The Black Parade 2026 Tour: My Chemical Romance más vigente que nunca

Luego de aplazar su primera fecha en Bogotá, prevista para el 22 de enero, la banda estadounidense saldó la deuda con un espectáculo intenso, emotivo y sumamente teatral, que quedará en la memoria del público bogotano

febrero 11, 2026

Redes / Vive Claro

The Black Parade es, sin lugar a duda, uno de los álbumes que marcó a la generación que creció entre finales de los noventa y los primeros años del 2000. Con él, My Chemical Romance se consolidó como una de las bandas más influyentes del siglo XXI, dando forma a la identidad de miles de jóvenes que encontraron en su rebeldía e irreverencia un espacio para construir su propia personalidad.

Es por eso que, cuando se anunció la llegada del tour que celebra los 20 años del disco a Latinoamérica —y especialmente a Colombia—, las reacciones no se hicieron esperar. Bogotá es una ciudad con una identidad musical muy marcada, lejos de los beats de reggaetón y dancehall que predominan en Medellín y de los sonidos caribeños de la costa. La capital suena más a pop-rock alternativo; su cielo gris, el tráfico interminable y la lluvia constante la convierten en el escenario perfecto para que el emo-rock y el pop punk se desarrollen con naturalidad. Esa fue, sin duda, otra razón por la que el público bogotano se entusiasmó tanto con la primera presentación de la banda en el país.

También fue la razón por la que el aplazamiento de la fecha —del 22 de enero al 10 de febrero— generó tanta incertidumbre y malestar entre los espectadores. Sin embargo, y a pesar del retraso de casi tres semanas, la espera valió la pena y el grupo consolidó un show lleno de grandes interpretaciones, una puesta en escena envolvente y varios de los éxitos que marcaron a toda una generación.

Como no podía ser de otra manera, la capital colombiana recibió a la banda con el cielo gris y una lluvia torrencial desde horas de la tarde. Pero, a pesar de los percances meteorológicos, nada detuvo a los asistentes, que desde antes de las 4:00 p. m. ya llenaban las entradas del Vive Claro – Distrito Cultural.

Entre canciones de otras grandes bandas como The Smashing Pumpkins o The Cure, el recinto comenzó a llenarse poco a poco hasta convertirse en un verdadero mar de gente, donde se juntaron adolescentes, adultos y hasta uno que otro con alguna cana, pero con el espíritu intacto. Para las 7:00 p. m., los presentes ya rugía por la banda que llevaba esperando —en algunos casos— toda la vida.

El show podría dividirse en tres actos: pre-show, The Black Parade y un epílogo. Para abrir la noche, los encargados de preparar el terreno no fueron otros que los suecos The Hives, que con sus trajes negros con luces doradas asumieron un rol mucho más ambicioso que el de simples teloneros. Desde el primer tema, ‘Enough Is Enough’, quedó claro que lo suyo no sería una antesala discreta, sino una descarga de energía directa al público.

Es imposible pasar por alto al carismático Howlin’ Pelle Almqvist, vocalista de la banda, quien —a punta de un español golpeado pero fluido— terminó por conquistar a los asistentes. Luego llegó ‘Walk Idiot Walk’, con la que el recinto entró definitivamente en calor pese a la fría velada bogotana. Más adelante, los suecos se tomaron un momento para saludar a la ciudad y expresar su entusiasmo por presentarse por primera vez en el país. El set continuó con ‘Hate to Say I Told You So’, ‘Come On’ y ‘The Hives Forever Forever The Hives’, cerrando su participación con la multitud completamente de su lado.

Antes de despedirse, Pelle presentó uno a uno a sus compañeros, fiel a su estilo exagerado y teatral: Nicholaus Arson (Niklas Almqvist), hermano del vocalista y guitarra principal; Vigilante Carlstroem (Mikael Karlsson Åström), a quien describió como “el hombre más grande de Colombia ahora”, en la guitarra rítmica; The Johan and Only (Johan Gustafsson), en el bajo; y, por último, Chris Dangerous (Christian Grahn) en la batería, definido por el propio Pelle como “medio animal, medio máquina, medio sueco y medio colombiano”.

Después del memorable show de The Hives llegó el segundo acto de la noche y el momento que todo el público estaba esperando: My Chemical Romance y la presentación en vivo de The Black Parade. Lo que siguió fue un recorrido cargado de episodios frenéticos en los que la gente enloqueció, pero también de espacios para lo emocional y, sobre todo, para lo teatral.

Es imposible no mencionar la escenografía y el vestuario, donde convergen dos grandes elementos del álbum: el desfile negro y una estetica hospitaliaria. A estos se suma un componente que no está presente de manera explícita en el disco original, pero que la banda ha venido incorporando en sus presentaciones recientes: una dimensión política. En esta puesta en escena, el desfile parece formar parte de una especie de régimen autoritario, marcado por la presencia constante de dispositivos tecnológicos de vigilancia y la figura de una dictadora que observa y controla todo lo que ocurre sobre el escenario, y a la que todos los personajes en el escenario sirven pleitesía.

