Tocan la puerta

Un grupo de amables personas atormentan a una pareja gay y a su pequeña hija, en la nueva cinta del director de El sexto sentido y El protegido

M. Night Shyamalan 

/ Dave Bautista, Jonathan Groff, Ben Aldridge, Kristen Cui, Rupert Grint, Abby Quinn, Nikki Amuka-Bird

Por  ANDRÉ DIDYME-DÔME

Cortesía de UIP

Antes de convertirse en el maestro del cine de suspenso gracias a su obra maestra El sexto sentido, M. Night Shyamalan dirigió una pequeña cinta llamada Mis mejores amigos. En apariencia, este trabajo gentil y entrañable, estaba muy alejado de la película que lo hizo famoso, pero lo cierto es que ya evidenciaba sus fortalezas y debilidades como autor.  

Mis mejores amigos carece del giro sorpresivo que muchos asocian a Shyamalan y tal vez por eso es muy poco conocida. Sin embargo, la principal cualidad de este director está en otro lugar. Shyamalan tiene un inmenso don para construir unas relaciones entre los personajes colmadas de ternura y empatía. Por esta razón fue que nos conmovimos y sorprendimos en El sexto sentido y en El protegido, del mismo modo como los pocos que vimos Mis mejores amigos, quedamos encantados con ese niño que, luego de la muerte de su abuelo, se va en busca de Dios y le pide ayuda a una simpática monja (Rosie O’Donnell en el mejor papel de su carrera) para cumplir con su objetivo, del mismo modo que los niños de El sexto sentido y El Protegido, se apegan a una carismática figura paternal encarnada en ambas cintas por Bruce Willis.

Pero en Mis mejores amigos, también vemos como Shyamalan no se decide por asumir una posición clara a la hora de abordar temáticas religiosas, las cuales se encuentran generalmente asociadas al cristianismo (algo muy peculiar si consideramos que el director nació en la India). El espectador nunca llega a saber con claridad si Shyamalan es un creyente ferviente o si, por el contrario, es una persona cínica que asume lo religioso, lo místico y lo sobrenatural como un pretexto para decirnos algo más.

Esto nos lleva a Tocan a la puerta, una adaptación de la novela La cabaña del fin del mundo, de Paul Tremblay, en donde Shyamalan retoma el tema del apocalipsis, el cual ya había sido abordado en las desafortunadas cintas El fin de los tiempos y Después de la Tierra (que no son tan malas como la mayoría quiere hacernos pensar).

En ella, Shyamalan también vuelve a ofrecernos un cuento moral, que esta vez no llega a funcionar. La exquisita fotografía filmada en Panavision por Jarin Blaschke (El faro) y Lowell A. Meyer (Juntos en la tormenta), y las intensas actuaciones del reducido elenco (casi toda la película se desarrolla en una sola locación), no logran disimular la falta de resonancia de la cinta, la cual a veces pareciera que fuera una “película de fe”, auspiciada por La Iglesia de los Santos de Jesucristo de los últimos días.  Sin embargo, en un momento de la cinta, se nos presenta un desconcertante mural, el cual nos muestra a Jesús jugando fútbol con unos niños (¿Dios es una persona cruel que juega con nosotros? ¿Shyamalan se asume como el hijo de Dios jugando con los espectadores? ¿El trasfondo religioso es tan solo una charada?).

Como bien lo sabe cualquier seguidor del director, las sorpresas están a la orden del día. Por eso hay que evitar al máximo los spoilers. Esta es la premisa inicial.Un grupo de cuatro personas, conformado por Redmond (Rupert Grint), Sabrina (Nikki Amuka-Bird), Adriane (Abby Quinn) y Leonard (Dave Bautista), un profesor de tamaño descomunal y lleno de tatuajes (pero de actitud amable y gentil), llegan equipados con armas medievales a una cabaña ocupada por una familia conformada por Eric (Jonathan Groff), su esposo Andrew (Ben Aldridge) y la pequeña Wen (Kristen Cui). Los cuatro extraños le plantean a la familia una situación imposible. El fin del mundo se acerca y ellos deben hacer un sacrificio. Uno de los tres debe morir para evitar el apocalipsis.

No deja de sentirse tremendamente incómodo que la familia que debe cometer el sacrificio esté conformada por una pareja gay y por una niña de ascendencia oriental. Los astutos flashbacks confeccionados a partir del talento de Shyamalan, nos ayudan a comprender la bondad y los sufrimientos que esta familia ha tenido que pasar hasta este momento. Pero no se puede dejar de pensar en el “castigo de Dios”. Hace poco, el Papa Francisco afirmó que la homosexualidad no es un delito, pero sí un pecado. ¿Es este el mensaje que quiere transmitir Shyamalan?

Si todo fuera una manipulación orquestada por un grupo de dementes, la respuesta sería un definitivo No. Pero si el fin del mundo es tratado como algo “real”, entran en duda las razones de semejante sacrificio. Hace poco se estrenó en cines una nueva entrega de La última profecía, cintas basadas en una saga de libros basados en el sistema teológico del dispencionalismo y que plantean que las buenas personas se irán al cielo en el evento conocido como “el rapto”, mientras que los pecadores se quedarán en la Tierra. ¿Si la pareja gay y su hija adoptada son tan buenos y amorosos como se plantea en Tocan a la puerta, por qué debe morir uno de ellos para salvar el mundo? Shaymalan no nos da una repuesta.

Bautista, quien ha demostrado ser un gran actor, es el alma y corazón de esta película. Menos mal nunca llega a romper la cuarta pared para tratar de evangelizar a los espectadores (como lo hizo Kevin Sorbo en La última profecía: El surgimiento del Anticristo) o a tratar de convencernos de una conspiración, al peor estilo de QAnon. Pero la verdad, es que se acerca peligrosamente a ello.  

Si Tocan a la puerta nos hubiera mostrado a cuatro individuos violentos cegados por sus ideas y dispuestos a asesinar por sus creencias, hubiera quedado claro que la intención de Shyamalan consistía en hacer su propia versión de un Home invasion, al estilo de Los extraños o Funny Games. Pero la verdad, aquí no hay terror y la ausencia de gore es desconcertante. Por otro lado, si el “giro Shyamalan” hubiera estado presente aquí y las cosas hubieran terminado no siendo lo que inicialmente se creía (como sucede en La villa), la intención sería otra, pero diáfana.

En su película, Shyamalan (con un guion coescrito por Steve Desmond y Michael Sherman), nos hace preocuparnos por esta familia amenazada y, en algunos momentos, llega a ser interesante la idea de unos villanos amables, como lo son Leonard y sus amigos. Pero al final, no llega a haber suficiente suspenso, como tampoco un mensaje claro. Lo que queda es una cinta extraña y muy poco efectiva, que raya en lo ofensivo.

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