María Elisa Camargo es una actriz y cantante ecuatoriana con una carrera que abarca telenovelas, cine y doblaje en videojuegos. Inició su camino en la música participando en El Factor X en Colombia, lo que la llevó a su primer papel en televisión en Floricienta. Rápidamente consolidó su carrera en Latinoamérica con telenovelas como La marca del deseo y Verano de Amor, dando el salto a México. En Televisa destacó en Hasta que el dinero nos separe y Llena de amor.
Bilingüe y con formación en canto, equitación y artes marciales, su protagonismo creció en Telemundo con En otra piel y Bajo el mismo cielo. En 2017, impresionó con su interpretación de la cantante Patricia Teherán en la serie biográfica Tarde lo conocí. Luego protagonizó El Barón, MalaYerba, A grito herido y Escupiré sobre sus tumbas y debutó en Hollywood con una participación en Warrior, serie de Max inspirada en los escritos de Bruce Lee. En 2022, expandió su carrera al mundo de los videojuegos, interpretando a Valeria Garza en Call of Duty: Modern Warfare II. También ha trabajado en cine con títulos como Volando bajo, Traslúcido y Los Leones.
María Elisa sigue explorando nuevos proyectos en Los Ángeles, reafirmando su versatilidad y talento en la industria del entretenimiento. Estuvimos con ella conversando sobre su profesión y los retos a los que se enfrenta constantemente.

SOBRE EL “BICHITO” DE LA ACTUACIÓN Y EL CANTO
Tu carrera va desde la música pasando por la actuación, series, telenovelas, películas. ¿Qué te motivó a incursionar en este mundo y cómo ha evolucionado esa pasión a lo largo de los años?
Yo creo que lo primero que me motivó, el primer “bichito” que se me despertó fue sin duda el de la actuación, pero desde el entretener. Siempre he querido entretener desde muy pequeña en la casa de la playa. Yo soy ecuatoriana, mi papá es constructor en Guayaquil. En Salinas, a una hora de Guayaquil, teníamos una casa que separaba una cortina, el espacio del cuarto de los papás versus el de los niños. Y yo usaba mucho esa cortina para inventarme obras de teatro. Tenía 6, 7 años, qué sé yo, con mis amiguitos, y cobrábamos con dulces. Siempre había un asunto mío de querer cobrar algo, de querer obtener un beneficio, de querer ser independiente. Eso creo que es algo que lo tengo innato, pero que además fue un poquito empujado y motivado por mis papás.
La parte artística específicamente empezó, yo creo que de muy pequeña haciendo espectáculos que incluían la música y la actuación. Creo que eran ambas cosas, porque hacíamos coreografías musicales de Los Sacados, inventábamos guiones, todo esto en lo más básico e instintivo. En realidad yo no había obtenido ningún tipo de información distinta a la televisión, ya que no había hecho ningún curso.
Luego más adelante, mis papás me obligaron, muy cordialmente por cierto, a tomar cursos en las vacaciones… porque en Ecuador las vacaciones no son verano e invierno, sino un bloque completo de 4 meses. “Niña, no te vas a quedar aquí viendo a ver qué haces y jugando, haz algo: puede ser manualidades, puede ser bailar, puede ser patinar… ¿o qué quieres?”. Y desde ahí de una vez les respondí “actuar”. Tendría unos 10 u 11 años, cuando estaba realizando cursos de actuación en el Teatro Centro de Arte en Ecuador.
Desde ahí me empezó a picar el “bichito” del canto. Lo que pasa es que siempre me dio más inseguridad. En realidad no era que me sintiera sin las herramientas necesarias. Ahora ya lo sé: me quedo ronca cuando canto mucho, yo creo que tengo un nódulo… pero en ese momento era más un tema de sentirme más segura actuando en público que cantando. No quiero decir que el canto no sea algo que me apasione al igual que la actuación… Desde pequeña fui muy melómana dentro de mi falta de cultura musical.
Mi referente eran los discos de Now That’s What I Call Music, que me encantaban. Yo tenía todos esos. Mis primeros discos fueron de Nirvana, Guns N’ Roses, Los Sacados, Ace of Base… Ese fue el soundtrack de mi vida. Sin embargo, nunca vi el canto como una carrera, hasta que me fui a Colombia, si te soy honesta. Porque Colombia tiene significativamente una industria musical con mayores oportunidades.