Volviendo a la historia original, el álbum es un proyecto conceptual sobre la muerte. Es la narración de un personaje con cáncer terminal que transita, de canción a canción, por sus miedos, culpas, recuerdos y despedidas hasta llegar a su final. Sobre el escenario, incluido Gerard Way, los músicos lucían los clásicos uniformes de desfile que han acompañado esta era desde 2006, mientras figuras vestidas como enfermeros y enfermeras reforzaban ese ambiente clínico en el que el protagonista pasa sus últimos meses de vida. 

Tras las tres primeras canciones —’The End.’, ‘Dead!’ y ‘This Is How I Disappear’— llegó el primer gran quiebre de la noche, ‘The Sharpest Lives’, que con su sonido pesado, la batería marcando el pulso y las guitarras lanzando riffs filosos, desató una reacción mucho más intensa del público, impulsada también por una interpretación visceral de Gerard Way. Sin embargo, nada preparó al Vive Claro para lo que vendría después: bastaron las primeras cuatro notas de piano de ‘Welcome to the Black Parade’ para que el lugar estallara. Desde el inicio, miles de voces acompañaron cada palabra, convirtiendo el lugar en un coro masivo que parecía haber esperado ese momento durante años.

En este punto comienza formalmente la puesta en escena, donde se nos presenta al paciente del álbum, cuya historia avanza entre ‘I Don’t Love You’ y ‘Sleep’. Cada tema profundiza en su deterioro, mostrando con mayor claridad su fragilidad y el avance implacable de la enfermedad.

En uno de los pasajes más llamativos, el paciente se encuentra con el director del desfile, quien marca en el suelo la silueta de su cuerpo, anticipando su destino. Sobre esa figura, ambos comienzan a jugar rayuela y triqui en un acto de comedia negra que contrasta con la gravedad de la historia y que se repetirá más adelante. Todo ocurre bajo la mirada constante de la figura autoritaria presentada desde el inicio del show, reforzando esa sensación de control y vigilancia que atraviesa la puesta en escena.

Otro instante memorable llegó con uno de los grandes himnos de la banda: ‘Teenagers’. Allí, Gerard cedió el protagonismo al público durante el coro, y los asistentes no fallaron, cantando a todo pulmón el icónico “They said, ‘All teenagers scare the livin’ shit out of me’ / They could care less as long as someone’ll bleed”. La escena se repetiría más adelante, cuando los primeros versos de ‘Famous Last Words’ volvieron a convertir el recinto en una sola voz.

El acto central cerró de la mejor manera posible: con un final perturbador, tétrico y atravesado por una dosis de comedia negra. Con ‘Blood’ sonando de fondo, las enfermeras llevaron al paciente al centro del escenario y lo dejaron a merced del líder del desfile. Tras la orden de la dictadora, este se abalanzó sobre él y comenzó a apuñalarlo, mientras la inquietante pista final acompañaba la escena.

Así se consumó la muerte del protagonista y, con ella, el cierre de la historia que la banda había construido canción tras canción. No fue solo el final de un álbum interpretado en vivo, sino la culminación de una obra teatral oscura y simbólica que convirtió el concierto en algo más que música: una representación escénica sobre la muerte y el poder.

El tercer y último acto del show fue el epílogo: un momento en el que la banda dejó a un lado la narrativa conceptual para repasar varios de sus grandes éxitos y terminar de hacer vibrar al público con cada uno de ellos. Entre temas como ‘Boy Division’ y ‘I’m Not Okay (I Promise)’, Gerard Way aprovechó para intervenir en distintas ocasiones. En una de ellas agradeció la presencia de The Hives, reconociendo su talento y el orgullo que representaba tenerlos como parte de la gira. En otra —quizás la más significativa de la noche— expresó su gratitud por finalmente poder estar en Bogotá, recordando que la primera visita de la banda al país había quedado pendiente hace 18 años por razones de fuerza mayor, una deuda que por fin quedaba saldada.

La noche continuó con canciones como ‘My Way Home Is Through You’ y ‘Na Na Na (Na Na Na Na Na Na Na Na Na)’, que mantuvieron la energía en lo más alto y prepararon el terreno para el gran final: ‘Helena’, y no pudo haber mejor elección para cerrar. La canción, que habla de pérdida, despedida y duelo, funciona como una síntesis emocional de toda la noche, conectando la oscuridad de The Black Parade con la historia temprana de la banda y su relación con la muerte y la memoria, cerrando así de forma perfecta un recital con el que muchas personas llevaban años soñando y que sin duda cumplió, e incluso superó, todas las expectativas.

Durante su presentación, Howlin’ Pelle Almqvist dijo, a modo de broma, que los integrantes de MCR ya estaban “viejitos”, pero lo cierto es que sobre el escenario parecían todo lo contrario: jóvenes, intensos y completamente entregados. Desde el gran desempeño vocal de Gerard Way, cuya voz parece no haber envejecido ni un día, pasando por los potentes riffs y solos de Ray Toro en la guitarra principal y la energía cruda de Frank Iero en la rítmica, hasta el bajo firme y preciso de Mikey Way y la contundente batería de Jarrod Alexander, la banda demostró una solidez impecable. Más que nostalgia, lo que ofrecieron fue un My Chemical Romance que suena tan poderoso como en sus mejores años y que dejó claro que el desfile, lejos de marchitarse, está más vigente que nunca, y parece mantenerse así unos años más.

GABRIEL CAVALLO

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