diciembre 16, 2022

Pinocho de Guillermo del Toro

Guillermo del Toro nos ofrece una obra maestra del stop motion artesanal, en donde el conocido personaje de la novela de Carlo Collodi se deconstruye de acuerdo a los intereses del director

Guillermo del Toro, Mark Gustafson 

/ Con las voces de Ewan McGregor, David Bradley, Gregory Mann, Christoph Waltz, Tilda Swinton, Cate Blanchett, Ron Perlman

Por  ANDRÉ DIDYME-DÔME

Cortesía de Netflix

Hace unos meses, Robert Zemeckis, el legendario director de clásicos como Volver al futuro y Forrest Gump, nos entregó una adaptación en acción real de Pinocho, inspirada en el clásico de la animación de 1940, el cual, a su vez, estaba basado en la novela que escribió el italiano Carlo Collodi en 1883.  El resultado fue un producto vacío y sin alma que dista mucho de la magia lograda por Disney hace más de ochenta años, cuando la animación digital era algo inexistente.

Hace tres años, Matteo Garrone, el autor de prestigiosas cintas como Gomorra, El cuento de los cuentos y Dogman, nos ofreció una encantadora versión de Pinocho, que se aleja de la dulce cinta animada de Disney, para acercarse a la dureza y oscuridad del relato original. En ella, Roberto Benigni (quien interpretó al muñeco de madera en una terrible cinta del 2002 que él mismo dirigió), encarnaría al carpintero Gepetto de una manera gentil y respetuosa, que dista mucho de la sobreactuación caricaturesca y estereotipada de Tom Hanks en la versión de Zemeckis.  

La pregunta que surge es la siguiente: ¿Con tantas versiones de Pinocho, vale la pena ver una más? La respuesta es un contundente sí, y más si esta nueva versión es asumida por Guillermo del Toro, el director mexicano de obras maestras como Cronos, El espinazo del diablo y El laberinto del fauno.

Del Toro es todo un autor y, por tal razón, acomodó el relato de Collodi a sus propios intereses personales. La historia se traslada de la Italia de 1800 a la Italia fascista de 1930, de una manera similar a como las historias sobrenaturales y fantásticas de El espinazo del diablo y El laberinto de fauno se ubicaron en el contexto histórico de la Guerra Civil Española.

La relación entre el anciano y la niña de Cronos, aquí se revisa cuando, por medio de un prólogo tremendamente conmovedor, se nos cuenta que Gepetto tenía un hijo llamado Carlo, el cual murió trágicamente en el bombardeo a una Iglesia. Desde aquí, del Toro nos hace saber que su película, así sea hecha con una animación cuadro a cuadro preciosista, no va a edulcorar su versión ni a evitar el tono agreste, triste y cruel de la obra de Collodi.

Pero lo más importante, es que del Toro transforma la esencia del libro y de la película de Disney, que nos hablan sobre el paso de una infancia irresponsable y hedonista a una adultez responsable y estoica, para hablarnos sobre cómo la vida cobra valor y significado gracias a la muerte. En manos de otro, traicionar el tema central de la obra original constituiría un desastre, pero del Toro se apropia del muñeco de madera y lo vuelve suyo de una manera magistral.

El director mexicano nunca ha ocultado su amor por la animación, especialmente por el stop-motion, al que considera una de las formas más puras del arte (él produjo la encantadora cinta animada El libro de la vida, ambientada en el día de los muertos, la cual terminaría siendo eclipsada años más tarde por la superior Coco de los estudios Pixar).

Como si se tratara de un acto de venganza, del Toro no solo confeccionó la cinta de stop-motion más larga de la historia (casi dos horas), sino que reclutó como codirector al experto en animación Mark Gustafson, para hacer un trabajo artesanal que va por la línea de las obras de los estudios Laika (Coraline, Paranorman), pero sin recurrir al apoyo digital para cumplir sus objetivos, inspirándose en la belleza, la fealdad, el surrealismo, el espíritu iconoclasta y el sentido de lo absurdo, lo profano, lo siniestro y lo grotesco, de las obras de los maestros del stop-motion Jiri Trnka, Jan Svankmajer y los hermanos Bolex y Quay (sin dejar de lado a Wes Anderson y a Henry Selick), y con una atmósfera que parece extraída de los cuadros de Goya o de Bruegel.

El trabajo de voces de los actores es exquisito. La dulce voz de Ewan McGregor hace que el personaje del Pepito Grillo (aquí Sebastián J. Cricket) deje por fin de ser odioso. En el relato original, el grillo es aplastado por Pinocho. En la versión de Disney, es el narrador y parte integral de la historia. Del Toro toma lo mejor de ambos mundos.

El actor infantil Gregory Mann es estupendo dándole la voz tanto a Carlo como al muñeco de madera. David Bradley (Juego de Tronos) aporta su maravillosa voz para encarnar a Gepetto, quien aquí es un anciano alcohólico y amargo, que quiere transformar al muñeco de madera a la imagen y semejanza de su hijo Carlo, cuando los dos niños son muy diferentes. La gran Tilda Swinton encarna a las “hadas” de la vida y de la muerte, las cuales se alejan muchísimo del Hada Azul de las versiones anteriores, para convertirse en dos criaturas primigenias que proceden del bosque y con el aspecto de esfinges griegas, las cuales rompen con las representaciones tradicionales de los cuentos de hadas y del cine infantil, y que se asemejan a Pan (el intimidante ser que descubre la niña Ofelia en El laberinto del fauno)y al Ángel de la Muerte de Hellboy II.

Y no podemos dejar de lado a Christoph Waltz, quien interpreta al demoniaco Conde Volpe, el villano central de la cinta (una mezcla entre el Zorro y Mangiafuoco de la obra de Collodi); y a Cate Blanchett, gruñendo y chillando sin pronunciar palabra como el mono Spazzatura, asistente de Volpe (en reemplazo del gato bribón del cuento original). Ron Perlman (Hellboy), amigo y colaborador constante de del Toro, es Podesta, un hombre que recomienda adoctrinar a Pinocho de acuerdo con la doctrina fascista de Mussolini (Tom Kenny) y cuyo hijo Candlewick (Finn Wolfhard de Stranger Things), busca su amor y aprobación.

No todo es diferente con respecto a la adaptación de Disney. El score de Alexandre Desplat y los números musicales de esta cinta se presentan de una manera orgánica y llegan a ser bellos y encantadores en todo sentido.

A diferencia de Robert Zemeckis, George Lucas o James Cameron, quienes sucumbieron al aspecto tecnológico e industrial del cine, para olvidarse de la humanidad, la profundidad y la emoción que deben ser parte integral del séptimo arte, del Toro nos entrega una obra  colmada de detalles que medita sobre el concepto de familia, sobre el amor, la vida, la muerte, el absurdo de la guerra y especialmente, sobre la libertad y la anarquía. El final es arrebatador y nos recuerda tanto a Frankenstein de Mary Shelley como a El espíritu de la colmena de Víctor Erice, por no mencionar los toques de Buñuel que se encuentran a lo largo de toda la película. 

Esta es una verdadera obra maestra de del Toro, no como su sobrevalorada La forma del agua. Gracias a su versión de Pinocho, el cine ha recuperado su magia, sin importar que se aprecie en la oscuridad de una sala de cine con un buen balde de palomitas, o por medio de una plataforma de streaming en el calor del hogar con una buena taza de chocolate.