Roger Waters: “Esas diez canciones están en la conciencia de todos”

Roger Waters habla de su gira mundial de 2007 y analiza las razones artísticas y sentimentales detrás del aura y la inmortalidad de The Dark Side of the Moon

Por  PIERO NEGRI SCAGLIONE

marzo 1, 2023

MICHAEL OCHS ARCHIVES GETTY IMAGES

Roger Waters preferiría hablar de fútbol. De las novedades de su equipo, el Arsenal, más que del tour mundial que lo tiene ocupado. Pero es también una vieja técnica de disimulo muy british, fingir desinterés por las cosas que realmente te interesan para no ser presa de las emociones. “En realidad”, confiesa, “siento un enorme afecto por The Dark Side of the Moon, representa un momento importantísimo de mi vida. Hace tiempo dejé de sorprenderme por su éxito, tuve que aceptarlo como un dato de hecho, tuve que adaptarme”. A tal punto que este año, a 34 de ese álbum, Waters vuelve a interpretarlo todo nuevamente, desde el principio hasta el fin, “sin cambiarle ni siquiera una coma”, en un tour que planea parar en Bogotá el mes que viene [9 de marzo en el Parque Simón Bolívar]. En el recital, Waters toca -”durante casi 75 minutos”- una selección de temas suyos de la era Pink Floyd y de los álbumes como solista y luego, transcurrida una breve pausa [“Que sirve sobre todo para cambiar algunos elementos de la escenografía”], los diez temas del álbum de 1973 que permaneció en el ranking de Estados Unidos por más de trescientas semanas consecutivas, que en 2004 había vendido 40 millones de copias y que para todos es sinónimo de la versión psicodélica y cósmica del rock & roll que pintó los años 70 en cada ángulo del planeta.

Es que se trata, obviamente, del álbum favorito de los fans de Pink Floyd: “En lo que concierne a los álbumes que hice con la banda”, dice él, “la disputa es entre The Dark Side of the Moon y The Wall. No me gustaría tener que elegir entre los dos, me gustan casi de la misma manera, pero si realmente me pides dar solo un nombre, entonces te digo The Wall”. ¿Por el aspecto teatral incierto? “No”, aclara él. “porque me parece que en algunos aspectos del pensamiento que el álbum expresa son más profundos en The Wall”.

Como bien saben los ex amigos de Pink Floyd, con quienes de alguna manera Waters se reconcilió [tocaron juntos en el Live8] para luego volver a distanciarse, el viejo Roger, de 63 años, no ha sido nunca un tipo fácil. Tampoco es un frívolo, considerando que sus temas predilectos son los condicionamientos de la sociedad sobre el individuo, la imposibilidad de ser felices, la soledad y -considerando que la obsesión de toda su vida artística fue la muerte de su padre en la batalla de Anzio, Italia- la Segunda Guerra Mundial.

Sin embargo, estos son los secretos del éxito y de la eterna actualidad de The Dark Side of the Moon. “Me parece haber escrito ya ‘Money’ y ‘Time’ cuando se me ocurrió la idea. Pensé que podría hacer un álbum completo sobre las presiones que pesan sobre cada uno de nosotros en la vida diaria. Esto se convirtió en el concepto fundamental del disco: los obstáculos que se interponen entre los individuos y la posibilidad de compartir con los demás los propios sentimientos, en definitiva, ser felices. Se trata de una lista de aspectos negativos que siempre estarán vigentes hasta que llegue el día en el que los científicos nos den una explicación fisiológica convincente del asunto. En el fondo, no es sorprendente que cada generación, superada la adolescencia, se interesen en estos temas: son interrogantes filosóficos fundamentales, todos se lo cuestionan. ¿Qué significa ser hombres, cuál es la diferencia, si existe, entre nosotros y los simios? ¿Cuáles son los vínculos con nuestros semejantes que nos permiten elevarnos de la naturaleza animal y transformarnos en criaturas capaces de dar y recibir amor y gozo? Esas eran las preguntas que me hacía en aquellos años, preguntas que, casi a escondidas, entraron en las canciones. Incluso hoy, cuando escribo, escribo esencialmente sobre esto”.

The Dark Side of the Moon comenzó lentamente. En Gran Bretaña, para dar un ejemplo, nunca estuvo en el primer puesto de los listados de álbumes. Pero desde aquel lejano 1973 en adelante no se detuvo jamás. “No hubo un momento determinado en el cual haya comprendido que se convertiría en un clásico”, relata Waters. “De ese disco lo que más recuerdo fue el empeño que puse en realizarlo. La misma noche que lo terminamos, volví a casa con el master, y se lo di a mi primera esposa, Judy. Ella lo escuchó de principio a fin sin hablar. Luego, estalló en lágrimas. Confirmé entonces que se trataba de un disco conmovedor, yo también lo creía así. Aún hoy lo pienso así. Luego, lentamente y poco a poco, fue convirtiéndose en un éxito. Pensé que después de cuatro o cinco años desaparecería como todos los discos, pero con gran sorpresa constaté que la gente continuaba comprándolo y escuchándolo. Quedó en la memoria de todos, quedó, quedó… Hasta que resultó claro que nunca más se iría. Y hoy, 34 años después, aquí estamos”.

