespo, cerca de la triple frontera con Almagro y Caballito, en un espacio que forma parte de Grupo Criolla, la agrupación nacional y popular que produce este programa.

El humor era su forma de ir por la vida, pero eso le trajo consecuencias no buscadas: iba a divertirse al colegio, no le iba mal, pero desconcentraba a los demás en la clase. Los docentes llamaban a la madre para advertirle que tenía que bajar un cambio. “En la primera parte de la secundaria estaba completamente loco, o sea, estaba sacado porque caí con una pretensión de comerme el establecimiento, que era insalubre directamente”, narra. Y agrega: “De repente dije ‘claro, estoy todo el día rompiendo las pelotas y después a un amigo mío le va mal en una materia, eso no me gusta’. Y ahí, creo, hubo pequeñas reversiones de mí”.

En ese momento, El hombre mediocre fue decisivo: “José Ingenieros era un positivista criminológico, con todo lo que implica el positivismo, era medio lombrosiano, medio facho, pero independientemente de eso tenía una verba, un nivel de pasión… Me gusta mucho también Almafuerte. No la banda, Pedro Bonifacio Palacios, esa cosa como barroca, tan de los ideales. Tan de setear tu proa hacia un ideal. ‘Vos desarrollá tu vida y te desarrollás a vos mismo’”.

Su mamá lo inició en estas lecturas en la adolescencia y estos libros lo llenaron de sentido, le marcaron un camino: “Recuerdo la sensación de ‘uf, quiero trascenderme a mí mismo’. Ese fue mi primer reflejo, si uno lo bajara al papel diría ‘qué lindo hacer algo digno de ser recordado’. El resto de mi vida se trató de ver qué era ese algo, porque uno también puede hacer algo terrible digno de ser recordado, trascender de manera trágica, y la verdad es que no tenía ganas de eso. Tenía ganas de hacer algo conforme a mis valores”.

Foto: Sebastián Pani

Promediando el secundario ese sentido lo ancló a la vocación política, lo ayudó a encarrilarse. Bajó un cambio. O no.

-¿Te considerás militante?

-Yo creo que sí, en tanto una definición de militante que también con los años se va construyendo. Me parece que militante es aquel que está comprometido con la realidad de su tiempo y que orienta sus esfuerzos a ver determinadas modificaciones, en tanto lo que quiere ver de mundo. Yo en esos términos sigo siendo militante y lo voy a ser siempre porque creo que nunca me voy a poder desentender de lo que pasa y lo que creo que debería pasar. Lo que después ha cambiado mucho es mi forma de militancia porque yo tuve militancia tradicional, orgánica, pasé por partidos políticos, milité en la facultad…

-¿De chico o ya en la facultad?

-No, en la secundaria rompía mucho las pelotas pero de manera más descentralizada.

El final de la secundaria y su ingreso a la vida adulta fueron signados por la búsqueda de dónde poner el foco, encontrar la manera de darle experiencia a ese idealismo y vocación política. Su background fue el de muchos en Argentina: consumía el diario que sus viejos compraban, Clarín. Una mirada del mundo determinada se le confirmaba en cada hoja que leía: la cosmovisión gorila. No había discusiones con su viejo porque pensaban similar. Cuando empezó a buscar espacio de militancia hubo un resquemor de parte de sus familiares, lógicamente. Rebord describe la matriz de la que salían los miedos: “Ellos fueron bien generación dictadura, dictadura no participativa, les quedó un profundo temor por la política. Las advertencias de mi abuelo a mi vieja, por ejemplo, eran ‘vos no sabés nada’, ‘no te metés en nada porque la quedás’. Era como un gran cuco que no se entendía y vivieron sus vidas cívicas sin ningún grado de participación”.

Exterior. Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires. Día. La lucha por una bandera en el frente del edificio despierta el fervor entre los militantes del espectro nacional y popular. Un joven Rebord sabe que tiene que defender este elemento clave en la política universitaria mientras las piñas vuelan y se come un maderazo en la panza que le abre la piel y le dejará una cicatriz de diez centímetros que asusta. Él cree que tiene mala cicatrización. Corte.

El joven Rebord salió al mundo, a la calle, para acercarse a la política real e ir más allá de lo que se leía y se escuchaba en casa. No fue muy lejos literal y metafóricamente hablando: se acercó a un espacio radical, La Cantera Popular, que le quedaba muy cerca de su casa. Todos creían que era un servicio, ya que apareció un día de forma intempestiva en el local de la organización: “Hice algo que, en perspectiva, hoy veo lo anómalo, porque yo después milité y vi lo raro que es que alguien entre regalado. Llegué al local y dije ‘¿me cuentan en qué creen?’”.

