“Tengo una regla/No empiezo nada/Nada que no pueda terminar”, anuncia Jack White al comienzo de los cañonazos incesantes de blues y teatro guitarrero bélico de este álbum, resumiendo su código moral en el ritmo entrecortado y distorsión convulsionada de ‘Derecho Demonico’. Y hay más. “Lo que hago/Y cómo lo hago/Y por qué lo hago/No es asunto tuyo”, advierte, disparando cada verso como si escupiera balas. Frozen Charlotte es el octavo álbum en solitario de White, la cuatra entrega en muchos años y un festejo de estudio maximalista-garage que se sostiene en la eternidad desde el rotundo éxito de White Stripes (su dúo con Meg White), Elephant de 2003. Había más espacio para recuperar el aliento en la densidad de Led Zeppelin II que en la carrera serial de White desde esa diablura en ‘Derecho Demonico’ hacia los riffs de rockslide y el órgano Hammond en llamas de ‘There’s Nobody There’; la lluvia torrencial de tambores tribales y el conjuro gritado de ‘Raising the Grain’; y el desorden de ‘You’ll Never Fix Me’. En esa última explosión, White y sus actuales asesinos de gira —el bajista Dominic Davis, el baterista Patrick Keeler (de The Greenhornes y The Raconteurs) y el virtuoso del órgano B-3 Bobby Emmett (anteriormente en los Detroit ravers, The Sights)— se entregan al rock como si estuvieran tocando un sábado por la noche en el Grand Ballroom con SRC y MC5, con un toque extra del etéreo y envolvente final de mellotron de Emmett.
Este álbum —que lleva el nombre de la escultura de White en la portada, una imagen de inocencia rota y amenaza inminente que a su vez proviene de una canción folclórica tradicional sobre la fatal vanidad de una joven— es una auténtica explosión de rabia para estos tiempos, 13 canciones de desorden perpetuo, conexiones desafiadas e idealismo protegido. White no teme de entrar en detalle en internet, nombrando personas y denunciando descaradas hipocresías en sus publicaciones. Pero su fuerza argumentativa es a la vez más universal, una reacción frenética de juegos de palabras resbaladizos, chistes internos y axiomas explosivos que igualan los potentes y retorcidos golpes de la música. “Oye, estoy confundido y apuesto a que se nota”, confiesa White en ‘Nobody Knows’, incluyendo una referencia a los denisovanos (una subespecie asiática de neandertales; tuve que consultarlo) y citando a Isaac Newton, Albert Einstein y Pitágoras como en una rueda de reconocimiento policial de una canción de Bob Dylan de 1965. Más tarde, en el estruendo de guitarras jaspeadas de ‘All Alone Again’, White prescribe una medida extrema como si estuviera charlando contigo por encima de la valla del jardín: “Para encontrar una aguja en un pajar/Bueno, es muy fácil/Solo tienes que quemar el pajar/Y entonces encontrarás lo que necesitas”.
Bob Dylan tenía razón: ‘Everything Is Broken’ (todo está roto) como Iggy Pop en 1973: “El poder puro seguramente vendrá corriendo hacia ti”. En ‘G.O.D. and the Broken Ribs’, White abre el álbum con su versión de esa contradicción empoderadora, haciendo una prueba de sonido en un Jardín del Edén en el apocalipsis (“Prueba de micrófono uno-dos uno-dos”) con una creciente confianza de acordes secos y gruñones, furiosos rellenos instrumentales y la agitación acumulada de sus armonías de “un-hombre ángel-mugroso”: “Parece que tenemos un/pequeño lugar para hacer las/cosas que necesitamos hacer ahora”.
Claro, nada resulta fácil. Hay muchas pruebas entre hombres y mujeres en medio del ruido de actualidad: el “cementerio de poses en la cocina” en ‘There’s Nobody There’; el clamor suplicante de ‘Thick as Thieves’. Y el final paranoico y sigiloso de ‘Neighbor Blues’ —una improvisación de desarrollo lento como ‘Ball and Biscuit’ de Elephant, pero adaptada a la era de la vigilancia— termina con White invocando su propio vudú (“Sobre tu tumba, tres gallos haciendo guardia”).
No hay una solución inmediata en nada de esto. Tampoco hay rendición, se deleita en la libertad para escapar. La guitarra slide de White en “Dollar Bill” suena como una National Steel llena de esteroides hasta el solo, cuando se transforma en lo que parece un theremín descontrolado. ‘I Can’t Believe What I’m Hearing’ que te pega en los oídos con un estribillo pop pegajoso, más cercano a The Pretty Things que a Son House. Y, ojo, no te pierdas el comentario irónico de White sobre el antiguo mito de la creación de los White Stripes en la segunda estrofa de ‘G.O.D.’, antes de llegar al tema principal. “Bueno, ahora es el inicio del mundo”, declara al final de la canción. “Hagámoslo todo de nuevo”.


