febrero 3, 2023

Los espíritus de la isla

Un conmovedor relato irlandés sobre dedos, burros y pintas de cerveza, en donde Colin Farrell y Brendan Gleeson brillan como nunca

Martin McDonagh 

/ Colin Farrell, Brendan Gleeson, Barry Keoghan, Kerry Condon

Por  ANDRÉ DIDYME-DÔME

Cortesía de Cinecolor

Si usted cree que la isla de Inisherin hace parte de los mapas de Irlanda, está muy equivocado. Este lugar donde la rutina se impone día tras día, hace parte de la imaginación de uno de los más grandes autores del cine contemporáneo: El hijo bastardo de Harold Pinter y Quentin Tarantino que responde al nombre de Martin McDonagh.

Los protagonistas de En brujas, su impresionante ópera prima, se vuelven a reunir en Los espíritus de la isla, un profundo estudio sobre la amistad que contiene el humor negro, la crueldad y el sentido del absurdo que hacen parte de toda su filmografía, la cual incluye a la magistral Siete psicópatas y la impresionante Tres anuncios para un crimen.

El escenario es Inisherin y la época es 1923. Los sonidos de las explosiones generadas por la guerra civil de Irlanda hacen parte del paisaje cotidiano. Todos los días, exactamente a las dos de la tarde, un campesino llamado Pádraic Súilleabháin (Colin Farrell), llega a la casa de su mejor amigo, el violinista Colm Doherty (Brendan Gleeson) y los dos parten a la única taberna del pueblo, para disfrutar de dos pintas de cerveza negra (probablemente Guinness).

Un día Pádraic toca a la puerta de Colm y este no responde, prefiriendo fumar su pipa sentado en su silla. El confundido Pádraic acude a su hermana Siobhán (Kerry Condon) para comentarle lo sucedido. “Tal vez ya se cansó de ti y ya no le caes bien” le dice la mujer a su hermano, mientras intenta sacar al burro del interior de la casa en donde viven.

Lo que llevó a que se rompiera la rutina entre Pádraic y Colm tiene que ver precisamente con lo que Siobhán comentó. El violinista se aburrió definitivamente de su amigo. Colm quiere hacer algo importante con su vida, quiere trascender. Pero Pádraic disfruta de su vida tal y como está.

Esta sencilla premisa que incluye escenas de automutilación (no pregunten), sirve como disculpa para que McDonagh aborde temas profundos, como lo son la vida, la muerte, el amor, la soledad y, por supuesto, la masculinidad. Colm y Pádraic pueden ser vistos como símbolos de la cruenta división de un país que, por razones absurdas, terminó auto aniquilándose. Pero la médula de esta cinta se encuentra en el existencialismo que la empapa de principio a fin.

¿Cuál es el sentido de la vida? ¿Ser recordado después de la muerte por un legado trascendental? ¿O simplemente ser una buena persona, así se quede relegado al olvido? Tal vez quien tiene la respuesta es Siobhán, que decide perseguir sus sueños. O Dominic (Barry Keoghan), el “bobo del pueblo” e hijo de un policía abusador, quien ha decidido vivir y aceptar tanto lo bueno como lo malo que la vida le trae, hasta que decide hacer un alto en el camino.

Con Los espíritus de la isla, McDonagh ha invocado a los fantasmas del teatro griego para conjurar una tragedia conformada por dicotomías: El placer y el dolor de estar vivos. La amistad que se transforma en odio. El constante debatir entre la vida y la muerte, entre el ser y la nada (en algunos momentos Colm y Pádraic nos recuerdan a los jugadores de ajedrez de El séptimo sello de Bergman). La tranquilidad de la rutina versus la angustia por la misma. La soledad y la compañía. Los burros y los perros.

Como Tarantino, McDonagh es un director que hace a sus actores brillar. Farrell nunca ha estado mejor como este hombre que prefiere ser un buen amigo a superar a alguien como Mozart. Gleeson construye un personaje de gran complejidad tan solo con miradas, gestos y frases contundentes. Barry Keoghan se roba los reflectores cada vez que aparece en escena como ese hombre enamoradizo que no es tan tonto ni tan insensible como aparenta. Kerry Condon es puro carisma interpretando a esta mujer que llora porque tiene que partir. Y en un año trágico para los burros (recuerden a EO), el animal que aparece en esta película es de una ternura bressoniana que nada tiene que ver con el antropomorfismo.  

La música evocadora de Carter Burwell y la hermosa fotografía de Ben Davis ayudan a que esta pequeña gran película se convierta en una obra colmada de una extraña belleza y humanismo desbordado. McDonagh ha confeccionado una obra maestra profunda, inesperada y tremendamente emocional que hiere, pero a la vez sana.  De su gentil obra se hablará por años.