Él jura que en los conciertos de The Dark Side of the Moon no cambia nada, ni siquiera una nota. “Porque esas diez canciones entraron en la conciencia de todos y, además, porque sinceramente no hay nada que cambiar”. Es un retorno a los orígenes. Antes de ir a los estudios de grabación en junio de 1972, Pink Floyd tocó los temas on the road, en una serie de recitales que fueron una especie de prueba general para la grabación del disco. “Sí”, confirma Waters. “Pero ahora todo es distinto. Recuerdo que en esos meses incluso grabamos algunos temas que luego no incluimos en el disco. Y recuerdo bien una noche, en Bristol, cuando anuncié: ‘¡Tengo el final!’. Hacía tiempo que buscaba un tema que, como texto y como atmósfera, fuera apropiado para cerrar el disco. Había escrito ‘Eclipse’, que tocamos esa misma noche, y que, de hecho, es la conclusión perfecta”.

“Todo lo que está bajo el sol está en armonía / Pero el sol está cubierto por la luna”; estas son las últimas palabras de un álbum que llevó a Pink Floyd a la historia del rock y a Roger Waters a la leyenda. Contó también con la complicidad de una portada, también legendaria, diseñada por Storm Thorgerson, que en la escuela de arte había sido su compañero de clase. “Hizo todo él”, cuenta Roger. “Cuando nos presentó las ideas sobre las que estaba trabajando [habrán sido media docena], todos elegimos inmediatamente la del prisma y el rayo de luz. No hubo discusión alguna. Mi única contribución fue la idea de que el espectro de la luz continuara al interior de la portada con el trazado del latido del corazón. Desde el punto de vista creativo, incluso en lo que concierne a la elección de la portada, teníamos total libertad. Se habían resignado a dejarnos hacer lo que quisiéramos: en la disquera se decía que teníamos mal carácter. No vendíamos muchísimos discos, pero hacía tiempo que vivíamos de la música, habíamos logrado tener la cabeza fuera del agua y a las disqueras les hacíamos obtener también algo de dinero. Por lo tanto, nadie intentó influirnos ni cambiar nada”.

El otro aspecto memorable de este álbum es obviamente el sonido, a cargo de ese Alan Parsons, que vivirá años después un paréntesis de estrella pop con su Alan Parsons Project. “Claro”, comenta Waters, “fuimos afortunados en encontrar a Alan y encontrarlo en los estudios de Abbey Road, que en ese tiempo, desde el punto de vista tecnológico, estaban a la vanguardia, especialmente en lo referido al eco, importantísimo en ese álbum, y en esa época algo muy difícil de manejar en el estudio. Creo que, sin embargo, el secreto de ese sonido se halla también en la musicalidad de la guitarra de David Gilmour y de los teclados Rick Wright. Mi contribución, sinceramente, se siente más en la superposición de los distintos niveles de sonido y el espacio entre los sonidos. Por ejemplo, en el uso de todas las voces de apoyo: la forma en la que aparecen, cómo van y vienen, el modo en que estas voces son utilizadas como elementos musicales. De todos modos, es verdad que cuando en 2003 trabajé en el estudio en la versión SACD del álbum, yo también quedé muy sorprendido. Desde el punto de vista del sonido es casi imposible encontrarle un defecto. Parece que se hubiera grabado hoy”.

El gentil homenaje a los compañeros de aquellos tiempos sirve también para decir, sin resaltarlo demasiado, que las tensiones dentro de la banda concluyeron para siempre, no en tribunales sino en la mente de Waters. Que puedan volver a tocar los cuatro juntos (seriamente, no en un evento como Live8), no lo cree nadie, pero él hoy habla de Pink Floyd como si fuera algo ajeno a él, sin alimentar polémicas.

“Sinceramente”, dice. “La idea de tocar en vivo The Dark Side of the Moon no es mía. La tuvieron en Magny Cours, en el circuito donde se corrió la Fórmula Uno el 14 de julio pasado, fiesta nacional francesa, donde se celebraron los 100 años de la pista. Primero les fue presentada a Pink Floyd, y la rechazaron, luego a mí. No había pensado en ello; sin embargo, la idea me agradó. Hablamos mucho sobre eso y finalmente acepté. A esa altura de las cosas, mi agente se ocupó y consiguió otras fechas en gira por el mundo. Esa ocasión especial se transformó en un verdadero tour mundial. Estoy muy feliz de ello, es divertido porque además para mí es una ocasión para reflexionar sobre esta parte de mi pasado. Por ejemplo, por supuesto está ‘Bring the Boys Back Home’ de The Wall, que hoy en día con la guerra en Irak y en el resto del mundo, adquiere una nueva vigencia”.

No quiere decir más. “Sería un poco estúpido leerte toda la escala, ¿no? Estoy seguro de que quien ama mis discos con Pink Floyd y como solista no quedará decepcionado. No haré nada inédito. Tengo un álbum o quizás dos que poco a poco están surgiendo del material que escribí en los últimos años, pero no anticiparé nada en vivo. Será una fiesta”.