La extravagante gala de Álex de la Iglesia

Un set de televisión se convierte en el escenario para desatar el histérico exceso que caracteriza a las producciones de Álex de la Iglesia

Álex de la Iglesia 

/ Raphael, Mario Casas, Pepón Nieto, Blanca Suárez

Por  IGNACIO MAYORGA ALZATE

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Cortesía

Es agosto y José (Pepón Nieto), cuarentón desempleado, llega a una bodega industrial a las afueras de Madrid para trabajar en una gala especial de Año Nuevo. Estando allí se entera de que cientos de actores llevan más de una semana encerrados y celebrando con ficticia alegría la llegada del nuevo año. Este retraso se debe a una serie de accidentes, técnicos y sobrenaturales y, sobretodo, al inflado ego de las estrellas del programa: la leyenda de la canción, Alphonso (un sorprendente Raphael) y el nuevo ídolo adolescente, Adanne, una parodia brillantemente ingenua de Chayanne interpretado por Mario Cajas. 

Nieto, genial en su rol protagónico, no logra eclipsar al divo que, como siempre se roba el show. Y es que el personaje que interpreta Raphael, que encuentra a su gemelo malvado en la genial hipérbole de Alphonso, se lleva todos los aplausos. La fuerza de la súper estrella de la balada es tal que, en su regreso a la pantalla grande, también se quedó con la banda sonora de la cinta. Además, un plan para asesinarlo desatará un espiral de locura ascendente que llega a la cima en la interpretación de Escándalo, un guiño a las viejas glorias del cantante que se niega a bajar de un podio justamente merecido.

Mi gran noche, lleva al extremo los extravagantes excesos del director de Bilbao: complejos juegos de cámaras aceleradas, situaciones extremas de caos y locura, diálogos como sacados de Alicia en el País de las Maravillas y, sobretodo, una crítica tácita a la cultura española. Quizás ese sea el talón de Aquiles del filme –el mirar tan de cerca al ombligo español– pues, al hacerlo, pierde las posibilidades de hacer más universal su historia, fijándola en los hermetismos de los códigos de la cultura ibérica. Sin embargo, una vez inmerso en este universo particular, a cualquier espectador le quedará muy difícil no reírse del ridículo de la cultura del espectáculo, en la que se verá dolorosamente retratado más allá de lo que le gustaría admitir. Después de todo, solo se necesita de una gran noche para alcanzar la fama que todos ansiamos, ¿no es así?