Mitski tuvo su ceremonia pop privada en su debut en Argentina

En su primera visita al país, la cantante norteamericana se lució en uno de los shows más destacados del festival Primavera en la Ciudad

Por  MARIANO DEL MAZO

noviembre 11, 2022

Ahí está: hermosa en su vestido blanco. Durante ochenta minutos desplegó un ritual oriental de un pop celestial, íntegro, que va del delicado gesto indie a la potencia del estribillo adhesivo. Vorterix es una caldera de miles de chicas y chicos en estado de beatlemanía permanente. Bailan, cantan todo -pero todo- el concierto con aullidos, silabean cada una de las lúcidas, melancólicas, letras. Adoran, veneran, aman a Mitski.

 ¿Quién es esta chica que vino con perfil subterráneo en la lista sábana del Primavera Sound? Nació como Mitsuki Miyawaki hace 32 años y es una estadounidense de madre japonesa que se reveló en el circuito universitario de la Costa Este. Durante la pandemia explotó en una escala todavía controlable, humana, a través de Tiktok. Sus canciones fueron el cobijo que encontraron cientos de miles de adolescentes en la peste. Hace diez años que viene sacando discos. Poco queda del debut de piano-woman de Lush, de 2012. Sus últimas producciones (la reciente Laurel Hell, pero sobre todo Be a Cowboy, de 2018) la pusieron un un sitio en el que parece no tener techo. Un territorio único que tiende un puente con sonidos de la década del 80, un cruce improbable entre Blondie y Björk, entre la experimentación de teclados y el bombo bailable.

Comenzó con “Love Me More”, una súplica que en Vorterix perdió sentido: era imposible que el público la amara más. Siguió con su derrotero poético que abunda en soledades, heridas y pérdidas. Esa fragilidad hace que no aparezca como una popstar lejana: todo lo contrario, la identificación es con una muchacha que en su mayor hit, “Nobody”, solo pide un beso: “Y yo sé que nadie me salvará/ Solo estoy pidiendo un beso/ Dame un buen beso de película/ Y todo va a estar bien”.

Lanza patadas y golpes de artes marciales al aire, es tigresa y gacela al mismo tiempo. Se desliza como un hada, se quiebra, abre los ojos como un animé, desarrolla inspiradas coreografías. Parece estar cantando en círculos, como sobre una cajita musical o en el laberino de un jardín japonés. Hace los temas que todos esperan: “Washing Machine Heart”, “Me and My Husband”, “First Love/Late Spring”, “Francis Forever”, “Stay Soft”, “I Bet On Losing Dogs”. Se muestra siempre vulnerable: “Yo siempre pensé que la elección era mía/Y tenía razón: pero elegí mal/ Comienzo el día mintiendo y lo termino con la verdad”, canta en “Working For The Knife”. Sobre el final mira al público, dice “gracias” en español, inclina su torso con la misma reverencia a modo de saludo que había hecho al inicio y se despide. Por sus venas fluye sangre oriental y se nota: lo de Vorterix no fue un recital, fue una ceremonia.

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