“No creo en las revoluciones, no creo en los cambios sociales. Solo creo en el individuo”, Pablo Carbonell, de Los Toreros Muertos

Una conversación sobre cuatro décadas de historia, música acuática, Pearl Jam, los Beatles, La Movida Madrileña, y el Opus Dei

Por  RICARDO DURÁN

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Pablo Carbonell, cabecilla de Los Toreros Muertos.

Fotografía por Emanuel Dal Molín

Carbonell es mucho más que el cantante de “una banda de rock chistoso”. Y a Los Toreros Muertos el rock siempre les quedó pequeño. En algún momento previo a esta entrevista, él describió al grupo casi como “una compañía de teatro”; las emisoras juveniles de los 80 nos pintaron una imagen muy superficial de los caballeros que cantaban sobre Pilar, la chica que no tenía bicicleta. Nos dejaron apenas el escándalo que entonces causaban algunas palabrotas en sus discos.

El cantante, además, no es solo cantante, y probablemente la voz no encarne el mejor de sus talentos, porque también ha sido mimo callejero, payaso, actor (en cine, teatro y televisión), guionista, presentador y periodista de variedades, director y escritor.

En 2016 publicó El mundo de la tarántula-Memorias, una autobiografía que arranca carcajadas y relata una vida envidiablemente libre. En 2019 presentó Pepita, y hace unos meses viene promocionando El nombre de los tontos está escrito en todas partes, una novela sobre “la conquista accidentada del estrellato de un buscavidas de clase obrera que nada tiene que perder”.

Hace unas semanas Los Toreros Muertos volvieron a pasar por Bogotá -¡sí, otra vez!- con el propósito de presentarse en lo que nunca fue el Jamming Festival, pero eso no impidió que Carbonell disfrutara a su paso por una ciudad que durante décadas los ha recibido con gran cariño. Esta fue nuestra conversación:

La música de ustedes llegó a Colombia hace unos 35 años, recuerdo especialmente el Concierto de Conciertos.

Sí, recuerdo todo. Además, el que yo lanzara mi sombrero al aire y me cayera en la cabeza fue ya el Apocalipsis. Creo que es un acontecimiento paramusical que tuvo muchas repercusiones [Risas]. 

Más allá de eso, ¿cómo recuerdas esa época de Los Toreros Muertos? También se vale preguntar: ¿la recuerdas?

Sí que la recuerdo, además, soy una persona que deja de beber durante un montón de tiempo; cuando mucha gente piensa que estoy muy loco, muy loco, en realidad lo que estoy es muy sobrio, muy sobrio. De verdad, recuerdo el primer año de gira con Los Toreros Muertos, que fue en el 87; cuando vi el volumen de trabajo, dije, “No puedo beber mientras dure la gira”. Teníamos 20 o 22 actuaciones que hicimos en agosto, 50 mil kilómetros en un mes, no sé. Dije, “No puedo beber alcohol”. 

Y ahí tenías 25 o 26 años…

En el año 87, 88, tenía 25 años. Con Los Toreros Muertos el local de ensayo era un bar donde nos dejaban tocar. De hecho, el bajista del grupo [Many Moure] era el dueño del bar; por lo menos en España, yo no conozco ningún grupo que se lo pase tan bien.

En todos estos años, con pausas, con ires y venires, con todo lo que has hecho por fuera individualmente, ¿qué han representado Los Toreros Muertos para ti?

Los Toreros Muertos han sido como una reafirmación muy fuerte de mí mismo. Sé que mucha gente pensará que les estoy tomando el pelo, porque yo soy un hombre muy tímido, y me había pasado la vida siendo compañero de un cómico o escribiendo chistes; en la época de La Movida, Pedro y Pablo, Pedro Reyes y yo, éramos payasos.

Me llevé el mundo del payaso, o quizá un poquito del rencor que podía tener actuando en sitios tan potentes como El Rockola, el rencor o las ganas de reírme de los grupos. Yo actuaba donde iban todos los grupos, todos los días los veía, y había cosas súper divertidas. Y yo les tenía un poco de envidia.

