Masacre en Texas

Leatherface, el asesino en serie amante de las sierras eléctricas y de las máscaras hechas con piel humana, regresa para un tercer intento de secuela del clásico original de 1974

David Blue García 

/ Sarah Yarkin, Elsie Fisher, Mark Burnham, Jacob Latimore

Por  ANDRÉ DIDYME-DÔME

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Cortesía de Netflix

Aunque muchos afirman que la película Halloween fue el primer slasher (subgénero del cine de terror donde un grupo de adolescentes son asesinados brutal y sistemáticamente por un asesino enmascarado), lo cierto es que cuatro años antes del estreno de la cinta de John Carpenter, se presentó en las salas de cine Masacre en Texas, una película que se ajusta todas las características del slasher y que se convirtió en una de las cintas más aterradoras de todos los tiempos.

Inspirada en los crímenes reales cometidos por el asesino en serie Ed Gein, la obra de Tobe Hooper acerca de una familia de caníbales, fue también la inspiración para Alien de Ridley Scott y La casa de los 1000 cadáveres de Rob Zombie. El éxito de la cinta (y luego de los slashers derivados de ella como Halloween y Viernes 13), llevó a Hooper a dirigir en 1986 una secuela, cuyo énfasis estaba en el humor negro y la ultra violencia, pero que no llegaría a alcanzar el paroxismo logrado con la obra original (Hooper dirigiría en 1982 Poltergeist, otro inolvidable clásico del terror, antes de dejar este mundo en el 2017).

El éxito tardío de la secuela en el mercado del vídeo casero, llevó a una tercera parte en 1990, esta vez dirigida por Jeff Burr, especialista en secuelas de terror (El padrastro II, Pumpkinhead 2, Puppet Master 4 y 5). Su película alcanzaría a superar en calidad a la cinta anterior, pero es, en últimas, un producto mediocre. Cinco años más tarde, llega a las salas Masacre en Texas: La nueva generación, dirigida por Kim Henikel, una cinta terrible cuya única virtud consistió en tener como protagonistas a unos jóvenes Matthew McConaughey y Renée Zellweger, antes de convertirse en unos respetados actores ganadores del Óscar.

La fiebre de los reboots de las franquicias de terror a comienzos del siglo XXI, fue la causante de una nueva versión del clásico de Hooper en el 2003, esta vez con un mayor presupuesto, la dirección de Marcus Nispel y la producción de Michael Bay, ambos veteranos en la producción de videos musicales. El resultado fue una película exitosa y con una fotografía elegante, pero tan decepcionante como las tres secuelas anteriores. De este reboot surge la precuela del 2006, dirigida por Jonathan Liebesman y también producida por Bay, con mucha sangre, pero muy poca alma.

En el 2013 llega la peor de todas, esta vez en 3D y dirigida por John Luessenhop, que buscaba ignorar las partes 2,3 y 4 y ser una secuela directa de la cinta original de 1974. Sus huecos argumentales y la idea de convertir en una especie de antihéroe a Leatherface (el asesino de la sierra eléctrica que usa una máscara de piel humana), la convierten en un producto desastroso.

Leatherface del 2017, dirigida por Julien Maury y Alexandre Bustillo, es la octava película de la franquicia, e intentó explicar el origen del miembro más popular de la familia de caníbales. Aunque buscaba ser una precuela de la cinta original y de la versión en 3D, y pese a que contaba con unas buenas actuaciones de Stephen Dorff y Lili Taylor como protagonistas, en realidad lo que hizo esta entrega fue ayudar a enfatizar en la terrible decadencia a la que había llegado la serie de Masacre en Texas. 

Ahora, en pleno auge de las “recuelas” (término utilizado en la última entrega de Scream para referirse a las secuelas que son al mismo tiempo remakes), llega a Netflix la novena película de Masacre en Texas, la cual mantiene el título de la cinta original (requisito fundamental de las “recuelas”).

La segunda película del director David Blue García (luego de la cinta de suspenso Tejano), parte de un guion escrito por los uruguayos Fede Álvarez y Rodo Sayagués (los artífices de las maravillosas No respires y de la espeluznante “recuela” de Evil Dead), junto a Chris Thomas Devlin, que cuenta los sangrientos sucesos que transcurren cincuenta años después de los eventos de la cinta original (sí señores, esta es el tercer intento de hacer una segunda parte del clásico de Hooper).

Copiando el concepto de la “recuela” de Candyman, pero de un modo menos efectivo, nuestros protagonistas son cuatro jóvenes prestantes, que llegan al poblado de Harlow, Texas, con el propósito de llevar a cabo un proceso de gentrificación (es decir, comprar el deteriorado y decadente pueblo fantasma, para vendérselo a otros jóvenes con dinero y convertirlo en una ciudadela centennial del siglo XXI). 

Los jóvenes en cuestión son Dante (Jacob Latimore), un chef afroamericano; su novia Ruth (Nell Hudson); Melody (Sarah Yarkin); y su hermana Lila (Elsie Fisher), una chica traumatizada y sobreviviente de un tiroteo escolar. Solo tres personas siguen viviendo en Harlow: el rudo mecánico Richter (Moe Dunford), una anciana (Alice Krige) y su misterioso hijo adoptivo (Mark Burnham).

La anciana dueña de una de las casas en ruinas, entra en conflicto con los jóvenes gentrificadores por tener izada una bandera confederada, por hacer comentarios racistas y por negarse a abandonar su hogar, el cual antes era un orfanato y que, según ella, sigue siendo de su propiedad.

Cuando la mujer es obligada a abandonar el predio por la policía, cae enferma y el misterioso y fornido hombre que vive con ella, la acompaña al hospital en compañía de la policía y Ruth. ¿Adivinen quién es el hombre que la anciana acogió en su hogar? Una pista: le gustan las máscaras de piel humana y las sierras eléctricas.

La nueva Masacre en Texas es absolutamente predecible y le falta el suspenso que Álvarez y sayagués le imprimieron a las cintas dirigidas por ellos mismos. Pero lo que sí posee es un espíritu salvaje, agreste, sucio y políticamente correcto, que los fanáticos del cine de terror de la vieja escuela sabrán apreciar mucho. El momento en el que uno de los jóvenes gentrifricadores amenaza a Leatherface con cancelarlo por las redes sociales grabándolo con su teléfono celular, recupera con creces el humor negro de las películas originales y es tremendamente catártico cuando el asesino en serie de la sierra eléctrica responde a las amenazas, como bien lo sabe hacer.

Esta “recuela” intenta adoptar la crítica social de la nueva Candyman, pero no lo logra. Trata de ser fiel a la obra original, como lo fue la nueva Scream, pero fracasa en el intento. Y al igual que lo hicieron Scream con Sidney Prescott (Neve Campbell) y Gale Weathers (Courtney Cox); así como las dos nuevas entregas de Halloween con Laurie Strode (Jamie Lee Curtis), se resucita a la final girl de Masacre en Texas para convertirla en la némesis empoderada del asesino (Olwen Fouéré encarnando a Sally Hardesty, la sobreviviente de la primera masacre, quien fuera interpretada en 1974 por la actriz Marilyn Burns, quien falleció en el 2014).  Esta intención también termina siendo decepcionante. 

Sin embargo, hay que reconocer que este slasher no corresponde al “terror elevado” de La bruja, The Babadook, Hereditary o Midsommar (el término también viene de la “recuela” de Scream). Aceptar esto significa entender que lo que quieren los espectadores de este tipo de películas es sangre y tripas. La nueva Masacre en Texas, con todas sus fallas, les da a los fanáticos lo que desean… y en grandes dosis.