Los “bichitos” de la actuación y el canto empezaron en las presentaciones que hacía, luego en las clases que tomaba… Bueno, para contestar la pregunta y no extenderme tanto, ahí empezó, y fue más actoral que musical. Sin embargo, mi pasión por la música, más allá de cantarla, tiene que ver con sentirla, que me atravesara cada experiencia de mi vida.

SOBRE EL ENTRETENIMIENTO
Me decías que el “bichito” que te enamoró de la actuación y del canto tiene que ver con el entretener. Y aunque yo defiendo el término entretener, he visto que muchos lo toman de una manera peyorativa, como “ah, esto es entretenimiento” y lo utilizan para referirse a algo netamente comercial, con poca categoría. Quisiera que defendieras el término. Para ti, ¿qué es entretener y por qué es importante?
Interesante pregunta. Para mí, entretener es la capacidad de lograr con mi arte sacar de la realidad al espectador. Es lo que me pasa a mí cuando soy espectadora. No hay nada que me encante más, que me provea más magia, que estar en un cine. Más que en casa, estar en una sala de cine. Es por eso por lo que el cine es tan inmersivo e importante. Tenemos que volver al cine, Dios mío. Estar en una sala viendo una película que me pone en un estado casi meditativo porque es tan entretenida, que no me permite estar en ningún lugar diferente al presente. Eso es lo que busco con mi arte, con mis herramientas, con mi actuación, mi ejecución… sea bailar, actuar, lo que sea… llevar a un estado de trance, de olvidarte de tus problemas, de transformarte y de crear una experiencia inmersiva, eso para mí es mágico.
Es algo casi espiritual. Si estoy en una experiencia inmersiva, es porque estoy presente, en una burbuja casi paralela a la realidad. Sé que suena muy rimbombante, pero esa es mi verdadera experiencia del arte cuando es bueno. Por eso el cine, el teatro, todas estas experiencias inmersivas… Vas a Nueva York y te encuentras con un teatro en el que participas, vas a Sleep No More y eres parte, te ponen una máscara y te halan. Todo lo que logra encerrarme en esta dimensión paralela, en la que estoy tan contagiada que me olvido de mi realidad por un momento, y de repente me sacudo y vuelvo a estar en esta dimensión… Salir de ahí un ratito, eso es entretenimiento exquisito. Y eso es lo que trato de proveer.
Eso también aplica a la televisión. Si logro que las familias se peguen a la pantalla, se olviden por un momento de sus problemas cotidianos y se sientan contagiados de la magia de esa realidad paralela, ya triunfé en entretener.
He trabajado en series musicales y producciones como A grito Herido, que diría, fue la primera en Latinoamérica con un estilo muy similar a Glee o a la película La La Land, en la que las escenas se transformaban en canciones. Incluso en mi más reciente proyecto, Escupiré sobre sus tumbas, tuve la oportunidad de interpretar el tema principal, que en este momento se ha vuelto tendencia.
Para mí, cualquier espacio donde pueda mostrar ambas facetas, la actoral y la musical, es una oportunidad maravillosa. Es una fusión que me resulta fascinante. Además, si con mi trabajo en televisión logro que las familias se reúnan, se olviden por un momento de sus problemas y se sumerjan en esa magia de una realidad paralela, siento que he cumplido mi propósito como artista.
Pensando en esto, recuerdo lo que decía el crítico Roger Ebert: “Las mejores películas y series nos hacen olvidar que estamos viendo una película o una serie”. Nos absorben de tal manera que nos transformamos dentro de su universo. A eso se le denomina arte inmersivo y como dices tú, es pura magia.
¡Completamente de acuerdo!

SOBRE LA TRANSFORMACIÓN
Ahora bien, tú mencionas la transformación, que considero la han experimentado todos los actores a la hora de interpretar a sus personajes. Quisiera que me hablaras sobre la experiencia de encarnar a la compositora y cantante Patricia Teherán en Tarde lo conocí…
Fue un reto enorme para mí interpretar a Patricia. Fue la responsabilidad más grande de mi carrera. Nunca había interpretado a alguien que realmente existió, que se convirtió en una leyenda y que ya había cautivado a su público. Además, Patricia ya no estaba viva para defenderse, orientarme o darme su opinión. Fue un proceso muy delicado, especialmente porque trabajé con su hijo, quien era apenas un bebé cuando ella falleció y no tenía recuerdos propios de su madre.