Luego sigue su búsqueda, va a otros lugares, empieza a leer sobre marxismo y materialismo histórico. “Eso me izquierdiza sobre una base simbólica gorila, o sea, me pone trosko, es matemático, es lineal”, explica.

En el medio tuvo que buscar una carrera, la obligación de todo pibe de clase media que termina el secundario. Rebord es el primero en su familia en ir a la universidad y eso lo marcó a fuego en su decisión. Existía una carrera llamada Ciencia Política, pero su padre fue demoledor y le dijo: “Para ser hippie, andá consiguiéndote un laburo”. Entonces pensó en la historia del mundo y de Argentina, la mayoría de los presidentes son abogados, ninguno politólogo. Resultado: eligió abogacía.

El título para su familia significaba la red que lo podía sostener ante contratiempos en un país marcado por las crisis económicas. Alejandro, su padre, nació en una casa de barro en Entre Ríos, y Paola, su madre, en una villa. El abuelo materno vivió en la calle hasta que con el peronismo ingresó de maestranza en el Correo Argentino. Limpiaba baños. “Soy literalmente un producto de la movilidad social ascendente”, explica.

Mientras se acomodaba a la facultad apareció la militancia universitaria. Cuando ingresó en el CBC, en 2012, tuvo una epifanía: un afiche con la imagen de una América Latina invertida y un Chávez de rojo, gritando, lo interpelaron, él quería ir por ahí, transitar el camino de la Patria Grande. Si Rebord fuera un Sim, podría decirse que en ese momento se le llenó la barrita de la épica. Entonces empezó a militar en La Mella, un clásico de los jóvenes progresistas-latinoamericanistas de la facultad. Rebord se unió al grupo filoperonista. En un momento se dio cuenta de que esos compañeros se empezaron a ir por diferencias ideológicas: “Viste que uno a veces pertenece a lugares porque otros que te gustan están ahí, eso lo sabe la persona que militó. Hay una presunción de que uno elige dónde militar como si eligiera de un catálogo. Uno va existiendo donde existe por una serie de casualidades y cosas fortuitas. Creo que las diferencias son más espirituales que teóricas porque uno primero siente, se aproxima a eso que intuitivamente le atrae, y después lo recubre de una cantidad de significado, teoría y validás tus propias opiniones. Toda mi vida creo que he ido a lo que me llamó la atención y después entendí y decodifiqué la razón por la que quería ir en esa dirección. El proceso latinoamericanista es muy intuitivo, es como que de repente decís “sí, esto soy yo. ¿No somos esto? ¿No somos argentinos?”. Y ahí se va achicando. Inmediatamente después pensás: “¡Somos peronistas! Es obvio. No puede ser más claro que soy peronista”. En ese momento esa discusión no caló, me voy, se dio un proceso de ruptura. Además, siempre hice las cosas de la única manera que sé, con altos decibeles”.

Rebord y Felipe Pigna, con quien comparte charlas públicas sobre historia (Foto: Instagram @tomasrebord)

-¿Te peleaste?

-Escribí un comunicado, me junté con todo el mundo. Se enojaron mucho en esa época porque al irme así se generó un problema orgánico, por supuesto.

-Cuando se sale de las organizaciones se suele hacerlo callado o poniendo alguna excusa del orden personal.

-Exacto, hice algo muy inconveniente que fue decir exactamente todo lo que pensaba, que al mismo tiempo a mí me parecía la cosa más válida del mundo. Si nosotros estamos organizados por política y nos definen nuestras ideas, son las reglas de usos y condiciones. Si alguien la ve distinto, ¿cómo no va a decir por qué se va y cómo la ve? Yo me fui en una época donde ellos estaban teniendo una teoría al respecto que se llamaba Mencaso, que era Movimiento Emancipatorio Nacional no sé qué mierda más, que tenía como toda una serie de cualidades. Estaba muy bien definida, bien académica. Cuando leí el Mencaso les dije: “Estamos describiendo el peronismo, o sea, estamos literalmente describiendo el movimiento justicialista con algunas inquietudes hacia la izquierda, pero estamos más preocupados por que los troskos no nos corran en Sociales”.

