A medida que la IA invade cada rincón de la vida en el siglo 21, ha asumido funciones humanas que, probablemente, no deberíamos delegar. Para algunos, sirve de terapeuta. Para otros, es una compañera romántica infinitamente comprensiva. Lo más extraño del caso, algunas personas han recurrido a los chatbots para ser orientados en cuestiones de fe –incluso, han llegado a creer que han desvelado los misterios del universo.
Los modelos de la IA no presentan ningún problema abordando tus preguntas más profundas sobre la conciencia, almas, divinidad y la propia realidad. Por desgracia, las respuestas que un software como ChatGPT de OpenAI puede generar de estos temas pueden ser tan cautivantes que los usuarios terminan en el otro lado del espejo, fascinados por la fantasía espiritual que suena como una teoría de conspiración o que oculta incoherencias. Como Rolling Stone informó, las personas que caen bajo el hechizo de una IA que se comunica a través de un lenguaje con carga religiosa a veces llegan a creer que han abierto un canal a un poder superior, inteligente y divino; y eso puede destruir relaciones con amigos y familiares al seguir ideas disparatadas o caer en la paranoia más absoluta.
Pero, ¿qué hace que los continuos intercambios con los bots sean tan seductivos, particularmente cuando el diálogo se desarrolla en registros ambiguos, poéticos, e incluso, sagrados? Los eruditos y pensadores religiosos que han conocido el fenómeno cuentan a Rolling Stone que diversos factores podrían estar en juego. Desde el propio diseño tecnológico de la IA hasta los patrones del pensamiento humano que remiten a nuestra historia más antigua. Estamos habituados a valorar sabiduría secreta o privilegiada, vulnerables a la adulación y sugestión, y entusiastas sobre los grandes saltos en el potencial científico. Estas cualidades crean riesgos serios al momento de establecer intimidad con programas que imitan a un ser omnisciente con acceso a la totalidad de experiencia registrada. Y, como los profetas del pasado, es posible que contemplemos nuestro momento actual como el umbral previo a una gran revolución o avance, tal vez marcado por la llegada de la IA que tanto nos ha hechizado.
En el nivel más básico, los humanos pueden quedar atrapados en suposiciones ilógicas cuando exploran curiosidades teológicas a través de un chatbot. Christin Chong, un clérigo budista interreligioso, doctor en neurociencia y consultor de estrategia biotecnológica, dice que “quienes son susceptibles al fervor religioso tienden a ser susceptibles a sesgos cognitivos”. Estos incluyen el Efecto Barnum, en el cual alguien acepta descripciones vagas o genéricas de una personalidad como específicas y exactas para sí mismo; o el sesgo de confirmación, en el que una persona deposita demasiada confianza en la información que afirma sus creencias existentes. También son propensos a identificar correlaciones donde no las hay, o a ceder ante lo que consideran una voz de autoridad. Estos sesgos pueden determinar reacciones “cuando individuos interactúan con IA, o se dejan influir por ‘gurús espirituales’ que afirman una conexión divina a través de la IA”, dice Chong, que añade que los grandes modelos de lenguaje son “extremadamente buenos en jugar con los sesgos cognitivos debido a su capacidad para responder y adaptarse rápidamente al usuario”. Ella compara esta situación con la de un psíquico o un médium realizando una “lectura fría” a un cliente para crear, así, la ilusión de que tiene conocimientos especiales.
Como un clérigo, Chong se preocupa por quién recurra a ChatGPT en la búsqueda de respuestas sobre la fe o religión, se aísle de las partes terrenales de la práctica espiritual. Chong añade, “La interacción intensiva con la IA reduce el tiempo de interacciones humanas significativas y estar conectado con su cuerpo”. Además, ella señala que, para la tradición budista donde se entrenó, una epifanía debe ir acompañada de consideraciones prácticas. “Cuando una persona experimenta grandes cambios en cómo perciben el mundo tras un largo retiro de meditación, que podría calificarse de despertar espiritual, los maestros suelen dedicar tiempo a asegurarse de que la persona permanezca enraizada y en conexión con sus seres queridos”, dice. “Aunque honramos la realidad subjetiva de cada persona, también queremos asegurarnos de que no se desconectan completamente de nuestra realidad compartida por cuidado”. La IA no proporciona el contexto necesario: sólo seguirá empujando al usuario más profundamente en su supuesta visión o búsqueda.
Mensajes del más allá
Hay algo irresistible en escuchar que uno mismo posee una conexión con algo secreto, o incluso divino. “La inteligencia artificial puede inferir las preferencias y creencias de la persona que interactúa con ella, animándola a adentrarse en senderos de conejo y a abrazar el engrandecimiento personal que no sabía que quería en primer lugar”, explica Yii-Jan Lin, profesor de la Yale Divinity School que ha escrito sobre la narrativa apocalíptica del Libro del Apocalipsis de la Biblia. “Los humanos generalmente quieren sentirse elegidos y especiales, y algunos individuos creerán que lo son en un grado extraordinario”. (Recientemente, OpenAI tuvo que deshacer una actualización de ChatGPT que lo hacía excesivamente adulador, alimentando el sentido de importancia de un usuario de forma “poco sincera”).
También importa, dice Lin, que los chatbots se basen en texto, volviendo a respuestas escritas para solicitudes escritas. Esto se debe a que, históricamente, la gente ha pretendido canalizar estatus o poderes sagrados utilizando la Biblia y otros escritos sagrados como “una fuente de divinación, profecía y portal a la conciencia superior”, Entendemos cómo aprovechar textos para proyectar una visión excepcional o supuestamente descifrar significados ocultos, y el material que escupe la IA es más que adecuado para este tipo de análisis libre.