El desafío iba más allá de simplemente entretener; se trataba de honrar su historia. Cuando interpretas a un personaje de ficción, tienes una mayor libertad creativa, pero cuando das vida a alguien que existió, la responsabilidad es enorme, sobre todo considerando la escasez de material de referencia. En los años 80, lo que más se encuentra son videos borrosos de Betamax y VHS, entrevistas donde ella aparece muy formal, pero casi nada que muestre su vida cotidiana.
Para prepararme, fui con Mimi Anaya, que interpretó a la acordeonera Caya Quiroz y con Yanina, que era la guacharaquera, hasta su barrio, Nuevo Bosque, y grabé horas de conversaciones con familiares, amigos, ex novios y compañeros. Junto con el equipo, construimos una imagen lo más fiel posible a lo que ella fue. Además, tuvimos casi dos meses de preparación con Klych López, el director, donde realizamos ejercicios como el cuarto oscuro, que consistía en privarnos de estímulos visuales y enfocarnos únicamente en el sonido. Este método me ayudó muchísimo a trabajar desde lo auditivo, lo musical y, por supuesto, a perfeccionar el acento, que fue otro reto enorme.
Es curioso cómo la gente se enfoca en detalles como el acento y pueden llegar a desconectarse de una historia solo por eso. Mira lo que sucedió con Medusa. Yo entiendo la importancia de la representación, pero también creo en la capacidad del actor para transformarse. Mira a Óscar Jaenada, un español encarnando a Cantinflas, a Timothée Chalamet haciendo de Bob Dylan… La actuación es justamente eso: transformación.
Yo estoy convencida de que, si me das una caracterización bien definida y los elementos clave del personaje, puedo llevar cualquier interpretación adelante. De verdad, me entrego al proceso y estudio a fondo. Ahorita, por ejemplo, me tocó asumir el reto de interpretar a una mujer de Mississippi, algo completamente fuera de mi zona de confort. Pero lejos de intimidarme, lo veo como una oportunidad para ampliar mis herramientas y crecer como actriz.
El caso de Patricia fue especialmente complejo porque su familia quería que se contara solo una parte de la historia, no toda. Fue un proceso de manejo delicado, un poco como lo que pasó con Freddie Mercury en Bohemian Rhapsody: la película resultó muy bonita, pero no contó todo. Aun así, dentro de lo que nos permitieron narrar, mi objetivo siempre fue que la esencia de Patricia estuviera intacta. Tal vez no se pudieron tocar ciertos temas porque aún no estamos listos para hablar de ellos como sociedad, pero lo importante era que su espíritu, su legado, quedara reflejado en la historia.
Es decir que para ti, un actor debe encontrar siempre la verdad del personaje y encarnarlo con honestidad. Y cuando interpretas a alguien que realmente existió, que sigue vivo en la memoria colectiva, el nivel de responsabilidad se multiplica. Ya no se trata solo de un trabajo de imaginación y construcción con el director, sino de un ejercicio de investigación profunda basado en hechos reales.
Para mí, este proceso fue un despertar. No puedes depender únicamente de lo que te da la producción; tienes que ir más allá. A mí me facilitaron información valiosa, pero no hay nada como ir a los lugares, sentir el ambiente, escuchar las historias de quienes la conocieron. Aunque la recreamos en Carmen de Apicalá, tuve la oportunidad de viajar a Cartagena y recorrer el barrio donde Patricia creció. Eso, sumado a las horas de entrevistas que realicé, me ayudó a construir su verdad con mayor profundidad.
Y luego está la verdad musical, que es un universo aparte. Patricia cantaba desde un lugar muy genuino, le hablaba directamente al hombre de una manera que rompía con su época. Era una mujer adelantada a su tiempo, con un sello inconfundible. Encontrar su corporalidad, su esencia artística, su timbre característico, fue un reto enorme, pero también la experiencia más enriquecedora de mi vida.
Un aspecto clave fue que todas las presentaciones se grabaron en vivo. Eso es algo que rara vez ocurre en este tipo de producciones. Lo común es grabar en estudio y luego sincronizar la voz en escena, pero aquí tuve que salir del set y prepararme como si fuera a dar un concierto real. Imagínate el nivel de inmersión: si un día estaba ronca, Patricia también lo estaba, porque ella no era precisamente una santa y seguro más de una vez subió al escenario con la voz afectada. Todo esto hizo que la experiencia fuera aún más exigente, pero también más auténtica.