Cuando hice Los Toreros Muertos, concebí un grupo que se riera de los estilos del rock & roll, que se mofase de las estéticas obligatorias de cada grupo. A mí me gustaba ser ecléctico. Los Beatles son mi gran referente, escucho a los Beatles todos los días, pero a mí la radio se me rompió hace un montón de tiempo. Creo que he sido la última persona del mundo que ha descubierto a Pearl Jam, pero porque me los encontré en directo sin saber a quién iba a ver.

¿Y te gustó?

Me fascinó, porque de repente -sin entender ni papa de lo que decía- me pareció que el mensaje que transmitía, venía de una caverna donde el hombre había estado escondido cien años, y había adquirido una luz y una sabiduría que venía a transmitirle al mundo. Me pareció un profeta mágico… Profeta mágico no me gusta. Me pareció un iluminado.

Pero, ¿cuándo los descubriste?

¡Uy! Hace cuatro años. Ya te digo, he sido el último que ha descubierto a Pearl Jam [Risas]. 

Bueno, de los Beatles lo que más me gusta es el eclecticismo, que te hacen la mejor balada del mundo, como te hacen ‘Helter Skelter’, ¿no? Y ese no tener, digamos, un estilo, me encantaba, me encanta. De la misma manera, lo que más me gusta de Kubrick es que nunca hace la misma película, siempre está en un género diferente. Yo, que me considero poliédrico, tenía que hacer un grupo que lo mismo hiciéramos una salsa, un twist, o un pasodoble o un rock & roll, que nuestro primer disco se llamara 30 Años de Éxitos, y cada canción de su padre y de su madre. 

Fíjate que ahí hay una cosa, cuando hablas de todos esos géneros, ¿los Toreros Muertos han sido para ti un grupo cómico?

Desde luego, hemos sido un grupo que nos hemos burlado mucho de las poses del rock & roll. De todas maneras, yo tengo un alto concepto del humor. Creo que los sátiros son filósofos o idealistas deprimidos, y yo tengo mucho de sátiro. Aunque me sé divertir y me gusta mucho reírme, mi vida no se parece en nada a lo que la gente puede sospechar. Lo que más me gusta hacer es leer. La tele, llevo aquí dos días o tres en este hotel y no la he puesto nunca. 

Igual, tengo una tendencia a la pedantería, o tengo el vicio de la erudición, pero me encanta la historia, y todo el mundo pensará que estoy absolutamente todo el día de fiesta. Pero es curioso, cuando vi el documental de Rompan Todo, el tío más majara de todos, el que se comportaba en el escenario de la manera más extravagante, era el más juicioso. O sea, en realidad los locos son los más lúcidos, algo de eso hay.

Pero también hay una cosa en eso de tocar una salsa o un twist, y es que ese lado cómico para mucha gente impidió ver la música y esa versatilidad, ¿hasta qué punto esa arista del humor eclipsó lo otro?

No lo sé. Nuestro primer disco se arregló con los mejores músicos, incluso de música contemporánea, de jazz, que había en Madrid. Era un disco lleno de metales, de violines, de cosas, y casi ningún elemento digital.

Nuestro bajista Many, tocaba con una caja de ritmos en el sitio donde yo actuaba con Pedro Reyes, y lo mismo tocaba conmigo que con otros, hacia jam jessions en las que tenía que acompañar a todo tipo de gente. Incluso, un colombiano venía mucho por allí: Elkin, de Elkin & Nelson, al que directamente le jodí la carrera que él pensaba hacer en Europa. Yo creo que lo deprimí, pobrecito, y me caía muy bien, además. Pero no podía evitar subirme en el escenario a cantar cualquier gilipollez mientras el hombre estaba intentando defender su nuevo repertorio. 

Bueno, no sé, pienso en Les Luthiers, creo que la música no ha eclipsado que son unos grandes músicos y unos grandes cantantes. En nuestro caso, creo que eso era un poco secundario; la parte musical es un poco secundaria porque, en realidad, casi todo es una pose. Mostramos nuestro virtuosismo sobre todo con la puesta en escena, en dar verdad y sentido a unas letras que a priori son un disparate. Pero nos lanzamos a ellas como si fuesen el mensaje más trascendental que se le puede dar al público.

Todo es una gran tomadura de pelo, pero a esa conclusión llego si lo analizo. O sea, creo que ese Frankenstein deforme, hecho de cachos de influencias, tiene mucho que ver con cómo soy yo.