Los chatbots también se hacen pasar por árbitros objetivos de la verdad absoluta. “Utilizan un tono de autoridad y confianza, independientemente de los hechos; y también, suele afirmar a la persona con la que interactúan, por lo que no hay oportunidad de escepticismo o duda en la interacción”, dice Li. “En simular un interlocutor humano, la IA puede permitir a alguien que excluya consultar a otro humano –y hace que las aportaciones de otras personas parezcan cínicas y duras”. Ella señala que todo esto ocurre en un contexto capitalista y no dentro de los canales tradicionales de adoración, y las compañías de tecnología están compitiendo por maximizar la interacción con sus productos: “El fervor religioso y creencias en un conocimiento especial es tan viejo como la humanidad”, dice, “pero la IA está proporcionando la intensificación de aquellos fenómenos en maneras aterradoramente únicas”. Después de todo, los modelos son programados para ser atractivos e inagotables: no los puedes aburrir o cansar, y fácilmente, pueden exponer cualquier curiosidad (u obsesión) que te mantenga despierto en la noche. Seguirá el ritmo de tus constantes preguntas y continuará imitando tu forma de pensar –aunque pierdas el rumbo completamente.
Dicho eso, no cabe duda de que existen precedentes de “comunicación del más allá mediada por tecnología”, según Alireza Doostdar, profesor de la Universidad de Chicago Divinity School, que estudia intersecciones entre la religión, la ciencia y el estado. Él menciona que “mensajes telegráficos se comunicaban a través de sesiones espiritistas, que comenzaron en Estados Unidos a mediados del siglo 19, y velozmente se expandieron por el mundo”. Estas sesiones implicaban supuestas comunicaciones de los muertos, a veces a través de sonidos en la habitación, superficies con letras (como el tablero Güija) o un médium que transmitía el mensaje. “Estos mensajes adquirieron gran importancia para un movimiento religioso que se extendió rápidamente por gran parte del mundo, tanto el movimiento como sus diversas ramificaciones persisten hasta nuestros días”, dice Doostdar.
La locura actual de la IA, como el espiritismo del siglo 19, es más bien “democrática”, dice Doostdar a Rolling Stone. Ninguna de las dos se basa en “la existencia de élites religiosas” y ambas están “abiertas a la participación de todo el mundo”. Importantes figuras de la cultura, afirma, quedaron impresionadas (y evangelizadas) por las prácticas espiritistas, incluyendo el creador de Sherlock Holmes, Sir Arthur Conan Doyle. Por supuesto, señala, hubo muchas “voces escépticas” que se opusieron, acusando a los participantes de “engaño, superstición y fraude” –y los críticos de la IA dicen lo mismo hoy en día. “Por mi parte, dudo que la espiritualidad inspirada en la IA adquiera una popularidad masiva similar a la del espiritismo como movimiento religioso, pero sería interesante ver cómo evoluciona la relación de la gente con la tecnología como fuente de inspiración y experiencia epifánica”, afirma Doostdar. No es del todo inverosímil que un consenso de grupo sobre las dimensiones místicas de la IA pueda impulsar una práctica cultual similar a las sesiones de espiritismo de hace siglo y medio.
Respuestas en un mundo de incertidumbre
Es posible, también, que hayamos llegado a una encrucijada histórica que influya en nuestra visión de la IA. Annette Yoshiko Reed, catedrática Stendahl de Divinidad en la Harvard Divinity School, estudia los apocalipsis, angelología y la demonología; y dice que encuentra resonancias con el espiritualismo de la IA “particularmente sorprendente”.
“Los antiguos escritos apocalípticos se escribieron a menudo en momentos de agitación histórica y cambio de época, y parte de su perdurable atractivo ha sido el consuelo de asegurar a sus lectores que lo que parece un mundo completamente fuera de su control, arremolinado en el caos y la crisis con individuos a merced de imperios masivos, en realidad sigue un patrón sólo conocido por unos pocos especiales”, dice Reed.
Cuando alguien se siente a la deriva o impotente en tiempos de “cambios impredecibles y crisis alarmantes”, explica, pueden encontrar consuelo en el sentido de que se hallan entre “los pocos especiales” con acceso a “secretos cósmicos”. Reed observa que las personas vulnerables pueden caer en teorías conspirativas del Internet del mismo modo, “recurriendo al deseo humano de encontrar patrones”. En lo que respecta a la IA, dice Reed, el hambre de respuestas en un periodo de confusión desorden “puede cobrar vida propia cuando se personaliza y se refleja en un individuo”.
No ayuda, dice, que “tanto los textos religiosos antiguos sobre apocalipsis como las teorías de conspiración contemporáneas” se incluyan en los datos brutos con los que se entrena a los bots, lo que les prepara para hablar en esos términos extremos y, a veces, radicalizadores. El hecho mismo de que “reclamar revelaciones angélicas directas” haya sido un hábito humano durante miles de años “probablemente alimenta la forma en que la gente de hoy desea imaginar que ellos también podrían ser los únicos merecedores del conocimiento secreto de lo oculto”, concluye Reed.
Desde esta perspectiva, podría parecer que el espiritualismo de la IA no es tan novedoso. De hecho, cada erudito religioso puede señalar innumerables iteraciones de ese pensamiento fantástico que preceden a las computadoras. Pero, como suelen explicar, la causa de este comportamiento es distinta. Chong afirma que los resultados de los grandes modelos de lenguaje están “hechos por el hombre con la conocida interferencia corporativa” que “valida” las creencias de un usuario, al contrario que las “antiguas visiones y mensajes divinos” de antaño, cuyos orígenes son decididamente oscuros. Eso significa que hay ingenieros y ejecutivos que pueden asumir la culpa de que los cada vez más comunes “despertares” impulsados por la IA, que envenenan las mentes y destrozan familias. Quizá deberían rezar que el problema no empeore.