SOBRE LA INMERSIÓN
Ahora, con respecto a los videojuegos…
Call Of Duty. ¡Eso sí que es un viaje! Porque la inmersión depende absolutamente de la imaginación, casi con la inocencia infantil de visualizar un mundo entero donde no hay nada tangible. El proceso empieza como cualquier otro, con una audición tradicional. Pero una vez que obtienes el papel, la interpretación sucede en un espacio completamente vacío, como en mi caso, una cancha de baloncesto desierta. Allí, con apenas unas marcas en el suelo, una caja y un palo como referencia, debes imaginarlo todo: el entorno, la temperatura, la situación emocional. Un día estás congelándote, pero debes actuar como si estuvieras sudando en una bodega en Tijuana.
No sabes cómo se verá tu personaje, lo que elimina una base clave: la imagen. En lugar de vestuario y maquillaje, llevas un traje de neopreno con sensores, un casco y una cámara montada en la cara que dispara flashes constantes. No hay decorados, ni utilería real. En la televisión y el cine, al menos cuentas con escenarios que te ayudan a sentir el ambiente. Aquí, solo hay vacío y tu imaginación.
Las interacciones con otros actores se vuelven un reto porque los equipos de captura de movimiento pueden chocar. Si tienes que sacar un arma, en realidad es un velcro con una pistola de utilería. La corporalidad debe ser exacta porque el software captura hasta el más mínimo gesto. Fue intimidante, sobre todo en mi primera escena, donde debía dominar a un grupo de actores enormes con mi presencia y actitud, no con la fuerza física. Requirió volver a la imaginación infantil, donde un niño realmente cree que una caja es un barco o que una sombra es un monstruo.
Después de varios años en esto, ha sido un proceso de aprendizaje completamente nuevo. No se trata solo de actuar, sino de crear una realidad de la nada. Es fascinante, porque la inmersión no viene de los elementos externos, sino de tu capacidad de visualizar y hacer que otros crean en ello también.

SOBRE EL TEATRO
María Elisa, has hablado sobre música, cine, televisión y videojuegos. ¿Qué hay de las tablas?
Sobre el teatro tengo que decirte que a nivel profesional, no. Y me da vergüenza admitirlo, porque en mi carrera, con tantos años de experiencia, debería haberle hecho un espacio. El teatro es la verdadera prueba de amor al arte, porque requiere detenerse, comprometerse por completo. En mi caso, he diversificado mi carrera viajando y explorando distintas industrias: de Ecuador a Colombia, luego México, Miami, Los Ángeles… Siempre buscando qué más hay. Eso ha hecho mi camino muy interesante, pero me ha mantenido en constante movimiento.
El teatro exige quedarse, establecerse en un solo lugar por un tiempo. En su momento, pasé de las novelas largas a series más cortas y a películas que se hacen en pocos meses. Me acostumbré a ese ritmo y perdí de vista el desafío del teatro en vivo. Y es irónico, porque toda mi formación actoral fue en teatro, en el Teatro Centro de Arte de Guayaquil. Mis graduaciones eran obras de teatro; incluso interpreté a Mowgli cuando era una niña.
Ahora siento que es algo que tengo que hacer. Me aterra la mediocridad, el fallar en algo nuevo cuando ya me siento cómoda en lo que hago. Pero también sé que enfrentar ese miedo es lo que me hará crecer. Quiero escribir guiones, hacer música propia y, definitivamente, subirme a un escenario teatral. No lo he hecho antes por excusas, pero ya no más. Este año o el próximo será el momento. Nunca es tarde. Si actores consolidados en el cine como Hugh Jackman o incluso directores como Tarantino están explorando el teatro, ¿por qué no hacerlo yo? Es mi origen actoral, y es hora de llevarlo a un público grande. Lo voy a hacer.

SOBRE LA PERCEPCIÓN DE LA REALIDAD
Ahora, tú sabes que soy psicólogo y quiero preguntarte desde esa perspectiva. Trabajaste en MalaYerba, una producción que abordó un tema complejo sobre la realidad del cannabis en Colombia. ¿Cómo has percibido la evolución de la narrativa sobre el cannabis desde tu experiencia como actriz y como parte de ese proyecto?
