diciembre 19, 2022

Messi y la sufrida marcha del golazo colectivo hacia la Copa

Lionel Messi logró al fin su ansiado campeonato con la selección argentina. Pero la "mejor final de todos los mundiales" se había empezado a jugar varias semanas antes.

Por  DANIEL FLORES

Lionel Messi, en el cielo, con su trofeo, en el estadio Lusail

AP/Martin Meissner

Primero hay que saber sufrir. Después, toca seguir sufriendo. Y entonces mejor estar listos para sufrir un poco más, porque todavía faltan unos cuantos minutos. “Estamos hechos para esto”, dijo Lionel Scaloni, el domingo, post-show, cuando cualquier cosa que dijera sería certera y sagrada. Sus palabras deberían grabarse en el Obelisco, donde en este minuto la gente grita y baila y salta y lo olvida todo; también el sufrimiento.

Foto: Kirill Kudryavtsev / AFP

¿Qué decir de aquello sobre lo que se dirá tanto durante las próximas décadas? En este instante, cuando la banda de sonido de Buenos Aires es un loop sostenido de estallidos y bocinazos, se acumulan también los análisis, los posteos, las declaraciones, los memes y los cantos. Las risas y las lágrimas (superpuestas en las mismas caras). Pronto vendrán los documentales, los libros, ¿las series?, los homenajes y las canciones; aunque hubo una que se les adelantó a todas. También los paralelos entre el juego más popular y las sociedades, acomodados y forzados a gusto y conveniencia para sostener con idéntica seguridad las ideas más discordantes (olvídense de que Lionel Messi se lleve una sola mano a la oreja por nada de eso).

Mientras en algún taller del conurbano se apuran las camisetas con tres estrellas y quién dice también las capas negras a lo Mago de Rosario coronado Rey del Fútbol, empezó a instalarse, hasta en las antípodas del planeta –por fuentes insospechables de emoción extrema–, una idea potente: acabamos de ver la mejor final de todos los mundiales.

¿Argumentos? Imposible razonar, más allá del feed de imágenes aún en procesamiento, registradas hace un rato: dos escuadras campeonas mundiales en busca de su respectiva tercera copa; Messi, en el desenlace de lo que se presagiaba como “su” Mundial; las sacudidas emocionales del partido, desde el extendido dominio albiceleste hasta la remontada francesa; el desatado duelo de goles Messi-Mbappé; los nuevos y desconcertantes timonazos de la suerte en el alargue y los estremecedores penales. ¿Todo eso en un solo juego? No, mucho más.

Pero la epicidad de este partido, particularmente para Argentina, se había empezado a construir un mes antes, el 22 de noviembre, en la derrota contra Arabia Saudita; extraña paradoja, porque de algún modo fue el arranque ideal… en términos dramáticos. ¿De qué otra cosa hablamos, si no, cuando hablamos de fútbol?

Después, el “Muchachos”. Una especie de halo de destino manifiesto en torno al equipo argentino. Las cábalas. La atropellada caótica y estética de Julián Álvarez para el segundo gol a Croacia. Bangladesh. Las coincidencias y los augurios. La fiebre del camello. Las anécdotas locas de hinchas argentinos en territorio qatarí. Un Messi en modo tan maradoniano que empieza a entregar frases para imprimir en remeras. Mike Patton cantando la de “la Abuela” en el Teatro de Flores…

Pero podemos tomar todavía un poco más de carrera. Para Rolling Stone Argentina, Qatar había comenzado a mediados de octubre, cuando apostamos por Rodrigo de Paul para ilustrar la tapa de la edición mundialista de noviembre. Vamos a confesarlo de una vez: casi nos descolocó que el 7, relajado, nos abriera las puertas de su hogar madrileño justo antes de viajar a Doha para concentrarse con sus compañeros.

En el centro de un torbellino mediático indeseado -y hoy inexcusablemente pueril-, De Paul rompía el silencio para hablar con un medio argentino no especializado en deportes. Tenía algo trascendente para decir. Y lo dijo y lo subrayó, para que todos lo supieran: “Tenemos que ayudar para que Messi gane este mundial simplemente porque sería algo muy merecido. Y es lo que deseamos todos a los que nos gusta el fútbol, ¿no?”, explicó De Paul en la entrevista, antes de tomarse un último mate, sin dejar de mirar fijo al cronista. Había una sutileza clave en la elección de esos términos: la primera persona no aludía al jugador ni al hincha de la Selección. Se refería a los muchos a los que «les gusta el fútbol». Y así la marcha hacia la mejor final de todos los mundiales acababa de empezar.

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