La militancia universitaria le consumía la vida y a él le gustaba, era joven, había tiempo disponible. En los pasillos de la Facultad de Derecho vivió los momentos más felices y los más frustrantes. La rosca, con todo lo que conlleva, lo apasionaba: reuniones para definir roles para el centro de estudiantes, las elecciones, las carteleras, las banderas. De la organización estudiantil aprendió una forma de ver una realidad y una épica que le caló el corazón. “Siento que hay algo de la militancia que es organizarte con tus compañeros para lograr un fin y muy rara vez ganar, y es de las emociones más grandes que hay; y otras veces tenés jornadas donde estás trabado en una serie de internas fratricidas con locura, que vos decís ‘¿qué carajo estoy haciendo? Hace siete días que solo discuto en reuniones interminables entre cafés al respecto de quién tiene que ser el responsable de finanzas de la Facultad de Farmacia’. Encontrar el equilibrio es complejo, pero es muy de la militancia estudiantil”, cuenta emocionado. Irse a las piñas por una bandera o una cartelera eran moneda corriente de esa etapa de la vida, no se arrepiente.

De las jornadas que comenzaban a las cinco de la mañana colgando una bandera en la fachada de Derecho y quedarse cuidando el trapo para que no se lo sacaran le quedó un aprendizaje en torno a la política más allá de la facultad: “Lo que te da es esa dimensión diría territorial de la disputa, que después sucede en todos los ámbitos de la vida. Yo te pregunto cuánto vale un cartel, no sé cuánto vale un cartel, pero la mecánica para ganar un cartel en última instancia es la misma que cuando se reparte una partida presupuestaria. Si no vivís la política desde lo micro, después es incomprensible desde lo macro, siempre te parece algo complejo, donde siempre te están cagando. Como la gente que nunca se metió en política y la ve como completamente ajena, no como su reunión de consorcio, que se tiene que negociar con el del 4° A que es un gede, pero tiene cinco votos”. Y agrega: “Eso es lo más apasionante para mí de la política, es la más humana de las artes. Somos personas viendo qué queremos hacer, a dónde queremos ir y tiene sus expresiones más hermosas como transformar la vida de la gente y sus expresiones más fútiles como dos orgas de pibes peleándose por quién colgó el afichito para la fiesta del fin de semana”.

Un día terminó la carrera y se fue de la facultad. Con un amigo pusieron un estudio jurídico en 2017 y se dedicaron a hacer amparos de salud. La mística esperaba otro lugar para desplegarse, estaba latente. En ese sentido, Instagram fue un aliado para el plan de profundizar en el objetivo: empezó a subir videos de humor político que fueron cosechando un buen número de likes.

En julio de 2018, una excompañera de la facultad, Agnes Simon, alias Femigangsta, le propuso a este muchacho apasionado por la política participar de un programa en Radio Colmena en pleno auge de la lucha por el aborto. El programa se llamó “Arroban pero hacen”. Su carisma llegó a un público joven afín que lo comenzó a seguir. Cambió su forma de atraer gente a su visión del mundo, ya no a través de la militancia partidaria, pero el objetivo lo siguió logrando: “Lo que se modificó es el lugar desde donde incido. Es una apuesta que ha sido construir cultura, construir narrativa. Y desde ahí tengo distintas dimensiones de productos también, porque la realidad es que yo soy de una generación que vivió todo el apogeo kirchnerista al palo y después de 2015 hubo como una lectura que tuvimos muchos de que la manera de comunicarse que ejercía la política era un poco asfixiante. Si estás todo el tiempo bajando línea y separando buenos de malos tu capacidad de interpelar y de convencer se reduce mucho”.

Luego, en 2019, nació Caricias significativas, un desprendimiento de Arroban pero hacen, ya sin Femigangsta. Rebord acreditado para la cobertura de las elecciones presidenciales y bailando en el búnker de Juntos por el Cambio el día que Alberto ganó fue una de sus imágenes clave de esa época. Caricias logró tener un público fiel y joven que se sostiene hasta hoy [al cierre de esta nota anunciaron su último programa y una fiesta despedida].

Interior, estudio del streaming de El Método Rebord. Día (aunque puede ser de noche, es un espacio acustizado sin luz natural). Uno de los máximos dirigentes de Montoneros, Fernando Vaca Narvaja, habla sobre la contraofensiva, es decir la vuelta en 1979 y 1980 de los montoneros exiliados al país para luchar en operaciones armadas contra la dictadura. Una de las decisiones de la cúpula más criticadas, incluso dentro de la militancia del campo popular. Un joven adulto Rebord lo mira con seriedad mientras lo entrevista.

Rebord: Te quería preguntar por tu interpretación política de la contraofensiva e incluso tu rol.