Siento que, si bien se han dado avances, no han sido tan grandes como deberían. Se han aprobado algunas leyes que protegen el tema, pero la corrupción sigue obstaculizando el acceso y la regulación. En lo personal, antes consumía más, ahora mucho menos, pero aun así, he sido testigo de los beneficios terapéuticos del cannabis.
Por ejemplo, aquí en Medellín, donde estoy ahora, cultivábamos aceite de cannabis y veíamos cómo ayudaba a tratar inflamaciones severas, problemas emocionales y físicos. La gente que lo usaba volvía por más porque realmente funcionaba. Siempre he sido una defensora de su uso medicinal, aunque todavía falta mucho camino por recorrer, especialmente desde el punto de vista psicológico.
MalaYerba fue hace unos cuatro o cinco años y, desde entonces, la conversación ha evolucionado bastante. Ahora se habla de la ketamina como terapia psicológica, del MDMA como herramienta para la terapia de parejas y del uso de psicodélicos para tratar el estrés postraumático o enfermedades terminales. En ese contexto, la percepción sobre el cannabis también ha cambiado. Antes se lo veía como “una droga peligrosa”, pero hoy, quien sigue pensando así se queda atrás en la discusión.
Vivo en Los Ángeles, donde el tema está mucho más normalizado. Allí hay dispensarios que parecen Apple Stores, donde encuentras cannabis para dormir, aliviar dolores musculares o tratar epilepsia. Es una planta sagrada con propiedades médicas innegables. Sin embargo, sí creo que aún falta entender su uso recreativo con responsabilidad. Como cualquier tecnología, depende de cómo se use. El fuego puede cocinar alimentos o destruir una casa; el cannabis, si se usa mal, puede afectar la productividad y generar adicciones. Todo depende del conocimiento y la educación sobre su consumo.
Eso me recuerda la frase del alquimista Paracelso: “No hay venenos, solo dosis”.
Estoy de acuerdo con la frase. En mi caso, afortunadamente no tengo una personalidad adictiva, salvo por el azúcar, que es una de las sustancias más peligrosas y normalizadas. A lo largo de la historia, incluso los animales han buscado experiencias estimulantes en la naturaleza. Es algo intrínseco a nuestra condición.
Siento que la clave está en la educación. Debería enseñarse desde el colegio cómo manejar las finanzas, la salud mental y la salud sexual. Estas cuestiones antes eran tabú, pero ahora deberían ser parte del currículo. La gente debe aprender sobre dosis en lugar de satanizar sustancias. Por eso valoro iniciativas como “Échele Cabeza” en Bogotá, que abren espacios de información y reducción de daños.
He vivido en Ciudad de México, viajo con frecuencia a Nueva York y resido en Los Ángeles, y me sorprende que en estas grandes ciudades no existan sistemas tan avanzados como en Bogotá. La prohibición no funciona. En lugar de restringir, se debería verificar la calidad de las sustancias y regular su uso para evitar tragedias. Mientras tanto, hay que seguir descriminalizando el tema. Mis propios padres, por ejemplo, han cambiado su perspectiva al ver mi experiencia y la información disponible. Antes, la propaganda de Nixon o Reagan promovía la satanización de las drogas. Hoy, los estudios muestran que el alcohol y el cigarrillo, sustancias legales, son mucho más perjudiciales.
Yo también lo percibo así. Además, creo que el ser humano siempre busca explorar otras realidades. Por eso existen el cine, la televisión y los videojuegos.
Totalmente. Necesitamos estimulación, sin importar nuestra condición social o económica. Todos tenemos carencias y buscamos escapar de alguna manera. Nuestro cerebro se acostumbra rápidamente a la rutina, y el arte y las experiencias inmersivas nos ayudan a romper esa monotonía.
Fue un placer conversar contigo.
Lo mismo digo, amor. Gracias por el espacio.
Nos quedaron muchos temas pendientes, como tu trabajo en el mercado anglosajón, pero ya habrá oportunidad.
Yo lo veo así: perseguir un sueño significa exponerse al fracaso una y mil veces. Cada “no” que recibo me acerca más al “sí”. Esta película de Hollywood me costó 1,500 rechazos, pero así es el camino. Hay que insistir hasta que pase. Ese era mi mantra: “hasta que pase”
Entretener no es una mala palabra y ¿sabes qué otra tampoco lo es?: terquedad. Hay que ser tercos en la vida.
Totalmente. A mí nadie me va a decir que no. Si me dicen que no, pues venga y le demuestro lo contrario.