DESTACADO: “‘Mi Agüita Amarilla’, me da la posibilidad, como payaso que soy, de imitar al artista que da lo mejor de sí mismo al público; esas personas que están hechas de bondad y generosidad, que reciben los aplausos como diciendo, ‘Soy así, soy espléndido y comparto con vosotros lo mejor de mí’”

Sin embargo, en otras canciones ha habido un comentario social, de alguna manera, o está una canción como ‘Dejadme Llorar’, que tiene una poética muy potente…

‘Dejadme llorar, orillas del mar’ es de Góngora, y esa canción se me ocurrió porque hacía un número con Pedro Reyes en el que me tenía que quedar como un poste, y él hacía varios personajes que iban a molestarme, Pedro era muy gracioso y me hacía reír. Entonces empecé a cocinarla en mi cabeza, pensando que estaba delante del mar para concentrarme y no escucharle. Esa canción tiene recuerdos de Cadiz, mi ciudad, y ahí he metido cosas muy hermosas. 

Con ‘Mi Agüita Amarilla’ me estaba mofando de algo que a mí me parecía que se llamaba “música acuática”, después me enteré que Handel hizo algo de eso. Vi una banda en un sitio, y dije, “Esta gente hace música acuática”. ¿Cómo me puedo reír de la música acuática? Y pensé en el viaje de mis aguas menores. Esa fue la primera lectura. 

Luego me he dado cuenta de que ‘Mi Agüita Amarilla’, me da la posibilidad, como payaso que soy, de imitar al artista que da lo mejor de sí mismo al público, esas personas que están hechas de bondad y generosidad, que reciben los aplausos como diciendo, “Soy así, soy espléndido y comparto con vosotros lo mejor de mí” [Risas]. Es exactamente así como interpreto ahora ‘Mi Agüita Amarilla’, me parto de risa yo mismo, y el público también.

Pero, como te decía, también había algún comentario social, algún comentario sobre la realidad política, no tenía que ser panfletario, pero estaba ahí. 

Bueno, tenemos un par de canciones más o menos políticas. Una es ‘Soy Falangista’, y otra que sería el asalto al palacio presidencial [‘Bum Bum 1789’]. ‘Soy Falangista’ es una burla hacia la ultraderecha, los convertimos en boy scouts; hay una intención de quitarles importancia, de convertirlos en niños, en idiotas que están de campamento, ¿no? Y ciertamente ‘Bum Bum 1789’, la del asalto, lo mismo es un asalto que, yo qué sé… Piratas del Caribe

En realidad, soy una persona muy descreída; no creo en las revoluciones, no creo en los cambios sociales. Solo creo en el individuo. No voy a manifestaciones, y, de hecho, cuando estoy en el escenario digo, “Qué suerte tengo de no estar ahí, metido en esa masa”; ¡estoy quedando muy bien! [Risas]. En realidad, a mí la multitud me asusta.

Los Toreros Muertos.
Fotografía por Emanuel Dal Molín.

¿Qué pasa ahí con la corrección política?, porque si hoy lanzaras ‘Bum Bum 1789’, te cae el mundo encima.

Bueno, si me quieren llamar a declarar, ya les diré que -como te dije antes- es Piratas del Caribe, y sobre todo, que la mezquindad de los que asaltan el palacio es incluso superior a la de los aristócratas que están viviendo del pueblo o manteniendo el orden. Cuando digo, “Venga, voy a hacer una canción de rock radical”, en realidad me estoy riendo de los radicales. Yo intento quitarles importancia a las cosas; intento que la gente sea feliz, que se ría un poco de todo y no se obceque con las ideas.

¿Cómo crees que reaccionaría la gente si Los Toreros Muertos fueran una banda nueva joven que saliera hoy? Que saliera hoy a cantar -aunque fuera en broma- ‘Soy Falangista’ o ‘Yo no me llamo Javier’, que alguien podría interpretar como la historia un tipo que abandona a su hijo…

Ah, sí, claro, el otro día me di cuenta porque -ya te dije- no sé inglés, muy poco, y cantado sí no entiendo nada; ‘Billie Jean’ es también, “Este niño no es mío”, es de lo mismo y no me había dado cuenta. ¿Cómo reaccionaría? Sé que los chavales, cuando escuchan estas canciones se quedan un poco flipados por el uso de la libertad de expresión que gastábamos en los 80. No sé cómo se lo tomarían.