Vaca Narvaja: Te digo lo que yo le dije a [el juez] Bonadío, la contraofensiva fue un éxito. La parte internacional es la segunda revolución en el continente, sin ninguna duda. Está vigente todavía, pese a los quilombos, los problemas, y la parte interna del país también porque había un proceso de ofensiva, no tanto armada, sino acordate que en el 78 empiezan las primeras huelgas, en el 79 ya apareció Saul Ubaldini (…). Si tomás las cifras en ese momento de las movilizaciones aparecen las primeras resistencias fuertes a la dictadura militar. Te diría que, es más, Malvinas es consecuencia de un proceso de inestabilidad de la misma dictadura, es una salida para lavarse la cara. No es que por Malvinas se cae la dictadura (…). Se cae por un proceso de resistencia.

Rebord: Entonces no la considerás “causa de”…

Vaca Narvaja: Y además la contraofensiva identifica al enemigo. Nosotros golpeamos sobre los sectores de los grupos económicos concentrados de la oligarquía, los golpeamos en lo militar, y en lo político fue una acción de agitación y de propaganda (…).

Rebord: Te hago una pregunta difícil, ¿a qué precio?

Vaca Narvaja: Al precio que te impone un proceso de lucha contra una dictadura militar. Ponés el cuero, no tenés otra. No salís indemne de una lucha, de un enfrentamiento. Nosotros sabemos lo que asumimos y sabemos los riesgos que tenemos, es parte de la lucha. Si vos me decís a qué precio se hizo la Revolución Cubana, a qué precio se hizo la Revolución Sandinista… Perón decía que entre la sangre y el tiempo se quedaba con el tiempo. Pasó el tiempo y pusimos más sangre. Por no enfrentar, por no confrontar. No desplumás la gallina sin que la gallina cacaree.

El Método Rebord, producido por el Grupo Criolla para el medio digital Corta, empezó a emitirse en agosto de 2021. Dentro del plan de la búsqueda de la mística, este es otro espacio para construir épica, pero a través de los testimonios de los demás. El programa es una charla extensa (por lo general dura entre dos y tres horas) con una figura que puede ser de la política, la televisión, el arte o el mundo de Internet: hasta hoy se emitieron 46 episodios. Pasaron por su mesa Máximo Kirchner, Ofelia Fernández, Carlos Maslatón, Cristian Ritondo, Santiago Maratea, Mariana Enriquez, Carlos Pagni, Emmanuel Horvilleur, Paulina Cocina, Juan Grabois, Dillom, entre otros. Si sumamos todas las vistas dan millones, el programa más visto fue el que tuvo como invitado al actor cómico Guille Aquino (lo vieron 584.848 personas). El momento con cada figura suele ser distendido, con la consigna de encontrar lo que le apasiona al otro y que el diálogo fluya en torno al invitado. Una de las emisiones más recordadas es el episodio con Mario Pergolini, que comienza con el empresario de medios explicándole a Rebord que las personas que trabajan con él algún día van a convertirse en un problema del orden de lo legal como un juicio laboral o una demanda por derechos de autor.

Cuando hablaste con Pergolini él dijo algunas frases polémicas en torno a los empleados y se replicó en redes, donde lo tildaron de explotador. Siento que estás en las antípodas de ese pensamiento, ¿cómo fue decirle casi nada?

-Tu pregunta asume algo al respecto de lo que yo creo, lleva implícito que yo me mordí la lengua. Falso. Eso es interesante porque yo jamás hice una entrevista en mi vida, no me interesa hacer una entrevista. No me importa. A mí sí me importa conocer gente, me importa hablar con personas y ver de qué están hechas y la realidad es que lo que hago cuando alguien viene al Método es invitarlo a charlar, como si estuviera en mi casa. El rol del entrevistador tiene toda una serie de pretensiones morales, que creo que son producto de un ego desmedido. Para mí entrevistar no es un arte sagrado, es algo que puede hacer cualquiera. Cuando estoy hablando con alguien mi contrato no es con Pergolini, es con el público. Yo te prometí un producto que te va a permitir conocer a alguien. Pergolini se está expresando y dice “yo creo que hay que negrear a la mayor cantidad de personas posible en el mundo”.

Dice “Mario Pergolini” y aplaude. Continúa explicando: “Quién soy yo para agarrar y decirle ‘Mario, lo que vos estás diciendo, mirá, quiero explicarte algo, vos…’. Miles de veces doy mi opinión en El Método y tiene que ver con cómo yo veo las cosas, pero de la misma manera que lo haría en una charla en un café. Me pasó con la de Vaca Narvaja particularmente también…

-¡La contraofensiva!