Les sorprende mucho que señores que podrían ser sus padres, salgan al escenario con la poca vergüenza con la que lo hacemos nosotros. Eso está muy bien. Y sé de algunos managers que les dicen a sus grupos, “Id a ver a esos tíos, por favor, y aprended de ellos cómo hay que estar en un escenario o cómo poder divertir”, porque hay mucha gente que se mete un palo en el culo y sale al escenario porque cree que esto es lo correcto.

A nosotros en general nos encanta reírnos de nosotros mismos. Hace poco en un concierto, el guitarrista llevaba una falda flamenca, yo llevaba un tutú y un sombrero de payaso, y no sé qué, y nos pintamos. Salimos hechos unos absolutos mamarrachos. Hay una cosa que me divierte, y no debería decirlo porque no va a querer tocar con nosotros ni su puta madre, pero cuando pones a un payaso y al lado un señor que se toma en serio a sí mismo, de quien te ríes es del que se toma en serio; tú pones a Los Toreros Muertos al lado de otros que se toman en serio, y te ríes de los otros [Risas].

Cuando salieron todo nos llegaba tarde; ustedes acá fueron fuertes dos años después de 30 Años de Éxitos; cuando los empezamos a ver, y sonaba con mucha fuerza el rock en español, lo que veíamos era que nos está llegando la post dictadura argentina y un poco el post franquismo, el destape, La Movida, y todo eso. ¿Cómo ubicas a Los Toreros Muertos entre todas esas cosas?

Ciertamente, hay gente que consideró erróneamente a La Movida como un movimiento de izquierdas; ¿de izquierdas? para nada. De izquierdas era lo que hubo antes, una reivindicación de la gente sin dinero que robaba a los ricos, incluso hubo un cine social en el que los chavales que no tenían oportunidades asaltaban bancos, y muchas personas marginales fueron encumbradas como héroes. 

Surgió el rock urbano, y eran chavales que tocaban con mucho virtuosismo la guitarra; eran unos solos interminables y unas canciones muy épicas, ese sí que era un movimiento de izquierdas. Fueron Ramoncín, Coz, Leño, Burning…

Ahora me decías que a Barón Rojo lo meterías en ese rock urbano, virtuoso…

Sí, [Canta] «Si he de escoger entre ellos y el rock, elegiré mi perdición». Había una mística del perdedor y tal, «¡Mi rollo es el rock!». Después estos pobres hombres, estos grandes músicos, son barridos por una pandilla de hedonistas que era La Movida. 

Digamos que La Movida fue un movimiento de los 80, Los Toreros Muertos salimos en el año 86. O sea que somos un poquito “tardomovideros”; yo en La Movida era payaso, y me lo pasé estupendamente. Alguna paletada sobre el féretro de La Movida le echamos Los Toreros Muertos.

La Movida también tenía mucho de glamour.

Había grupos muy glamourosos; sobre todo hubo un deseo de expresarse fuera de los márgenes políticos. Hubo grupos muy artísticos que encontraron posibilidades expresivas que en otro momento no hubieran podido desarrollar; estoy hablando, por ejemplo, de Derribos Arias, que es un grupo muy poco conocido. 

A mí me encantaba Nacha Pop, Gabinete Caligari, e iba a una tienda donde pedía que me grabaran un casete. Me compraba el casete, y allá me lo grababan por un dinero, “¿Qué te pongo en la cara B?”, y digo, “Lo que te dé la gana”. Me puso un grupo que se llamaba Derribos Arias, y no entendía absolutamente nada, “¿Por qué me habrán puesto esta porquería?”.

De repente un día, en vez de ir a darle al fast foward para volver a escuchar lo que quería, se dio la vuelta la cinta y escuché ese disco de cabo a rabo. Era un disco que no me obligaba a una escucha atenta porque las letras daban prácticamente igual. Con un sonido oscuro, un sentido del humor tan apabullante, y una libertad que dije, “¡Qué maravilla!”. 

No pasó nada con ellos, y creo que es lo mejor que dio La Movida: Derribos Arias. Búscalo, te va a sorprender muchísimo. Fuera de todos los parámetros comerciales, porque todos queríamos vender discos y tener éxitos; Derribos Arias estaban lanzados al vacío.