-Decían “cómo le permitió decir eso”. ¿Quién sos? Para mí el otro existe prescindiendo de mi pregunta, o sea la realidad existe y desde ese lugar intervengo en ella, no controlándola. No diciendo “No, esto no es así, señor de 80 años que literalmente realizó estas acciones”. ¡Qué sé yo! ¡Estuviste en cana, hermano! Decí vos tu relato. Es una invitación a que la gente se narre a sí misma. Después el universo de lo conocido como repregunta creo que tiene que ver para entender mejor lo que el otro está expresando. Si quisiera invitar gente para bajarle línea me parece que hago un ciclo muy corto o ¿quién se querría someter a Rebord? “Andá a lo de Rebord que te va a explicar la posta”. “Mirá, Vaca Narvaja, lo que hiciste con estos pibes fue criminal, los mandaste al muere”. Entiendo cómo funciona desde el espectador, tipo “estoy viendo una atrocidad”. Quizás estás viendo una atrocidad porque hay gente que es atroz.

La entrevista al dirigente montonero la considera un testimonio histórico. Los medios masivos levantaron fragmentos de la entrevista y fue trending topic en Twitter. Casi 300.000 personas la vieron. “Entiendo que no es una fórmula fija todo lo que digo. Uno va aprendiendo, se perfecciona, pero la sensación que tengo es que se trata de la historia, de obtener ese testimonio. Si yo tengo que quedar medio manchado incluso, si tengo que quedar con cicatrices de eso, si me tiene que bardear alguien porque lo asustó la nota, que lo haga. Si yo sé quién soy, sé cuáles son mis valores, los defiendo todos los días en los espacios donde doy mi opinión, que son varios”, asegura.

El otro programa, en donde se explaya todos los lunes sobre su visión del mundo, es una plataforma que según él “busca exportar argentinidad”, MAGA (Nacional Rock FM 93.7). Las siglas son de Make Argentina Great Again, similar al eslogan de Ronald Reagan y Donald Trump (Make America Great Again). Rebord admira ciertos histrionismos de la figura de Trump así que no es casual que hable a los gritos durante una hora seguida con un fondo que son las siglas del programa. Al costado de la imagen, ocupando bastante espacio en el streaming, hay un chat que se mueve frenéticamente. Los seguidores del conductor nunca paran de hacer comentarios, tienen bocha de energía, se convirtieron en una comunidad.

Él no logra leer todo lo que le escriben, pero a veces se da un diálogo. Esta comunidad de fanáticos gestó más de 700 cuentas en Twitter con el avatar de El Método Rebord (una especie de serigrafía de la cara del conductor rodeada por un átomo) que juegan a ser versiones bot del conductor. Se hacen llamar los “hagoveros” (este término viene de las siglas HAGOV, que es la traducción en español de MAGA).

Él quería generar una pertenencia con el programa así que en los primeros días les pidió a sus seguidores que armen cuentan en Twitter para transmitir este espíritu a las redes y le hicieron caso. Los llama los “buscadores de la verdad” que lo ayudan a “detectar eventos metafísicos de la argentinidad donde vibra lo MAGA”. Lidiar con ellos es algo loco:  “Cuando se empezó a multiplicar mucho lo de los hagovs, ¿vos sabés lo que era entrar a mi Twitter? Era el interior de una cabeza de un esquizofrénico porque yo veía conversaciones enteras entre personas con mi cara que discutían entre ellas y scrolleaba y todo tenía mi cara. Además me estaba quebrando mi experiencia de usuario de Twitter porque ya no me sirve la red. Yo a la gran mayoría las tengo silenciadas, que ni me aparezcan totalmente. Dejo algunas, voy discriminando, loco bien de loco mal”.

Para conquistar el mundo le quedan algunos pasos. Uno de ellos es charlar con la figura política viva más influyente de Argentina, Cristina Fernández de Kirchner.

Es optimista cuando piensa en su futuro y lo expresa hablando del espíritu hagovero: “Hay una búsqueda de epicidad en la cotidianidad. A mí me parece que hacer fascinante lo cotidiano es un poco la fórmula de la felicidad, si encima podés narrar lo fascinante en lo cotidiano tenés hasta una salida laboral. Yo quiero vivir en un mundo con héroes y heroínas, me pasa eso cuando leo la Historia. No quiero mirar mi pasado y que me devuelva la mirada creyéndome incapaz de repetirlo. Quiero mirar mi pasado para tener estímulos y tener energía para hacer cosas más grandes todavía”.

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