Barón Rojo vino acá en el 86, y ustedes llegaron dos años después. Por fuera de España, ¿en qué países tuvieron un impacto y siguen siendo bien acogidos Los Toreros Muertos?

¡Nosotros hemos tocado en Colombia, también hemos tocado en Colombia… y nos llaman mucho de Colombia [Risas]! Por otro lado, hemos tocado en Francia, en Puerto Rico, México y Ecuador, pero donde más hemos estado, en Colombia. Y creo que es una cuestión de amor, creo que hay un enamoramiento mutuo; ha habido un flechazo, ¿sabes?

DESTACADO: “‘Soy Falangista’ es una burla hacia la ultraderecha, los convertimos en boyscouts; hay una intención de quitarle esa importancia, de convertirlos en niños, en idiotas que están de campamento”.

Hoy sigue habiendo fiestas en Colombia en las que suena ‘Mi Agüita Amarilla’ y ‘Yo no me llamo Javier’. 

Sí, suponemos. Bueno, es que ustedes no tienen el espíritu iconoclasta que gastamos en España.

Claro, es obvio. Acá, en el 87, que los Hombres G dijeran “marica” era absolutamente desafiante. 

Sí, y “mamón”, ¿no?

Claro, todas esas cosas eran muy desafiantes en esa época. Hoy, decir “culo” acá sigue siendo una grosería.

La verdad es que las palabrotas no me molestan demasiado. Sé que destacan demasiado en los textos, y a lo mejor eclipsan lo que estás contando. Parafraseando a Frank Zappa -que ha sido el más obsceno de todos los músicos que he conocido-, no vi ningún caso de alguien que por decir palabrotas fuera una peor persona, más lujuriosa, o más viciosa. De todas maneras, intento cuidar el lenguaje porque ciertamente las palabras malsonantes eclipsan a las otras.

Ahora decías, con razón, que acá no tenemos ese espíritu iconoclasta, seguramente la música de ustedes para una generación se convirtió en un escape y una respuesta frente a lo que no podías decir…

Yo empecé a cantar en los bares donde actuaba con Pedro Reyes para que me pagaran las copas, para no tener que gastar dinero en alcohol. Y, además, para ligar; como los pajaritos que cantan también para ligar. Yo decía, “¿Dónde se me va a ver más en la discoteca? Subido en el escenario?, ¡pues allá voy!”. Si hay un cálculo en mi obra, lo tengo que analizar después. Es más, me he dado cuenta de que los dos primeros discos son improvisaciones, yo no tenía una idea preconcebida de lo que iba a cantar. Después lo he analizado, y me quedé muy sorprendido porque en un principio casi ni me entendía, he tenido que analizar mi subconsciente. Me he ahorrado un montón de dinero en psiquiatras, en psicólogos, con esta tarea.

Después de todo este tiempo, de todo lo que has hecho con el grupo y solo, ¿has llegado a alguna definición de lo que para ti significa el éxito?

El éxito es haber conseguido ser uno mismo en una industria que cada vez está más encorsetada. El éxito es estar haciendo tu trabajo sin pensar en que te lo van a pagar.

Hace tiempo te oí hablar sobre tu padre en una entrevista, y decías que era del Opus Dei, ¿qué pasa con el Opus Dei?

Ciertamente, hasta que mi padre no había muerto, yo negaba que el Opus Dei fuera una secta. Me parecía que era un sitio con gente muy divertida, agradable y tal. 

Mi padre ni siquiera pudo ver bailar a su nieta porque tenía que estar en misa a la misma hora en la que ella -que había estado cuatro años inmovilizada con escayolas- iba a bailar con la escuela de flamenco de Barbate.

Comprendí que la fe, que es tan frágil, lo tenía absolutamente encerrado. Él no podía permitirse un segundo de vida humana. Vivió en una nube, tocando la lira todo el tiempo. Necesitó esa evasión a pesar de tener una hermosa mujer y cinco hijos que hubiéramos podido disfrutarlo. Pues mi padre estuvo abducido por la fe, y yo -que la perdí- soy muy feliz sin fe.

A los que tienen fe, los veo felices dentro de una cosa que considero falta de curiosidad; estoy convencido de que esta mota de polvo le importa una mierda al universo [Risas]. Dilo como quieras. Una mierda, un carajo, le importa nada…